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Relatos Ardientes

Dos desconocidas cambiaron nuestra tarde en la playa

Con Carla nos conocemos desde hace años y tenemos esa clase de amistad en la que podemos contarnos cualquier cosa sin filtros. Hablamos de todo, también de sexo, sin que la conversación se vuelva incómoda. Lo que voy a contar pasó una tarde de entre semana, cuando quedamos para escaparnos a la playa y dejar atrás el calor de la ciudad.

Elegimos una cala larga, de esas con dunas, senderos entre los pinos y rincones donde casi nadie llega. Caminamos un buen rato hasta encontrar un trozo de arena alejado, lejos de las familias y de las sombrillas apretadas. Tendimos las toallas, abrimos la nevera con las cervezas y nos quedamos mirando el mar, en silencio, con esa calma que solo da el agua.

La confianza que nos tenemos, sumada a lo apartado del sitio, animó a Carla a quitarse la parte de arriba del bikini. Nunca lo había hecho delante de mí. Lo dijo medio en broma, como pidiendo permiso que no necesitaba, y se tumbó boca arriba con los ojos cerrados. Reconozco que la situación tenía un puntito morboso. Disfrutaba de las vistas, sí, pero no había nada más; entre nosotros sobraba amistad para que aquello no pasara de ahí.

Al rato llegaron dos chicas y se instalaron a unos veinte metros de nosotros. Tendrían poco más de veinte años. Una era morena, de cuerpo trabajado y mirada despierta; la otra, rubia, algo más llenita y muy atractiva. Las dos se quitaron la parte de arriba en cuanto extendieron las toallas. Mirando alrededor, no se veía a nadie más en aquel tramo de costa.

Hubo más de un cruce de miradas entre ellas y nosotros. Nada explícito, solo esa tensión que se instala en el aire cuando cuatro personas saben que están solas. En una de esas, Carla se giró boca abajo y me pidió que le diera un masaje en la espalda. No tengo ni idea de hacerlos, pero le puse ganas.

Pasar las manos por su piel caliente, brillante de crema y sol, me alteró más de lo que esperaba. Empecé por los hombros y fui bajando, abriendo cada vez más el recorrido hacia los lados. Mis dedos rozaban el borde de sus pechos aplastados contra la toalla. En un momento dado, sin pensarlo demasiado, deslicé las manos por debajo de ella y le sostuve los pechos, uno en cada palma. Fue un segundo, un instante que recuerdo con una nitidez extraña.

Cuando levanté la vista hacia el lado, las dos chicas se habían quitado también la parte de abajo. Estaban completamente desnudas y se habían servido algo de beber de una botella. Al poco, se levantaron y vinieron hacia nosotros con dos vasos y la botella en la mano.

—¿Os apetece? —dijo la morena, ofreciendo—. Sois los únicos que quedan por aquí.

Nos presentamos. Ella era Lucía; la rubia, Sara. Se sentaron en la arena, junto a nuestras toallas, y la conversación fluyó enseguida. Risas, preguntas, el típico tanteo entre desconocidos que se gustan. En un momento, Sara propuso un juego.

—Es como la botella, pero mejor —explicó—. Con cartas. Cada mano sale un perdedor, a veces dos. Si pierde uno, responde una pregunta. Si pierden dos, los que ganan les ponen una prueba.

Aceptamos sin pensarlo mucho. Al principio fue suave: preguntas, confesiones tontas, alguna anécdota subida de tono. Pero las cartas marcan su propio ritmo, y el ritmo fue acelerando solo.

La primera prueba de verdad la perdieron Carla y Sara. Tenían que besarse durante un minuto. Al principio fue tímido. Sara acercó la cara, sus labios se rozaron, y poco a poco el beso se soltó. Las lenguas se buscaron, Sara le mordió el labio inferior a Carla, y lo que empezó frío terminó encendiéndonos a los cuatro. Sara no se conformó con la boca: le acarició los pechos a mi amiga, bajó la mano por su cintura y la apretó contra ella. Dos cuerpos pegados, una de pie y otra de rodillas, mientras el minuto se hacía eterno.

Esa fue la prueba que abrió la veda. Lucía y Sara protestaron, entre risas, de que ellas estaban desnudas y nosotros seguíamos vestidos. Tenían razón. No nos quedó más remedio que quitarnos los bañadores. Yo ya estaba empalmado; lo provocaba todo a la vez, la situación, las dos desconocidas y, sobre todo, ver a Carla, mi amiga de siempre, completamente desnuda a un palmo de mí.

***

Seguimos. A Lucía le tocó hacernos un baile para calentar el ambiente, y vaya si lo consiguió. Movía las caderas despacio, segura, sabiendo exactamente lo que provocaba. Se fue acercando uno por uno. A mí solo me rozó con el cuerpo. A Sara le dio un beso largo, con lengua. Y al llegar a Carla, le cogió las manos y, al ritmo de la música que sonaba bajito en el móvil, se las llevó a sus propios pechos. Carla no se lo pensó: amasó aquellas tetas firmes como si llevara toda la tarde esperando hacerlo.

La siguiente mano la perdimos Carla y yo. La prueba: treinta segundos cada uno masturbando al otro. Empecé yo. Pasé los dedos por su sexo, despacio, abriéndola con suavidad. Nunca imaginé que tendría a mi amiga así, entregada bajo mis manos, pero hasta ahí nos había llevado el juego. Con una mano le separaba los labios y buscaba el clítoris para apretarlo en pequeños círculos; con la otra, hundí un dedo dentro de ella, hasta el fondo, acompasando los dos movimientos.

Treinta segundos no dan para mucho. Llegó su turno. Al principio le dio vergüenza; me cogió con la mano y apenas se movía. Pero Lucía y Sara la animaban entre risas, y Carla fue ganando confianza, subiendo el ritmo poco a poco hasta que dejó de pensar. Fue corto, pero fue una de esas sensaciones que no se olvidan.

El turno siguiente fue para ellas. Lucía tenía que hacerle sexo oral a Sara. Era algo que, se notaba, ya habían hecho muchas veces; pero hacerlo delante de nosotros lo volvía distinto. Sara abierta de piernas, recostada en la arena, y Lucía entre ellas, lamiéndola sin prisa mientras nos miraba de reojo para asegurarse de que no perdíamos detalle.

Y entonces vino la prueba que lo desbordó todo. A Lucía le tocaba hacerle sexo oral a Carla. Le dimos cinco minutos. Mi amiga se abrió de piernas, y Lucía, en vez de ir directa, se tumbó encima de ella. Los dos sexos se rozaban, los pechos se aplastaban entre sí. Lucía empezó besándola en la boca mientras sus manos recorrían cada centímetro de su cuerpo.

Los labios de Lucía fueron bajando. Le mordisqueó los pezones, primero apenas con la punta de la lengua, después con más decisión. Sus manos ya estaban entre las piernas de Carla, calentándola, mientras su boca se entretenía en los pechos. Se veía que Lucía sabía lo que hacía, y que lo disfrutaba tanto como mi amiga.

Cuando por fin llegó a su sexo, sus dedos llevaban rato preparando el terreno, acariciando y entrando hasta lo más hondo. La escena era tan intensa que Sara y yo no pudimos quedarnos quietos. Yo le acariciaba el sexo a Sara y ella empezó a masturbarme. Pero no se quedó en eso: Sara se inclinó y empezó a besarse con Carla.

El cuadro era difícil de creer. Carla tumbada en la arena, con Lucía devorándola y dos dedos dentro de ella. Sara comiéndole la boca y, al mismo tiempo, masturbándome con una mano. Yo, con una mano en los pechos de Carla y la otra entre las piernas de Sara. Cuatro cuerpos enredados, sin saber ya dónde empezaba uno y terminaba otro.

En un momento, Sara se colocó de modo que su sexo quedó sobre la boca de Carla. Mientras mi amiga la lamía, Lucía seguía haciendo lo mismo con ella. Una cadena de bocas y manos, los gemidos mezclándose con el ruido del mar. Sara no dejaba de masturbarme mientras yo alternaba entre sus pechos y los de Carla.

Fue entonces cuando vi que Lucía se tocaba a sí misma sin dejar de dar placer a mi amiga. Me aparté un momento de Sara y de Carla y me coloqué detrás de Lucía, que seguía a cuatro patas, entregada a lo suyo. Estaba tan caliente que ni se giró; solo arqueó la espalda. La penetré despacio, sintiendo cómo me apretaba.

Así nos quedamos, encadenados: yo dentro de Lucía, Lucía con la boca en Carla, Carla con la lengua en Sara. Cada movimiento mío recorría a los cuatro como una onda. Seguimos hasta quedar agotados, tumbados en la arena, riéndonos sin saber muy bien de qué, con el sol bajando y el mar lamiéndonos los pies.

No volvimos a ver a Lucía y a Sara. Intercambiamos algún mensaje los días siguientes, pero la cosa se diluyó, como suele pasar con lo que nace de una tarde irrepetible. Con Carla, en cambio, todo siguió igual de bien que antes. Mejor, quizá. Hay cosas que solo puedes compartir con alguien en quien confías de verdad, y aquella tarde en la playa fue una de ellas.

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Comentarios (5)

Viajero_Mar

Que relatazo!! me tuve que sentar a leerlo dos veces jaja. Tremendo

Luisma_playa

Justo lo que necesitaba leer esta tarde. 10/10

Enrique_87

esperando la segunda parte con ansias, esto no puede quedarse asi!!

PatricioMV

me recordó a un verano en la costa hace años... no exactamente lo mismo pero algo parecido jajajaja. Que tiempos aquellos

Santi_Mdq

Muy bien escrito, se nota que el que lo escribio sabe como contar una historia sin pasarse de la raya. Sigue asi

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