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Relatos Ardientes

El pacto que firmé con mis cuarenta amigos

Acababa de escribirle a Adrián cuando dejé el teléfono sobre la encimera y volví a lo mío. Le había dicho que lo del otro día había sido increíble, que echaba de menos la sensación de su grupo entero usándome, que vinieran cuando quisieran sin avisar siquiera. Lo decía en serio. Llevaba semanas pensando solo en eso.

No oí la puerta del jardín. Lo primero que noté fue su cuerpo contra mi espalda y su polla apretándose contra mí por encima de la ropa.

—Hola, Lorena. Me apetecía follarte —me susurró al oído.

—Joder, Adrián, qué susto.

No me dio tiempo a más. Me inclinó sobre la encimera, me apartó la ropa interior de un tirón y se hundió en mi culo de una sola embestida. Grité, pero no de dolor. Empecé a moverme contra él, buscándolo, hasta que paró de golpe y me puso de rodillas. Le comí la polla con ganas, hasta el fondo, como a él le gustaba y como a mí me volvía loca. Me follaba la boca sin contemplaciones.

Entonces cogió el calabacín que yo había dejado sobre la tabla para la comida.

—Vaya, vaya. Date la vuelta —dijo con una sonrisa.

Me lo clavó sin previo aviso y, un segundo después, metió también su polla. Me corrí entre gritos mientras él me reventaba sin piedad, hasta que se vació dentro de mí.

***

Después nos sentamos en el salón con una copa, y fue entonces cuando me contó a qué había venido en realidad.

—Tengo una idea —empezó—. He visto cómo te corres cuando te follamos el culo. Quiero proponerte algo. Mis amigos y yo tendríamos acceso a esta casa durante un mes entero. Vendríamos cuando quisiéramos. Siempre habría alguno por aquí, listo.

—Suena increíble. ¿Cuándo empezáis?

—Espera, viciosa —se rió—. Hay condiciones.

Dos semanas más tarde estaba todo cerrado. Habíamos pactado seis reglas, y yo las había aceptado todas con una facilidad que debería haberme dado miedo.

La primera: tendrían acceso a la casa a cualquier hora. La segunda: podrían follarme el culo como quisieran, cuando quisieran y tantos a la vez como les diera la gana. La tercera, y la que más me costó: estaba terminantemente prohibido follarme el coño. La cuarta: yo no podía masturbarme ni rozarme siquiera. La quinta: podrían meterme lo que se les antojara por detrás. Y la sexta: si rompía alguna regla, me castigarían.

Dije que sí a todo. Lo que no sabía era cuánto iba a pesarme la tercera.

***

El primer día los esperé dentro. Vinieron diez para empezar. Descargaron de los coches máquinas, consoladores enormes, esposas, cuerdas, antifaces. Solo de verlo extendido sobre la mesa ya estaba mojada.

—¿Lista para que te reventemos? —preguntó uno.

—Claro que sí.

Me puse a cuatro patas en el sofá y les enseñé el culo, donde ya me había metido un juguete esa mañana. El primero se echó encima y se hundió en mí de golpe. Pedí más, pedí pollas para la boca y las manos, y en un instante tenía a tres rodeándome. Me follaron la garganta hasta el fondo mientras otro me embestía por detrás. Me corrí casi enseguida, sin haber empezado de verdad.

Uno tras otro se fueron vaciando en mi culo. Perdí la cuenta de mis orgasmos. Pero notaba mi coño latiendo, abandonado, chorreando sin que nadie lo tocara, y por primera vez pensé que aguantar un mes entero sin que me follaran ahí iba a ser una tortura.

Como todos necesitaban un respiro, me colocaron una máquina con un consolador de relieve y la pusieron a máxima velocidad. Chillé en cuanto se encendió. Media hora después, entre orgasmo y orgasmo, no podía más.

—Por favor, apagadla un momento.

—¿Quién te ha preguntado? Calla y chupa —y tuve una polla clavándose en mi garganta mientras cambiaban el juguete por otro aún mayor.

Aproveché la pausa para mamarla con ansia. Cuando volvieron a encender la máquina con el consolador nuevo, me corrí como una fuente, sin poder pararme, durante horas. Solo me dejaron descansar cuando llegaron dos más para el relevo.

***

Me escapé a la ducha, pero uno de los recién llegados entró detrás de mí. Me puso a chupársela y, cuando la tuvo dura, descubrí que era enorme. Me dio la vuelta, pero antes de metérmela cogió la alcachofa y abrió el agua a toda presión. El chorro me dio de lleno en el coño y grité, corriéndome al instante. Necesitaba desesperadamente algo ahí, lo que fuera.

—Mira cómo te corres —dijo, y me apuntó el chorro directo al culo.

No pude pensar en nada más. Y cuando me clavó su polla por detrás, follándome como un animal contra los azulejos, me agarró del pelo y me vació dentro. Me derrumbé en el plato de la ducha, agotada y feliz, tratada como lo que en ese mes había decidido ser.

—Chúpamela para dejarla limpia —ordenó.

—Soy vuestra y me encanta —le respondí, lanzándome sobre su polla.

Cuando salió, otro ocupó su lugar. Y otro. Aquel primer día se me hizo eterno y delicioso a partes iguales. Esa noche, sola en mi cama, todavía notaba el eco de cada embestida y ya echaba de menos la siguiente.

***

Al día siguiente desayunaba un café en el sofá cuando una polla sustituyó a la taza sin que me diera cuenta. Me encontré mamándola hasta casi asfixiarme. El tipo se sentó, me colocó encima y me la metió por detrás. Yo, cachonda como una perra en celo, empecé a restregar mi coño contra su muslo buscando alivio.

—¿Qué haces? —me agarró de las caderas.

—Por favor, solo un poco. No aguanto más.

—¿Es esto lo que quieres? —y empezó a meterme los dedos muy despacio.

Me corrí gritando como una loca, suplicando más, y entonces me sacó la mano de golpe.

—Tramposa —y una segunda polla, de alguien que ni había notado entrar, se clavó también en mi culo.

La doble penetración me arrancó un orgasmo brutal. Cuando terminaron, el de atrás me levantó del pelo.

—Esta te la dejamos pasar. A la próxima te arrepentirás de intentar que te follemos el coño. ¿Entendido?

—Entendido. Déjame disculparme —y se la mamé hasta que se corrió en mi cara.

***

Esa misma tarde, buscando el cloro de la piscina en el garaje, un hombre altísimo me siguió. Me tiró sobre el capó del coche y me folló por detrás sin mediar palabra. Cuando terminó, no parecía satisfecho.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo, levantando un bate de béisbol.

Mojé el suelo solo de escucharlo.

—Por favor —supliqué.

Me lo metió hasta el fondo. Durante las horas siguientes, él y otros tres que fueron llegando me usaron con todo lo que encontraron: el bate, botes vacíos, churros de la piscina, flotadores y, por supuesto, sus pollas. Me corrí tantas veces que el suelo del garaje quedó encharcado. Cuando se cansaron, me cubrieron entera entre todos antes de marcharse. Y aun así, cubierta de arriba abajo, no podía estar satisfecha: mi coño seguía suplicando.

***

Después de tres semanas viviendo así, follada por detrás a todas horas, no me reconocía. Me corría decenas de veces al día. Siempre me había gustado el sexo bruto, pero estaba descubriendo cuánto me ponía ser tratada sin miramientos, dejarme usar, perder por completo el control.

El lunes de la última semana ya no podía con mi coño abandonado. Después de que cinco de ellos me hicieran una doble por turnos, me escapé a la ducha. Abrí el agua a tope y me apunté la alcachofa directa al clítoris. Aguanté las ganas de gritar para que no me oyeran, pero al abrir los ojos uno me estaba mirando desde la puerta. Me corrí igual, como una fuente.

—Tramposa. Ven aquí.

Me llevó del cuello al salón, donde había otros tres.

—La he pillado masturbándose. Y encima se ha corrido.

—Pues habrá que castigarla, ¿no?

Pensé que me follarían. Tenían algo mejor.

***

Me ataron sobre la mesa, inmovilizada por completo, sin poder moverme un centímetro. Me pusieron la máquina a máxima velocidad y, a los pocos minutos, ya me estaba corriendo.

—¿Ves esto? Es un temporizador. Lo pongo en veinticuatro horas. Ese es el rato que vas a tener el aparato dándote. Así aprendes.

—¿Qué? ¿Estáis locos?

—Me importa una mierda lo que pienses. Y te estás corriendo como una fuente, así que no disimules.

Tenía razón. Durante un día entero la máquina no paró. A veces le bajaban la velocidad para que, según ellos, durmiera, pero el placer era demasiado grande para cerrar los ojos. Más tarde me dijeron que habían llevado la cuenta: sesenta y cuatro veces.

Cuando Adrián llegó, yo seguía conectada al aparato, corriéndome y suplicando que parasen. En cuanto sonó el temporizador y me desataron, caí al suelo. Me levantó, me tiró sobre la cama y se la sacó.

—Adrián, espera, llevo veinticuatro horas con la máquina. No puedo más.

—Acabo de verte correrte sin parar. Tan mal no lo has pasado.

—Que me duele, en serio.

—He venido a follarte, y eso voy a hacer.

Intenté levantarme, pero me empujó boca abajo y se hundió en mi culo. Le pedí que parara, aunque la verdad es que su polla me daba un gusto que no podía disimular, y lo cachonda que me ponía me delataba. Volví a correrme como una fuente.

—Me corro, Adrián.

Siguió hasta vaciarse y luego silbó.

—¡Culo libre, chicos! —y entraron otros tres a relevarlo sin tregua.

***

Nunca pensé que se pudiera sentir tanto. Cuando el mes por fin llegó a su fin, mis cuarenta amigos estaban reunidos en el salón y yo tenía el culo tan abierto que ya no sabía dónde estaban mis límites.

—Lo has aguantado, Lorena. Dime: ¿quieres descansar, o quieres que te follemos el coño como llevas un mes deseando?

—Eso no se pregunta —dije, abriéndome de piernas en el sofá—. Os suplico que me folléis ahora mismo y que me dejéis el coño tan abierto como tengo el culo.

Son muy complacientes. Enseguida los tuve encima. Uno me colocó sobre él y se hundió en mi coño de una embestida. Antes de que pudiera gritar, una segunda polla se clavó también ahí.

—Sí, joder, gracias, me corro —fue lo único que alcancé a decir.

Me corrí como una cascada en cuanto me llenaron, y durante las horas siguientes cuarenta hombres me hicieron correrme más veces de las que pude contar mientras me follaban el coño sin descanso. Dejé que me usaran como una muñeca. Fui suya, y me encantó. Cuando todos terminaron, les limpié una a una con la lengua.

***

Horas después estaba sola en casa, satisfecha y feliz. Pero ya echaba de menos el peso de un cuerpo encima, y una idea nueva empezaba a crecer en mi cabeza. No era solo otra fantasía: era un límite, algo arriesgado, y no podía dejar de darle vueltas.

Cogí el teléfono.

—Hola, Adrián. Te llamo porque se me ha ocurrido una cosa nueva...

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Comentarios (6)

Juanpa_92

tremendo relato!! me dejo sin palabras

ValentinaRS

Por favor seguilo, quede con muchas ganas de saber como termina todo eso. Una segunda parte seria increible

FedericoMza

El titulo ya te atrapa y el relato cumple con creces. Muy bien escrito, se lee facil y engancha desde el principio.

cris_malbec

Me recordó algo que viví hace años, aunque en mi caso fue mucho mas simple jaja. Buen relato, gracias por compartirlo

MarisolCR

buenisimo!!! sigue subiendo mas

CuriosaLect77

Y cómo terminó todo despues del mes?? Se puede saber, o eso lo contás en la continuacion?

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