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Relatos Ardientes

El favor que mis compañeras de piso me pidieron

Era finales de agosto en Valencia, ese calor pegajoso que te obliga a dormir con las ventanas abiertas y poco más que la ropa interior puesta. Yo, Dani, un estudiante de arquitectura con dos asignaturas colgando para septiembre, había encontrado un piso en Ruzafa por un precio más que razonable.

Lo compartía con otras dos universitarias. Nora, una rubia atlética de periodismo que siempre llevaba shorts deportivos, y Sara, morena con piercings y un aire de artista que estudiaba bellas artes. Desde el principio todo fue muy cordial: turnos de limpieza, cenas improvisadas, risas sobre exámenes que daban por perdidos. Pero el calor de aquel verano apretaba de manera salvaje, y yo, sin novia y rodeado de esas dos bellezas, iba caliente todo el día.

Un martes por la tarde me encontré con que estaba solo. Nora había salido a correr y Sara estaba en la biblioteca. Me tiré en el sofá, zapeando con el mando en una mano y una cerveza en la otra. Aburrido, dejé la tele en un programa absurdo: un concurso de culturistas, tíos aceitados posando con músculos que brillaban bajo los focos. No sé por qué no cambié de canal; quizás el calor me tenía atontado.

Pensando en cualquier cosa, bajé la mano hasta el pantalón. Cerré los ojos, imaginando lo de siempre, y no oí la puerta. Sara entró sigilosa, con los auriculares puestos, y se quedó paralizada en la entrada del salón. Yo, ajeno a todo, seguí hasta el final. Solo al abrir los ojos vi su sombra y salí corriendo hacia mi habitación, rojo como un tomate.

***

Al día siguiente, el desayuno fue raro. Nora y Sara cuchicheaban entre sorbos de café, lanzándome miradas rápidas y risitas que se cortaban en cuanto yo levantaba la vista. Intenté actuar normal, untando mantequilla en la tostada como si nada, pero el ambiente estaba cargado de algo que no terminaba de entender.

—Oye, Dani —dijo Nora de repente, con esa sonrisa pícara que ponía cuando tramaba algo—, no pasa nada por lo de ayer, ¿eh? Nosotras somos de mente abierta, ya lo sabes.

Asentí, todavía rojo por dentro, murmurando un «gracias» mientras evitaba mirarlas de frente. Sara se estiró en la silla, bostezando con exageración.

—Joder, qué calor ya por la mañana. ¿No os parece insoportable?

Sin esperar respuesta, se quitó la camiseta de tirantes por la cabeza en un movimiento fluido y se quedó en topless, los pechos firmes al aire, los pezones ya endurecidos por el roce del tejido. Nora la imitó al segundo, dejando caer su camiseta sobre el respaldo de la silla, y se quedó en un sujetador blanco transparente que apenas tapaba nada.

—Mucho mejor —suspiró Nora, abanicándose con la mano sobre el escote—. Total, estamos en confianza, ¿no?

Me quedé congelado con la tostada a medio camino de la boca. No sabía qué decir. ¿Era por el bochorno o por lo de ayer? No me atreví a preguntar. Solo tragué saliva, asentí como un idiota y seguí comiendo, intentando no mirar demasiado. Pero era imposible: los pechos de Sara rebotando con cada risa, la piel brillante de sudor en el escote de Nora, el olor a gel de ducha mezclado con el café.

El desayuno se me hizo eterno y corto a la vez. Ellas charlaban de clases y de exámenes como si nada, pero cada vez que se movían sus cuerpos rozaban la mesa o se rozaban entre sí, y yo sentía que el aire se espesaba, cargado de una tensión que me ponía duro bajo la mesa.

***

A partir de ahí, las cosas cambiaron sin que nadie lo dijera en voz alta. Empezaron a dejar la puerta del baño entreabierta cuando se duchaban —«es que el vapor se acumula mucho si la cierro del todo»— y yo, al pasar por el pasillo, captaba vislumbres: el agua resbalando por sus espaldas, el espejo empañado, un gemido suave que igual era de placer por el agua caliente o por algo más. Nunca entraba, claro, pero el sonido me quedaba grabado y mi polla respondía al instante.

Una tarde, Nora salió de la ducha completamente desnuda, con solo la toalla enrollada en la cabeza como un turbante. Goteaba agua por todo el pasillo, las tetas balanceándose libres, el sexo depilado a la vista sin ningún pudor. Se dejó caer en el sofá del salón, donde Sara y yo veíamos una serie, y agarró el mando como si nada.

—Joder, qué refrescante —dijo, cruzando las piernas pero sin taparse—. Poned lo que queráis, yo me seco aquí.

Nos quedamos mirándola, yo intentando disimular la erección que me crecía en el pantalón, Sara riendo bajito. Vimos el episodio entero así: ella desnuda, el agua evaporándose de su piel, y nadie dijo una palabra sobre ello. Solo charlas normales, risas, pero con esa electricidad constante.

Por las tardes, cuando el calor se volvía insoportable y el piso parecía un horno, la rutina se fue transformando en algo más natural, más desnudo. Empezamos a ducharnos los tres por turnos, casi seguidos, para quitarnos el sudor del día. Nadie cerraba la puerta del todo, y cuando uno salía, el siguiente entraba sin esperar.

Yo salía primero muchas veces. Me secaba rápido, pero en lugar de vestirme me iba directo al salón tal cual, desnudo, el pelo aún goteando. Me tiraba en el centro del sofá y ponía la tele. A los pocos minutos llegaban Nora o Sara, también recién salidas de la ducha, sin toalla ni nada que las cubriera. Se dejaban caer a mi lado con el cuerpo todavía húmedo, las gotas resbalando por las tetas, por el vientre, por los muslos.

Nos quedábamos los tres pegados en el sofá, las piernas entrelazadas sin pudor, los brazos rozándose, un pecho presionando contra mi costado cuando alguna se inclinaba a por el mando. Y si en algún momento se me ponía dura —y os garantizo que pasaba a menudo—, ellas no decían absolutamente nada. Ni una mirada de sorpresa, ni un comentario, ni un gesto de incomodidad.

Seguían viendo la serie como si nada, comentando el argumento, riéndose de los chistes malos. Mi erección palpitando contra el muslo de quien tuviera más cerca era simplemente parte del paisaje, ignorada con una indiferencia casi estudiada, como si fuera lo más normal del mundo que estuviéramos ahí desnudos y excitados. Era una tortura deliciosa, una tensión que se acumulaba sin explotar todavía.

***

Una noche volví tarde de la biblioteca. El piso estaba a oscuras salvo la luz azulada de la tele en el salón. Pensé que dormían. Me acerqué sigiloso a por agua y allí estaba Sara, sola en el sofá, en topless y con un tanga transparente que dejaba ver todo. Tenía la mano metida por debajo de la tela fina, el dedo deslizándose adentro y afuera con un ritmo constante.

Gemía bajito, los ojos cerrados, los pechos subiendo y bajando con cada respiración acelerada. Me quedé paralizado en el marco de la puerta.

—Perdón… —susurré, dando un paso atrás.

Ella abrió los ojos despacio, sin parar el movimiento.

—Tranquilo, Dani, si ibas a por agua, ve. No te preocupes. Total, Nora también te pilló a ti el otro día, igual que yo. Somos compañeros de piso, esto es normal.

Siguió, moviendo el dedo ahora en círculos sobre el clítoris, acelerando, los gemidos subiendo de tono hasta que arqueó la espalda y se corrió con un grito ahogado. Su cuerpo temblaba. Me miró jadeando, lamiéndose los labios.

—Ve a por tu agua… y buenas noches.

Me fui a la cocina temblando, pero no pude evitar volver la vista un segundo. Ella se había quitado el tanga de un tirón y seguía tocándose suave, todavía con el cuerpo encendido. Cuando volví con el vaso, ya se había corrido otra vez, y me guiñó un ojo antes de estirarse como una gata.

A partir de esa noche, eso se convirtió en rutina. Cada vez nos ocultábamos menos al masturbarnos en el salón. Era como si las barreras se hubieran disuelto en el calor del verano.

***

Una tarde cualquiera, Nora y yo estábamos en la cocina preparando unos sándwiches, charlando de tonterías. Ella en shorts y sin camiseta, yo en bermudas. Al salir al salón con los platos, nos encontramos a Sara tumbada en el sofá con las piernas abiertas de par en par y un succionador vibrando contra el sexo expuesto. El juguete zumbaba fuerte mientras ella gemía, perdida en el placer.

Nora ni parpadeó. Siguió hablándome de la serie, pasándome la mostaza como si estuviéramos solos.

—Pasa, Dani, siéntate —dijo casual.

Sara aceleró, el juguete hundiéndose más, y se corrió con un gemido largo y gutural, el cuerpo convulsionando. Nora y yo la miramos con sonrisas amplias, una mezcla de complicidad y alegría compartida, como si hubiéramos ganado un partido juntos.

—Bien hecho, guapa —dijo Nora riendo, y yo asentí, excitado hasta el límite.

Luego, sin más, Nora cogió el succionador aún húmedo, se bajó los shorts y el tanga de un tirón y se sentó al lado de Sara, acercándose el juguete al clítoris poco a poco.

—Joder, qué bien sienta —jadeó, encendiendo la vibración.

No pude resistirme. Me senté al otro lado de Sara, me saqué la polla ya dura del pantalón y empecé a masturbarme despacio, mirando sus cuerpos. Sara, como si nada, se quedó con las piernas abiertas, agarró el móvil y se puso a mirar Instagram mientras nosotros nos tocábamos. Sus tetas subían con cada risa al ver un meme, y de vez en cuando nos echaba una mirada juguetona.

—Qué bien os lo pasáis —comentó sin moverse.

Primero fue Nora la que explotó, y luego yo, en una corrida tremenda que me dejó el pecho manchado. Pasaron unas semanas más de esa nueva normalidad: masturbaciones compartidas en el salón, juguetes zumbando mientras charlábamos de cualquier cosa, todo al aire sin que nadie se inmutara. El calor del verano no aflojaba, y nosotros tampoco.

***

Pero un viernes por la tarde, todo cambió de golpe. Nora me pilló en la cocina mientras preparaba un café. Se acercó por detrás, solo con una camiseta larga que apenas le tapaba el culo, y me susurró al oído:

—Oye, Dani… necesito pedirte un favor. Uno grande.

La miré, curioso. Ella se mordió el labio, un poco nerviosa por primera vez en semanas.

—Es que mi novio lleva tiempo insistiéndome con lo del anal. Dice que le encanta, pero a mí me da un poco de miedo. Nunca lo he hecho y no quiero que sea un desastre la primera vez.

Hizo una pausa, mirándome fijamente.

—Pensé… ¿y si practicamos contigo? Eres de confianza, no vas a juzgarme y, bueno, ya nos lo hemos visto todo. ¿Qué dices?

Me quedé sin aliento. La polla se me puso dura al instante solo de imaginarlo.

—Claro… si tú quieres —balbuceé, intentando sonar tranquilo—. Cuando quieras.

Ella sonrió aliviada, casi triunfal.

—Esta noche. Sara también viene, si no te importa. Quiere estar por si me arrepiento o, no sé, para animarme.

***

Asentí como un muñeco. No podía creérmelo. A las once de la noche, el salón estaba iluminado solo por una lámpara tenue y la tele en silencio. Las dos entraron en ropa interior: Nora con un tanga negro y un top que se quitó nada más sentarse, quedándose en topless; Sara con un conjunto rojo transparente que no dejaba nada a la imaginación. Yo ya estaba en bóxer, con la erección marcándose obvia.

Nora se tumbó boca abajo en el sofá, el culo en pompa, y miró hacia atrás con una mezcla de nervios y excitación.

—Venga, despacito al principio, ¿vale?

Sara se sentó a su lado, acariciándole la espalda.

—Relájate, guapa. Dani sabe lo que hace.

Me acerqué con el lubricante en la mano, que habían dejado preparado en la mesita. Le bajé el tanga despacio, exponiendo su culo, el agujero apretado y rosado. Empecé masajeando con los dedos, primero uno, luego dos, abriéndola poco a poco mientras ella gemía bajito y empujaba hacia atrás. Sara la besaba en la boca, le pellizcaba los pezones, la animaba con susurros.

Cuando estuvo lista, me puse el condón y coloqué la punta contra su entrada.

—Respira hondo… —dije, y empujé despacio.

Ella soltó un gemido largo cuando la cabeza entró. Paré, dejándola acostumbrarse.

—Joder… duele un poco, pero… sigue —jadeó.

Empujé más, centímetro a centímetro, hasta entrar del todo. Su culo me apretaba como un puño caliente. Empecé a moverme suave, entrando y saliendo, cada vez más profundo. Nora gemía más fuerte conforme el dolor se iba convirtiendo en placer.

—Sí… así… más fuerte…

Sara se tocaba mientras miraba, los ojos brillantes.

—Te lo dije —le soltó Nora entre gemidos—. No hay como un experto para iniciarse.

Me detuve en seco, con la polla todavía enterrada hasta el fondo.

—¿Experto? ¿Por qué creéis que soy experto?

Las dos se miraron, confusas. Nora, con la cara roja y el culo empalado en mi polla, soltó:

—¿No eres… gay?

Silencio. Luego empecé a reírme, una risa nerviosa que se convirtió en carcajada.

—No, joder. No soy gay. ¿De dónde habéis sacado esa idea tan absurda?

Sara abrió mucho los ojos.

—¿En serio? ¿Entonces todo este tiempo…? ¿Y aquella primera paja que te pillamos, viendo tíos cachas en tanga?

Nora se giró un poco, sin sacármela, y me miró con una sonrisa traviesa que se iba ampliando.

—Joder… entonces… ¿nos podrías follar a las dos de verdad? ¿Como Dios manda?

***

No hizo falta más. Saqué la polla despacio, Nora se dio la vuelta y se arrodilló en el sofá. Me la chupó con ganas, saboreándose a sí misma, mientras Sara se quitaba todo y se ponía a mi lado. Las dos me mamaban por turnos: una en la punta, la otra en los huevos, las lenguas cruzándose, la saliva goteando. Yo les agarraba el pelo, guiándolas, gimiendo como loco.

Luego las puse una al lado de la otra, a cuatro patas. Primero a Nora, embistiéndola fuerte mientras gritaba de placer. Cambié a Sara, que estaba más mojada que nunca, y la follé mientras Nora se tocaba y me lamía los huevos desde abajo. Volví a Nora, ahora más abierta y ansiosa, metiéndosela hasta el fondo mientras Sara se sentaba en su cara, dejándose comer.

El trío duró horas. Hice anal con las dos —Sara también quiso probar, más valiente después de ver a Nora—, oral interminable y mucho más. Nos corrimos una y otra vez. Al final, exhaustos, nos quedamos tirados en el suelo, sudorosos, riendo entre jadeos.

Nora, con la voz ronca, dijo:

—Joder… si llego a saber que no eras gay, te habría follado desde el primer día.

Sara añadió, lamiéndose los labios:

—Pues ahora ya no hay excusas. Esto va a ser el verano más largo y caliente de nuestras vidas.

Y lo fue. El malentendido se había roto, pero lo que vino después fue mucho mejor.

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Comentarios (5)

MateoR_91

Que relato mas bueno, lo lei de un tirón sin pausas. Bravo!

VicenteOK

Por favor escribi una segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo jajaja

nacho_cba

Increible como lo contás, se siente muy real. Me recordó a una situación que tuve de pibe compartiendo depa, aunque no llegó a tanto jaja. Saludos desde córdoba

SabrinaQ

Me encantó!! Sigue escribiendo asi de bien

JuanCruzLM

Muy buen relato, tiene ese punto justo de morbo sin pasarse. Espero leer mas tuyo pronto

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