El amigo que invitamos a nuestra cama esa noche
La tarde se prestaba a las confidencias. Carla y Noelia estaban sentadas en la terraza de siempre, esa donde el ruido del tráfico se volvía un zumbido de fondo que garantizaba cierta intimidad. Después de los temas de costumbre, la voz de mi mujer bajó un tono y se volvió más densa, más privada.
—Noelia, tengo que contarte algo, pero queda entre nosotras, ¿entendido? Es que… Diego está obsesionado con una idea —soltó Carla, jugando con el borde de su taza.
Noelia se inclinó hacia delante, con la curiosidad encendida en la mirada. Carla suspiró y siguió, con un leve rubor asomándole en las mejillas.
—Cuando estamos follando, me habla de cosas… me pide que imagine que hay otro tío con nosotros. O que yo estoy montándomelo con otro mientras él mira. Me lo cuenta con un detalle que me deja sin aire. Me dice al oído cómo otro me la metería, cómo me abriría de piernas, cómo me llenaría el coño mientras él me mira mamársela. Al principio me chocaba, pero la verdad es que me pone a mil. Escucharlo mientras me toca el clítoris y me mete los dedos me acelera el pulso de una forma que no te imaginas. Me corro como una loca, Noelia, gritando guarradas que después no me creo.
Noelia escuchaba fascinada, casi sin parpadear. Carla, sintiéndose a salvo bajo la mirada de su amiga, descargó el peso de sus dudas.
—Pero tengo un dilema. Por un lado me muero de curiosidad por saber qué se siente al tener otra polla dentro, otra boca chupándome las tetas, otro peso encima. Si fuera soltera, ni me lo pensaría. Pero estoy con él. Y aunque sea él quien lo propone, me da un miedo terrible que, si llegamos a hacerlo, después me mire de otra manera. ¿Y si se enfada? ¿Y si deja de quererme porque cree que soy una zorra? En la fantasía todo es perfecto, pero dar el paso es otro nivel. Es pasar de las palabras a algo que ya no tiene vuelta atrás.
Lo que Carla no sabía era que, mientras desnudaba sus miedos, le estaba entregando a su amiga la llave de nuestra intimidad. Y Noelia, aunque asentía con empatía, ya guardaba cada palabra para contársela esa misma noche a su novio, Rubén, entre las sábanas.
***
El ambiente en casa de Noelia y Rubén era relajado. Estaban en la cama, con la luz tibia de las mesitas creando una atmósfera de confesionario. Noelia se giró hacia él con esa chispa en los ojos que él conocía de memoria: la señal de que traía una exclusiva.
—Rubén, no sabes de qué me enteré esta tarde —empezó ella, con una sonrisa pícara—. Cotilleo del bueno.
Rubén dejó el móvil a un lado y la miró fingiendo una curiosidad moderada, para que ella soltara el resto.
—Pero no se lo cuentes a nadie, ¿eh? —advirtió Noelia, bajando la voz y acercándose a su oído—. Que es muy fuerte y Carla me hizo prometer que no diría ni una palabra. Te lo cuento a ti porque eres mi novio y tenemos confianza. Resulta que Carla y Diego tienen unas fantasías muy locas. A él le da por imaginarla follando con otros tíos mientras están juntos, ¡y se lo dice todo al oído mientras se la mete! Y lo más fuerte es que a ella le encanta, dice que la pone a mil y que se corre a chorros, pero le da pánico hacerlo de verdad por si él se enfada o la ve como una guarra. Están en ese punto en el que el deseo les quema el coño y la polla y no se atreven a dar el paso.
Noelia se reía pensando en lo curiosos que eran sus amigos. No notó que Rubén, tras su cara de sorpresa fingida, analizaba cada detalle: el miedo de Carla, el deseo mío y, sobre todo, la puerta que acababa de descubrir. En su cabeza, la imagen de nuestra pareja cambió de golpe. Ya no éramos los amigos con los que salir a cenar. Éramos una oportunidad.
***
Un par de semanas después, los cuatro quedamos para cenar en su casa. El ambiente era el de siempre: risas, vino y anécdotas. Pero Rubén, con la información quemándole por dentro, no pensaba forzar nada. Solo iba a plantar una semilla.
En un momento, la conversación derivó hacia la noticia de una pareja de famosos que vivía una relación abierta. Noelia hizo un comentario escéptico, pero Rubén, mientras servía más vino con una calma absoluta, intervino con una naturalidad pasmosa.
—No sé, Noelia —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Yo creo que la madurez de una pareja es poder hablar de todo. Hay quien piensa que el sexo es propiedad del otro, y yo lo veo más como una experiencia. Si hay confianza plena y respeto, ¿qué importa que entre una tercera persona si eso enriquece la complicidad de los dos?
Nos miró a Carla y a mí con una expresión limpia, sin rastro de doble intención.
—Siempre he dicho que, si alguna vez me viera en una situación así, lo importante para mí sería la lealtad, no la exclusividad. Follar es solo follar. Una buena amistad con complicidad, eso es lo que vale de verdad. Si puedes tener las dos cosas con alguien de confianza, sin dramas, me parece el ideal de la libertad.
No hubo miradas de reojo ni sonrisas cómplices. Lo soltó como quien opina sobre una película. Pero para nosotros esas palabras resonaron como un trueno silencioso. Carla y yo nos miramos un instante, pensando lo mismo: Rubén piensa igual que nosotros.
Noelia soltó una carcajada y le quitó importancia al asunto.
—Ya sabemos que tú eres muy liberal, Rubén, sobre todo con lo celoso que eres conmigo —dijo en tono irónico.
La cena siguió con otros temas y él no volvió a tocar el asunto. Se mostró como el anfitrión de siempre: atento, divertido, cómplice. Pero sus palabras quedaron flotando. Al salir, ya en el coche, Carla me comentó como quien no quiere la cosa.
—Qué curioso lo que dijo Rubén, ¿no? No imaginaba que fuera tan abierto. Parece un tío centrado, de los que saben separar las cosas.
—Sí —respondí, poniendo la marcha—. Es buen tipo. Da gusto que haya gente que no se escandalice por nada.
Y ahí quedó la cosa. Sin planes, sin intenciones ocultas de nuestra parte. Pero Rubén, en su cabeza, sabía que había logrado lo más difícil: dejar de ser el novio de la amiga para convertirse en alguien que compartía nuestra misma frecuencia.
***
Unas semanas más tarde surgió la ocasión perfecta, y de forma del todo casual. Noelia se fue un fin de semana por un compromiso familiar y Rubén se quedó solo. Manteniendo su papel de amigo despreocupado, nos llamó para ver si nos apetecía cenar en su casa y no estar solo.
La velada fue muy distinta a la anterior. Sin Noelia, que solía llevar la voz cantante con sus bromas, el ambiente se volvió más pausado, más adulto. Estábamos los tres en el salón, con música suave de fondo y unas copas de vino. Rubén compartía anécdotas de sus viajes, de su forma de entender la vida. En un momento la charla volvió a rozar lo personal.
—¿Sabéis? —dijo él, mirando el vino en su copa—. Me gusta quedar así con vosotros. Siento que no tengo que fingir ser el novio perfecto que espera Noelia. Ella es fantástica, pero a veces le cuesta entender que uno puede ser leal y, a la vez, tener la mente más allá de lo convencional.
Carla lo escuchaba cada vez más cómoda. Rubén continuó, dirigiéndose a los dos.
—A veces pienso que la gente se complica la vida con secretos. Si tienes amigos de verdad, de los que no juzgan, todo es más fácil. Yo valoro la discreción por encima de todo. Lo que pasa entre amigos de confianza, ahí se queda.
No era una propuesta, era una declaración de principios. Pero Carla, quizá un poco más suelta por el vino, dijo algo que rompió el hielo.
—Es verdad, Rubén. A veces Diego y yo hablamos de cosas que ni de broma le contaríamos a Noelia. Ella es genial, pero es más tradicional de lo que parece.
Rubén sonrió, una sonrisa cálida, y nos miró a los ojos. Por dentro sabía que ella le mentía: Noelia ya se lo había contado todo. Pero no podía decirlo sin desbaratar su propio plan.
—Totalmente. Hay cosas que solo se comparten con gente que está en tu misma onda. Y creo que nosotros tres la compartimos. Podéis contar conmigo para lo que sea. Conmigo el secreto está a salvo: soy una caja cerrada con llave, os lo aseguro.
En ese instante sentí que el aire del salón cambiaba. Rubén nos ofrecía, sin pedir nada aparente a cambio, su silencio y su comprensión. Él no conocía nuestro secreto, pero nosotros sentíamos que estábamos a punto de encontrar a la única persona capaz de entender nuestras fantasías sin juzgarnos.
Al volver a casa, el silencio del coche no era incómodo, era de excitación. Yo conducía y Carla miraba por la ventanilla, pensativa.
—¿Te imaginas? —soltó de repente, sin mirarme—. Alguien como Rubén. Alguien que ya conocemos, discreto, que piensa exactamente igual que nosotros sobre la libertad.
No hacía falta que precisara a qué se refería. La idea de incluir a un tercero había dejado de ser una imagen abstracta para tener un rostro familiar.
***
Pasaron unos días hasta que volvimos a coincidir. Rubén nos invitó a probar un vino que acababa de comprar. De nuevo, Noelia se había quedado trabajando hasta tarde. Sentados en su salón, la barrera del pudor terminó de desmoronarse. Carla, tras un par de copas, me miró buscando aprobación y se giró hacia él.
—Rubén… el otro día dijiste que eras una caja cerrada con llave —empezó, con la voz un poco temblorosa por la mezcla de nervios y deseo—. Diego y yo hemos hablado mucho de eso. De lo que dijiste sobre la complicidad secreta.
Rubén dejó la copa con suavidad y se inclinó hacia nosotros, borrando la distancia. Su mirada era pura atención, sin juicio.
—Lo decía en serio, Carla. Sé que hay cosas que pesan si uno se las guarda solo. Y sé que vosotros dos tenéis una conexión especial. Si hay algo que queráis compartir, o algo en lo que pueda ayudaros a sentiros más libres, aquí estoy. Entre nosotros no hay tabúes, ¿recordáis?
Tomé la palabra entonces, con el corazón golpeándome el pecho.
—A veces fantaseamos con… incluir a alguien. Meter a otro tío en la cama. Alguien de absoluta confianza, que se la folle bien mientras yo miro y que sepa separar el sexo de la amistad y que guarde el secreto por encima de todo.
Rubén no se sorprendió, aunque por dentro celebrara que su plan funcionara. Se limitó a sonreír con una mezcla de ternura y seguridad.
—Entiendo. Y dejadme deciros algo: es una suerte tener esa claridad. Si alguna vez decidís dar el paso, ese tercero tiene que ser alguien que os respete y que valore vuestro secreto tanto como su propia vida. Yo, por ejemplo —añadió, bajando el tono casi a un susurro—, sería incapaz de contar algo así. Si yo fuera esa persona, Noelia jamás sospecharía nada. Solo follar, sin complicaciones, para disfrutar los tres. No es que tenga el menor interés, ni me lo había planteado, pero, mirándolo bien, parece que alguien como yo reúne lo que buscáis. Qué casualidad, ¿no?
El silencio que siguió no fue tenso, sino denso, cargado de una excitación que se podía cortar con un cuchillo. La casualidad que él mencionaba flotaba sobre la mesa como una invitación envuelta para regalo.
Carla me miró. Sus ojos brillaban, una mezcla de miedo por lo prohibido y un deseo que apenas podía contener. Al ver que yo no me echaba atrás, volvió a mirarlo.
—Es exactamente eso, Rubén. Lo que nos asusta no es el hecho en sí, sino las consecuencias. Pero escuchándote a ti parece tan fácil, tan seguro.
Él dio un sorbo, observándonos por encima del borde de la copa con una calma de control absoluto.
—Es fácil si se hace con cabeza. Mirad, si yo fuera ese candidato, nada cambiaría fuera de estas paredes. Mañana cenaríamos con Noelia, hablaríamos de cualquier cosa, y nadie notaría nada. La verdadera libertad es esa: tener una vida secreta que te haga vibrar mientras el mundo sigue girando como si tal cosa.
Se levantó con calma para poner más música, pero al pasar a nuestro lado apoyó una mano en mi hombro y la otra en el de Carla, solo un segundo. Un contacto que rompió la última barrera de hielo.
—No hay prisa —susurró—. Pero si decidís probar cómo es esa libertad conmigo, solo tenéis que decírmelo. Ya os di mi palabra.
***
La idea no dejó de darnos vueltas. Un sábado, casi sin planearlo, Carla y yo acabamos en una gran tienda de muebles. Pasear por los pasillos llenos de dormitorios montados nos hacía sentir como si estuviéramos eligiendo el decorado de una película que por fin íbamos a rodar.
—Esa cama me gusta —dijo Carla, señalando una de estructura sólida y amplia—. Y necesitamos las mesitas a juego.
Mientras cargábamos las cajas en el coche, yo ya sabía que no quería montarlo solo. Fue entonces cuando ella llamó a Noelia por el manos libres.
—Oye, hemos comprado una cama y unos muebles y estamos liados con las cajas. ¿Crees que podría venir Rubén a echarnos una mano? A Diego se le da bien, pero entre los dos terminan antes.
—¡Claro, mujer! —respondió Noelia entre risas—. Que vaya, que vaya, así hace algo útil.
Cuando Rubén llegó traía su caja de herramientas y esa sonrisa tranquila de hombre discreto. Pero en cuanto cerré la puerta, el ambiente cambió de golpe. Ya no estábamos en su salón. Estaba en el nuestro, en nuestro territorio.
—Bueno —dijo, dejando las herramientas en el suelo y mirándonos con una profundidad nueva—, ¿dónde está esa famosa cama que hay que montar?
Subimos al dormitorio. Empezamos a trabajar entre sudor, instrucciones leídas a medias y el sonido del metal contra la madera. Rubén se quitó la camisa para estar más cómodo, y no pude evitar notar cómo Carla tragaba saliva cada vez que le pasaba un tornillo, con la mirada clavada en el bulto que se le marcaba en los vaqueros. Yo también lo miraba. Su cuerpo, más marcado de lo que dejaba ver la ropa, le añadía realidad a todas las fantasías que yo le había susurrado a mi mujer en la oscuridad.
El montaje sirvió para romper el pudor. Entre bromas, nuestras manos empezaron a rozarse con las suyas al sostener una tabla. Al terminar la estructura y colocar el colchón, nos quedamos los tres de pie, contemplando el resultado. El dormitorio estaba en penumbra, iluminado solo por la luz del pasillo.
—Ya está —murmuró Rubén, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Lista para usar.
Se sentó en el borde de la cama recién estrenada y dio unas palmaditas en el colchón, invitándonos. Carla se sentó a su derecha y yo a su izquierda. El silencio ya no era de duda, era pura anticipación.
—¿Recordáis lo que hablamos de la libertad? —preguntó él, bajando la voz—. Estamos solos. Noelia cree que estoy apretando tornillos. Ahora depende de vosotros que esta cama sea algo más que un mueble nuevo.
Carla me buscó con la mirada, pidiendo la última confirmación. Le puse una mano en la rodilla y, con la otra, toqué el hombro de Rubén. En ese momento desapareció el último resto de vergüenza y solo quedó el deseo de ver cómo aquel tercero que tanto habíamos imaginado empezaba, por fin, a tocar a mi mujer.
***
Decidí que era yo quien debía dar el paso. Me incliné hacia Carla y la besé, un beso lento, profundo, que ella respondió de inmediato, metiéndome la lengua hasta el fondo con un gemido ahogado. Sin soltar su boca, alargué la mano derecha y busqué la de Rubén, apoyada en el colchón. La guié despacio hasta el muslo de Carla, por debajo de la falda. Sentí un ligero temblor en sus dedos, una fracción de segundo de sorpresa, pero en cuanto su palma tocó la piel desnuda del interior del muslo, su actitud cambió. Ya no era el amigo de los muebles. Era el hombre que aceptaba el ofrecimiento.
Su mano subió sin titubeos hasta las bragas de Carla. Ella soltó un gemido largo contra mis labios al sentir los dedos ajenos rozando la tela empapada. Rubén apartó el elástico y hundió dos dedos de golpe en su coño.
—Joder, cómo está —murmuró él con la voz ronca, sacando los dedos brillantes de flujo—. Está chorreando.
Me separé apenas unos centímetros para mirarla a los ojos, y luego miré a él.
—Esto es lo que queríamos —dije con la voz ronca—. Sin secretos entre los tres, pero con el mundo entero ahí fuera sin saber nada.
Rubén asintió, con una mirada oscura y decidida. Se llevó los dedos empapados a la boca y los chupó despacio, mirando a Carla a los ojos.
—Sabe a gloria —dijo—. A coño de mujer casada.
Carla se estremeció entera. Yo le arranqué la blusa de un tirón, saltando los botones, y le desabroché el sujetador con dos dedos. Sus tetas cayeron libres, con los pezones tan duros que parecían a punto de reventar. Rubén no perdió tiempo: se lanzó a uno de ellos, mamando con avidez, mordiéndolo, tirando de él con los dientes mientras la otra mano seguía trabajándola entre las piernas.
Ver las manos y la boca de otro hombre en el cuerpo de mi mujer, en nuestra propia cama y con mi aprobación, me provocó una sensación de poder y excitación que no había sentido antes. La fantasía acababa de morir para dejar paso a algo mucho más intenso. Se me puso la polla tan dura que dolía dentro del pantalón.
—Mírala bien, Carla —le susurré al oído mientras le bajaba la falda y las bragas de un tirón, dejándola desnuda del todo—. Esto es lo que imaginábamos. Otro tío chupándote las tetas y metiéndote los dedos en el coño mientras yo te miro.
Ella se dejó caer de espaldas en el colchón nuevo, con las piernas abiertas de par en par, el coño depilado y brillante ofreciéndose sin pudor bajo la luz de la lámpara. Me desabroché el cinturón y me bajé los pantalones para que viera que yo también estaba fuera de control, con la polla saltando dura contra el vientre.
—Dale la bienvenida que se merece —le dije—. Mámasela como me la mamas a mí.
No dudó. Se deslizó hasta arrodillarse entre las piernas de Rubén. Él echó la cabeza atrás y dejó escapar un gemido cuando ella, con una mirada de deseo puro, le desabrochó el pantalón y le liberó la polla. Era gruesa, oscura de sangre, con el glande morado y una gota de líquido preseminal colgando de la punta. Carla se relamió antes de agarrarla con las dos manos, comparándola mentalmente con la mía, midiéndola con los dedos.
—Qué grande la tienes —jadeó, cerrando el puño alrededor del tronco—. Diego, mira qué polla tiene Rubén.
La besó primero por la punta, recogiendo esa gota con la lengua. Luego lamió el glande en círculos, escupió en el tronco y empezó a masturbarlo con las dos manos mientras se la chupaba. Él la agarró del pelo con suavidad para marcar el ritmo. Carla abrió la boca y se la metió entera, hasta el fondo, haciendo ese sonido húmedo de garganta que tanto me ponía. Se atragantó, salivó a chorros, se apartó tosiendo con los ojos llorosos y volvió a metérsela.
Ver a mi mujer, la misma que desayunaba con Noelia, tragándose la polla del novio de su amiga con esa entrega, escupiendo baba por las comisuras, con el rímel corrido y los pezones bailándole con cada embestida, me hacía estallar por dentro. Rubén empezó a mover las caderas en embestidas cortas contra su boca, follándosela de pie mientras ella tragaba babeando.
—Qué guarra eres, Carla —gruñó él, apretándole las mejillas para que abriera más la boca—. Qué bien la chupas. Con razón Diego está tan contento.
—Sabe distinta —logró decir ella al separarse un segundo, con los labios brillantes y un hilo de saliva colgándole de la barbilla hasta la teta—. Sabe a otro. Es más salada, más fuerte.
Volvió a hundírsela en la boca, ahora agarrándole las pelotas con una mano, apretándoselas con suavidad, mientras con la otra se tocaba el clítoris. Me arrodillé detrás de ella y le metí dos dedos en el coño desde atrás. Estaba empapada, un charco tibio que me chorreaba por la muñeca.
—Rubén… —susurró, volviendo a rodearlo con las manos—, ¿podrás correrte dos veces? Porque me muero por sentir la primera ahora mismo, en mi boca. Quiero tragarme tu leche antes de que me folles.
Él soltó una risa ronca, cargada de suficiencia, y me miró como pidiendo permiso. Yo solo pude asentir, fascinado por la escena, con mis dedos aún dentro de ella.
—Por eso no te preocupes —contestó, agarrándola del pelo con más firmeza y hundiéndosela hasta las pelotas—. Tengo de sobra para ti. Voy a llenarte la boca y después voy a llenarte el coño. Y si me apuras, también el culo.
Carla gimió con la boca llena al escuchar aquello y se entregó con una ansiedad animal. Yo me arrodillé a su lado, sujetándole las tetas con las dos manos, pellizcándole los pezones mientras la veía tragarse a nuestro amigo. El sonido era sucio, constante, chapoteos de saliva y arcadas contenidas, llenaba el dormitorio. Rubén jadeaba cada vez más fuerte, arqueando la espalda, con las venas del cuello marcadas.
—Me corro —gimió—. Me corro, joder, no pares, traga.
Ella no se apartó. Abrió la boca y lo recibió todo, chorro tras chorro, tragando con fuerza una y otra vez, sin perder una gota. La vi tragar cinco, seis veces, la nuez subiendo y bajando. Cuando se separó, jadeando, tenía la comisura de los labios manchada y un hilo blanco cayéndole por el mentón hasta el pecho.
—Está caliente —me dijo, pasándose los dedos para recogerlo y llevárselo a la boca—. Sabe a él. Sabe espeso. Muchísima leche, Diego, me ha llenado toda la garganta.
Tal como había prometido, Rubén no se ablandó. Su erección seguía firme, brillante de saliva y semen, reclamando su sitio.
—Ya tuviste tu aperitivo —dijo, levantándola de la cintura para tumbarla sobre el colchón—. Ahora te toca. Diego, sujétale las piernas. Ábremela bien.
La dejó de espaldas, con el culo justo en el borde de la cama. Le agarré los tobillos y se los subí hasta pegárselos casi a las orejas, dejándola del todo expuesta: el coño abierto como una flor mojada, el ano fruncido justo debajo, todo brillante de flujo. Rubén se relamió al verla así.
—Joder, qué coño tienes, Carla. Mira cómo brilla.
Escupió sobre él, se la agarró y la restregó por los labios, arriba y abajo, golpeándole el clítoris con el glande. Ella gemía y sacudía las caderas buscándola.
—Métemela ya, por favor —suplicó—. No aguanto más, métemela toda.
—Pídelo bien.
—Métemela, Rubén, fóllame, méteme esa polla en el coño, por favor.
Se colocó y embistió de una vez, hundiéndose hasta el fondo, hasta que sus pelotas chocaron contra el culo de mi mujer.
El cuerpo de Carla se desplazó sobre el colchón por la fuerza del golpe. Cerró los ojos y un grito largo, a medio camino entre el placer y el desconcierto, escapó de su garganta.
—¡Aaah, joder! ¡Diego! ¿Estás viendo cómo me entra? —jadeaba, buscando algo a lo que aferrarse—. ¡Es enorme, me llega hasta el fondo!
Yo no soltaba sus tobillos. La mantenía abierta, exponiéndola entera a la luz de la lámpara. Rubén empezó a bombear con un ritmo salvaje, sin la menor intención de ser delicado, el sudor cayéndole sobre el vientre de mi mujer, sus pelotas golpeando rítmicamente contra el perineo y el ano de ella. Cada embestida producía un chapoteo obsceno, el sonido inconfundible de una polla entrando y saliendo de un coño encharcado.
—Más, Rubén —le azuzaba yo al oído—. Fóllatela más fuerte. Que sienta que hoy es la mujer que se entrega al novio de su amiga. Rómpele el coño.
Él la sujetó por la cintura, levantándole el culo para que cada embestida llegara más adentro, follándosela casi de pie mientras yo le sostenía las piernas. Carla estaba en trance, la cabeza de lado a lado sobre la almohada, la melena revuelta, soltando palabras sucias, pidiéndole que no parara, agarrándose las tetas y pellizcándose ella misma los pezones.
—¡Dame más! —gritaba ella, con las venas del cuello marcadas—. ¡Diego, mira cómo me la mete! ¡Mira cómo me folla tu amigo! ¡Esto es más de lo que imaginábamos! ¡Más, Rubén, más fuerte, rómpeme!
—Toma, zorra, toma —jadeaba él, sudando a mares—. Esto es lo que querías, ¿no? Otra polla para ti. La del amigo de tu marido metida hasta el fondo de tu coño de casada.
Cambiaron de postura sin dejar de estar conectados. Rubén la giró sobre el colchón, la puso a cuatro patas, con el culo levantado, la cara hundida en la almohada, y se la volvió a meter desde atrás de un solo golpe. Le agarró las nalgas con las dos manos, separándoselas, y empezó a follársela a perro, con embestidas secas que hacían temblar la cama recién montada. Cada golpe hacía saltar las tetas de Carla, que colgaban meciéndose. Yo me puse delante de ella, arrodillado, y le acerqué mi polla a la boca. La chupó sin dudarlo, saboreándose ella misma primero por el aire, tragándose mi glande hasta el fondo mientras Rubén se la clavaba desde atrás.
—Así, mi amor —le dije, agarrándole la cabeza—, chupa la mía mientras el otro te folla. Doble ración.
Ella gemía con la boca llena, los ojos en blanco, moviendo el culo hacia atrás para recibir mejor cada embestida. En nuestra propia cama, la que habíamos elegido con tanta ilusión doméstica, mi amigo poseía a mi esposa por detrás mientras yo se la metía en la boca, y lejos de sentir celos, me deleitaba en cada movimiento. Ese deseo me quemaba por dentro. No me bastaba con mirar.
La saqué de mi polla y volví a colocarme junto a ellos. Rubén, entendiendo la señal, tumbó a Carla sobre el colchón y la giró de espaldas otra vez. Deslicé la mano hacia abajo y, con una determinación que ni yo me conocía, hundí un dedo en ella, justo al lado de Rubén, mientras él seguía embistiendo.
Sentí el calor, la humedad, y el roce directo de él subiendo y bajando a toda velocidad. En cada embestida su carne apretaba mi dedo contra las paredes internas de mi mujer. El coño de Carla estaba tan abierto, tan empapado, que mi dedo entró sin ninguna resistencia junto a la polla de él.
Carla dio un respingo, arqueando la espalda, con un gemido que mezclaba el asombro y el placer.
—¡Diego! —gritó, sin aliento—. ¿Qué me estás haciendo? ¿Me estás metiendo un dedo… con él dentro? ¡Estoy llena, joder, estoy llenísima!
Se le escapó una risa cargada de vicio mientras sus músculos se contraían atrapándonos a los dos. Metí un segundo dedo, y luego un tercero.
—¡Es demasiado! ¡Me estáis llenando entre los dos! —chillaba, girando la cabeza hacia mí con la mirada perdida—. ¡Me vais a partir en dos!
Rubén, al notar mi mano, no se detuvo. Aceleró aún más, follándosela mientras mis dedos le acariciaban la polla desde dentro del coño de mi mujer.
—¡Eso es, Diego! —rugió, sudando a mares—. ¡Que sienta lo que es de verdad! ¡Que sienta a los dos a la vez!
Era una sensación indescriptible: notar bajo mis propios dedos el latido del otro, el grosor de su polla resbalando contra ellos, la humedad caliente del coño de mi esposa envolviéndonos, mientras ella se deshacía en gemidos. La complicidad que él nos había prometido se había vuelto algo físico, húmedo, sin límites. Con la otra mano le froté el clítoris hinchado en círculos rápidos, y Carla se corrió con un chillido agudo, arqueándose entera, apretando el coño en espasmos violentos que hicieron gemir a Rubén.
—¡Me corro, me corro, me estoy corriendo! —aullaba—. ¡Ay, joder, no paréis, no paréis!
Cuando ya no pudo contenerse más, Rubén agarró sus muslos y se hundió hasta el fondo, quedándose clavado. Yo no saqué la mano. Sentí bajo las yemas cómo pulsaba al descargar por segunda vez, chorros calientes vaciándose dentro de mi mujer. Carla soltó un alarido largo, el cuerpo sacudido por contracciones tan violentas que casi me apartan, corriéndose otra vez al notar el semen caliente inundándola por dentro.
—¡Lo siento dentro! —gritaba fuera de sí—. ¡Me está llenando entera! ¡Diego, me lo está echando dentro!
Rubén se dejó caer sobre ella, agotado, todavía latiendo. Cuando por fin se retiró, sacó la polla con un sonido húmedo y de inmediato un hilo espeso de semen empezó a escurrirle a Carla del coño, resbalando entre los pliegues hasta la raja del culo y goteando sobre la sábana. Yo retiré la mano despacio, con los dedos empapados de una mezcla de flujo y esperma ajeno.
Acerqué los dedos a la cara de Carla y ella, incorporándose sobre los codos, con el pelo revuelto, no esperó. Abrió la boca y los rodeó con la lengua.
—Todavía está caliente —gemía mientras limpiaba cada dedo, uno a uno, chupándolos hasta el fondo—. Sabe a lo que acabamos de hacer. Sabe a él y a mí mezclados.
Sin dejar que se recuperara, me subí sobre ella. Mi polla llevaba media hora reclamando su turno. Me hundí en su coño encharcado del semen del otro y fue como meterla en un guante tibio y resbaladizo. Nunca la había sentido tan floja, tan mojada, tan follada.
—Diego —jadeó ella, abriéndome las piernas—, me estás follando encima de lo que él me dejó. Notas cómo se sale mientras me la metes?
Lo notaba. Cada embestida hacía que el semen de Rubén escapara por los lados, resbalando entre nuestros vientres. Fue eso, esa sensación de estar recogiendo lo que él había dejado, lo que me hizo estallar en apenas cuatro golpes. Me corrí dentro de ella mezclando mi leche con la suya, con un gruñido animal, mientras Rubén nos miraba desde el borde de la cama, jadeando todavía, con esa sonrisa de satisfacción de quien ha ganado la partida.
***
Rubén se separó con un movimiento perezoso, aunque nunca había estado del todo separado. Se sentó en el borde de la cama, recuperando el aliento, contemplando a Carla, que seguía tumbada y saciada sobre las sábanas nuevas, con las piernas todavía abiertas y el coño chorreando de dos hombres.
—Os lo dije —murmuró, volviendo a su tono pausado—. La discreción es lo que permite que esto sea tan intenso. Nadie fuera de esta habitación podrá imaginar jamás lo que ha pasado aquí.
Se vistió sin prisa. Antes de irse, le dio a Carla un beso suave en la frente, un gesto de una ternura extraña después de habérsela follado como un animal, y me estrechó la mano con firmeza, la misma con la que yo le había estado tocando la polla dentro de mi mujer.
—Mañana cenamos con Noelia, ¿recordáis? —añadió con una sonrisa cómplice—. Preguntará qué tal fue el montaje. Portaos bien.
Cuando cerré la puerta, el silencio de la casa era casi ensordecedor. Volví al dormitorio. Carla se había sentado en el borde de la cama, mirándose el interior de los muslos, donde el semen todavía le resbalaba, con el brillo del sexo en la piel.
—Diego… —me llamó con la voz quebrada—, no tengo palabras. La forma en que me mirabas mientras él me la metía… Sentí cuánto me amas. Disfrutabas viéndome, sin enfado, con la polla dura, tocándome con él dentro. Eso es lo que me ha soltado por completo. Nunca me había corrido tantas veces seguidas.
Me senté a su lado y la abracé, sintiendo su cuerpo todavía tibio y sudoroso. Estábamos agotados, pero la cabeza nos iba a mil. Habíamos roto todas las reglas y la sensación de poder era embriagadora.
—Mañana vendrá lo mejor —le susurré—. Cuando veamos a Noelia darle un beso a Rubén, nosotros sabremos algo que ella jamás sabrá. Sabremos a qué sabe su novio… y que, en parte, también nos pertenece a nosotros.
Carla se acurrucó contra mí, sonriendo, con una mano deslizándose hacia mi entrepierna otra vez. El juego no había hecho más que empezar. La caja cerrada con llave se había abierto, y ya no queríamos volver a cerrarla.