La despedida de soltera donde perdí todos mis límites
A los que ya leyeron algo mío no hace falta que me presente, pero para los nuevos lo hago igual. Me llamo Lorena, soy colombiana y ronda mi edad ese punto en que una mujer deja de pedir permiso para disfrutar. Hoy estoy sola, sin ataduras de ningún tipo, después de muchos años de un matrimonio que terminó por cosas que ni vale la pena contar.
Cuando todavía estaba casada viví de todo junto a mi marido de entonces. Tríos, intercambios, noches con otras mujeres, fiestas que empezaban con una copa y terminaban de cualquier forma. Hoy les voy a contar algo que me pasó hace ya unos cuantos años, una noche que se me quedó grabada como pocas.
Una amiga me invitó a una despedida de soltera. La novia era la vecina de ella, una chica a la que yo apenas conocía, pero me animé a ir. Como siempre, fui con el visto bueno de mi esposo. Yo no le escondía nada, y menos en esos casos.
—¿Vas a esa fiesta? —me preguntó mientras yo me arreglaba frente al espejo.
—Voy. Ya sabes que en esas reuniones pasan cositas —le contesté, mirándolo por el reflejo.
Se rió y siguió leyendo en la cama. Me dejó ir sin un solo reproche, como siempre, con dos únicas condiciones: que se lo contara todo al volver, o que al menos le trajera un pedazo de torta. Esa era la clase de complicidad que teníamos.
***
La cosa empezó temprano. Habían alquilado un salón de esos diseñados a propósito para este tipo de eventos. Luces bajas, algunas en rojo que teñían las paredes, muebles cómodos y oscuros, una decoración que olía a noche larga. Era uno de esos lugares que con solo entrar ya te ponen el cuerpo en otra frecuencia.
Mi amiga y yo nos sentamos en un sofá amplio, en una esquina, con un trago en la mano. Al rato se nos sumaron otras dos chicas y empezamos a charlar entre risas. Yo iba despacio con el alcohol, me gusta sentir las cosas, no perderme en ellas.
Los meseros eran jóvenes y guapos, y nosotras, después de un par de copas, empezamos a tirarles indirectas que de indirectas tenían poco. Ellos nos seguían el juego con una elegancia que se agradecía, sin pasarse, sin faltar el respeto, apenas una sonrisa de más al servir, una mirada que se sostenía un segundo de la cuenta.
Cantamos, bailamos, hicimos los juegos típicos de estas despedidas: apuestas en las que el que perdía tomaba un shot o se quitaba una prenda. Y ahí ya se notaba quién venía con ganas de soltarse. Mi amiga era de las más alborotadas. Cada ronda la dejaba con menos ropa y más atrevida, y a mí me daba risa verla así, encendida como una adolescente.
Entonces apareció el show. Cuatro bailarines entraron al salón y el aire cambió. Eran hombres espectaculares, torneados, de esos que saben moverse y saben mirar. Bailaban para todas, se acercaban, se dejaban tocar lo justo para encender y se apartaban antes de que una se acostumbrara. El salón entero era un coro de gritos y aplausos.
Esto se está poniendo serio, pensé, sin imaginar hasta qué punto.
***
El punto de quiebre lo puso la propia novia. En medio del show, se arrodilló frente a uno de los bailarines y empezó a hacerle sexo oral delante de todas, sin ningún pudor, como si esa fuera la razón verdadera de la fiesta.
Fue como prender una mecha. En cuestión de minutos, lo que era un show se convirtió en otra cosa. Los cuatro chicos se acomodaron en los sofás y las invitadas empezaron a hacer fila, riéndose, empujándose, turnándose. Cada uno de ellos terminó rodeado de tres o cuatro mujeres a la vez. El orden se había roto del todo y nadie parecía querer recomponerlo.
Mi amiga me agarró de la mano para arrastrarme hacia el desorden.
—Ven, no te quedes ahí —me decía, tirando de mí.
—No, espera, déjame mirar —le contesté entre risas, soltándome.
Hubo un pequeño forcejeo, los dos muertos de risa, hasta que conseguí zafarme. Ella seguía hablándome muy cerca del oído, pero con la música yo no entendía ni una palabra. Al final me dio un empujón suave, me sentó otra vez en el sofá y me hizo una seña con el dedo: que no me parara, que me quedara ahí. Tomé mi trago, me acomodé y me dediqué a observar la locura que había desbordado el salón.
Y debo confesar que mirar también es un placer. Verlas a todas perdidas, escuchar los gemidos mezclados con las risas, sentir cómo el ambiente se cargaba de un calor distinto. Yo no estaba borracha, estaba lúcida, y eso hacía que cada detalle me llegara más hondo.
Me fijaba en cosas pequeñas. En la forma en que una de las chicas se mordía el dorso de la mano para no gritar. En cómo otra, de rodillas, cerraba los ojos como si rezara. En el sudor que les brillaba en la espalda bajo las luces rojas. Yo cruzaba y descruzaba las piernas en el sofá, apretándolas, sintiendo cómo el deseo se me iba juntando despacio entre los muslos sin que nadie me hubiera tocado todavía.
***
Lo que no vi venir fue lo que pasó después. Mi amiga, que sí venía pasada de copas, se había soltado del todo. La vi acercarse desde el otro lado del salón con cuatro o cinco chicas detrás de ella. Pensé que venían a sentarse a mi lado, a descansar. Me equivoqué.
Se fueron acomodando una detrás de otra, formando una fila junto al sofá, y yo todavía no entendía qué estaban tramando. No me dio tiempo de preguntar nada. Sentí que alguien se inclinaba por detrás del respaldo y unas manos me sujetaban la cara. Una de las chicas me besó. Fue un beso fuerte, decidido, con algo de hambre, y yo, lejos de apartarme, le respondí igual.
Nos besamos despacio y delicioso, su lengua jugando con la mía mientras el ruido del salón se volvía un murmullo de fondo. Y mientras esa boca me ocupaba entera, otra de las chicas se arrodilló frente a mí, me separó las piernas con suavidad y se metió por debajo de mi falda.
Lo que sentí cuando su boca me alcanzó por primera vez me arqueó la espalda. Una corriente que me subió desde el centro hasta la nuca. Eso fue lo que hicieron, una por una. Cada chica de la fila tuvo su turno entre mis piernas, y cuando terminaba, subía a besarme mientras la siguiente se sumergía en mi entrepierna.
No supe cuántas fueron. Perdí la cuenta y perdí también las ganas de contarlas. Bocas distintas, ritmos distintos, unas más bruscas, otras tan lentas que me hacían suplicar sin palabras. Yo estaba reclinada sobre el sofá, con la cabeza echada hacia atrás, recibiendo, dejándome hacer, sintiendo cómo el placer se acumulaba en oleadas que no terminaban de romper del todo porque apenas se iba una boca llegaba la siguiente.
Lo más extraño era el contraste. Arriba, las bocas que me besaban eran tiernas, casi cariñosas, lenguas que jugaban sin prisa. Abajo, en cambio, cada chica imponía su propio carácter: una me devoraba como si tuviera hambre de días, otra me trataba la piel con la punta de la lengua como quien escribe un secreto. Yo no sabía a qué entregarme primero, así que me entregué a todo.
Fue un rato largo. Larguísimo. Tanto que cuando la última se levantó yo tenía las piernas temblando y la respiración rota, y todavía me costaba creer que aquello estuviera pasando de verdad.
***
Poco a poco las chicas se fueron dispersando, volviendo a la fiesta como si nada, retomando sus tragos y sus risas. Mi amiga se sentó a mi lado, despeinada y con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Te gustó? —me preguntó, buscándome los ojos.
No le contesté con palabras. La tomé de la nuca y la besé yo a ella, que para algo había empezado todo. Y ahí mismo, en ese sofá, delante de quien quisiera mirar, terminamos las dos enredadas, devolviéndonos lo que las demás me habían dado. Su cuerpo contra el mío, sus manos donde antes habían estado tantas otras, y esta vez sí, una conexión entre ella y yo que no tenía nada que ver con la borrachera.
Cuando la fiesta empezó a apagarse y ya el salón quedaba en calma, todavía con el cuerpo zumbando, me animé a proponerle algo que llevaba un rato dándome vueltas.
—Oye, ¿te animarías a venir un día a casa? Con mi esposo. Los tres.
Ella ya lo conocía de antes, así que no la tomé por sorpresa. Se quedó pensando un segundo, mordiéndose el labio, y soltó una risa baja.
—Cuando quieras —me dijo—. Ya sabes que yo soy abierta para todo.
Nos despedimos con otro beso, esta vez tranquilo, y cada una se fue para su casa con la promesa flotando en el aire.
***
Llegué a casa de madrugada. Mi esposo dormía profundo. Me desvestí en silencio, me metí en la cama y lo desperté de la mejor manera que sé, con la boca, despacio, hasta que abrió los ojos sin entender del todo si era sueño o realidad.
Lo monté ahí mismo y mientras lo hacíamos le fui contando, sin omitir un solo detalle, todo lo que había vivido esa noche. Cómo me habían besado, cuántas bocas habían pasado por mí, cómo había terminado con mi amiga delante de todas. Sentí cómo se ponía más duro con cada palabra, cómo me apretaba las caderas, y supe que esa confesión susurrada nos estaba excitando a los dos por igual.
—¿Y ahora qué? —me preguntó con la voz entrecortada.
—Ahora viene lo mejor —le dije al oído—. Mi amiga quiere ser parte. Los tres.
No pasó ni una semana hasta que esa promesa se cumplió. Tuvimos nuestro primer y único trío con ella, una tarde que merece su propio relato y que les contaré en otra ocasión. Pero esa, como dicen, ya es otra historia.