Nuestra primera tarde de intercambio quedó grabada
—Qué buena pinta tiene todo —dije, mientras llevaba el último plato a la mesa del jardín.
Me senté y, después de un brindis, empezamos a comer. Era todo comida sana y de calidad. Se notaba que aquella gente vivía bien y se cuidaba. Las chicas se sentaron juntas en un extremo y nosotros, los maridos, ocupamos la esquina opuesta de la mesa. El picoteo se acabó enseguida y pasamos a la carne. Estaba delicioso. Al final decidimos no encender la parrilla para los chuletones: ya estábamos llenos y todavía faltaba el postre.
Renata había preparado un tiramisú y Lucía, mi mujer, había horneado un bizcocho con pepitas de chocolate. Las dos anfitrionas y mi mujer fueron a la cocina a preparar los cafés y volvieron al poco rato. Lucía venía ruborizada; Renata y Sofía se reían por lo bajo.
—Uy, uy, uy. ¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó Hugo.
—Estábamos con los postres —respondió Renata a su marido—. Y a Lucía se le ha caído esto.
Renata se sacó un tanga del bolsillo de sus pantalones cortos y lo dejó sobre el mantel, junto a las tazas.
—A ver, déjamelo —Hugo alargó la mano abriendo la palma.
Renata le acercó la prenda y la depositó en su mano. Hugo la cogió y se la llevó a la nariz.
—Mmm. El postre parece que está delicioso —dijo, mirando a los ojos a mi mujer.
—Está delicioso —aseguró Sofía, relamiéndose.
El rubor de las mejillas de Lucía subió unos tonos, mientras una sonrisa ladeada le asomaba en la cara.
—¿Me dejas probarlo? —Hugo la miraba como un depredador que ya tiene localizada a su presa.
—Cuando quieras —contestó ella, retándolo con la mirada.
Hugo se levantó, rodeó la mesa y le tendió la mano a Lucía para ayudarla a ponerse de pie. La condujo hasta una de las hamacas, la ayudó a tumbarse y se arrodilló entre sus piernas.
—Voy a probar el postre —avisó.
Mi mujer abrió las piernas y se dejó hacer.
***
Renata, por su parte, vino hacia mí y se sentó en mis rodillas, apoyando el culo justo encima de mi reciente erección.
—Parece que te gusta lo que ves —me dijo al oído.
—Más me gusta tu culo —respondí en voz baja, solo para ella.
Giró la cabeza y me besó. El primer contacto con sus labios fue una bomba dentro de mi cráneo. La sensualidad de aquella mujer era algo que no había sentido nunca. Sus manos subieron a mi cuello y volvió a hablarme al oído.
—Esta tarde vas a ser mío. Y te voy a poseer como nunca has sentido.
Aquella afirmación sonaba a amenaza, pero en el buen sentido de la palabra.
Sofía se levantó de su silla y fue directa hacia donde estaban Hugo y Lucía. Damián, en cambio, entró en la casa. A los tres minutos salió con una cámara de vídeo en la mano y se acercó a mí.
—Si no os importa, me gusta grabar los encuentros —explicó—. Soy el cámara en todos los eventos que organizamos. Luego hago un montaje y os lo envío. Todo es privado, queda entre nosotros.
—De acuerdo, no hay problema. Nunca nos hemos grabado, pero me parece bien.
Damián no necesitó escucharlo dos veces. Encendió la cámara y se dirigió hacia el trío que formaban Sofía, Hugo y mi mujer.
***
Sofía ya se había desnudado y le había bajado los pantalones a Hugo. Le hacía una felación con ganas. Desde mi posición no alcanzaba a ver gran cosa, pero por el ritmo de su cabeza se adivinaba que él tenía con qué entretenerse.
Renata había metido la mano por dentro del elástico de mi pantalón de deporte, y yo había deslizado la mía por una de las perneras de su short. Le acariciaba el sexo por encima del encaje del tanga, mientras ella apretaba y movía mi verga a su antojo.
—Vamos a desnudarnos —dijo en voz alta, para que la oyeran todos.
Nos pusimos de pie y caminamos hasta la tumbona contigua a la de Lucía. Mi mujer ya había llegado al orgasmo, y Hugo había sumado dos dedos al trabajo de su lengua. Ella se retorcía de placer mientras él se esmeraba en su tarea. Damián no paraba de grabar todas las variaciones de la escena, moviéndose de un lado a otro.
Renata me tumbó en la hamaca y empezó a hacerme una felación. Sus labios eran increíblemente suaves. Los llevaba con un poco de relleno, pero nada exagerado: estaban perfectamente perfilados. Eso, unido a la cantidad de saliva que repartía por toda mi verga, me daba la sensación de que en lugar de una boca era otra cosa. Nunca una boca me había producido aquella sensación.
—¿Te gusta? —preguntó, levantando la cabeza para mirarme a los ojos.
—Espectacular. Me encanta —procuré decirlo flojo, para que Lucía no lo oyera. Pero mi mujer estaba demasiado ocupada con el placer que le daba Hugo.
Renata se incorporó y, poniendo una pierna a cada lado de la hamaca, avanzó dos pasos y empezó a descender justo encima de mí. Sujetó mi verga con una mano y, ante mi atenta mirada, se sentó de una sola vez hasta unir nuestros pubis. El calor de aquella mujer me erizó la piel. No sabía qué me estaba pasando, pero era como si hubiera nacido para encajar conmigo. Había oído hablar de la química, pero no la había sentido nunca de verdad. No hasta Renata.
Incluso me daba un poco de apuro tener esas sensaciones. Una cosa era el sexo, y otra muy distinta lo que sentía con aquella mujer desde que me había puesto los labios encima por primera vez. Lucía giró la cabeza para mirarnos y nuestros ojos se encontraron. Hizo un gesto de aprobación y siguió observando cómo Renata me cabalgaba con una intensidad que me estaba volviendo loco.
***
Sofía soltó a Hugo y vino hasta nosotros. Hizo la misma maniobra que Renata, pero al revés: se colocó a horcajadas con el sexo sobre mi boca y de cara a su amiga. Renata, en cuanto la tuvo a su alcance, la empezó a besar de una manera lasciva y animal. Yo entendí cuál era mi cometido y arranqué un cunilingus que provocó el orgasmo de Sofía en pocos minutos. Al correrse, su humedad aumentó y su sabor cambió. Estaba más que preparada.
Damián no se perdía detalle de lo que ocurría en su lujoso jardín, y con la cámara en la mano iba de aquí para allá intentando capturarlo todo. Entonces Renata se retiró de encima de mí. El sitio no quedó vacío ni dos minutos: Sofía se adelantó y se dejó caer hasta empalarse en mi miembro.
Renata fue a ocupar el lugar de su amiga, pero junto a Damián. Se puso de rodillas y le practicó al cámara una mamada difícil de olvidar. Él inclinó la cámara hacia abajo para captar los movimientos de aquellos labios sobre su verga. Me pregunté si Hugo o Damián sentirían lo mismo que yo había sentido con esos labios encima: esa descarga de energía que me ponía la piel de gallina y me elevaba la excitación al máximo.
Estaba en esos pensamientos cuando un grito de Lucía me sacó de la ensoñación.
—Dios. Me corro. Sí, me corro. Qué bueno.
Me giré para mirarla y la vi cabalgando a Hugo con una maestría sublime. Subía y bajaba buscando profundidad, las manos apoyadas en el torso de él, que resoplaba mientras sus caderas acompañaban el movimiento. Sofía, al oír cómo mi mujer llegaba al orgasmo, aceleró su galope, se quedó quieta sentada sobre mi pelvis y empezó a temblar. Su sexo se contraía alrededor de mi verga, que con cada apretón se ponía todavía más dura.
***
Renata fue la primera en obtener recompensa: mientras Damián lanzaba un gemido breve, ella acabó con la boca llena. Acto seguido hizo gala de una calentura extrema. Cogió a Sofía del pelo y, ladeándole la cabeza, le pasó de boca a boca lo que su marido le había dejado, y se pusieron a jugar con las lenguas y el líquido.
Damián ya había recuperado la cámara y seguía con su afán de inmortalizar cada instante de la improvisada orgía. Renata corrió a la piscina y, al tirarse, llamó la atención de todos. Salió del agua chorreando, y al ver cómo le resbalaba por el cuerpo me entraron unas ganas tremendas de tenerla otra vez.
Mojada como estaba, volvió al grupo y gritó:
—Cambio.
Lucía se levantó de encima de Hugo y Sofía se separó de mí. Sofía se fue con Hugo y mi mujer vino conmigo. Aunque Renata se adelantó: se puso a cuatro patas en la hamaca que tenía justo delante. Lucía se quedó parada, sin saber muy bien dónde colocarse, hasta que Renata la llamó.
—Ven. Túmbate delante de mí.
Mi mujer se tendió de manera que la boca de Renata le quedaba justo a la altura del sexo. Al ver cómo Renata empezaba a comerse a Lucía, mi instinto me empujó a follarme a Renata todo lo fuerte que podía. Cada embestida la transmitía a mi mujer. Los ojos de Lucía se clavaron en los míos, y aquella conexión me puso todavía más caliente. Eso, sumado al calor de Renata, me llevó a un punto del que no había vuelta atrás. Cinco minutos después me corrí dentro de ella.
—Qué caliente está. Bufff. Me encanta —dijo Renata, volviendo la cabeza para buscarme la mirada.
Me quedé quieto, todavía dentro. Al salir, un hilo se deslizó por sus muslos. Ella seguía dándole placer a Lucía, que al verme terminar empezó a temblar y alcanzó el clímax casi a la vez que yo.
***
Estaba exhausto por el esfuerzo y por el orgasmo. Me fui a la piscina y me dejé caer. Me sumergí y noté cómo otras dos personas se tiraban detrás de mí. Saqué la cabeza y eran Lucía y Renata. Me abrazaron, una por cada lado, y me dieron un beso a la vez. Mi primer beso de tres. Un beso caliente en el que nuestras lenguas jugaban y pasaban de una boca a otra. Puro morbo.
Cuando se separaron, otros dos cuerpos entraron en el agua: Sofía y Hugo, que también habían terminado. Y un cuerpo más se sumó a la fiesta: Damián, que fue a abrazar a su mujer y juntos se acercaron a nosotros. Había sido nuestra primera orgía. Bueno, el primer asalto de un día que aún no iba ni por la mitad.
Estuvimos relajando los cuerpos en el agua, pero no nos quedamos quietos ni un segundo. Las insinuaciones y los toqueteos eran continuos. Todos jugábamos con todos. Por debajo de la superficie había muchísima vida: manos buscando cuerpos, cuerpos buscando manos. Cuando quisimos darnos cuenta, llevábamos tanto rato en el agua que se nos arrugaba la piel.
Salimos a las tumbonas y los anfitriones propusieron merendar. Mejor dicho, cenar, porque el tiempo había pasado sin sentir. Volvimos a encender la parrilla y esta vez sí hicimos los chuletones. Hugo los cortó en filetes para que cada uno los comiera al punto. Estaba todo riquísimo. Regamos la cena con un buen tinto y la alargamos con unos pasteles y un par de botellas de cava.
Al acabar, los anfitriones sacaron un juego de mesa para parejas y nos pusimos a jugar. Era un juego de preguntas y prendas: podías elegir entre contestar o asumir un reto. El ambiente se volvió todavía más morboso. Los retos eran de índole sexual e iban desde un simple beso hasta una felación o un cunilingus. Y las preguntas, desde cosas sobre antiguos amantes hasta otras del estilo:
—¿Con quién de los presentes te gustaría volver a follar?
Cuando llevábamos media hora, las pruebas se alargaban más de lo necesario y los toqueteos entre todos eran inevitables. Dejamos el juego para pasar directamente a la acción.
Casi dos horas después volvimos a terminar en la piscina. Esta vez, al ser de noche, las luces sumergidas estaban encendidas y se veían bien las manos y los cuerpos. Otra vez pasamos más tiempo del previsto dentro del agua, y cuando salimos ya era tarde.
Dimos por terminada la tarde de parejas y cada uno se fue a su casa. Los anfitriones nos acompañaron hasta los coches y, tras los besos y abrazos de despedida, arrancamos.
***
—¿Qué te ha parecido? —le pregunté a Lucía ya en el coche.
—Una pasada. No me imaginaba que me lo iba a pasar tan bien. ¿Y a ti? ¿Qué te han parecido Renata y Hugo?
—Muy majos. Una pareja de depredadores que juegan a la perfección.
Conduje el resto del camino con una sonrisa boba, pensando en la cámara de Damián y en el montaje que tarde o temprano llegaría a nuestro correo. Ya estoy deseando ver cómo se ve todo desde fuera. Y, sobre todo, pensando en la próxima vez. Porque, después de aquella tarde, las dos teníamos clarísimo que habría una próxima vez.