La noche que se me fue de las manos con cuatro
Cuando una fiesta se pone demasiado buena, una deja de calcular. Deja de medir las copas, deja de mirar el reloj, deja de pensar en lo que va a contar después. Eso fue exactamente lo que me pasó aquella noche de viernes, y todavía no sé si me arrepiento.
El servicio era sencillo, casi un favor: acompañar a cuatro chicos de la universidad, todos poco más de veinte, todos foráneos. Vivían sorprendentemente cerca de mi departamento, a cuatro cuadras, en otro edificio de una zona residencial tranquila. Se notaba que habían juntado peso a peso para pagar un par de horas conmigo. El refrigerador estaba casi vacío, apenas unas latas y mucho, muchísimo alcohol. Una fiesta de inicio de ciclo, me explicaron.
El trato incluía que no me arreglara con discreción, así que me puse un vestido corto de lentejuelas negras, escote en V muy pronunciado y la espalda al aire, tacones de plataforma y nada más que una tanga lisa debajo. Cuando llegué eran las nueve y media y ya estaban entonados.
—Llegó la reina —dijo el más alto, abriéndome la puerta con una reverencia torpe.
El departamento era el clásico nido de estudiantes: una mesa de plástico, sillas dispares, una bocina escupiendo reggaetón y casi ningún mueble. Me ofrecieron cerveza. No era de mi marca favorita, pero ellos se veían a gusto y acepté.
***
La primera hora se nos fue en pura plática. Dos eran del norte, uno del centro, otro de la costa, y yo les contaba de los lugares que conocía por trabajo. Bromeaban sobre sus desastres en la universidad, sobre las vacaciones, sobre la novia que uno había dejado a kilómetros de distancia. A pesar de la diferencia de edad, me estaba divirtiendo de verdad, y eso no me pasaba seguido.
—Vamos al billar de la esquina —propuso el de la costa, un tal Iván, según pude entender entre el ruido—. Está a medio camino entre su edificio y el mío.
Dudé. Vestida así, un bar de barrio no era el plan más prudente. Pero el lugar quedaba cerca y no le vi riesgo. Caminamos despacio, porque con esos tacones no había forma de apurar el paso, y ellos aprovecharon para soltar burlas.
—No la van a dejar entrar, ahí solo admiten gente decente —se reía Iván.
—Camine rápido, señito, nos está haciendo perder el tiempo —decía otro.
Yo me reía con ellos. Lo hacían de forma graciosa, sin maldad, y la verdad es que la estaba pasando bien.
***
El billar estaba en penumbra, con la música a todo volumen. Pidieron la primera ronda y al rato ya me había soltado del todo. Jugamos varias partidas, canté entre dientes la banda que sonaba, choqué los vasos con todos. Ellos bebían rápido, demasiado, y poco a poco empezaron a arrimarse cuando me tocaba tirar.
Estos ya van a empezar con sus cosas, pensé. Pero en lugar de molestarme, en mi siguiente tiro arqueé la espalda más de lo necesario y levanté el trasero, sabiendo perfectamente que el vestido no alcanzaba a tapar lo mínimo.
Cuando uno me daba un roce por detrás, los demás se reían y yo me bajaba el vestido fingiendo escándalo, fallaba el tiro a propósito y seguía el juego. Me decían que agarraba muy bien el taco, que se veía que me gustaba tener algo largo entre las manos, toda esa clase de tonterías. No se sentía pesado. Se sentía como flirteo, y yo llevaba mucho sin coquetear sin que fuera trabajo.
Se acabó el tiempo de la mesa y pagaron otra. Era ya mi tercera hora con ellos. No me habían pagado todavía, así que me quedé. Me sacaban a bailar una canción, alguno aprovechaba para apretarme la cintura, otro deslizaba la mano un poco más abajo. Yo me dejaba llevar y disfrutaba una noche como hacía tiempo no tenía.
***
Volvimos al departamento de madrugada y la bebida no paró. Yo sostenía una cerveza con una mano y caminaba descalza, los tacones colgando de dos dedos de la otra. Me sentía hermosa, peligrosa, libre.
Le mandé un mensaje a Rubén, mi marido, inventándole que el servicio se había extendido varias horas más. De mi dinero ya le rendiría cuentas. No quería que nada me arruinara la noche.
Empezaron las locuras de borrachos: shots de castigo en el blackjack, gritos cada vez que alguien iba al baño, ellos perreando entre sí muertos de risa. Contaban chistes que no daban ninguna gracia y de todos modos nos doblábamos. Por primera vez en mucho tiempo me sentía parte de algo, no contratada por algo.
El celular de Iván sonó. Era el encargado del edificio, un señor al que describían como el ogro de los cobros, pidiendo que bajáramos el volumen. Por un momento todo se calmó. Nos sentamos en el suelo, entre botellas vacías y charcos de cerveza, la sala hecha un desastre que olía a cigarro y a alcohol.
Yo había perdido la compostura por completo. Estaba despeinada, el vestido se me subía y enseñaba de más, y no me importaba en absoluto. A ninguno parecía importarle tampoco. Y entonces, en medio de ese silencio cómplice, sentí el calor subirme desde el vientre.
***
Sin avisar, me arrastré sobre las rodillas hasta el que tenía más cerca y le desabroché el pantalón. Él soltó la lata, sorprendido, y los otros tres se quedaron mudos.
—¿Qué? —dije, mirándolos por encima del hombro—. La fiesta apenas empieza.
Lo tomé en mi boca despacio, sintiendo cómo se endurecía contra mi lengua. Él dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido ronco. Yo estaba a cuatro patas en el suelo, el vestido subido hasta la cintura, el hilo de la tanga lo único que cubría algo, y de pronto sentí dos pares de manos recorrerme la espalda, los muslos, apartándome la tela.
—No se queden mirando —murmuré contra la piel de Iván—. Hay para todos.
Me giré hacia los otros dos, que ya se sacaban el pantalón con torpeza de borrachos. Pasé de uno a otro, sintiendo el peso de cada uno crecer en mi mano, en mis labios. Los gemidos llenaban la sala, sin ritmo, desbocados, igual que todo lo demás esa noche.
El primero que había probado se colocó detrás de mí. Apartó el hilo de la tanga con un dedo, me untó saliva y empujó despacio hasta hundirse del todo. Solté el aire de golpe.
—Así, papi —jadeé—. Y pásenme otra cerveza. Quiero beber mientras me cogen.
Como si fuera una orden sagrada, una lata fría apareció frente a mi cara. Le di dos tragos largos sin dejar de moverme contra él, mientras otro me llenaba la boca y el cuarto esperaba su turno acariciándose. Eran cuatro y yo era el centro de todo, la que mandaba aunque estuviera de rodillas.
***
Perdí la cuenta del orden. Cambiaban de lugar, se reían, chocaban entre ellos por la borrachera. Uno me embestía por detrás mientras otro me sostenía la cara y me guiaba con suavidad, y el tercero me recorría la espalda con la lengua. Yo bebía, jadeaba, los provocaba.
—Más fuerte —les pedía—. No me van a romper, créanme que no.
Me arrastraron hasta un colchón viejo tirado en una esquina y ahí seguimos. A ratos cerraba los ojos y solo escuchaba: la respiración entrecortada de los cuatro, el roce de la piel, mis propios gemidos que ya ni reconocía. Sentí a uno tensarse y terminar entre mis labios; alcancé a girar la cara y el segundo acabó sobre mi mejilla, caliente, marcándome. El tercero se hundió hasta el fondo con un gruñido largo. El cuarto me sostenía las caderas como si tuviera miedo de que me esfumara.
Cuando por fin se desplomaron, uno a uno, alrededor del colchón, me quedé bocarriba mirando el techo, sin aire, con una sonrisa idiota que no me cabía en la cara. La sala era un campo de batalla. Yo era el trofeo y la ganadora a la vez.
***
Me desperté con la luz cruda de la mañana entrándome por los ojos. Iván dormía en una silla, los otros desparramados por el piso. Me incorporé despacio, con el cuerpo molido y la cabeza a punto de estallar. Encontré mi vestido hecho un trapo, mis tacones en distintos rincones, la tanga vaya una a saber dónde.
Me vestí como pude, recogí mi dinero del bolsillo donde lo habían dejado —completo, hasta con un par de billetes de más— y salí sin despertar a nadie. Bajé las escaleras descalza, con los tacones en la mano y la dignidad colgando del mismo dedo.
Caminé las cuatro cuadras a casa con el sol pegándome en la nuca. Rubén abrió la puerta antes de que yo metiera la llave. No dijo nada al principio; solo me miró el pelo revuelto, la mancha en el vestido, las rodillas raspadas. Después soltó todo lo que tenía guardado.
—¿Cinco horas? —escupió—. Te estuve marcando toda la noche.
Me metí al baño sin contestar. En el espejo me encontré con una mujer que no reconocía del todo: el rímel corrido, los labios hinchados, una marca de mordida en el hombro. Esperaba sentir vergüenza. Esperaba el peso de siempre.
Pero mientras el agua caliente me caía por la espalda y borraba la noche, lo único que sentí fue las ganas de que volviera a pasar. Capaz que sí perdí algo con Rubén esta vez, pensé. Pero hacía años que no me sentía tan viva.
Cerré los ojos bajo la regadera y, en lugar de llorar, sonreí.