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Relatos Ardientes

Cinco mujeres me eligieron en la sala de cristal

Lo que voy a contar se aleja de lo que suelo escribir bastante más de lo que acostumbro. Está apoyado en algo que ocurrió de verdad —el congreso, la belga, el local, los dueños, la cama redonda, las cristaleras—, pero me he permitido muchas licencias por el camino. Así que tomadlo como lo que es: una memoria deformada a conveniencia.

Fue en unas jornadas sobre disciplinas de combate, en las que me habían invitado a dirigir una mesa redonda sobre defensa personal. A la hora del café se me acercó una asistente belga y me dijo que le fascinaba cómo mezclaba conceptos que parecían no tener nada que ver, y que la había hecho replantearse la utilidad real de las artes tradicionales fuera del tatami.

Me hizo gracia con aquel acento que arrastraba las erres. Comimos juntos. Y luego cenamos.

Estábamos a gusto. Tendría más o menos mi edad, cuerpo firme, piernas largas, una cara redondita que la hacía parecer más joven y unos pechos medianos de pezones que se marcaban bajo la tela. No llevaba sujetador, y no hacía nada por disimularlo.

Muy a su manera, cuando llevábamos un rato rozando el tema del sexo de pasada, me soltó sin preámbulos que le gustaría follar conmigo. Lo dijo con esas palabras exactas, mirándome a los ojos por encima de la copa.

Solté una carcajada y le dije que no me parecía oportuno.

No se extrañó. Y eso sí me extrañó muchísimo a mí.

—¿Y por qué no? —preguntó, divertida.

—Porque busco cosas un poco más fuertes. Aunque estés buenísima y te comería aquí mismo, encima de la mesa.

No se escandalizó. Ni se ofendió. Apoyó la barbilla en la mano y me miró con una curiosidad que me desconcertó y me puso, a partes iguales.

—¿Eres gay? —preguntó.

—No.

—¿Entonces a qué te refieres con «más fuerte»?

—Cuatro pechos. Seis. Ocho. Rodeándome. —Lo lancé así, casi en plan suicida, esperando ver cómo se levantaba de la mesa—. Ahora sí te vas a extrañar, guapa.

Pero no lo hizo. Ladeó la cabeza y dejó escapar una sonrisa lenta.

—La verdad es que no debería sorprenderme, con el desprecio que le tienes a todo lo convencional. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Conozco un sitio. He estado antes. Creo que te va a gustar.

***

Una hora más tarde me tenía con una copa en la mano dentro de un local diseñado para una sola cosa: facilitar los encuentros sin más límite que, quizá, el del buen gusto. Me sorprendió no encontrarlo lleno de gente desesperada. Parecían personas normales, unos más atractivos que otros, pero con cualquiera de ellos me habría tomado algo sin pensarlo. Qué malos son los prejuicios, me dije mientras le daba un sorbo a la copa.

El dueño y su mujer atendían la barra. Acabé explicándoles por qué creo que el universo tiene una dimensión más de las que percibimos, mientras ellos insistían en preguntarme si dolían de verdad los golpes que uno recibe sobre el ring. Vaya pregunta. Eso hace estar a gusto y llevar una copa de más: que terminas hablando de física cuántica con un desconocido que solo quiere saber si te han partido la nariz alguna vez.

El sitio era de lo más agradable, y no lo digo por hacer publicidad. Allí un no era un no de verdad. Solo pasaba lo que tú quisieras que pasara, y nadie tenía que andar repartiendo empujones a los pesados, porque pesados no había.

Música muy de fondo. Luces que cambiaban de ambiente según el rincón. Algunas parejas en mesas rodeadas de sofás comodísimos, tocándose y comiéndose con una naturalidad que daba envidia. Pasillos que iban y venían, decorados con fotografías de paisajes marinos, cuerpos hermosos y falos de proporciones imposibles tallados en acero y en piedra con un realismo increíble. Los que me conocen saben de mi fascinación por lo fálico. La belga se partía de risa cuando le pregunté a la dueña si podía acariciar una enorme verga de granito, preciosa y fría al tacto.

Y así, entre copa y carcajada, la dueña del local —rondaría los cuarenta, culo y pechos grandes, melena negra y cara de niña— se me acercó y me susurró al oído:

—Me gustaría enseñarte nuestra sala más exclusiva.

—¿Cuál?

—Una sala redonda, rodeada de cristales semitranslúcidos, con una cama enorme en el centro. Quien quiere, mira desde fuera. Lo que ocurre dentro se graba, pero un programa difumina las caras en tiempo real y borra el original. Nadie reconoce a nadie. —Sonrió al ver mi cara—. Hoy la técnica adelanta lo que no está escrito.

—¿Y se alquila?

—No. Se reserva para quien nosotros queremos. No hay precio.

—¿Es un regalo, entonces?

—Más bien una inversión —dijo—. Y la quiero para ti esta noche, si te apetece.

Me agarró de la mano y tiró de mí. La belga venía de la otra. Detrás, una camarera nos detuvo un instante.

—¿Deseáis algo antes de entrar?

La dueña respondió en voz alta, mirándome para que la oyera bien:

—Sortea su verga.

—¿Alguna condición? —preguntó la camarera, también pendiente de mí.

—Quiero que quien entre no salga hasta que yo lo diga —contesté, más exigente de lo que pretendía. La camarera asintió y seguimos.

***

Nada más cruzar la puerta, la dueña me agarró de la cinturilla del pantalón. La separé de un empujón seco y la dejé caer sobre el sofá.

—Hasta que yo lo diga, no se toca.

Esbozó una media sonrisa de excitación que ya no era capaz de contener.

Le hice un gesto a la belga y ella me desvistió despacio. Dejé los calzoncillos puestos, aunque el bulto ya delataba bien claro en qué estado me encontraba. Justo entonces entraron tres mujeres más, las que habían ganado el sorteo. Una no era especialmente guapa, pero tenía las carnes firmes y un brillo en la mirada que valía por dos. Las otras dos estaban buenísimas.

Mandé que trajeran a todas sus parejas y que las acomodaran al otro lado del cristal. Eran cuatro, incluyendo al propio dueño, que accedió encantado. Faltaba el de la belga. En primera fila se colocaron los cuatro, y pedí que buscaran a un quinto. Quería cinco. Toda la sala se ofreció; la camarera de confianza eligió a uno alto, fuerte, de cara ruda pero amable. Olía bien, recuerdo.

Cinco hombres pegados al cristal. Cinco mujeres dentro, deseándome. Y mucha gente transitando los pasillos, observándonos con interés. Miré a los cinco de fuera y volví a pensar lo de antes: que me parecían buenas personas, que me gustaban sus caras.

A la última que había entrado le encargué quitarme los calzoncillos. A la penúltima, desvestir a las demás y empezar a comerles los coños, una por una. La luz justa para ver sus cuerpos y, sobre todo, para percibir el deseo que se les escapaba por la piel.

Cuando tuve la polla dura como una piedra, les dejé tocarla. Solo un poco, por turnos, como una ronda. Una me la acariciaba suave, otra me sostenía los huevos, otra me palpaba el culo, todo a la vez. Estaban encantadas con mi culo y con lo duras que tenía las piernas de tantos años de tatami.

Empecé a repartir tareas. A una le ordené que me la chupara a fondo, sin freno. A otra, que me masajeara los testículos muy despacio. La tercera me lamía el ano, que me vuelve loco cuando a la vez me amasan los huevos. La cuarta buscaba mi lengua y quería beberme la saliva. La quinta me mordía los pezones y el pecho. Las iba rotando de sitio mientras, al otro lado del cristal, los maridos se masturbaban en silencio. Por un momento sentí que estaba haciendo una especie de labor social. Las cosas que se le pasan a uno por la cabeza.

Con sus caras de oficinistas, de contables, de gente normal y de libido escasa. No sé por qué pensé eso, pero lo pensé.

Coloqué a dos sobre la cama, una encima de la otra, y mandé a otras dos que les lamieran coños y culos. La quinta seguía comiéndome la boca. Cuando las tuve a todas a punto, lancé mi única pregunta de la noche.

—Solo os voy a preguntar una cosa, zorras. Decidme: ¿queréis que me corra meándoos encima, en los coños, en las tetas y en la cara cuando acabe? ¿O prefieres que pare ahora, vaya a mear y me la sujetéis?

La dueña, que era la que me devoraba la boca cada vez que la dejaba, contestó la primera:

—No vayas. Sigue.

La belga me apretó los huevos y gimió en su idioma, dándome la razón.

***

A las dos que estaban entre los muslos de las otras les ordené que me guiaran hasta la cama, que yo no movería un dedo hasta penetrar a la primera. Vinieron a cuatro patas. Una se aferró a mi verga y la otra empujaba mi culo mientras pegaba los labios a mis testículos, conduciéndome paso a paso. Pusieron mi glande contra el primer coño.

Era espectacular. Abierto, muy peludo, como a mí me gustan, húmedo y bien formado. Notaba su calor a un palmo de distancia.

Y allí, en esa fuente inagotable de placer, hundí la polla de un solo golpe, hasta que se oyó el chasquido claro de mis huevos contra ese culo que llevaba un rato pidiéndome guerra. Empecé a bombear con fuerza mientras le levantaba las piernas. Puse a una en su clítoris, otro coño sobre su boca para que lamiera, otra boca debajo en su ano y otra detrás de mí, abrazándome y sosteniéndome los cojones, que ya empezaban a amenazar con explotar demasiado pronto.

Se corrió en dos minutos. Pero seguí bombeando hasta que también se vino la que tenía la boca en su coño. De un tirón le di la vuelta —se dejaba mover como una muñeca— y el orgasmo la dejó plana sobre la cama. Le puse otra debajo y la follé por el culo mientras la de abajo le lamía el coño. Casi se corre de nuevo.

—Dame tu leche —pidió la dueña.

—A ti voy a mearte encima, ya te lo dije —le respondí.

Coloqué a otras dos cara contra cara, espejo con espejo, y a dos más tocándoles los clítoris. Empecé a follarlas en carrusel, alternando coños y culos. Arrancaba por el de la belga, apretado y profundo: tres embestidas hasta el fondo que le sacaban alaridos en su idioma. De ahí pasaba a su coño, cinco embestidas más, y luego al segundo coño y al segundo culo, mientras las otras dos no dejaban de masturbarlas.

Les avisé de que estaba a punto, pero que no pensaba correrme antes que ellas. La dueña se colocó a mi espalda y me metió un dedo en el culo. Eso me frenó lo justo. El tiempo exacto para que se vinieran las cuatro entre gritos.

Saqué la verga y las mandé ponerse alrededor de las dos del centro. Les abrí la boca y descargué dentro la mayor corrida que recuerdo. La leche resbalaba por sus caras, y las otras tres —la dueña no, a la dueña la tenía castigada— la devoraban como lobas. Al otro lado del cristal, los maridos resoplaban y seguían con sus pajas, manchando el vidrio con sus propias corridas.

***

Puse a las cuatro en círculo sobre la cama redonda. Coño, boca, coño, boca, coño, boca. Una rueda perfecta. Le pedí a la dueña que me acariciara los huevos casi sin que se notara, y cuando estuve otra vez listo, ella se colocó a cuatro patas para que la penetrara.

Me acerqué. Miré su cara salidísima, deseando que la rescatara del castigo. Y pasé de largo hacia la cama.

Aparté la primera boca del círculo y follé ese coño. La que lamía el clítoris siguió en su sitio, sin parar, y eso las volvía locas: sacaban las manos buscándome el culo y los huevos, bajo la mirada cabreada de la dueña, que veía cómo la dejaba para el final. Así fui pasando por las cuatro, una tras otra, mientras se comían entre ellas.

Entonces mandé bajar a los maridos. Las separé, tumbé a cada mujer en la cama redonda y puse a cada hombre a comerle el coño a la suya. La belga se lanzó a la boca del quinto, el desconocido, y si no la freno a tiempo se lo monta en un segundo.

Llegué hasta el primer marido y le ordené que me chupara, solo el glande. El tipo se metió la verga entera de golpe, a pesar de que la tengo bastante gruesa, y le di un bofetón flojo, lo justo. Entendieron todos cuál era su papel. Me lubricó el capullo con la boca y follé a su mujer a un par de centímetros de su cara. Le ordené seguir lamiendo.

Cuando llevaba un rato embistiendo como un toro, sintiendo la lengua torpe del marido entre mi polla y el clítoris de ella, y a la dueña masajeándome el pecho con una mano mientras con la otra me sostenía los huevos y de vez en cuando me lamía el ano, pasé a la siguiente. Y así con todas.

***

Por fin le tocó a la dueña. La puse a cuatro patas y la follé por el culo. Soltó un grito. Saqué la polla, se la metí en el coño y de ahí a esa boca carnosa, que me devoró entera. Mandé a todos los maridos que la sobaran a la vez, y la mujer entró en éxtasis. Me corrí dentro de su culo con una descarga larga, pero no paré: seguí follándola hasta que la vi retorcerse, gritando de gusto.

Saqué la verga y la empujé con el pie. Cayó de espaldas sobre la cama. Empecé a mearla encima, sobre las tetas, mientras ella se tocaba como una loca y buscaba el chorro con la boca abierta, hasta que le entró y se le desparramó por las mejillas. Se corrió dando alaridos.

Me tumbé del todo, agotado, y los diez se echaron sobre mí para limpiarme la polla y el cuerpo con la lengua y con toallitas húmedas perfumadas. La belga me comía la boca y restregaba su coño chorreante en mi rodilla, como si la noche no le hubiera bastado.

Nos vestimos sin prisa. Nos tomamos la última en la barra, nos despedimos de los dueños y salimos a la calle. La belga me apretó la mano antes de soltarla. No hizo falta decir nada más.

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Comentarios (5)

Carlitos_BsAs

Increible, me quede con ganas de mas. Cuando sale la continuacion???

Marianoo

Qué manera de arrancar el relato, desde el primer parrafo ya estaba enganchado. Felicitaciones, de lo mejor que leí esta semana.

Meli_GBA

Dios mio, qué fantasía tan bien armada. Esto si que es diferente!!

ViajeroCba

Me recordó algo que me contó un amigo hace años, aunque mucho menos cinematográfico jajaja. Muy bueno el relato.

LuzMarinaOk

La idea de la sala de cristal es genial, nunca había leído algo así. Original de verdad.

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