La sorpresa en grupo que mi novio me tenía preparada
Os voy a contar la primera vez que viví algo así, y fue el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca. Lo organizó Bruno, mi novio, y todavía me cuesta creer que de verdad pasara.
Antes de seguir, dejad que me describa un poco. Soy bajita, mido apenas un metro sesenta, con el pelo largo y oscuro. Tengo la piel muy blanca, los ojos verdes y una cara que la gente suele llamar de niña buena, aunque mis labios algo gruesos cuenten otra historia. No soy delgada ni gorda, tengo las caderas anchas y bastante pecho, que es lo primero en lo que se fijan. En el día a día soy tímida, me cuesta mirar a los ojos. Pero en la cama me convierto en otra persona: me gusta hacer de todo y que me lo hagan. Esa parte de mí fue justo lo que inspiró a Bruno.
Desde hacía meses, mientras lo hacíamos, fantaseábamos en voz alta con que hubiera otros hombres con nosotros. Esa idea nos encendía a los dos. Él me la metía despacio mientras yo me llenaba con un juguete, imaginando que eran dos tíos distintos. A veces sumábamos un tercero contra mis labios. Le gustaba terminar sobre mi cara y verme tragar cada gota, y a mí me gustaba dejarme mirar así. Pero había algo que nunca lográbamos: que entrara entera cuando se la chupaba. La tenía demasiado grande y, por más que lo intentaba, siempre me ganaba la arcada.
Mi cumpleaños se acercaba. Todos los años lo celebrábamos igual: una comida larga con la familia y, por la tarde, cuando los mayores se retiraban, salíamos los primos y los amigos a tomar algo hasta tarde. Y siempre, sin falta, Bruno y yo cerrábamos la noche con nuestra propia sesión a solas. Este año no iba a ser distinto, o eso creía yo.
Estábamos organizando el día cuando me soltó algo que me dejó pensando.
—Lo vamos a pasar bien con tu familia —dije—, pero mucho mejor cuando nos quedemos los dos solos.
—Eso seguro —contestó con media sonrisa—. Ponte algo muy sexy esa noche. Tengo una sorpresa preparada. Es tu regalo.
—¿En serio? —Me quedé intrigada—. No me hagas esperar tanto.
No quiso adelantarme nada más. Pasaron los días y llegó la fecha. Me puse unos pantalones tan ajustados que se marcaba todo debajo de la tela, y arriba una camiseta corta que dejaba el ombligo al aire. Cuando Bruno me vio, me recorrió de arriba abajo con una cara de deseo que no disimuló.
—Madre mía, estás perfecta —murmuró—. Justo así te quiero para el regalo.
La celebración transcurrió como siempre. Comí, brindé, me reí con mis primos. Pero sobre la una de la madrugada Bruno me cogió de la mano y me dijo al oído que teníamos que irnos, que la sorpresa nos esperaba. Yo había bebido más de lo que acostumbro, así que iba un poco alegre, flotando.
—Vamos a mi piso —dijo mientras caminábamos—. Allí está todo.
Por el camino hacíamos el tonto, nos reíamos y él aprovechaba para sobarme el cuerpo entero. Para cuando llegamos al portal, yo ya estaba empapada y no podía pensar en otra cosa.
Entramos. Antes de encender ninguna luz, me ató un pañuelo sobre los ojos. Me guio hasta el salón y me hizo arrodillarme sobre un cojín que había dejado preparado en el suelo. A ciegas, escuchaba ruidos suaves a mi alrededor, pero iba tan achispada que no les di importancia. Supuse que iba a acercarme su polla para que se la chupara con los ojos vendados, como otras veces.
—Ya puedes quitarte la venda —dijo después de un par de minutos—. Disfruta de tu regalo.
Me bajé el pañuelo y me quedé con la boca abierta.
***
A mi alrededor, formando un círculo, había seis hombres además de Bruno. Todos desnudos, todos de pie, todos apuntando hacia mí. No conocía a ninguno. Mi novio estaba algo apartado, recostado contra la pared, mirándome con los ojos brillantes.
—Feliz cumpleaños, cariño —dijo—. Lo vamos a pasar genial.
Todavía estaba procesando la escena cuando uno de ellos me rozó los labios. Casi sin pensarlo abrí la boca, y enseguida la tenía llena. Otros dos me cogieron las manos y me las llevaron a sus pollas; empecé a masturbarlos por puro instinto. Los demás me tocaban por todas partes a la vez: el pecho, entre las piernas, las caderas. Yo seguía mirando de reojo hacia el rincón, donde Bruno se acariciaba despacio sin perder detalle. En cuestión de segundos me habían desnudado entera y yo ya había despertado del todo.
Era una sensación que no tenía con qué comparar. Iba pasando de una boca llena a otra, masturbando a dos con las manos mientras me chupaban el pecho, y uno se las arregló para meterse debajo de mí y atender lo que le quedaba a su alcance con la lengua. Yo gemía sin control, como si se me escapara de dentro, y llegué a un primer orgasmo que me dejó temblando.
Me pusieron a cuatro patas. Uno me cogió por las caderas y empezó a embestirme; otro se colocó delante y me sujetó la cabeza; con cada mano seguía atendiendo a dos más. Estaba completamente entregada, era como un juguete que pasaba de unas manos a otras, y lo curioso es que disfrutaba como nunca. En apenas un cuarto de hora ya había perdido la cuenta después del tercer orgasmo.
Cuando recuperé un poco el aliento, busqué a Bruno con la mirada. Se había acercado y se masturbaba a un par de pasos, observando cómo aquellos seis desconocidos me ponían a su novia patas arriba. Le hice una seña para que se uniera, pero negó con la cabeza.
—Esto es tu regalo —dijo en voz baja—. Disfrútalos a ellos. La mía la tienes todos los días.
El que me embestía se retiró y, en lugar de ocupar otro su lugar enseguida, uno se tumbó boca arriba en el sofá. Entendí lo que quería. Me subí encima y empecé a moverme sobre él, marcando yo el ritmo. En mitad de un gemido, otra polla encontró mi boca, y unas manos firmes me sujetaron la nuca. Supe lo que venía. Al sentir aquel grosor cruzar la garganta no pude evitar una arcada, pero él no aflojó, así que tuve que relajarme y acostumbrarme a sus embestidas.
Al cabo de un rato disfrutaba de las dos cosas a la vez, llena por delante y por la boca. Estaba a punto de correrme otra vez cuando noté algo nuevo: alguien se había tumbado detrás de mí y empezó a pasarme la lengua por sitios donde no me lo esperaba. Fue una sensación inesperada que me hizo estallar al instante. Se fueron turnando, cambiando de posición, hasta que pasé por todos y todos pasaron por mí.
Estaba como loca, me sentía la mujer más afortunada y la más descarada al mismo tiempo. Iba a llegar de nuevo, montando a uno y con la boca ocupada, cuando algo se apoyó en la entrada de atrás. Casi sin darme cuenta, sentí cómo me abría poco a poco. Me sorprendió y me encendió por igual: era mi primera doble penetración, una fantasía que llevaba años imaginando sin atreverme. En tres o cuatro empujones lo tenía entero. Me llenaban por todos lados a la vez y, en menos de un minuto, me sacudió el orgasmo más fuerte de mi vida, tan intenso que solté un chorro como nunca antes había soltado.
***
Aquella noche estaba siendo perfecta. Tenía un montón de hombres para mí sola, mi primer squirting, mi primera doble penetración, y todavía me quedaba lo que Bruno había planeado de verdad: el final. Nunca imaginé que algo así pudiera hacerse realidad.
Tardé un par de minutos en recomponerme. Volví a buscar a mi novio: seguía masturbándose con una cara de incredulidad por todo lo que veía. Cruzamos la mirada, me guiñó un ojo y yo le respondí con mi mejor sonrisa.
Los seis fueron pasando otra vez por mí, uno tras otro. Tuve tantos orgasmos que dejé de contarlos. Cuando miré el reloj habían pasado casi hora y media y estaba agotada, así que les dije que ya era hora de que terminaran, que no podía más. En cuanto se retiraron todos, me sentí extrañamente vacía.
Me quedé unos segundos quieta y luego me arrodillé en el centro de la sala. En un abrir y cerrar de ojos volvía a estar rodeada por las mismas pollas que tanto me habían hecho disfrutar. Los seis se masturbaban deprisa, y yo no sabía hacia dónde mirar: a cada lado tenía una apuntándome a escasos centímetros. Era una imagen que no había vivido jamás. Me encendió tanto que llevé mi propia mano entre las piernas y empecé a tocarme al mismo ritmo que ellos. Verme así debió de gustarles, porque enseguida se oyeron varias voces avisando de que estaban cerca.
Estaba a punto de cumplir mi mayor fantasía. Miré las caras de todos, tensas, concentradas. Seguí tocándome, con la otra mano me apreté el pecho, abrí la boca y saqué la lengua, invitándolos a soltar todo lo que tenían guardado.
Sin aviso, un chorro tibio me cubrió la cara de la frente a la barbilla. Fue tan abundante que parte cayó en el pelo. Giré apenas a tiempo para ver cómo salían los demás. Uno tras otro me dejaron la piel empapada. Me relamí lo que alcanzaba con la lengua, lo tragué y abrí la boca después para que vieran que no quedaba nada.
El gesto funcionó, porque enseguida fueron tres a la vez los que se vaciaron sobre mí. Me llegaba por todas partes, me sentía completamente cubierta, y yo no paraba de tocarme cada vez más rápido hasta que me corrí justo mientras me bañaban. Acabé temblando, con la boca llena, y me lo tragué todo aunque me costó un poco. Cuando la tuve vacía, volví a enseñársela, igual que antes.
Los que ya habían terminado se apartaron y dejaron un hueco. Al levantar la vista, vi a Bruno acercándose, masturbándose con calma. Se detuvo justo delante de mí, sin dejar de mirarme, con esa sonrisa pícara suya. Yo estaba en la gloria, y verlo a él disfrutar tanto lo hacía aún mejor.
Otro disparo me devolvió a la realidad de golpe: era el último de los invitados. Giré para recibirlo, y a la vez sentí caer en el otro lado de la cara al que faltaba. Durante unos segundos los dos se vaciaron sobre mí al mismo tiempo. Cuando acabaron, se apartaron como el resto.
Los seis se habían corrido encima de mí. Tenía la cara y el pelo cubiertos, me sentía pegajosa de una forma rara que, sin embargo, me gustaba. Apenas veía, pero lo suficiente para distinguir a Bruno todavía de pie frente a mí. Con todo lo vivido, casi había olvidado que él aún no había terminado.
Me miraba de un modo que no le había visto nunca, machacándose deprisa, claramente al límite. Iba a pedirle que me diera lo suyo, que solo me faltaba él, cuando se adelantó y se hundió entero hasta el fondo de mi garganta. No me lo esperaba; tuve una arcada que casi me hace vomitar. Me sujetó la cabeza con las dos manos y me usó la boca un par de minutos.
Me costó relajarme y volver a respirar, pero lo conseguí justo a tiempo, porque la dejó del todo dentro. Noté cómo se hinchaba, cómo él se ponía rígido, y supe lo que venía. Un segundo después soltó un bufido que debió de oírse en todo el edificio y empezó a temblar, vaciándose directamente en mi garganta sin que yo tuviera que hacer nada. Se corrió como un animal. Cuando se relajó, me soltó la cabeza y se retiró despacio.
Seguía con la respiración entrecortada, pero con una cara de felicidad enorme me dijo:
—Joder, ha sido increíble. Eres la mejor novia del mundo.
Yo solo sonreía. Los seis se vistieron, nos dieron las gracias, dijeron que se lo habían pasado de maravilla y que, si queríamos repetir, los avisáramos. Se despidieron y se marcharon.
Me levanté para mirarme en el espejo, pero Bruno me agarró del brazo y, al girarme, me hizo un par de fotos. Dijo que quería guardar el recuerdo, que estaba preciosa así.
Cuando por fin llegué al baño, me quedé flipando con el reflejo. Sabía que tenía mucho en la cara, pero no tanto. Estaba completamente cubierta, y de la barbilla colgaban un par de hilos.
No puedo creer que de verdad me esté gustando tanto verme así.
Me mojé otra vez y empecé a tocarme frente al espejo. Con la mano libre recogía lo que tenía en la cara y me lo llevaba a la boca. Había tanto que, cuando casi lo había juntado todo, la tenía hasta arriba. Me corrí mientras me lo tragaba por puro instinto.
Bruno me observaba desde la puerta sin que yo lo supiera, hasta que lo vi en el reflejo. Me sostuvo la mirada y dijo:
—Parece que te ha gustado mi regalo. Me alegro mucho.
—Al principio me bloqueé, me cogió por sorpresa —reconocí—. Pero ha sido lo mejor que me han hecho nunca. Gracias. Y creo que tú también lo has disfrutado, ¿no?
—Por supuesto. Si nos ha gustado tanto a los dos, habrá que repetir.
—Cuenta con ello —contesté.
Me metí en la ducha con una sonrisa que no se me borraba. Y así termina mi relato. Espero que os haya gustado tanto como a mí vivirlo.