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Relatos Ardientes

La noche que mi marido quiso verme con otro hombre

Llevábamos poco más de dos años casados cuando Bruno me confesó su fantasía. No fue de golpe ni de forma brusca; lo soltó una noche, despacio, después de hacer el amor, con la cabeza apoyada en mi vientre y los dedos dibujando círculos en mi piel.

—Me gustaría verte con otro hombre —dijo, casi en un susurro.

Me quedé inmóvil. Él había sido mi primero, el único, y la sola idea me parecía absurda. Tardé semanas en entender que no era un capricho pasajero, que de verdad lo deseaba, que pensaba en ello tanto como yo fingía no hacerlo.

—¿Y si me gusta demasiado? —le pregunté una madrugada.

—Entonces lo habremos descubierto juntos —contestó.

Esa respuesta me desarmó. No me pedía traicionarlo; me pedía compartir algo. Tardé meses, pero un día, sin dramatismo, le dije que sí.

***

A la pareja la conocimos casi por casualidad, en una conversación que empezó ligera y se volvió íntima sin que ninguno lo planeara. Quedamos para cenar en un local pequeño, de luz tibia y manteles de tela, lejos de los sitios donde alguien pudiera reconocernos. Ella se llamaba Daniela; él, Marcos.

Marcos era mayor que mi marido, lo noté en cuanto se levantó a saludarnos. Tenía las sienes apenas plateadas y una calma que solo dan los años. Hablaba bajo, miraba a los ojos, y cuando reía lo hacía sin prisa. Daniela era todo lo contrario: rápida, luminosa, con una risa que llenaba la mesa.

—Nosotros tampoco lo hemos hecho nunca —confesó ella a media cena, jugando con la copa—. Es nuestra primera vez también.

Esa frase me tranquilizó más de lo que esperaba. No éramos los únicos cruzando una línea por primera vez. Éramos cuatro desconocidos compartiendo el mismo vértigo.

La conversación fue soltándose con cada copa. Hablamos de cómo habíamos llegado hasta ahí, de los miedos, de las noches en vela dándole vueltas a la misma duda. Marcos contó que a Daniela le había costado tanto como a mí; que él también había aprendido a tener paciencia. Bruno, frente a mí, me buscaba la mirada de vez en cuando, como preguntándome en silencio si seguía estando bien. Yo le respondía con un gesto apenas perceptible: sí, seguía aquí.

Lo extraño fue darme cuenta, a mitad de la cena, de que ya no estaba pensando en huir. Estudiaba las manos de Marcos sobre el mantel, la forma en que Daniela apoyaba la barbilla en los dedos. Me imaginaba cosas que media hora antes me habrían escandalizado.

Después de la cena caminamos sin rumbo por calles vacías. Bruno iba unos pasos detrás, conversando con Daniela, y yo, sin darme cuenta, terminé al lado de Marcos. Me preguntó si estaba nerviosa. Le dije la verdad: que sí, que mucho.

—No tiene que pasar nada que no quieras —me dijo—. Aquí mandas tú.

Fue eso, esa frase y no otra, lo que me hizo aceptar cuando nos invitaron a su casa.

***

El piso era cálido, ordenado, con plantas en las ventanas y libros amontonados en cada rincón. Daniela preparó algo de beber mientras los hombres ponían música baja. Yo me senté en el borde del sofá, con las rodillas juntas, sintiendo el corazón en la garganta.

Nadie tuvo que decir nada. Llegó un momento, después de la segunda copa, en que las miradas pesaron más que las palabras. Daniela tomó a Bruno de la mano. Marcos me tendió la suya. Y cada pareja se dirigió a una habitación distinta, como si fuera lo más natural del mundo.

La puerta se cerró tras de nosotros y el silencio se volvió denso. Marcos no se abalanzó. Se sentó en la cama, me miró, y esperó. Tuve que ser yo quien diera el primer paso.

Me desnudé despacio, sin sacarme la ropa interior, y le di la espalda. No por pudor exactamente, sino porque mirarlo de frente me parecía demasiado real. Él se acercó por detrás.

Sus labios empezaron en mi nuca. Bajaron por mi columna en una hilera lenta de besos que me erizó la piel entera. Sus manos subieron hasta mis pechos y los acarició como si tuviera todo el tiempo del mundo, sin apretar, jugando con la punta hasta que se me escapó un suspiro que no quise contener.

—Tienes una espalda preciosa —murmuró contra mi piel.

Siguió bajando. Recorrió cada vértebra, se entretuvo en la curva de la cintura, dejó un rastro húmedo que el aire de la habitación enfriaba al instante y me hacía estremecer. Cuando su lengua llegó al borde de mi tanga y lo apartó apenas con los dientes, todo mi cuerpo se tensó. Me besó ahí, donde nadie salvo Bruno me había tocado nunca, y en lugar de apartarme arqueé la espalda. Estaba mojándome sin proponérmelo, traicionada por mi propio deseo.

Sus dedos seguían trabajando mis pechos, rodando los pezones entre el índice y el pulgar, y yo no sabía hacia dónde inclinarme: si hacia su boca o hacia sus manos. Cada terminación de mi piel parecía despierta a la vez. Solté un gemido largo, sin reconocer mi propia voz, y lo oí reír bajito, satisfecho, contra mi piel.

No debería gustarme tanto.

Me di la vuelta. Necesitaba verlo, necesitaba que dejara de ser una idea y empezara a ser un hombre concreto. Bajé la mano y lo encontré duro, distinto al de mi marido: parecido en largo, pero más grueso, más pesado en mi palma.

Se tendió sobre mí y me besó en la boca, lento, profundo, mientras yo seguía acariciándolo. Luego fue él quien bajó. Recorrió mi vientre, mis caderas, el interior de mis muslos, y cuando su lengua encontró mi sexo lo lamió con una intensidad que me hizo cerrar los puños sobre las sábanas. Nunca había sentido algo así. Era apenas el segundo hombre de mi vida, y mi cuerpo respondía como si lo conociera de siempre.

Cuando no pude más, lo hice subir. Me arrodillé y lo tomé en la boca, descubriendo su sabor, su tamaño, lo que me costaba abarcarlo. Era la segunda vez que hacía aquello con alguien, y aun así me sorprendió cuánto disfrutaba dándole placer, cuánto me excitaba escuchar su respiración cambiar por mi culpa.

No aguanté el juego mucho rato. Lo empujé de espaldas y me coloqué encima. Cuando lo sentí entrar, despacio, llenándome, tuve que morderme el labio para no gritar. Estaba con un hombre que no era el mío, en una cama que no era la mía, y lo estaba disfrutando sin una pizca de culpa. Me moví sobre él marcando mi propio ritmo, con sus manos firmes en mis caderas, hasta que el mundo entero se redujo a ese vaivén.

***

Después, mientras él recuperaba el aliento, me levanté a buscar el baño. El pasillo estaba a oscuras, salvo por la rendija de luz que salía de la otra habitación. La puerta estaba entreabierta. No fue mi intención espiar; me quedé clavada en el umbral sin poder moverme.

Daniela estaba sobre mi marido. Lo tenía en la boca, lo acariciaba con las dos manos, alternaba miradas hacia él como si quisiera memorizar cada gesto suyo. Bruno tenía los ojos cerrados y una expresión que yo conocía bien, esa que ponía cuando el placer lo desbordaba.

Debería haber sentido celos. Esperé sentirlos. Pero lo único que noté fue una oleada de calor entre las piernas, una excitación nueva y vergonzosa que me dejó sin aire. Sin darme cuenta, mi mano había bajado y me acariciaba mientras los miraba.

¿Qué clase de mujer soy?

Vi cómo Bruno se incorporaba, cómo la giraba con suavidad y se colocaba detrás de ella. La penetró despacio, ganándose cada centímetro, y Daniela dejó escapar un gemido grave que recorrió todo el pasillo. Yo seguía allí, espiando, tocándome, incapaz de irme.

Marcos apareció a mi lado sin que lo oyera llegar. Me sobresalté, pero él no dijo nada. Siguió mi mirada hacia la habitación, entendió lo que estaba pasando, y en lugar de apartarme me rodeó la cintura con el brazo.

—No te escondas —me susurró al oído—. No tiene nada de malo mirar.

Me besó en el cuello, apasionado esta vez, sin la paciencia de antes. Daniela nos vio desde la cama y me sonrió sin dejar de moverse contra mi marido. Bruno abrió los ojos, me encontró en el umbral, y por un segundo nos miramos los dos como si descubriéramos a la vez que ninguno había imaginado hasta dónde llegaría aquella noche.

Marcos me guió dentro de la habitación. Ya no había paredes que separaran nada. Daniela estiró la mano hacia mí, yo la tomé, y los cuatro nos encontramos en el mismo espacio, en la misma piel compartida. Ella me besó, suave, probándome, y para mi sorpresa no me desagradó en absoluto; al contrario, fue como si una última puerta se abriera.

Lo que pasó después merece su propia historia. Esa madrugada aprendí que el deseo no entiende de reglas ni de las que yo creía míos. Bruno había querido verme con otro hombre, y sin saberlo me había mostrado una versión de mí misma que ni yo conocía.

Volvimos a casa al amanecer, en silencio, con las manos entrelazadas. La ciudad despertaba despacio a nuestro alrededor, ajena a todo. No hizo falta hablar. En el coche, Bruno me miró en un semáforo y me apretó la mano, y yo entendí que él tampoco era exactamente el mismo de la noche anterior. Los dos sabíamos que esa no sería la última vez.

Y yo, por primera vez, ya estaba deseando la siguiente.

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Comentarios (4)

Matias_Gdl

increible relato, me dejo sin palabras!!!

Romi_86

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas...

VanessaBA

Me encanto la perspectiva de ella narrando todo. Se siente muy real y sin vulgaridades innecesarias. Sigue escribiendo!

CarlosNoche

de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

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