La noche que intercambiamos pareja en Róterdam
Como ya conté en otro relato, mi mujer y yo estábamos pasando unos días fuera. Ella acababa de cumplir cincuenta y un años y el viaje había sido mi regalo. Apenas un par de noches antes habíamos pisado por primera vez un club de intercambio, y lo que pasó allí todavía me daba vueltas en la cabeza cada vez que la miraba.
Además de hacer turismo, habíamos ido a visitar a un viejo amigo de Mariela. Se llamaba Bram, rondaba los cincuenta y ocho y se había casado con una holandesa, Saskia, doce años menor que él. Ella me gustó desde el primer apretón de manos: rubia, de ojos claros, delgada y firme, con un cuerpo que se notaba trabajado en el gimnasio y un culo pequeño pero respingón que no dejé de mirar en toda la velada. Me recordaba un poco a Charlize Theron.
El sábado la ciudad amaneció perezosa. Se notaba que nadie iba al trabajo, y los pocos que cruzaban la acera parecían más livianos que los días anteriores.
—Me ha llamado Bram —dijo Mariela mirando el móvil—. Nos invitan a cenar en su casa. ¿Te apetece?
En mi mente apareció la imagen de Saskia y sonreí sin poder evitarlo.
—Claro… si te apetece a ti —contesté.
—¿Si me apetece a mí? Qué tonto eres. Seguro que estás deseando volver a verla. Tiene un tipazo, y el otro día parecía que disfrutaba a tu lado casi tanto como tú con ella.
—Bah. Qué cosas se te ocurren.
Pasamos la mañana entre canales y monumentos, y al mediodía comimos en un restaurante pequeño y acogedor, con platos típicos y una botella de vino que compartimos a media luz.
***
Por la tarde volvimos al hotel a descansar y a arreglarnos para la cena. Una de las cosas que más me excitan es ver a Mariela prepararse para salir. No sé bien por qué, pero siempre imagino que lo hace pensando en gustarle a otro hombre, y esa mezcla de celos y deseo me enciende la imaginación de una forma que ni yo entiendo del todo.
Se dio un baño largo, se untó crema por toda la piel hasta dejarla brillante y se fue hacia el armario.
—Esta noche elijo yo tu ropa —le dije, frenándola con un gesto.
—Me das miedo. ¿Ahora quieres que sea tu sumisa?
—No. Quiero que seas la más deseada de la fiesta.
Saqué de la maleta un vestido blanco de licra que le llegaba a mitad del muslo y dejaba la espalda al aire. Me gustaba porque la tela, fina y doble, se ajustaba a cada curva sin transparentar, aunque marcaba los pezones sin piedad.
—¿No pretenderás que vaya así a casa de Bram?
—Claro que sí, cariño. Y vas a ir sin ropa interior.
—¿Cómo?
—Ya lo has oído. Quiero que todos te deseen esta noche. Y cuando estén muriéndose por ti, voy a ser yo el que se te lleve.
—Me pone que me hables así —murmuró, guiñándome un ojo mientras se deslizaba el vestido por las caderas.
Esto se nos va a ir de las manos otra vez, pensé, y la idea, lejos de frenarme, me empujaba.
Se maquilló y se pintó los labios de un rojo intenso. Antes de salir le coloqué en la nuca una calcomanía pequeña, casi disimulada bajo el pelo recogido: una reina de picas con una «Q» en el centro. Ella no preguntó qué significaba, o fingió no saberlo. Le hice una foto de perfil, con el pezón apenas cubierto por su propia mano y el dibujo a la vista.
—Espero que tengas cuidado con esas fotos —dijo.
—Yo espero que algún desconocido se masturbe con ellas —respondí, y la besé contra la pared hasta que se quedó sin aire.
***
Bram vivía en un bloque moderno cerca del río. Nos abrió él mismo, con vaqueros y camiseta, informal y en forma a pesar de su edad. Le dio dos besos a Mariela demasiado cerca de los labios y a mí un apretón firme. Saskia apareció detrás con un top negro de tirantes bajo el que se adivinaban los pezones, y unos pantalones de cuero ajustados. Tuve que hacer un esfuerzo para mirarla a la cara cuando se acercó a saludarme.
Las mujeres se fueron a la cocina a terminar los preparativos y yo me quedé con Bram frente a un partido. Saskia volvió con cervezas y, al inclinarse para dejarlas en la mesa, dejó que el escote hablara por ella.
—Saskia, eres un encanto. Qué pena que estemos casados con otros —solté entre risas. Vi de reojo la cara tirante de Mariela desde la cocina.
—Eso digo yo —intervino Bram, y los tres nos reímos—. No sé cómo aguanta conmigo, con lo guapa que es.
Cuando los anfitriones volvieron a la cocina, Mariela se sentó a mi lado en el sofá.
—Te pasas —me dijo en voz baja, molesta—. No creo que a Bram le guste que coquetees con su mujer.
—Le he visto seguirme la broma. Lo que pasa es que estás celosa.
—Para nada.
Pero se le notaba en la forma de morderse el labio.
***
Nos sentamos a cenar y todo estaba delicioso. Cayó nuestra botella y dos más. A cada copa reíamos por cualquier tontería, y cuando quisimos darnos cuenta no quedaba vino en la mesa. Saskia propuso jugar a las cartas y Bram volvió de la cocina con una botella de whisky escocés y cuatro vasos con hielo.
—Tus whiskys siempre están buenísimos —dijo Mariela, y a mí me desconcertó que supiera tanto de los licores de su amigo. ¿Cuántas veces había estado en esa casa?
Jugamos por parejas, hombres contra mujeres. La partida estaba igualada hasta que, animado por el alcohol, propuse subir la apuesta.
—Si tan seguras estáis de ganar, juguemos a algo distinto. La pareja que pierde se quita una prenda.
—Aceptamos —dijo Mariela, sorprendiéndome—. Pero quien pierda puede elegir entre quitarse la ropa o cumplir un reto.
—Vamos a jugar, que los desnudamos —la cortó Saskia, con la lengua algo torpe por la bebida—. Tengo ganas de ver a estos dos sin nada.
Sentí un tirón en el estómago. Las posibilidades se abrían delante de mí como un abanico.
***
El juego avanzó rápido. Fuimos perdiendo prendas hasta que Bram y yo quedamos en ropa interior y Saskia en tanga. Mariela tenía buena racha y aguantaba con el vestido puesto, hasta que le tocó perder. Para mi asombro, y empujada por el alcohol, se lo quitó de un tirón, dejando a la vista sus pechos firmes y el sexo cuidadosamente afeitado.
Después cayó Saskia y se deshizo del tanga. Las dos mujeres estaban completamente desnudas y nosotros con la ropa interior tensándose por el bulto que crecía. Perdí la siguiente mano y me bajé los calzoncillos con una vergüenza que duró un segundo.
—Cambiemos a algo más rápido —propuso Bram—. Cada uno saca una carta. El que saque la más baja, pierde y cumple un reto.
Nadie discutió. El morbo decidía por todos.
Perdió Saskia primero y le tocó masturbarse treinta segundos. Se tumbó en el sofá, abrió las piernas y se acarició sin pudor, mirándome a mí. Después perdió Bram y tuvo que besar a mi mujer durante veinte segundos: vi cómo sus lenguas se cruzaban y cómo Mariela buscaba mi aprobación con la mirada antes de dejarse ir. Asentí.
La siguiente la perdí yo, y el reto fue comerle el sexo a Mariela. Me arrodillé y, antes de tocarla, ya estaba húmeda. Jugué con la lengua en el clítoris y en la entrada mientras ella suspiraba. Volví a perder, esta vez con Saskia: le lamí los pechos pequeños y le mordí con suavidad los pezones oscuros, erizados, mientras ella se reía de gusto. Así daba gusto perder.
***
Entonces Saskia sacó la carta baja y leyó el reto en voz alta. Tenía que salir del apartamento cubierta solo con un abrigo, pedirle algo a un vecino mayor del edificio y despedirse con un beso en la boca.
—¿Jugáis mucho a esto? —pregunté, entre incrédulo y excitado.
—Vamos cambiando las pruebas según se nos ocurren —contestó Bram con naturalidad.
Saskia se puso un abrigo de cuero corto sobre la piel desnuda, que apenas le cubría el culo y marcaba los pezones. Bajamos tres pisos y nos escondimos detrás de la escalera como tres adolescentes. Ella llamó a la puerta del señor Joost y se ajustó el cinturón, separando un poco las solapas para mostrar el canalillo.
Abrió una mujer menuda, su esposa Griet, que debía rozar los ochenta. Saskia le pidió en holandés un poco de sal; la anciana la invitó a pasar y ella declinó con una sonrisa. Al rato apareció el viejo Joost a ver quién era, y al toparse con aquel abrigo entreabierto se le iluminó la cara. Le puso una mano en la cintura, rozándole el culo, sin dejar de mirarle el escote.
—Mira al viejo —susurré a mis compañeros—. Si su mujer no estuviera, se la llevaba ahí mismo.
Nadie me contestó. Bram, excitado, abrazaba a Mariela por detrás, pegándose descaradamente a ella, y mi mujer no parecía rechazarlo en absoluto.
Cuando la anciana volvió a entrar a buscar el aceite que Saskia le pidió de propina, ella aprovechó: tomó las manos temblorosas del viejo, las llevó a su culo por encima del abrigo y le plantó un beso largo y sonoro que apenas duró veinte segundos. Se separaron justo antes de que Griet reapareciera. El bulto bajo la bata del anciano no engañaba a nadie.
***
De vuelta en la escalera, ya nada nos contenía. Saskia me cogió la mano, la metió bajo el abrigo, contra su pecho caliente, y me besó. Su cuerpo era suave y olía a deseo, y me excitaba pensar que esos mismos labios los había probado mi mujer un rato antes. Le estrujé los pechos y le pellizqué los pezones mientras ella gemía bajito y me buscaba la erección con la mano.
A pocos pasos, Mariela se había sentado a horcajadas sobre Bram en el descansillo. No necesitaba verlo de cerca para saber que se la estaba follando delante de mí. Lejos de molestarme, aquello me enardecía.
—Te quiero aquí mismo —le dije a Saskia, separando la boca.
—¿Tenéis una relación abierta? —pregunté.
—Claro, tonto. ¿No te lo ha contado tu mujer?
Así que Mariela sabía de Bram cosas que nunca me había dicho. La idea, en vez de dolerme, me empujó más hondo.
Bajé por su cuerpo con la lengua, besándole los pezones y mordisqueándolos, hasta arrodillarme entre sus piernas. Empecé a comerle el sexo empapado mientras a mi lado mi mujer se movía acompasada sobre otro hombre. Saskia se retorcía con la cabeza caída hacia atrás, sin importarle que cualquier vecino pudiera descubrirnos.
—Me voy a correr… —jadeó.
Paré en seco. Ella me miró desconcertada.
—Quiero tenerte un rato al borde —le dije—, para que cuando llegues sea el orgasmo más intenso de tu vida.
Entendió, y se agachó a buscar mi erección. La lamió despacio, la saboreó como un capricho, y luego se la metió entera hasta que los ojos se le humedecieron. Sus pechos, escapados ya del abrigo, se movían al ritmo de su boca. Mariela se giró y, al verlos, empezó a acariciárselos sin dejar de cabalgar a Bram.
***
Saskia se irguió de espaldas a mí y se subió el abrigo para mostrarme el culo.
—Quiero que me la metas por detrás.
Mi mujer y yo nunca habíamos practicado sexo anal, y la sola idea me aceleró el pulso. Me arrodillé, la preparé con la lengua y un dedo, dilatando aquel anillo estrecho mientras ella empujaba las caderas hacia mí. Mariela, que había terminado con Bram y los miraba todo desde el suelo, se acercó y me empapó la erección con su propia saliva.
—Así entrará mejor —me dijo, depravada, sin reconocer en ella a la mujer con la que llevaba años casado.
Apoyé la punta en el esfínter de Saskia y empujé despacio, con firmeza. Apenas opuso resistencia. Avancé hasta la mitad, sintiendo cómo me apretaba, y ella echó la cabeza atrás buscando mi boca.
—Me encanta. Sigue. Más adentro —gemía.
Mi mujer le acercó la mano al clítoris, pero Saskia se la apartó: quería sentir solo aquello, llegar al final por un único camino. Empujé hasta el fondo y ella se corrió gritando, contrayéndose alrededor de mí en oleadas que me hicieron perder el control. No aguanté más y me dejé ir dentro de ella.
Me quedé un rato pegado a su espalda, sin querer salir, mientras veía resbalar el rastro de mi placer por sus muslos. Después miré a Mariela. Ella me sostuvo la mirada desde el suelo, despeinada y satisfecha, y los dos nos sonreímos sin decir nada. No hacía falta.