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Relatos Ardientes

El intercambio con la pareja joven del gimnasio

No sé si que una chica recién entrada en la veintena me llame «madurito» es un halago, pero hace tiempo que decidí tomármelo así. A mi edad, una sonrisa joven dirigida a uno vale más que cualquier cumplido sincero.

Todo empezó con una tontería en el gimnasio al que voy, siempre que el trabajo me lo permite, tres o cuatro días por semana. A veces solo, a veces con Marina, mi mujer.

Allí coincidíamos a menudo con una pareja bastante más joven que nosotros, y con el tiempo habíamos cogido confianza. Marina y Nadia se iban juntas a la sauna después de entrenar, e incluso habían quedado alguna vez para tomar café. Yo, por mi parte, tenía buena relación con Bruno, su novio, y solíamos salir a correr antes de las pesas.

Bruno era un tipo de mi altura, delgado, moreno, de sonrisa fácil y bastante hablador. Nadia, en cambio, apenas levantaba metro y medio: menuda, el pelo liso cortado estilo paje y unos ojos marrones enormes que parecían contarlo todo aunque ella casi nunca abriera la boca. De cuerpo era delgadita, con unos pechos pequeños y redondos y un culo respingón. No era una belleza de revista, pero tenía una mirada y una sonrisa que se quedaban contigo.

Una tarde Bruno y yo salimos a correr mientras ellas seguían dentro. Al volver ya no estaban en la sala, así que supusimos que se habían metido en la sauna. Terminamos nuestras tablas y, al entrar al vestuario, nos las cruzamos saliendo del suyo, ya duchadas y vestidas.

—Os esperamos en el bar de enfrente —dijo Nadia, casi en un susurro.

En ese gimnasio las duchas son individuales, pero esa tarde solo quedaba una libre. Por no perder tiempo, nos metimos los dos.

—¿Te importa? Así no tardamos. Y sin mariconadas, ¿eh? —bromeó Bruno.

—Lástima, yo ya me había hecho ilusiones —le respondí, y nos reímos.

Bajo el agua no pude evitar echar alguna mirada de reojo. Algo natural entre dos hombres que se duchan juntos, me dije. Cuerpo fibroso de corredor, piernas fuertes, culo firme. Y cuando le vi la polla, lo que vi no me disgustó: no demasiado larga, pero ancha, con un glande grueso y rosado. Me di cuenta de que él también me miraba, así que no me molesté en taparme; me giré un poco para que pudiera ver bien.

Cuando salimos, las chicas ya tenían las cervezas en la terraza.

—Menuda paliza nos hemos metido hoy —soltó Bruno dejándose caer en la silla.

—Pues entonces nada de sexo esta noche —se rió Nadia, sonrojándose al instante por su propio atrevimiento.

—De eso nada. Para eso siempre tengo fuerzas —contestó él.

Ella le miró con esos ojos enormes y bajó la vista. Charlamos un rato más y nos despedimos.

***

Camino a casa, Marina no paraba de hablar de ellos.

—Qué pareja más maja. Y qué distintos, ¿no? Él no calla y ella casi no habla.

—Ya empezamos —le dije, conociéndola.

—¿Qué? Si no he dicho nada. Solo que tiene un cuerpecito… —se rió, y yo con ella.

Esa noche, después de cenar, su mano me buscó en la cama. Me acarició despacio hasta ponerme duro, moviendo el puño de arriba abajo sin prisa. No me quejé. Llevé la mía hasta su sexo y lo encontré ya empapado.

Giró la cara hacia mí y nos besamos sin dejar de tocarnos, hasta que se colocó a horcajadas y se sentó sobre mi polla muy despacio. Sentía el calor de su interior mientras subía dejando solo el glande dentro y volvía a bajar entera. Me clavaba los pezones duros en el pecho y jadeaba contra mi boca.

Levanté las caderas para llegar más hondo y, girándola, acabé encima de ella, con sus piernas rodeándome. La penetré así hasta que se corrió temblando, y poco después me vacié dentro mientras la sentía latir.

—Qué a gusto me he quedado —murmuró antes de dormirse abrazada a mí.

Y eso que aún no sabía lo que se nos venía encima.

***

Pasaron un par de semanas tranquilas. Hasta que un día notamos que Bruno aparecía solo por el gimnasio, y mucho menos hablador de lo normal.

—¿Y Nadia? —preguntó Marina.

—Enfadada conmigo. No quiere venir —respondió él, esquivando la mirada.

—No le habrás puesto los cuernos —bromeó ella.

—No, no… Pero creo que metí la pata hasta el fondo.

Lo dejamos ahí. Al día siguiente fui yo solo y, al terminar, me lo llevé a tomar una caña. Tardó poco en desahogarse.

—Se me ocurrió contarle una fantasía mientras lo hacíamos —dijo mirando la espuma de su vaso—. Le propuse un trío con otra mujer.

—Buf. No elegiste muy bien el momento —contesté.

—Hay más. No te lo tomes a mal, pero… dejé caer el nombre de tu mujer.

Lo miré medio sonriendo.

—Tranquilo, no me lo tomo a mal. Tengo claro cómo es Marina y cómo la miran.

—Es que son tan distintas… A mí me pone ver a dos mujeres, imaginarme con Nadia y otra.

—¿Y habéis visto alguna peli de dos hombres con una mujer? —solté, por tantear.

—Sí. Eso no me llama tanto.

—¿Y a ella?

—No lo sé, la verdad.

—Pues hazte a la idea de que, si quieres pedir algo, tienes que estar dispuesto a ceder en otra cosa.

***

Dos días después volvió Nadia al gimnasio. Tan callada como siempre, pero esquivándome la mirada de un modo nuevo. Mientras entrenábamos, Bruno me dijo que mejor hablábamos luego, que ella le había dejado descolocado.

En el bar me lo contó.

—Me ha dicho que sí. Pero con condiciones —empezó—. Que ella también tiene una fantasía y la quiere cumplir antes. Dice que le gustaría estar con un hombre mayor. Y que, ya que yo nombré a tu mujer, conmigo… digo, contigo, no le importaría.

Di un trago largo a mi cerveza.

—Me tomaré lo de «mayor» como un halago —dije.

Bruno seguía cabizbajo, así que le conté lo que llevaba años sin contar a nadie del gimnasio: que Marina y yo éramos pareja liberal, que el intercambio no era nada nuevo para nosotros. Se quedó con la boca abierta.

—Es alucinante. No sé si yo llegaría a tanto.

—Tú tranquilo. Habladlo, daos tiempo. Y si al final es que no, no pasa nada.

En ese momento llegaron las chicas. Nadia, que de por sí hablaba poco, esa tarde casi no abrió la boca.

De vuelta a casa, Marina me contó su versión: Nadia se lo había soltado todo en la sauna.

—¿Y a ti qué te parece? —le pregunté.

—Él me resulta atractivo. Y ella también. Lo curioso es que pensé que sería al revés, que la que dudaría sería ella.

***

El viernes nos invitaron a cenar a su casa. Al día siguiente nadie trabajaba, así que no había excusas.

Esa tarde Marina se preparó a conciencia: se depiló, se untó crema por todo el cuerpo, eligió un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus pechos. Verla pasearse desnuda por la casa sabiendo para qué se arreglaba me tuvo empalmado media tarde.

Vivían a diez minutos andando, en un apartamento pequeño de techos inclinados pero muy bien puesto. Llevamos vino. Nos abrió Bruno; Nadia salió de la habitación al oírnos y nos dio dos besos con una timidez que casi daba ternura.

Durante la cena se les veía nerviosos, pero charlamos de todo un poco. No fue hasta el postre, cuando a Nadia se le derramó parte del suyo, que salió el tema de verdad.

—Lo siento, estoy un poco nerviosa —dijo, roja como un tomate.

—No pasa nada —la tranquilizó Marina, y tomó las riendas—. Supongo que lo habéis hablado.

—Sí. Bruno me contó que vosotros ya habíais hecho intercambios.

—Que quede claro que no tiene por qué pasar nada —intervine—. Podemos hablarlo y ya está.

Pero a Bruno ya le brillaban los ojos, y no quitaba la vista de los pechos de mi mujer. Nadia, en cambio, seguía cortada, y verla así de tímida me iba poniendo cada vez más.

—Si me dejáis aconsejaros —dije—, tenéis que tenerlo claro los dos. Y si os apetece, ni siquiera hace falta que os veáis mientras.

—Yo no tengo nada claro lo mío —confesó Nadia—. Pero reconozco que saber que Bruno va a estar con otra me tiene entre excitada y celosa.

—A mí me pasa algo parecido —dijo él—. Pero queremos probar.

***

Ese aire inocente de los dos nos estaba calentando a Marina y a mí más de lo que ellos imaginaban. Mi mujer se levantó, les cogió de las manos y los llevó al sofá. Yo me senté enfrente, en el sillón, sin decir nada.

—¿Por qué no empezáis vosotros, sin prisa? Unos besos, unas caricias… —sugirió Marina.

Tímidos, se besaron mirándonos de reojo. La primera mano fue la de Bruno, que le acarició un pecho por encima de la ropa; ella respondió enseguida buscándole la entrepierna. Cuando él le metió la mano bajo el jersey, Nadia soltó un suspiro y empezó a contener la respiración cada vez que le pellizcaba un pezón.

Verlos así me apretaba la polla contra el pantalón. Me acerqué y me senté junto a Marina. Imité a Bruno: llevé las manos a los pechos de mi mujer, sintiendo sus pezones endurecerse bajo el sujetador, mientras ella me buscaba la erección.

Me puse de pie, la levanté y le quité la blusa y los vaqueros. Nadia nos miró de reojo y, sin decir nada, dejó que Bruno la desnudara también. Pronto los cuatro estábamos sin ropa, dos parejas observándose en el mismo salón, tocándose con la respiración cada vez más alta.

Fue entonces cuando Marina dio el paso. Cogió a Bruno de la mano y se lo llevó hacia el dormitorio, dejándonos a Nadia y a mí solos.

Ahí estaba ella, de pie frente a mí, completamente desnuda salvo las gafas, indecisa. Piel muy blanca, pechos justos que cabían en la palma de la mano, pezones rosados ya duros. Un vello fino y bien recortado dejaba ver unos labios delgados.

No hice ningún gesto. Quería que fuera ella quien decidiera. Se acercó despacio, con la respiración agitada, sin mirarme a la cara, hasta apoyar mi glande contra su vientre. Subió la mano y me rodeó con los dedos, deslizándolos hacia la base, y un escalofrío me recorrió entero.

Bajó la cabeza, sacó la punta de la lengua y me lamió un pezón antes de atraparlo entre los labios. Aguanté un instante; luego la cogí en volandas y la llevé al sofá.

La tumbé y me coloqué sobre ella buscándole la boca. Respondió con ansia, metiéndome la lengua. Le abarqué un pecho entero, sintiendo el pezón duro contra la palma, mientras su cuerpo se estremecía debajo del mío.

—¿Quieres seguir o prefieres que pare? —le pregunté, apoyado en los codos.

Abrió esos ojos enormes y solo salió una palabra ahogada de sus labios.

—Sigue.

Fui bajando. Le besé el cuello, los pechos, el vientre firme, hasta encontrarme su sexo frente a la cara. Le besé los muslos antes de posar los labios entre sus piernas. Soltó un jadeo y levantó las caderas. La lamí despacio, separándole los labios para llegar más adentro, hasta dar con el clítoris, ya inflamado.

En cuanto lo rocé con la lengua, me hundió los dedos en el pelo y me apretó la cabeza contra ella. Estiré los brazos para alcanzarle los pechos sin dejar de mover la lengua. No pasó ni un minuto: entre espasmos, tuvo el primero de los orgasmos de la noche.

Tiró de mí hacia arriba y me besó sin importarle que tuviera la cara empapada. Su cabeza giró hacia la puerta del dormitorio, de donde salían gemidos.

—¿Quieres mirar? —le pregunté.

Asintió sonriendo. La levanté de la mano y fuimos a asomarnos.

***

No le quitaba ojo a su cara mientras observaba la escena. Marina estaba de rodillas sobre la cama y Bruno la embestía por detrás, agarrándola de las caderas, haciendo que sus pechos se balancearan. Desde la puerta se veía con claridad cómo su polla ancha entraba y salía con fuerza. Ambos jadeaban, los cuerpos al unísono.

Nadia se quedó mirándolos, y yo detrás de ella. Un instante después pasó la mano entre nuestros cuerpos, me agarró la polla y se llevó una de mis manos a su sexo. La encontré empapada. Mientras mis dedos jugaban en su interior, ella apretaba el cuerpo contra el mío y movía las caderas como si me tuviera dentro, sintiendo mi glande deslizarse entre sus nalgas.

No tardó en girarse y arrastrarme de la mano hasta el sofá. Me senté, se arrodilló entre mis piernas y bajó la cabeza. Lo primero que sentí fue su aliento cálido en el glande, y luego la humedad de su lengua rodeándolo. Una corriente eléctrica me subió por la espalda.

Pasó la lengua justo donde el glande se une al tronco antes de metérsela entera en la boca, moviendo la cabeza arriba y abajo, una mano apretándome con suavidad los testículos. Paró un segundo para quitarse las gafas y dejarlas a un lado.

—Así no voy a aguantar mucho —le advertí.

Se incorporó, me colocó un preservativo y se sentó encima, guiándome ella misma hasta el fondo de su sexo caliente y estrecho. Lo hizo con los ojos cerrados, conteniendo la respiración. Cuando me tuvo dentro, empezó a moverse despacio, humedeciéndose los labios con la lengua.

Con sus pechos a la altura de mi cara, se los besé atrapando los pezones entre los labios. Murmuraba cosas que no entendía mientras cabalgaba cada vez más rápido. Su interior me apretaba en cada movimiento, subiendo hasta dejar solo el glande y volviendo a bajar entera.

Inclinó el cuerpo hacia atrás y luego se derrumbó sobre mí, besándome el cuello sin dejar de moverse.

—Sí, sí… me voy a correr otra vez —jadeó.

Noté cómo temblaba al alcanzar el orgasmo, pero no paró hasta sentir que yo también me sacudía entre gemidos. Se quedó tumbada encima, los pechos aplastados contra mi pecho, recuperando el aliento.

Cuando rodé a su lado, abrió las piernas mostrándome su sexo brillante sin rastro de la vergüenza de antes.

***

Por cuestión de segundos, Bruno se perdió la imagen de su novia montándome: justo entonces aparecieron él y Marina, los dos completamente desnudos. Mi mujer se sentó a mi lado y me dio un beso; los chicos se miraron sin saber qué decir, hasta que Nadia le hizo un gesto a Bruno para que se sentara junto a ella y apoyó la cabeza en su pierna.

Durante un momento solo se oían cuatro respiraciones agitadas. Fue Marina quien rompió el silencio.

—¿Qué tal? ¿Todo bien?

—Yo de maravilla —dije.

—Yo genial —contestó Nadia, y esas fueron las primeras palabras que le salían con soltura desde la cena—. ¿Y tú?

—También. Muy bien —murmuró Bruno.

—Pues ya os habéis estrenado —sonrió Marina—. ¿Tan difícil era?

—Cuando nos asomamos a veros… pensé que me pondría celosa, pero me excitó todavía más —confesó Nadia.

—¿Nos visteis? —preguntó él.

Ella asintió, riéndose por primera vez en toda la noche.

—Sí. Y no lo estabas pasando nada mal.

Esta vez le tocó a Bruno ruborizarse. Seguimos charlando un rato, hasta que la mano de Nadia empezó a acariciarle de nuevo la polla, que no tardó en volver a estar dura.

—Ya que estamos… —dijo ella, mirándonos a los cuatro—, podríamos seguir un poco más.

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Comentarios (4)

TrioFan

tremendo relato!!! se hizo cortisimo, de verdad

Claudia_76

Por favor seguí contando como terminó esa noche, quedé con ganas de mas

MatiasR87

lo leí dos veces seguidas jajaja. la parte del sofá me mató, muy bueno

LiberalMDQ

Hace tiempo que no leia algo tan bien armado. Se nota que viene de una experiencia real, eso se siente en como lo contás. Gracias por compartirlo

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