Cumplí mi fantasía prohibida con dos hombres
Hay deseos que una guarda tanto tiempo que terminan pareciendo imposibles. El mío era simple de nombrar y difícil de confesar: quería sentir a dos hombres al mismo tiempo. Nunca se lo dije a Hernán, mi marido, aunque llevábamos catorce años juntos y creía conocerlo todo de él. Esa madrugada, en una casa que no era la nuestra, dejé de imaginarlo.
Habíamos llegado a casa de Lucía y Mateo cerca de la medianoche. Nos los presentó una amiga del trabajo, con esa media sonrisa de quien sabe más de lo que dice. Una cena, un par de botellas, conversaciones que iban subiendo de tono con cada copa. Yo observaba a Hernán reírse con Lucía y notaba cómo el aire de la sala se volvía espeso, cargado de algo que ninguno de los cuatro se atrevía a nombrar todavía.
Lucía tenía una forma de mirar que desarmaba. Cada vez que yo decía algo, ella se inclinaba un poco hacia delante, como si mis palabras importaran más de lo que importaban, y su rodilla terminó rozando la mía bajo la mesa sin que ninguna apartara la pierna. Mateo, frente a mí, llenaba las copas antes de que se vaciaran. Era una coreografía silenciosa, y los cuatro sabíamos hacia dónde llevaba.
—¿Cuánto lleváis casados? —preguntó Lucía, jugando con el borde de su copa.
—Catorce años —respondí.
—Y todavía os miráis así —dijo, y no supe si lo decía por nosotros o por la forma en que Mateo me miraba a mí.
El reloj de la pared marcaba ya pasada la medianoche cuando la conversación se quedó sin palabras. Hubo un silencio largo, de esos que pesan, en el que todos entendimos lo mismo al mismo tiempo.
—¿Os animáis a subir? —preguntó Lucía al fin, levantándose con la copa todavía en la mano.
Nadie contestó con palabras. Subimos.
***
La habitación principal era amplia, con una cama enorme y una lámpara de pie que dejaba todo en penumbra. Al principio fuimos torpes, como adolescentes que no saben dónde poner las manos. Hubo risas nerviosas, miradas que pedían permiso, manos que dudaban antes de posarse. Después el pudor se fue cayendo solo, prenda a prenda.
Mateo me besó primero. Lo hizo despacio, sosteniéndome la nuca, mientras al otro lado de la cama Hernán y Lucía empezaban su propio juego. Era extraño y excitante a partes iguales escuchar a mi marido respirar agitado por otra mujer a un metro de mí, y sentir al mismo tiempo unas manos nuevas recorriéndome la espalda. Cerré los ojos y me dejé llevar por la novedad de no saber qué venía después.
Lo que vino me dejó sin aire. Hernán y Mateo se habían colocado detrás de Lucía, turnándose, y ella lo vivía con una intensidad que me hacía apretar los muslos solo de mirarla. Esa soy yo en mi cabeza desde hace años, pensé. La fantasía estaba ahí, a un metro de mí, ocurriéndole a otra mujer.
De pronto Hernán se quedó muy quieto, con la mandíbula tensa, y un segundo después se vació dentro de ella con un gemido ronco que le salió del fondo del pecho. Se quedaron inmóviles unos instantes, recuperando el aliento. Luego mi marido se apartó, le tomó la mano a Lucía y los dos se fueron hacia el baño sin decir nada, todavía aturdidos.
Me quedé a solas con Mateo.
Él me besó despacio, sin la urgencia de antes, como si tuviéramos toda la noche. Y la teníamos. Comprobé que él no se había corrido, que seguía tan duro como al principio, y me incliné sobre él. Lo hice con una calma que no me reconocía, disfrutando cada reacción suya, cada vez que se le escapaba el aire entre los dientes.
—No tan deprisa —murmuró, sujetándome la cara con las dos manos—. Me gustaría disfrutarte un buen rato.
Me tumbó de espaldas, se colocó debajo y me dejó a mí el control. Me senté sobre él y fui yo quien marcó el ritmo, quien decidió cada movimiento. Por primera vez en años no estaba complaciendo a nadie: estaba tomando lo que quería. Mateo me miraba desde abajo con una mezcla de deseo y sorpresa, como si no esperara esa decisión en mí.
***
Cuando Hernán y Lucía volvieron del baño, algo en el ambiente había cambiado de nuevo. Mi marido se arrodilló en la cama frente a mí y, mientras yo seguía montando a Mateo, me ofreció su sexo a la boca. Lo acepté sin pensarlo. Lucía se acomodó detrás de mí, y noté su dedo húmedo dibujando círculos en un lugar donde nadie se había aventurado nunca.
Entonces lo entendí. Estaba a un paso de mi fantasía, de la única que no había contado jamás. No dije nada. Pero Hernán, que me conocía mejor de lo que yo creía, lo intuyó en mi forma de respirar, en cómo se me tensó la espalda bajo la mano de Lucía.
Se colocó detrás de mí.
Sentí la punta de su sexo en una entrada nueva y me quedé completamente quieta. Despacio, recé en silencio. Y él fue despacio, milímetro a milímetro, dándome tiempo a abrirme, a respirar, a querer más. Cuando por fin estuvo dentro, mi fantasía dejó de ser fantasía.
Dos hombres a la vez. Cuando uno salía, el otro entraba. Tenía la impresión de que se rozaban dentro de mí, separados apenas por una pared de carne, y esa idea me volvía loca. Sentir cómo respiraban los dos, cómo sus jadeos se acompasaban, me arrastró a un lugar del que no quería volver.
Perdí la noción del tiempo. No sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro, ni me importaba. Lucía me apartaba el pelo de la cara y me susurraba que me dejara ir, que no pensara, y por una vez en mi vida le hice caso. Dejé de controlar, dejé de medir, dejé de preocuparme por cómo me veía. Solo había sensación, calor y el peso de dos cuerpos moviéndose conmigo.
Me uní a ellos con mis propios gemidos, cada vez más hondos. Les pedí que se dejaran ir, que llegaran juntos, que me dieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.
—Me has hecho disfrutar como nadie —dijo Mateo después, con la voz rota.
Nos quedamos los cuatro enredados, sudados, sin fuerzas para movernos.
***
Mateo y yo fuimos a una ducha; Lucía acompañó a mi marido a la otra. Bajo el agua caliente, Mateo me enjabonó entera, por delante y por detrás, con una atención que me desarmó. Hernán nunca había hecho algo así en catorce años. Le devolví el gesto, recorriéndolo con las manos llenas de espuma, y me sorprendió lo natural que me resultaba. Había perdido la vergüenza demasiado rápido y todavía no me lo podía creer.
Mientras el agua corría, me sorprendí pensando en lo lejos que estaba aquella mujer de la que se vestía cada mañana con prisa para llevar a los niños al colegio. Esa otra yo no habría reconocido a la que ahora reía bajo la ducha con un desconocido. Y sin embargo eran la misma. Tal vez siempre lo habían sido.
Nos secamos y volvimos a la habitación.
—Nos vestimos y nos vamos —dije, más por costumbre que por ganas.
—Son las tres de la madrugada —contestó Lucía, estirándose en la cama—. Quedaos. Mañana desayunamos café con tostadas y, si queréis, os vais.
Aceptamos. Nos acostamos los cuatro en la misma cama: yo de espaldas a Mateo, Hernán de espaldas a Lucía, como si fuéramos dos parejas distintas otra vez. El sueño me venció enseguida.
***
Me desperté con la primera luz y con Mateo pegado a mi espalda, duro como una piedra. Me giré hacia él.
—Por ahí no —le advertí, medio dormida, antes de guiarlo yo misma.
—Tengo una asignatura pendiente contigo —dijo contra mi cuello.
—Yo también —respondí—. Pero será en otra ocasión.
Mientras la casa todavía dormía, Mateo me hizo una confesión. Lucía y él no eran principiantes en esto, como nos habían dicho al llegar. Lo contaban así, dijo, para crear más complicidad, para que la otra pareja se relajara. La verdad era que les encantaba estar con matrimonios como el nuestro, y que aquella había sido, para él, la mejor noche de todas. Quería repetir.
—Y si te animaras —añadió, tanteando el terreno—, tengo un amigo. Lo conocemos desde hace años. Me encantaría montar algo con él y contigo, y que Hernán nos viera.
Me reí bajito, sorprendida de no escandalizarme.
—Me lo pensaré —dije—. Pero antes tendría que prepararme. Por dentro y por fuera. Y hay algo que deberías saber: te llevo quince años.
—Me lo imaginaba —respondió sin dudar—. Para mí no es ningún problema. Al contrario.
Nos quedamos en silencio, escuchando los ruidos de la casa que empezaba a despertar. No le prometí nada. Pero esa noche había aprendido algo sobre mí que no pensaba olvidar: la mujer que había imaginado durante años, la que tomaba lo que quería sin pedir permiso, no era una fantasía. Era yo. Solo le había faltado una madrugada, una casa ajena y el valor de no decir que no.
Dos semanas después, llamamos a Lucía y a Mateo. Pero eso ya es otra historia, y todavía la estoy viviendo.