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Relatos Ardientes

El intercambio de parejas detrás de las máscaras

Damián y Esteban eran hermanos y socios de una agencia de publicidad que habían levantado de la nada. La fundaron cuando tenían veinticuatro y veintiséis años, y casi dos décadas después el negocio navegaba con viento a favor. Esa tarde estaban en el amplio despacho de Damián, hundidos en dos sillones de cuero, con un habano entre los dedos y una copa de coñac francés añejo en la mano.

—Hemos compartido casi todo en esta vida —dijo Damián, soltando el humo despacio—, pero hay algo que nunca compartimos y que me gustaría compartir.

Esteban, delgado, moreno, de ojos oscuros, echó la ceniza en el cenicero de cristal y lo miró con una ceja levantada.

—¿Qué se te ha metido ahora en la cabeza?

—Intercambiar a nuestras mujeres.

Esteban ni se inmutó. Le dio un trago al coñac, lo paladeó y preguntó con calma:

—¿Quieres acostarte con la mía?

—Quiero acostarme con la tuya y que tú te acuestes con la mía —respondió Damián—. Una sola noche. Nada más.

—Se lo podemos plantear, pero dudo que acepten. Patricia es bastante recatada.

—Carla solo ha estado conmigo y Patricia solo contigo. Las dos tienen curiosidad, aunque no lo digan. Y hay algo más: detrás de una máscara, una persona descubre cosas de sí misma que jamás se atrevería a admitir a cara descubierta.

—¿Una máscara?

—El martes es el baile de carnaval del club. Podríamos planteárselo con esa excusa. Las cosas, si se hacen, se hacen bien.

—Lo tienes todo pensado.

—Tú habla con Patricia esta noche. Yo me encargo de Carla.

***

Esa noche, en el dormitorio principal, Carla se cepillaba el pelo frente al tocador. Era una mujer de curvas generosas, estatura media, ojos negros y melena castaña. Damián se acercó por detrás en ropa interior, le quitó el cepillo de la mano y empezó a peinarla él mismo.

—¿Qué tramas, pirata? —preguntó ella, mirándolo por el espejo.

Él le tomó la mano y se la llevó al bulto que ya tensaba la tela.

—¿Tú qué crees?

Carla se giró en el taburete, le bajó la ropa interior y se lo metió en la boca sin más preámbulo. Lo lamió despacio, de arriba abajo, hasta sentirlo endurecer entre sus labios.

En la habitación contigua, Sofía tenía la oreja pegada al fondo de un vaso apoyado contra la pared. Su prima Lucía estaba sentada en la cama, intranquila.

—Hoy van a hacerlo —susurró Sofía.

—Deberíamos dejar de espiarlos —dijo Lucía—. Tanto cuando duermo yo aquí como cuando duermes tú en mi casa.

—Calla, que ya se la está comiendo.

Carla se incorporó, se quitó la combinación y la ropa interior. Tenía los pechos grandes, de areolas oscuras. Se tumbó en la cama y abrió las piernas.

—Cómemelo.

Damián se arrodilló y hundió la cara entre sus muslos. Mientras la lamía, murmuró contra su piel:

—Esta noche me gustaría que jugáramos a algo.

—¿A qué?

—Quiero que imagines que quien te está haciendo esto es otro. Alguien que te guste.

Carla cerró las piernas de golpe y se sentó.

—¿Te has vuelto loco?

—Solo es un juego, mujer, para innovar —insistió él, acariciándole el muslo.

—Lo que tú llamas innovar yo lo llamo una indecencia. Suéltalo de una vez: ¿qué es lo que buscas?

Damián se lanzó al vacío.

—Quiero que pruebes a otro. A mi hermano. El martes, en el baile. Tú irías de monja y Patricia de enfermera.

La bofetada se debió oír en toda la planta.

—¡No te mato porque no tengo nada a mano!

Él fingió que no le había dolido.

—Pegas como una niña.

Otras dos bofetadas le calentaron las mejillas antes de que Damián la sujetara por la cintura y la girara contra la pared, justo en el tabique donde su hija y su sobrina escuchaban del otro lado.

—Hace tiempo que no lo hacemos de pie —le dijo al oído.

Le separó las piernas, se agachó y le pasó la lengua entre las nalgas. Carla bajó la voz, la rabia diluyéndose en otra cosa.

—Suéltame.

—Primero te preparo.

La lamió un rato, despacio, hasta sentirla ceder. Le dio la vuelta, volvió a arrodillarse y le comió el sexo empapado mientras ella le clavaba los dedos en el pelo.

—Para, para… quiero terminar de otra manera —jadeó.

Damián se puso de pie, le frotó la punta entre las nalgas y empujó despacio. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, empezó a moverse: primero suave, después sin tregua.

—Imagina que es otro quien te lo hace —le susurró al cuello.

—No me jodas, Damián. ¿Quieres que te ponga los cuernos delante de tus narices?

—Sí.

—Aunque quisiera, no podría —se le escapó.

—¿Por qué no? Dímelo.

Le dio más fuerte y Carla terminó cantando entre gemidos:

—Porque yo no fantaseo con hombres.

—Entonces cierra los ojos y piensa en una mujer.

Ella obedeció, callada, mientras él la embestía contra la pared. El placer la fue desbordando hasta que ya no pudo contenerse.

—¡Más fuerte, que me corro!

—¿En quién pensabas? —insistió él.

—En Mariela —confesó al fin, para que la dejara en paz—. La hija de tu amigo Tomás.

—Te gustan jóvenes. ¿Te acostarías con ella de verdad?

—Claro que sí… ¡me corro, me corro!

Damián se vació dentro de ella con un gruñido.

Del otro lado del tabique, Sofía se mordió la mano para ahogar su propio orgasmo, los muslos apretados, mientras Lucía se acariciaba con ansia sobre la cama. Cuando recuperaron el aliento, se miraron en la penumbra. Algo había quedado flotando entre las dos.

—Me puso caliente lo que dijo mi madre —susurró Lucía.

—¿Te acostarías con ella? —preguntó Sofía, medio en broma.

—Sí. Y sé que tú llevas tiempo queriendo algo con mi padre.

Se rieron por lo bajo, pero ninguna lo negó. Esa madrugada, abrazadas bajo las sábanas, trazaron un plan. Si sus padres querían jugar a las máscaras, ellas jugarían mejor.

***

En la barra de un bar, a Esteban le vibró el teléfono. Era Patricia.

—Puedes volver a casa —dijo ella, seca—, pero como me vuelvas a hablar de intercambios, te hago las maletas y pido el divorcio.

—Tranquila, no lo menciono más —contestó él, y colgó con una mueca.

Días después, Esteban recibió una nota escrita a mano: «El martes iré disfrazada de monja al baile del club. No le digas nada a tu hermano. Si quieres tenerme, ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras. Solo eso.» Damián recibió otra casi idéntica, salvo que la suya hablaba de una enfermera.

Los hermanos compararon los mensajes esa misma tarde, cervezas de por medio.

—Son calcados, Damián. Es una trampa. Patricia casi me arranca los ojos cuando le hablé del tema. Lo han hablado entre ellas y nos van a hacer terminar cada uno con su propia mujer, para reírse de nosotros.

—Estoy de acuerdo. Pero podemos darle la vuelta.

—¿Cómo?

—Tú vas a por la enfermera y yo a por la monja. Si nos equivocamos, lo peor que pasa es que cada uno termine acostándose con su esposa. No perdemos nada.

—Ahí le has dado.

***

Llegó la noche del martes. Damián y Esteban se vistieron en una oficina de la agencia, disfrazados de demonios, con máscaras de látex tan realistas que reproducían los rostros de dos actores conocidos. Cuando entraron al club, la música retumbaba y el salón estaba a reventar.

Buscaron entre la multitud y las encontraron enseguida: la monja y la enfermera, bailando muy juntas, demasiado juntas. Las dos también llevaban máscaras de látex, caras de mujeres bellísimas que no eran las suyas.

—Se están dando el lote —dijo Esteban.

—Fingen ser pareja, nada más.

—Pues tu mujer le está agarrando el culo a la mía.

En ese momento la monja y la enfermera se besaron en la boca, despacio, sin disimulo.

—A mí se me acaba de poner dura —murmuró Esteban.

—Ya somos dos. Déjalas que jueguen. —Damián miró el reloj—. Faltan quince minutos. Vamos a tomar algo.

En la barra, con un whisky en la mano, Esteban insistió:

—Esas dos terminan liándose de verdad y nos quedamos sin nada.

—No creo. A menos que a tu mujer le gusten las mujeres.

—Detrás de una careta, cualquiera se transforma.

Cuando volvieron a mirar, la monja y la enfermera ya no estaban.

***

Esteban encontró a la enfermera apoyada en un sedán negro, al fondo del estacionamiento. No hubo palabras. La puso de cara al coche, le subió la bata, le bajó la ropa interior y se agachó a lamerla por detrás. El sitio no era seguro, así que un par de minutos después la penetró de pie.

Sonrió bajo la máscara. Sonrió porque la punta había entrado muy apretada, como si fuera la primera vez en mucho tiempo, y aquello no era el cuerpo de su mujer. Se hundió despacio hasta el fondo y la folló: primero lento, después rápido, al final a romper. La enfermera se tapó la boca con una mano para ahogar los gemidos. El cuerpo le tembló entero, se contrajo alrededor de él y se corrió una vez, y otra, hasta que Esteban se vació dentro con un gruñido sordo.

Damián, mientras tanto, había encontrado a la monja recostada contra un coupé azul. Tampoco hubo palabras. Ella se puso en cuclillas, le abrió el pantalón y se lo metió en la boca hasta dejarlo de piedra. Él sonrió también: su mujer nunca lo hacía de esa manera.

La monja se incorporó, se bajó la ropa interior, apoyó las manos en el techo del coche y separó las piernas. Damián le levantó el hábito y empujó de una sola embestida. Entró como un cañonazo. La folló sin contemplaciones hasta que ella se convulsionó, la boca tapada con la mano, y él se derramó en su interior. En ese instante empezó a llover y tuvieron que correr a refugiarse en el club.

***

Cuando la enfermera volvió al salón, la monja ya estaba sentada en una silla. Se levantó, se tomaron de la mano y volvieron a bailar como si nada hubiera pasado. Esteban encontró a Damián en la barra.

—¿Tenía razón o no?

—La tenías, hermano. La tenías.

Los dos brindaron, convencidos de haberse salido con la suya.

Horas más tarde, Damián llegó a casa y encontró a Carla dormida en el sofá del salón. La despertó con un beso en la frente.

—¿Qué tal el baile? —preguntó.

Carla se desperezó y se sentó, frotándose los ojos.

—¿Qué baile ni qué baile? ¿Por qué tu hermano y tú teníais los teléfonos apagados toda la noche?

A Damián se le heló la sonrisa.

—¿Qué pasó?

—Que la madre de Patricia se puso muy mal esta tarde. La llevamos al hospital de urgencia y no había forma de localizaros. Patricia sigue allí con ella. Yo acabo de llegar.

—¿Está grave?

—Dijeron que se salvaba, pero menudo susto. Llama a tu hermano y cuéntaselo.

Damián asintió despacio, con el teléfono ya en la mano y una pregunta clavándosele en el pecho. Si Carla había pasado la noche en el hospital, y Patricia seguía allí… Entonces, ¿quiénes eran las dos mujeres enmascaradas que él y Esteban acababan de dejar bailando en el salón?

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Comentarios (5)

DiegoCba99

Tremendo!! me atrapo desde el principio y ya no pude parar. Muy bueno

NachoBsAs

Buenísimo!!

Claudia_Stgo

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber como termino todo. La nota anónima es un gran gancho

GuillermoVzla

Me recuerda a una noche de carnaval con mi pareja, la incertidumbre es lo que mas excita jajaja. Buen relato!

MilaFlorR

El detalle de la nota anonima me parecio genial, uno queda enganchado de entrada. Espero la continuacion!

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