Mi marido negoció mi precio con el dueño del club
Daniel llegó antes de lo previsto y supe, por cómo dejó las llaves sobre la mesa, que algo le rondaba la cabeza. Llevábamos una semana esquivándonos por la casa como dos extraños que comparten alquiler, y yo estaba cansada de ese silencio espeso. Dejé el abrigo y el bolso en el sofá y me senté frente a él.
—¿Quién empieza? —pregunté.
—Tú —dijo, y se pasó la mano por la nuca, un gesto suyo de cuando no sabe cómo entrar en materia.
—¿Sabes lo que más me duele? Que a estas alturas no confíes en mí. Que pase un mes, dos, y sigas guardándote las cosas hasta que estallan. No soporto enterarme de todo por terceros.
—Pienso demasiado las consecuencias —admitió—. Le doy vueltas a cómo te lo vas a tomar y los días se me escapan. Hasta que me revienta en la cara.
Me levanté a buscar agua para no llorar delante de él. Cuando volví seguía de pie, encogido, y eso me desarmó más que cualquier reproche.
—Háblame —insistí—. ¿Qué temes? Cualquier cosa la voy a entender. Podrá gustarme más o menos, pero la voy a entender.
Me abrazó y todo lo que tenía pensado decir quedó apartado. Permanecimos así un rato largo, curándonos de tantos días torcidos.
***
—Quiero contarte algo —dijo al fin, sentándose en el borde del sofá—. La otra noche, cuando fui a buscar a Selena al Recodo, me abordó Rubén.
El nombre me erizó la piel. Rubén era el dueño del local, el hombre que manejaba a Selena y a media docena de chicas más con una mezcla de mano dura y caricia calculada. Yo había pasado por allí un par de veces el verano anterior, primero por curiosidad, después porque algo de aquel ambiente sórdido me atraía de un modo que no me atrevía a confesar en voz alta.
—¿Y qué quería?
—Hablar claro, dijo. —Daniel respiró hondo—. Que sabe quién eres cuando entras por esa puerta. Que la noche que te quedaste hasta el cierre con Selena, no fue casualidad. Y me hizo una propuesta.
—Te veo venir. ¿A ti o a mí?
—A los dos.
Removí una copa imaginaria con la mirada perdida. Sabía exactamente adónde iba aquello, y el corazón se me había acelerado de una forma que no tenía nada que ver con la indignación.
—Cuéntamelo con sus palabras —pedí—. Quiero oírlas tal cual.
Daniel cerró los ojos un instante, como si volviera a sentarse en aquella barra.
—«Tu mujer vale para esto, Daniel. Es, con diferencia, la mejor que ha pasado por mi local. Tiene cuerpo, pero sobre todo tiene clase, y eso aquí no se compra. Todavía me preguntan cuándo vuelve la madrileña. No te pido que os mudéis, sería mucho pedir. Pero si pasa por aquí dos o tres noches cada quince días, para empezar, y se corre la voz, nos forramos los tres. A ti no te olvido: hay un porcentaje para el marido que trae a la señora.»
—Qué generoso —murmuré.
—«No me mires así. Tu mujer no lo haría por dinero, ya lo sé, tú tampoco lo necesitas. Pero te voy a decir una cosa: el día que tengas en la mano los primeros billetes por dejar que otro se la lleve, vas a entender de qué te hablo. Lo he visto en otros hombres. Es más adictivo que cualquier droga.»
Yo escuchaba en silencio, las rodillas apretadas, consciente de cómo cada frase iba calando más hondo de lo que quería reconocer.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que lo iba a pensar.
—Que lo ibas a pensar —repetí, y solté una risa corta—. Vamos, Daniel, reconócelo. La idea de cobrar una parte de lo que yo sacara prostituyéndome te pone un montón.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Te lo veo en la cara. —Me acerqué un paso—. Imagino la escena: tú sentado en la barra con una copa, negociando mi precio con él, regateando como si yo fuera una mercancía. Y lo peor es que a mí también me pone cachonda imaginarlo.
Daniel tragó saliva. Lo conocía demasiado bien: la respiración un poco más corta, las manos quietas de más sobre los muslos.
—Hubo algo más —dijo—. Una condición.
—Adelante.
—Todas sus chicas llevan una marca. Un tatuaje. Un número.
Me quedé fría un segundo. Ahí estaba mi límite, el muro contra el que se estrellaba todo lo demás.
—¿Un número.
—La nueve —dijo en voz baja—. Esa serías tú. En casa, la señora Vidal. En su local, la nueve.
***
Me senté a su lado. La parte de mí que llevaba meses despertando empujaba con una fuerza que asustaba; la otra, la sensata, se aferraba a aquel detalle como a un clavo ardiendo.
—El número me da igual —dije despacio—. Hasta me gusta, si te soy sincera. Que un desconocido me llame por un número, que me reduzca a eso, que tú escuches detrás de una puerta cómo me convierto en otra. Eso me derrite. Pero un tatuaje, no. Imagínalo dentro de treinta años, en un cuerpo que ya no es este. No quiero llevar grabado esto para siempre. Es lo único que no negocio.
—Se lo dije. Le di largas con eso.
—¿Y se conformó?
—Dijo que ya hablaríamos. Que de momento bastaba con que tú estuvieras dispuesta.
Me giré hacia él. La tensión de la última semana se había transformado en otra cosa, una corriente caliente que nos recorría a los dos al mismo tiempo y que ninguno se molestaba ya en disimular.
—¿Te he defraudado? —pregunté—. Por lo del tatuaje.
—No. En absoluto.
—Mentiroso. Estabas entusiasmado con la idea de entregarme a él. De llevarme de la mano hasta esa puerta y dejarme dentro.
—Solo si tú quieres —dijo, y su voz se había vuelto ronca.
—Esto es lo más fuerte que has hecho desde la noche en que me pagaste antes de acostarte conmigo —le recordé, acercándome hasta sentir su aliento—. Te portaste como un cerdo aquella vez. Pero me abriste los ojos. Me enseñaste quién soy de verdad.
—Calla.
—No quiero callar. ¿Vas a negar que te pone verme llegar a casa después de estar con otro? ¿Que sufriste de gusto el día que me viste salir del coche de aquel tipo, despeinada, con el rímel corrido?
—Para.
—No voy a parar. —Le pasé un brazo por el cuello, me afiancé con el otro en su cintura y me pegué a él hasta notar lo duro que estaba—. ¿Lo ves? No hace falta que digas nada. Tu cuerpo ya lo ha confesado por ti.
***
—Está bien, sí —estalló al fin, sujetándome por las caderas—. Me excita. No lo puedo evitar. Me excita la idea de venderte. Intento resistirme, pero ya que lo pones tan fácil, ¿para qué negarlo? Me muero por hacerlo tal y como lo describes: llevarte de la mano hasta esa puerta y entregarte.
—Por fin —susurré contra su boca—. Por fin lo dices.
Nos besamos con una urgencia que llevaba días contenida. No fueron besos suaves. Fueron besos de hambre, de reconciliación y de algo más oscuro que los dos habíamos estado alimentando en silencio. Le mordí el labio, él me hundió la mano bajo la blusa y me pellizcó el pezón hasta arrancarme un gemido.
—Cuéntame cómo sería —le pedí, mientras le desabrochaba el cinturón—. Esa noche. Quiero oírla.
—Te vestirías de negro —dijo, con la voz quebrada por mis manos—. El vestido corto, el que te llega a medio muslo.
—Sin sujetador.
—Sin sujetador. Los labios rojos.
—Mucho rímel, mucha sombra. Tacones altos. —Le bajé la cremallera y lo liberé, duro y caliente contra mi palma—. Y tú llegarías conmigo del brazo, me presentarías como la nueve, y luego te apartarías.
—Me apartaría a escuchar detrás de la puerta —jadeó.
—A escuchar cómo otro me llama por mi número. Cómo me usa. Cómo gimo para él sabiendo que tú estás al otro lado, tocándote.
Lo empujé sobre el sofá y me deshice del vestido que ni siquiera llevaba, solo la ropa real que me arranqué a tirones. Me senté a horcajadas sobre él y guie su verga hasta sentirla entrar de golpe, sin paciencia, hasta el fondo. Daniel soltó un gruñido y me clavó los dedos en las caderas.
—Dilo otra vez —le exigí, moviéndome despacio, torturándolo—. Di que me venderías.
—Te vendería —obedeció—. Te llevaría yo mismo. Cobraría por ti y volvería a casa a esperarte.
—Y cuando volviera —subí el ritmo, las uñas en su pecho—, oliendo a otro, con su marca todavía caliente, me follarías encima de todo eso, ¿verdad?
—Sí. Joder, sí.
Me incliné sobre él, los pechos contra su cara, y él los cubrió con la boca mientras yo cabalgaba cada vez más rápido. La fantasía nos envolvía a los dos, la barra, el número, el hombre sin rostro que me esperaba en una habitación, la puerta entornada con mi marido detrás. No sé en qué momento dejó de ser una conversación y se convirtió en una sola escena que vivíamos a la vez con los cuerpos.
—Me corro —avisé—. No pares, no se te ocurra parar.
—Córrete pensándolo —me dijo al oído, apretándome contra él—. Córrete siendo la nueve.
Y me corrí así, sacudida entera, con esa palabra rebotándome dentro, mientras él se vaciaba con un espasmo largo y me sujetaba como si temiera que de verdad me fuera a marchar con otro esa misma noche.
***
Después nos quedamos enredados en el sofá, recuperando el aliento, su mano dibujando círculos perezosos en mi espalda.
—¿Y bien? —preguntó al cabo de un rato—. ¿Qué le digo a Rubén?
Sonreí contra su hombro. La parte sensata de mí seguía ahí, vigilante, marcando la única raya que no iba a cruzar. Pero todo lo demás ya había dicho que sí mucho antes de que él volviera a casa.
—Dile que la nueve está disponible —respondí—. Pero que la marca se la quede para sus otras chicas. A mí ya me tienes marcada tú, donde no se ve.
Daniel se rio bajito, con esa risa suya de cuando algo lo supera y le encanta a la vez. Afuera había empezado a llover, una lluvia mansa y tranquila, como si el futuro estuviera por escribirse y ninguno de los dos quisiera ya hacer nada por evitarlo.