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Relatos Ardientes

Fue ella quien pidió seguir con la otra pareja

Creo que esa noche despertamos algo en Noa que llevaba demasiado tiempo dormido. Ella y Marcos eran la pareja joven del gimnasio, los que siempre llegaban antes de abrir y se reían bajito en la zona de pesas. Marina y yo les llevábamos unos cuantos años y bastante más rodaje, y esa noche, en nuestro salón, había sido la primera vez que los cuatro cruzábamos la línea.

Después del primer asalto, cada uno por su lado, nos quedamos repartidos por el sofá recuperando el aliento. Noa estaba tumbada, completamente desnuda, con la cabeza apoyada en el muslo de Marcos. Él le acariciaba el pelo con esa torpeza tierna de quien todavía no se cree del todo lo que acaba de pasar.

—Ya que nos hemos puesto… —dijo ella, deslizando la mano hasta la entrepierna de su novio— podríamos seguir.

Lo soltó con media sonrisa, mirándole de reojo, y noté cómo Marcos abría los ojos sorprendido. Marina y yo nos cruzamos una mirada rápida. Aquella propuesta no la esperaba nadie, y mucho menos él.

Marcos bajó la cabeza y la besó despacio mientras su mano resbalaba hasta cubrirle un pecho. Marina, sentada al otro lado, no perdió el tiempo: alargó la suya y empezó a acariciar el interior de los muslos de Noa, que separó las piernas en una invitación que mi mujer aceptó sin dudar.

Pronto los dedos de Marina recorrían el sexo de Noa de arriba abajo. Ella había girado la cabeza y lamía la verga ya endurecida de Marcos, dejando que mi mujer la abriera con dos dedos y luego se los llevara a los labios para que los chupara. Lo hizo sin apartar la vista, mirando a Marina a los ojos mientras seguía masturbando a su novio con la otra mano.

Yo seguía sentado, observándoles, todavía recomponiéndome del primer round. Marcos, en cambio, ya estaba completamente erecto otra vez. Bendita juventud, pensé.

***

Marina se arrodilló en el sofá y hundió la cara entre las piernas de Noa. Empezó a pasarle la lengua a lo largo del sexo, lenta, midiendo cada reacción. Noa sostenía la verga de Marcos con una mano sin dejar de lamerla, y con la otra presionaba la nuca de mi mujer contra ella.

Veía cómo la lengua de Marina se metía dentro de Noa y, casi sin darme cuenta, noté que yo también empezaba a responder. Tenía además una vista perfecta del culo y del sexo de mi mujer, ofrecido justo delante de mí.

Alargué la mano para acariciarle las nalgas y la deslicé entre sus piernas. Estaba caliente, mojada, lista. Recogí su propia humedad con los dedos y la llevé hasta su ano, dibujando círculos despacio mientras seguía estimulándola por delante. Cuando empujé el pulgar, ella soltó un suspiro largo sin dejar de lamer a Noa.

Marcos se había puesto de pie y se acercó hasta quedar a la altura de Marina, ofreciéndole la verga. Mi mujer cambió la lengua por los dedos sobre Noa y se giró para tomarlo a él en la boca. Le costaba abarcarlo entero.

—Mmm, qué grande —dijo, soltándolo un segundo—. ¿A que con ella te lo pasas bien?

Noa respondió con un gemido ronco.

—Pues vamos a ver cómo te folla.

Marina se apartó y guio a Marcos entre las piernas abiertas de su novia. Le acercó el glande a la entrada y él, sujetándole los muslos en alto, empujó hasta enterrarse del todo. Noa cerró los ojos y se llevó las manos a los pechos, pellizcándose ella misma los pezones.

Me coloqué a su lado y empecé a hacérselo yo. Cuando lo notó, buscó mi verga a tientas y levantó la cabeza con la boca abierta, pidiéndome que me acercara. Así, mientras Marcos la penetraba, ella me envolvía con los labios hasta el fondo, tanto que una arcada la sacudió. Ni con esas dejó de lamer.

***

Marina, desde el otro lado, le pasó la mano por el vientre y bajó hasta su clítoris, frotándolo al ritmo de las embestidas de Marcos. Noa levantó la suya, atrapó un pecho de mi mujer y lo apretó antes de llevarla también entre sus piernas.

Yo me aparté. Marina fue girando hasta sentarse a horcajadas sobre la cara de Noa, que asomó la lengua sin pensárselo y la hundió en ella. Mi mujer se movía como si cabalgara, sujetándose los pechos, mientras la lengua de la joven la recorría entera.

Marcos cambió sus manos por la boca y empezó a chuparle los pezones a Marina sin dejar de bombear dentro de su novia. Yo me puse de pie frente a mi mujer y le acerqué la verga a los labios. La abrió, sacó la lengua para lamerme el glande y luego cerró la boca sobre mí mientras yo entraba y salía despacio.

Los gemidos de Noa subían de ritmo. Se aceleraron de golpe hasta que se corrió, apretando las piernas alrededor de la cintura de Marcos y arqueando la espalda contra el sofá.

Los demás no habíamos terminado. Marcos salió de ella y se tumbó en la alfombra, tiró del brazo de Marina y la sentó encima, clavándole la verga de una sola bajada. Desde atrás vi cómo mi mujer subía y bajaba sobre él. Miré a Noa, que seguía tendida con los ojos cerrados, acariciándose los pechos, y me coloqué detrás de Marina.

Me agaché y llevé la boca hasta su ano, lubricándolo bien con la lengua. En algún momento acabé rozando también la verga de Marcos, que entraba y salía justo debajo. La sujeté con la mano, la lamí, me la metí entera un instante y volví a guiarla dentro de Marina.

Con su culo ya preparado, me coloqué y empujé. El glande primero, despacio, y luego el resto. Enseguida cogí el ritmo de los dos y empecé a moverme. Notaba cómo nuestras vergas se rozaban dentro de ella cada vez que entrábamos a la vez.

—Joder —jadeó Marina—. Qué bueno. Cómo me folláis los dos.

***

Miré a Noa. Se había incorporado y nos observaba sentada sobre los talones, con una mano entre las piernas, acariciándose sin disimulo. Tras cruzar la mirada conmigo, se acercó a la cabeza de Marcos, le dio un beso y pasó las piernas a ambos lados de su cara, sentándose sobre su boca.

Así, mientras yo penetraba a Marina por detrás y Marcos por delante, él lamía a su novia, que se movía encima de su cara gimiendo sin parar y sujetándose los pechos. Marina se estremecía debajo de mí. Le agarré las caderas y los dos seguimos bombeando.

—¡Sí! —gritó ella—. ¡No paréis!

Marcos levantó los brazos para alcanzar los pechos de Noa, que se había apoyado en el suelo. En esa postura veía clarísimo cómo la lengua de él entraba y salía, pero lo que mejor distinguía era su ano. Igual lo veía Marina, que no tardó en llevar una mano hasta allí.

Lo acarició por fuera, sin atreverse a más, porque no sabía si Noa lo había probado alguna vez. Noté cómo el cuerpo de la joven se tensó un segundo al sentirlo, aunque enseguida volvió a moverse. Marina se llevó el índice a la boca, lo humedeció con saliva y volvió a acariciarle el ano, jugando un rato antes de empezar a empujar muy despacio.

Los gemidos de Noa se dispararon sin que dejara de mecerse sobre la cara de Marcos. Tenía ya medio dedo dentro cuando Marina empezó a tener espasmos, esa señal que conozco de memoria.

—¡Me corro! —gimió mi mujer—. ¡No aguanto más!

Se vino entre temblores sin sacar el dedo del ano de Noa, que jadeaba igual de rápido.

—¡Yo también! —dijo la joven—. No paréis, por favor.

Su cuerpo se puso rígido cuando llegó, empapando la cara de Marcos, que le sujetaba los pechos con fuerza. Después se dejó caer de costado sobre la alfombra, intentando recuperar el aire.

***

Pero ni Marcos ni yo habíamos acabado. Fue Marina la que se colocó entre los dos, nos cogió a ambos y empezó a lamernos alternando de uno a otro.

—Poneos de pie —pidió.

Así, con cada uno a un lado y su cabeza girando de mi verga a la de Marcos, nos chupó hasta el final. Primero se corrió él sobre sus pechos; después lo hice yo en su boca, y ella tragó sin apartarse.

Nos quedamos los cuatro repartidos por el sofá, agotados, con la respiración entrecortada y sin que nadie dijera nada durante un rato. Noa se apoyaba en Marcos; Marina hacía lo mismo en mí.

—Madre mía —soltó Noa al fin—. No puedo ni mover las piernas. Y perdí la cuenta de las veces que me corrí.

Marcos la miró extrañado, pero sonriendo: nunca le había oído decir algo así.

—Cansada, pero muy satisfecha —añadió ella.

—Igual que yo —dijo Marina.

—Yo creo que no podría más —admitió Marcos.

Noa lo miró con una sonrisa pícara.

—¿Y tú? ¿No eras de dos tiros como mucho?

—Hoy alguno más —contestó él entre risas.

—No me extraña —dije yo—. Ha estado increíble.

—¿De verdad te ha gustado? —preguntó Noa, todavía con un punto de inseguridad.

—Eso ni se pregunta —respondió Marina—. ¿No le ves la cara?

—Es que como era nuestra primera vez no sabíamos muy bien cómo reaccionar —confesó Marcos—. Y como vosotros tenéis más experiencia…

—Nos daba vergüenza no hacerlo bien —remató Noa, ruborizándose.

Marina se giró hacia ella, le tomó la cara con la mano y le dio un beso suave en los labios.

—No te preocupes, cariño —le dijo—. Lo hicisteis muy, muy bien.

Noa le devolvió el beso, y esta vez se alargó un poco más de la cuenta.

***

Marina y yo nos levantamos y nos vestimos mientras ellos seguían enredados en el sofá.

—Mejor os dejamos solos —dijo mi mujer—. El lunes nos vemos en el gimnasio.

—¿Ya? Qué pena —se quejó Noa.

—Aún te queda Marcos, que yo lo veo dispuesto —rio Marina.

Todos miramos su entrepierna, donde la verga empezaba otra vez a despertar, y nos echamos a reír. Nos despedimos con unos besos en la puerta. Noa me agarró la cara y me besó buscando mi lengua con la suya, igual que Marina había hecho con Marcos.

Apenas habíamos entrado en casa cuando a Marina le sonó el móvil.

—Es Noa —dijo.

—¿Y qué dice?

—«Gracias por esta noche. Nos lo habéis puesto muy fácil pese a lo nerviosos que estábamos, y lo hemos pasado genial. Ojalá sea la primera de muchas, que aún tenemos mucho que aprender». —Marina sonrió—. Y manda una foto de los dos.

—Qué majos son —murmuré, ya medio dormido.

Acerté a contestarle que sí a no sé qué y caí rendido casi al instante.

A la mañana siguiente desperté con varios mensajes esperándome. Al abrirlos me llevé una sorpresa: eran fotos y vídeos de ellos dos, aunque sin que se les vieran las caras.

En la primera, Noa lamía a Marcos mientras él le tapaba el rostro con la mano. En otra, ella abría las piernas mostrándose justo cuando él se colocaba encima. La siguiente era la misma postura, pero ya con él dentro. En el vídeo, Noa lo cabalgaba de espaldas, y se veía perfectamente cómo entraba y salía de ella. En el último, Marcos se masturbaba frente a su cara y ella recibía la corrida con la boca abierta, para después lamerlo y dejarlo limpio.

Se los enseñé a Marina, que se acababa de despertar.

—¡Qué energía tienen recién levantados! —dijo riendo.

—Esto fue anoche, en cuanto nos vinimos a casa.

—Se quedaron con ganas de más.

Pasó el fin de semana sin saber nada de ellos. No volvimos a coincidir hasta el lunes en el gimnasio, donde nos contaron entre risas que se habían pasado los dos días casi sin salir de la cama.

—Yo creo que habéis despertado a la fiera —dijo Marcos—. Ya no es como antes.

—¿Te quejarás? —le picó Noa—. ¿Cuándo te había despertado yo lamiéndotela?

—Si no me quejo —contestó él, muerto de risa.

—Y que no se te ocurra —añadió Marina.

La semana siguió tranquila, hasta que llegó el viernes y volvimos a vernos los cuatro. Pero eso ya lo contaré en otra ocasión.

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Comentarios (4)

Cande_88

jajaja ella armó todo sin que nadie lo viera venir, me encantó ese giro!! que personaje

LucasNight42

muy bueno el relato, bien contado y sin apurarse. Se disfruta bastante

SolMorales

increible, lo lei de una sola vez sin parar!!!

NicoRdz_BA

el excerpt ya me enganchó y el relato cumple lo que promete. Por favor mas de esto

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