Los novatos del gimnasio querían probar algo más
Cenando le conté a Lucía cómo había pasado el día mientras ella trabajaba.
—Así que mientras yo me deslomaba en la oficina, tú te ocupabas del culito de Nadia —dijo, levantando una ceja por encima de la copa.
—Algo así —admití.
—Cómo les ponen los maduritos. O más bien, cómo les pone el mío.
Solté una carcajada. Ella se levantó de la mesa y rodeó la silla hasta quedar a mi lado, con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien.
—¿Y cómo me lo vas a compensar? —preguntó.
La agarré de la cintura y la atraje hacia mí sin levantarme. Metí la cabeza bajo su camiseta hasta llegar a sus pechos desnudos y pasé la lengua por los pezones, que ya empezaban a endurecerse.
—¿Así? —murmuré contra su piel.
—Mmm. ¿Solo eso?
Hundí la cara entre sus pechos, le hice cosquillas con la barba y volví a sus pezones. Me encanta cuando se endurecen entre mis labios, notar cómo contiene la respiración cada vez que los mordisqueo. Lucía apretaba mi cabeza contra ella hasta que, impaciente, se quitó la camiseta de un tirón.
—Así es más fácil.
Seguí lamiéndolos mientras una de mis manos se colaba bajo el pantalón de su pijama y llegaba a su sexo. Estaba caliente y húmedo. Rocé el clítoris y ella se estremeció con un jadeo suave.
—¿Tanto te ha calentado el cuento? —pregunté.
—Ya lo sabes.
Le bajé los pantalones y la dejé desnuda ante mis ojos, que nunca se cansan de mirarla. Ella deslizó una mano hasta mi polla, dura ya por encima de la tela.
—Y por lo que noto, a ti también —dijo.
—Contigo, siempre.
Me levanté y la abracé. Ella me rodeó el cuello y me besó mientras mi erección presionaba contra su vientre. La agarré de las caderas y la senté sobre la mesa de la cocina. Bajé besando su cuello, sus pechos, su vientre, hasta hundir la lengua en su sexo depilado buscando el clítoris. Ella gemía, me sujetaba la cabeza y pasaba las piernas por encima de mis hombros.
—Mmm. ¡Cómo me gusta! ¿También se lo hiciste a ella? —preguntó entre jadeos.
No contesté. Estaba demasiado ocupado deslizando la lengua a lo largo de su sexo, disfrutando de su aroma y su sabor. Tan caliente se había puesto que tardó muy poco en empezar a retorcerse. Echó la cabeza hacia atrás, la respiración agitada, el cuerpo convulsionando.
—¡Joder! ¡Me corro!
No paré durante un buen rato. Luego me incorporé, agarré mi polla y la metí de un solo empujón. Con ella sentada en la mesa, las piernas rodeándome, empecé a embestir mientras le acariciaba los pechos.
—¡Sí! ¡Fóllame! ¡Cómo me gusta!
Un momento después le di la vuelta, apoyé sus brazos en la mesa y volví a entrar en ella desde atrás. Así, sujetándola por las caderas, seguí bombeando mientras ella jadeaba y murmuraba palabras que no llegaba a entender. Le agarré el pelo y tiré con cuidado, levantándole la cabeza, y le di una palmada en las nalgas que resonó en toda la cocina. Respiraba con la boca abierta, fuera de sí.
Llegó un momento en que empezó a tener espasmos. Notaba cómo los músculos de su sexo se contraían con cada embestida, apretando mi polla como si quisieran ordeñarla. De una manera nada silenciosa tuvo otro orgasmo, sin que yo dejara de moverme.
Cuando se relajó, seguimos un instante en esa postura. Yo todavía no había terminado.
—Ahora mi culo —dijo ella—. Como a Nadia.
No me lo pensé. Salí de su sexo y apoyé el glande contra su ano, empujando despacio hasta hundirme del todo. Le sujeté los pechos desde arriba y terminé de entrar mientras gemía.
—¡Sí! ¡Así! ¡No pares!
Me moví con fuerza hasta que no pude aguantar más y me corrí dentro de ella. Quedé tumbado sobre su espalda un instante, los dos recuperando el aire. Cuando nos separamos, Lucía se dio la vuelta y apoyó la cabeza en mi pecho.
—Mmm. Qué rico.
Recogimos la cocina, nos dimos una ducha y nos metimos en la cama, dormidos al instante.
***
Los días transcurrieron con normalidad durante un par de semanas. Entre el trabajo, el gimnasio y la rutina, no volvimos a sacar el tema del intercambio. Seguíamos entrenando con Marcos y Nadia, pero ninguno mencionaba aquella primera noche, hasta que un día, tomando algo los cuatro después de entrenar, fue él quien lo soltó.
—¿Sabéis que desde aquel día con vosotros no hemos vuelto a hacer nada parecido? —dijo Marcos—. Estuvimos mirando algún local de esos, pero no nos da confianza.
—¿Ya estáis preparados? Es un salto grande —respondió Lucía.
—¿Y si empezáis por algo en casa? Con gente conocida —propuse yo—. Podemos organizar algo.
—¿En serio? ¿No os importa? —preguntó Nadia, con los ojos muy abiertos detrás de las gafas.
—Ya ves que no —sonrió mi mujer—. Además, yo repetiría con vosotros encantada.
Era evidente que Marcos no tenía ni idea de que yo había vuelto a estar con su novia, y lo dejé así. Seguimos hablando y quedamos en que lo plantearíamos a unos amigos de confianza, a ver si les apetecía.
***
Lucía y yo pensábamos en Bruno y Vanesa, nuestros vecinos, y no dudamos en proponérselo en cuanto llegamos a casa. Tocamos su timbre, abrió Bruno y les pedimos que vinieran a tomar algo. En cinco minutos estaban sentados en nuestra cocina.
—¿Es la chica menudita de gafas con la que te vi en el garaje? —preguntó Vanesa.
—Esa misma —dije.
Sonriendo, miró a su marido.
—Pues te va a gustar. Te lo digo desde ya.
Lucía describió a Marcos, insistiendo en lo novatos que eran los dos —solo lo habían hecho con nosotros— y, cómo no, en su polla gorda.
—Por mí, de acuerdo —dijo Bruno.
—Y por mí también —añadió Vanesa—. Organizamos una cena y así los conocemos.
—¿Y por qué esperar? —corté yo—. Les llamo ahora mismo y, si están libres, que vengan a cenar hoy.
Los cuatro estuvimos de acuerdo. Llamé a Marcos, lo invité a cenar y le dije que teníamos una sorpresa. Tenía que consultarlo con Nadia, pero a los cinco minutos me devolvió la llamada confirmando. Les dije que vinieran sobre las siete para tomar algo antes.
Vanesa y Lucía se pusieron a organizar y decidimos pedir la cena en un restaurante cercano. Las dos se fueron a arreglar para lo que prometía ser una noche larga. Mientras tanto, Bruno y yo planeamos cómo hacerlo y pensamos un juego. Ellos dos esperarían en su casa hasta que les llamáramos.
Bruno se marchó a contárselo a Vanesa y yo hice lo mismo con Lucía. Mientras ella se duchaba, yo le hablaba desde fuera, conteniéndome de no meterme con ella bajo el agua. Le pareció perfecto.
—Va a ser divertido. Si quieren seguir, claro —dijo.
—No lo dudo. Creo que sí quieren probar.
***
Cuando Marcos y Nadia llegaron, nos saludamos con besos. Ella me los dio en la boca, mientras él los recibía de Lucía. Sentados en el salón, con una copa en la mano, les preguntamos si seguían queriendo ir más allá.
—Sí, claro —respondió Nadia—. Ya lo hemos hablado. Pero tiene que ser alguien que conozcáis, gente de confianza.
—Lo son —dije.
—De hecho, son nuestros vecinos —añadió Lucía—. También vienen a cenar luego, pero quisimos hablarlo antes con vosotros. De momento, solo una cena. Luego… ya se verá.
—Pues entonces está hecho. Cenamos y vemos qué pasa.
Nadia se la veía un poco nerviosa, así que pensé en empezar el juego.
—¿Qué os parece si nos animamos un poco antes? —propuse.
—¿En qué piensas? —preguntó Marcos.
—Por ejemplo —dijo Lucía—: tú te sientas en una silla con los ojos tapados y nosotras te acariciamos para que adivines quién es. Luego le toca a Nadia, y vamos cambiando. Puedo empezar yo.
—Vale. Parece divertido —aceptó Nadia.
Acerqué una silla y Lucía se sentó sin quitarse la ropa. Yo ya tenía un pañuelo preparado, y se lo anudó alrededor de los ojos.
—La idea es no hablar, para no reconocer la voz —avisó.
Le hice una seña a Nadia para que fuera la primera. Se colocó delante y, despacio, acercó la cabeza a su cuello y lo besó con suavidad.
—Mmm. Esa delicadeza… Nadia —adivinó Lucía.
Nadia se rió. El siguiente fue Marcos, que desde un lado alargó la mano y acarició uno de sus pechos por encima de la blusa.
—Por cómo le tiembla la mano, es Marcos —dijo entre risas.
Señalé a Nadia de nuevo. Esta vez le soltó los botones de la blusa, dejando sus pechos al aire —no llevaba sujetador—, y le dio un beso en los labios. Lucía respondió abriendo la boca y correspondiendo.
—Nadia —murmuró.
Fui yo el siguiente. Me agaché y besé uno de sus pezones, succionándolo entre los labios.
—Mmm. Daniel, sin duda.
Marcos acercó la boca y, como había hecho su novia antes, le besó el cuello mientras una mano agarraba uno de sus pechos. Lucía tenía ya la respiración entrecortada y se lo pensó antes de responder.
—Marcos… creo.
Me acerqué, metí una pierna entre las suyas para abrírselas y deslicé una mano hasta su sexo. Estaba húmedo de la excitación, y ella gimió mi nombre. Nadia terminó de quitarle la blusa y la falda, dejándola desnuda. Lucía permanecía sentada en la silla, vendada, conmigo delante y los demás a cada lado.
Mi mano dejó su sitio a una de Nadia, que se inclinó y empezó a besarla. Marcos hizo gesto de desnudarse, pero le negué con la cabeza justo cuando su novia se ponía de rodillas entre las piernas de Lucía, abriéndoselas aún más. Su sexo rasurado brillaba de humedad mientras los dedos de Nadia seguían jugando con él.
Lucía gemía bajito, repitiendo el nombre de Nadia, mientras Marcos y yo le besábamos los pechos. Nadia, con una sonrisa, miró a su novio antes de agacharse y besar la cara interna de los muslos de Lucía. Enseguida posó la lengua sobre sus labios y, separándolos, la deslizó una sola vez de abajo arriba. Lucía dio un respingo y jadeó.
—Nadia. Mmm.
La cosa se calentaba por momentos. Notaba a Marcos incómodo, con la erección marcándose bajo el pantalón, igual que yo. Empecé a quitarme la ropa y, en cuanto él se dio cuenta, hizo lo mismo. Mientras Nadia seguía entre las piernas de mi mujer, nos colocamos cada uno a un lado y le acercamos las pollas a la cara.
Fue la de Marcos la primera en recibir las atenciones de Lucía. Vi cómo abría los labios y sacaba la punta rosada de la lengua hasta apoyarla en el glande y deslizarla alrededor. Levantó las manos, agarró ambas pollas y se dedicó a lamer las puntas, murmurando nuestros nombres. Luego me tocó a mí: se metió la mía entera en la boca, lamiéndola de arriba abajo.
Nadia era la única que seguía vestida, y continuaba arrancándole gemidos a Lucía mientras esta no dejaba de moverse. Así no aguantó mucho: con la polla de Marcos entre los labios tuvo el primero de los muchos orgasmos de aquella noche. Quedó sentada en la silla, recuperando el aliento, mientras Nadia subía besando su cuerpo hasta llegar a la cara.
***
Lucía se levantó con las piernas temblando y empujó a Marcos hacia la silla.
—Te toca a ti.
Le puso el pañuelo en los ojos y se colocó detrás de él, pasando los brazos por encima de sus hombros hasta alcanzarle los pezones. Empezó a pellizcárselos con suavidad mientras le besaba el cuello. Yo me situé detrás de Nadia y, sin que ella dejara de mirar a su novio, metí las manos bajo su jersey hasta sus pechos. Tenía los pezones duros y gimió al sentir mis manos.
Una de ellas fue bajando por su vientre, se coló bajo el pantalón y, apartando la goma del tanga, llegó a su sexo. No podía estar más húmedo y caliente cuando deslicé un dedo de arriba abajo. Nadia apoyó la espalda contra mí, dejándose hacer, mientras mi dedo se hundía en ella y la otra mano le sujetaba el pecho.
Detrás, Lucía seguía acariciando a Marcos, paseando las manos por su vientre hasta agarrarle la polla. Él jadeaba, aferrado a los lados de la silla, mientras yo terminaba de desnudar a su novia. Le quité el jersey y le besé el cuello desde atrás antes de desabrocharle los pantalones. Mientras lo hacía, ella había llevado una mano hacia atrás y masturbaba la mía con suavidad.
No tardó en quedarse solo con el tanga, que también le quité. Le separé las nalgas para ver su sexo desde atrás y, sobre todo, su ano, al que acerqué la lengua. Se estremeció cuando la sintió, unida a mis dedos rozando la entrada de su sexo.
A esas alturas, Lucía ya se había arrodillado delante de Marcos y lamía su polla con ganas. Así de rodillas, nos mostraba el culo, y Nadia no tardó en colocarse detrás de ella. Le dio un azote, le llevó una mano entre las piernas y Lucía respondió abriéndolas todavía más. Quedamos en cadena: yo lamiendo el ano de Nadia, ella el de mi mujer, y Lucía la polla de Marcos, que seguía con los ojos vendados, ajeno a todo.
Fui a buscar lubricante y lo repartí entre mi polla y el culo de Nadia. Ella ni se movió ni dejó de lamer a Lucía mientras yo introducía un dedo, y luego otro. Cuando estuvo lista, acerqué el glande a su ano y empecé a entrar con mucha suavidad. Fue ella la que, de repente, echó el culo hacia atrás, empalándose de golpe con un gemido largo, y comenzó a moverse.
Por su parte, Lucía se incorporó, se puso a horcajadas sobre Marcos y, agarrando su polla, fue bajando poco a poco hasta hundirla en su propio ano. Empezó a cabalgar sobre él. Veía cómo le temblaban los pechos hasta que Marcos alargó las manos y se los sujetó, mientras yo embestía a su novia. Ella misma se llevó una mano entre las piernas y empezó a estimularse el clítoris.
—¡Sí! ¡Sigue! ¡Más fuerte! —gritaba Nadia.
Por encima de los gemidos se oía el choque de mi cuerpo contra el suyo. Jadeaba cada vez más rápido hasta que empezó a temblar debajo de mí.
—¡Me corro! ¡No aguanto más!
Sentí sus contracciones apretándome la polla, y eso bastó para que yo también me corriera sin salir de ella. Quedé tumbado sobre su espalda un instante, viendo cómo la polla de Marcos entraba y salía del culo de mi mujer, hasta que ella también llegó al orgasmo. Él aguantó un poco más, y Lucía, al notarlo cerca, se movió más rápido hasta recibir su descarga dentro.
Ninguno de los cuatro podía hablar. El silencio solo se rompía con el sonido de nuestras respiraciones.
***
Fui el primero en levantarme y vestirme con lo justo, y menos mal, porque en ese momento sonó el timbre. Era la cena, de la que prácticamente nos habíamos olvidado, igual que de avisar a Bruno y a Vanesa. Aunque eso último ya no hizo falta: los dos aparecieron antes de que cerrara la puerta.
Encontramos el salón vacío. Dejamos las cosas en la cocina y, al rato, Lucía y Nadia salieron de la habitación vestidas como si nada hubiera ocurrido. Marcos apareció del baño. Tras las presentaciones —Marcos mirando a Vanesa con los ojos como platos y Nadia ruborizándose— nos sentamos a cenar.
Las conversaciones fueron de lo más variadas, y no fue hasta el final, ya con la lengua suelta por el vino, cuando la cosa se puso interesante. Lucía contó lo que había pasado mientras Nadia se ponía colorada y Marcos no sabía dónde mirar.
—La verdad es que hemos disfrutado mucho —dijo mi mujer.
—Qué pena habérnoslo perdido —respondió Vanesa, sin apartar la vista de Marcos, que justo en ese instante miraba sus pechos.
Los pezones de Vanesa empujaban la fina tela de la blusa, dejando claro que tampoco llevaba sujetador. Lucía, Nadia y yo nos divertíamos con las reacciones del pobre Marcos. Para nuestra sorpresa, él estaba bastante más cortado que su novia, que con cada gesto nos demostraba —y aún quedaba mucho por demostrar— las ganas que tenía de probar cosas nuevas.