La playa nudista que me cambió para siempre
La Cala de los Pinos no aparecía en Google Maps. Tuve que preguntarle a la propietaria del apartamento, una mujer de pelo blanco y ojos curiosos, que me lo explicó con una sonrisa extraña, como si supiera algo que yo no. «Es la playa nudista, al final del camino de tierra pasando el segundo pinar. Pero vaya preparada, que allí va gente especial.» No le pregunté qué quería decir con eso.
Había llegado a esa pequeña localidad costera del Mediterráneo a finales de julio, sola, con la maleta llena de libros que sabía que no iba a leer. Tres meses atrás, Nicolás me había dejado por otra. Justo cuando yo empezaba a creer que éramos algo sólido, descubrí los mensajes, las mentiras, la otra chica. No lloraba ya por él, pero el poso de la humillación seguía ahí, en algún rincón del pecho que no terminaba de vaciarse. Este viaje era mi manera de deshacerme de ese poso.
La mañana antes de ir a la cala me preparé con más cuidado del habitual. Me duché despacio, me depilé entera, y me puse un vestido de lino sin nada debajo. El camino de tierra que llevaba hasta allí tardé veinte minutos en encontrarlo.
***
La playa era pequeña y perfecta. Encajada entre dos paredes de roca oscura, con una franja de arena fina y el agua de un azul que dolía un poco al mirarlo. Había quizás treinta personas desperdigadas. Todas desnudas. Extendí mi toalla, me quité el vestido sin pensarlo dos veces y me tumbé boca arriba, dejando que el sol de media mañana me recorriera de pies a cabeza.
La sensación de estar así al descubierto en un sitio abierto era algo que no había experimentado antes. No exactamente sexual, pero tampoco inocente. Algo entre las dos. Cerré los ojos y respiré. Cuando los abrí, las miradas habían empezado.
Hombres de distintas edades se habían ido congregando a distancia, todos desnudos, todos orientados hacia mí con una atención que no intentaban disimular. Me puse de lado y los observé. Mi cuerpo tenía treinta y tres años bien llevados: pechos grandes y naturales, cintura estrecha, caderas anchas, todo compactado en un metro cincuenta y ocho. Me gustó que me miraran. No lo esperaba, pero me gustó.
Me levanté y fui al agua.
***
El mar estaba frío en los tobillos y perfecto al llegar a la cintura. Nadé hacia afuera y me di la vuelta. Cinco o seis hombres habían entrado también, acercándose sin prisa pero con una dirección clara. Sus cuerpos rozaban el mío con el pretexto del oleaje: un brazo que pasaba demasiado cerca, una pierna que me rozaba el muslo. La excitación que sentí no tenía que ver con ninguno de ellos en particular. Era la situación entera: el agua, el sol, los ojos, el descaro.
Volví a la toalla. Me tumbé boca arriba y cerré los ojos un momento. Cuando los abrí, el semicírculo era más cerrado. Tres hombres a menos de dos metros se masturbaban sin ningún disimulo, sus pollas duras apuntando hacia mí. Me quedé mirándolas y sentí cómo algo se abría entre mis piernas, una humedad que no era del mar.
Empecé a tocarme. Al principio con disimulo, los dedos rozando mi sexo como si fuera un gesto casual. Pero la excitación era demasiada para sostener ningún tipo de pudor. Me acaricié el clítoris con descaro, mirando a los hombres que me miraban, sintiéndome el centro exacto de algo que no tenía nombre pero que me encendía entera.
***
Fue en ese momento cuando apareció él.
Era enorme. No solo alto, sino construido de una manera que parecía casi imposible: hombros que bloqueaban la luz del sol, el pecho liso y bronceado, el abdomen marcado con una precisión que daba vértigo. Tendría unos cuarenta y cinco años. Y entre las piernas colgaba algo que me costó no mirar más de lo que la educación permitía: grueso, largo, con el peso de algo que todavía no estaba completamente erecto y ya era más de lo que había visto nunca.
Se acercó sin prisa, se agachó junto a mi toalla y me miró con una calma que no casaba para nada con lo que representaba físicamente.
—Me llamo Rubén —dijo con una voz tranquila y grave.
—Valeria —respondí, incorporándome sobre los codos.
Empezamos a hablar. De cosas sin importancia, aunque ninguna de las dos personas que participaban en esa conversación estaba pensando en las palabras. En algún momento le pedí que me echara crema en la espalda. Lo hizo sin hacerse de rogar. Sus manos eran las manos más grandes que habían tocado mi piel: abarcaban mi cintura entera con facilidad. Empezó en los hombros, bajó por la columna, rodeó las caderas. Cuando llegó al borde de los glúteos ralentizó hasta casi detenerse. Luego los dedos se deslizaron entre mis piernas y empezó a acariciarme el clítoris con una presión exacta, precisa, como si llevara tiempo estudiando el mapa.
Me corrí sin poder evitarlo, con la cara enterrada en la toalla para ahogar el sonido y una docena de hombres mirando.
—¿Vamos al pinar? —preguntó Rubén cuando terminé.
Asentí sin decir nada.
***
El pinar empezaba justo detrás de la franja de arena. Había sombra, olor a resina y tierra blanda bajo los pies. Encontramos un claro sin tener que buscarlo demasiado. Detrás de nosotros, sin que nadie se los pidiera, venían los mirones: primero tres, luego cinco, luego más.
Me arrodillé frente a Rubén y lo tomé en la boca. Era tan grueso que apenas podía abarcar la punta con los labios cerrados, pero lo intenté con todo lo que tenía: la lengua rodeando el glande, la saliva, ambas manos recorriendo la longitud mientras él apoyaba una mano grande sobre mi nuca, sin empujar, solo dejando que notara su presencia.
Luego me tumbé en la toalla y fue él quien bajó. Su boca en mi sexo era experta y paciente: sabía cómo construir la tensión, cómo alejarse justo antes del límite y volver de una manera que hacía que el siguiente orgasmo fuera más fuerte que el anterior. Me corrí dos veces seguidas, con los muslos temblando y los dedos aferrados a la toalla.
Cuando me penetró lo hizo despacio, centímetro a centímetro, y aun así la sensación de llenura fue inmediata e intensa. Mi cuerpo tardó un momento en adaptarse. Luego encontré el ritmo y me moví contra él, levantando las caderas para encontrar cada embestida. Los mirones nos rodeaban en un semicírculo apretado, sus respiraciones más rápidas, sus manos trabajando. Que me estuvieran mirando me excitaba tanto como lo que sentía dentro de mí. Quería que vieran todo.
***
El primero que se acercó lo hizo arrodillándose junto a mi cabeza. Era un hombre de unos cincuenta años, con una polla completamente rígida. La miré. Luego lo miré a él. La tomé en la boca mientras Rubén seguía dentro de mí por detrás.
Y luego hubo otro. Y otro.
Lo que vino a continuación lo recuerdo en imágenes sueltas: manos apretando mis caderas, mi boca pasando de una polla a la siguiente, el peso de distintos cuerpos encima, las rodillas raspándome contra la tierra seca. Me pusieron a cuatro patas. Me sentaron encima de alguien. Distintos ritmos, distintos tamaños. Mi cuerpo respondía a todo con una hambre que no había conocido antes.
Me sujetaron del pelo. Bofetadas que me hicieron gemir más fuerte. Dientes en el cuello y en los hombros. Yo pedía más con la poca voz que me quedaba, sin buscar las palabras exactas, solo el sonido de pedir. En algún momento, uno de los hombres presionó hacia el anal. Había intentado aquello una vez con Nicolás y había resultado incómodo y dolorido. Aquí no dolió. Lo que sentí fue completamente distinto: una plenitud diferente, más profunda, que se sumó a todo lo demás y lo multiplicó.
***
Fue en pleno frenesí cuando vi una cara conocida entre los hombres que nos rodeaban.
Adrián. Sin lugar a dudas.
Y detrás de él, un poco más atrás, distinguí a Sergio, a Pablo y a Raúl. Los cuatro. Los mejores amigos de Nicolás, los cuatro hombres que habían estado presentes durante años en nuestra relación y habían guardado silencio cuando todo terminó. Mi corazón tardó exactamente tres latidos en decidirse.
Sonreí.
—Vaya —dije mirando a Adrián—. Qué pequeño es el mundo.
Él abrió la boca. La volvió a cerrar. Raúl se echó a reír. Fui yo quien dio el primer paso: me puse de pie, caminé hacia Adrián y lo besé en la boca. Él respondió enseguida. Raúl se acercó por detrás. Pablo y Sergio no tardaron.
Me follé a los cuatro, uno a uno y luego en combinaciones que habrían sido impensables para mí seis meses antes. Con cada embestida pensaba en Nicolás: en su cara, en la poética perfecta de esa tarde, en lo que significaba existir completamente al margen de él. No era odio lo que sentía. Era algo más limpio y más satisfactorio que el odio.
Raúl, con quien siempre me había llevado mejor, me acarició el pelo al terminar y me preguntó si estaba bien. Le dije que nunca había estado mejor. Era la pura verdad.
***
En algún momento varios de los hombres sacaron el móvil. Lo noté con el rabillo del ojo y en lugar de incomodarme, algo se encendió aún más dentro de mí. Me puse de cara a las cámaras. Exageré los gestos. Ofrecí los ángulos. Me escuché gritar cosas que nunca habría dicho en voz alta en ningún otro contexto, y me encantó oírme.
La idea de que esas imágenes existieran, de que alguien pudiera verlas, me excitó tanto que me corrí de nuevo con una fuerza que me sorprendió hasta a mí misma.
Cuando Rubén terminó, el sol ya estaba bajo y el pinar proyectaba sombras largas sobre la tierra. Me quedé tumbada un momento sin hacer nada, mirando las copas de los pinos moverse con la brisa mientras escuchaba cómo se normalizaba mi respiración.
—¿Nos damos un baño? —preguntó Adrián.
—Sí —respondí sin dudar.
***
En el agua eran diferentes. Más tranquilos, más suaves, como si el mar los devolviera a algo anterior. Raúl me abrazó por detrás y sentí su cuerpo cálido contra el mío. Pablo me pasó un brazo por el hombro. Rubén me levantó sin esfuerzo y yo rodeé su cintura con las piernas, dejándome llevar por el movimiento de las olas. Nadie habló demasiado. El mar se encargaba de todo.
Cuando salimos, le pedí a Sergio los vídeos. Me los mandó por el móvil allí mismo, en la orilla, con los pies todavía en el agua.
Los vi esa misma noche en el apartamento, sola, con una copa de vino y el ventilador encendido. Me reconocí en cada imagen y no me reconocí al mismo tiempo. Era yo, sin duda, pero una versión de mí que no había visto antes: sin miedo, sin disculpas, sin Nicolás ocupando ningún espacio. Una mujer que había ido a tomar el sol y había encontrado algo bastante más interesante.
Rubén me esperaba abajo con el coche en marcha. Tenía amigos a quienes presentarme, dijo. No lo dudé ni un segundo.