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Relatos Ardientes

El desconocido me dijo que mi marido le dio permiso

Llevábamos casados casi diez años y nunca habíamos terminado de crecer del todo. Mauricio y yo rozábamos los treinta y cinco, pero seguíamos saliendo como dos adolescentes que se escapan de casa: demasiado vino, música a todo volumen y esa risa fácil que solo aparece cuando uno está cómodo con la persona que tiene al lado.

Esa noche habíamos caído en una discoteca del centro sin planearlo. Después de la tercera copa, los dos estábamos sueltos, ligeros, con ganas de bailar con quien fuera. Yo terminé en la pista con un chico alto, de camisa abierta en el cuello, y Mauricio, a unos metros, con una chica de pelo oscuro que se reía de todo lo que él decía.

Al principio no me importó. Después empezó a importarme.

Giré la cabeza buscándolo y los vi demasiado cerca, demasiado cómodos, ella con la mano apoyada en su pecho. Sentí ese pinchazo viejo, el de los celos, y dejé al chico para ir hacia ellos. No llegué. El desconocido me tomó del brazo y me atrajo de nuevo a la pista.

—Déjalo —me dijo al oído—. Yo le di permiso.

Me quedé quieta, segura de haber escuchado mal por encima de la música.

—¿Qué dijiste?

—Que yo le di permiso —repitió, sin soltarme, con una sonrisa que no terminaba de explicar nada—. Tu novio y yo cambiamos de mujer. Ahora tú eres mi novia, y ellos dos son pareja.

—Soy su esposa —le solté, casi ofendida.

—Bueno —dijo él, sin perder la calma—. Entonces esta noche eres mi esposa.

Antes de que pudiera responder, me tomó con firmeza por la cintura y pegó mi cuerpo al suyo, sin dejarme un centímetro para reaccionar. Empezó a moverme al ritmo de la música como si lleváramos años bailando juntos. Me sentí desubicada y, al mismo tiempo, encendida de una forma que no esperaba.

Mi cabeza seguía en otra parte. Pensé que quizá lo decía solo para coquetear, para aprovecharse mientras mi marido estaba distraído con una chica que a lo mejor ni siquiera tenía nada que ver con él. Intenté apartarme. No pude. Me tenía agarrada con una seguridad que no admitía dudas.

—Relájate —murmuró—. Mira hacia la mesa.

Miré. Mauricio y la chica habían dejado la pista y se habían sentado a charlar en una de las mesas del fondo. No puede ser, esto lo planearon, pensé. Vi cómo ella le rozaba la mano sobre el muslo, cómo él se inclinaba para decirle algo al oído. Y sí, me dieron celos. Pensé en cruzar el salón y reclamar.

Pero el hombre con quien bailaba no me lo permitía. Cada intento mío de soltarme lo aprovechaba para pegarme más a él. Sentí su cuerpo entero contra el mío, el calor a través de la ropa, y noté con claridad su erección rozándome la cadera mientras nos movíamos. Una parte de mí seguía clavada en aquella mesa, en mi marido y esa mujer. La otra parte ya estaba aquí, con él.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, rendida.

—Adrián —dijo—. Y tú no vas a ir a esa mesa.

Lo dijo sin amenaza, como quien constata un hecho. Y lo más perturbador fue darme cuenta de que tenía razón: yo ya no quería ir. La curiosidad por lo que pasaba en aquella mesa se había transformado en otra cosa, en una excitación rara, nueva, mezcla de los celos que todavía me quemaban un poco y de las ganas crecientes de este hombre que no me soltaba. Me descubrí pensando en mi marido con esa chica no con rabia, sino con un calor extraño en el vientre.

Traté de calmarme y seguir bailando. En algún momento, casi sin decidirlo, empecé a moverme distinto, más lento, rozando su sexo con la cadera en cada vuelta. Era un juego y los dos lo sabíamos. Nos mirábamos sin pestañear, nos hablábamos al oído cosas que ni recuerdo, nos olíamos el cuello, rozábamos los labios sin llegar a besarnos. Esa frontera, la de no besarnos todavía, me tenía más excitada que cualquier beso.

***

Cuando la canción terminó, Adrián me tomó de la mano y me llevó a la mesa donde él había estado antes. Mauricio seguía en la nuestra, con la chica. Entendí el juego entonces, y decidí seguirlo hasta el final.

—Pídeme un bolígrafo —me dijo Adrián, divertido.

Le hice señas al mesero y conseguí uno. Adrián me pasó una servilleta.

—Escribe: «nos vemos en la casa».

—¿Qué locura es esta? —pregunté, riéndome con los nervios, pero lo escribí.

Él dobló la servilleta, la puso en la bandeja del mesero y le señaló a Mauricio con un gesto de la barbilla. Vimos al mesero cruzar el salón, dejar la nota frente a mi marido. Mauricio la leyó, le dijo algo a la chica y, desde la distancia de una mesa a la otra, los cuatro intercambiamos una mirada. Fue como firmar un contrato sin tocarnos.

Seguimos bebiendo y bailando un rato más, livianos, cómplices. Y de pronto, al girar la cabeza, me di cuenta de que Mauricio y la chica ya no estaban. Ni en la mesa, ni en la pista. Se habían ido.

Algo en el estómago se me apretó, mitad vértigo, mitad deseo. Adrián notó mi cara.

—Tranquila —dijo, con la mano en mi nuca—. Es lo que acordamos todos.

Para entonces yo ya estaba un poco borracha, pero no tanto como para no saber lo que quería. Empezamos a besarnos en la mesa, despacio primero y después con hambre, las manos buscándonos por encima de la ropa hasta que el roce dejó de alcanzar. Nos miramos, nos entendimos sin palabras y salimos casi corriendo hacia su carro.

***

Manejó hasta un hotel cerca de la avenida sin soltarme la pierna en todo el camino. En cuanto la puerta de la habitación se cerró, dejó de fingir paciencia. Me empujó contra la pared, me sostuvo las muñecas por encima de la cabeza con una mano y con la otra me recorrió el cuerpo como si fuera suyo desde hacía rato. No preguntaba; ordenaba en voz baja, y yo descubrí que obedecer me gustaba más de lo que jamás habría admitido.

—Quítate el vestido —dijo, soltándome un instante—. Despacio. Quiero verte.

Lo hice. Él se quedó mirándome desde el borde de la cama, sin tocarse, hasta que me hizo acercarme y arrodillarme frente a él. Lo que vino después fue largo y sin prisa: su boca recorriéndome entera, la mía devolviéndoselo, un ir y venir de sexo oral que parecía no tener intención de terminar nunca. Cada vez que yo creía que íbamos a llegar al final, él me frenaba, me daba vuelta, cambiaba de posición y empezaba otra vez desde el principio.

Fue dominante en todo, en cada postura, en cada orden susurrada contra mi piel. Pero tenía una obsesión clara, un fetiche que descubrió rápido: le encantaba verme encima. Me puso a horcajadas sobre él y ahí me dejó casi toda la noche, marcándome el ritmo con las manos en mis caderas, mirándome desde abajo como si quisiera grabarse cada gesto de mi cara.

En esa posición me hizo acabar una vez tras otra. Perdí la cuenta después de la cuarta o la quinta, y no exagero. Mis piernas temblaban del esfuerzo, agotadas de sostener el vaivén, y él seguía, incansable, alargando cada minuto. Cada vez que mi cuerpo amenazaba con derrumbarse, él me sujetaba más fuerte y me obligaba a seguir, susurrándome que aguantara un poco más, que todavía no.

Llegué a pensar que algo lo mantenía así, porque tardó horas en terminar. Cambiamos a la cama, al borde del colchón, contra el ventanal por el que empezaba a colarse la primera luz. En cada cambio volvía a llevarme arriba, como si fuera su único lugar en el mundo. Cuando por fin lo hizo, con un gruñido sordo y las manos clavadas en mis caderas, yo estaba deshecha, sudada, sin fuerzas, con el cuerpo entero usado de la mejor manera posible.

Salió el sol y nosotros seguíamos despiertos, riéndonos del estado en que habíamos quedado.

***

Cuando dejamos el hotel, Adrián me llevó a su casa. Y ahí, estacionado frente a la puerta, estaba el carro de Mauricio. Lo llamé por teléfono y mi marido salió, despeinado y con la misma sonrisa idiota que yo debía tener puesta. Nos subimos a nuestro carro, nos despedimos de Adrián con la mano y arrancamos.

El camino de vuelta fue una confesión a dos voces. Nos contamos todo, sin filtro, hablando uno encima del otro como dos críos que vuelven de una travesura. Él me dijo cómo había sido con la chica, y yo le solté, muerta de risa, que había tenido más orgasmos en una sola noche que con él en tres días seguidos. Lejos de molestarse, se rió a carcajadas.

Fue entonces cuando me confesó que lo había planeado todo. Que él y Adrián se habían escrito durante semanas por una web de parejas liberales en la que nos habíamos suscrito hacía tiempo, casi como un juego, sin pensar que algún día llegaríamos a tanto. La discoteca, la chica, el chico de la camisa abierta, la nota en la servilleta: nada había sido casualidad. Lo único improvisado había sido mi cara de no entender nada en mitad de la pista.

—¿Y no me ibas a avisar? —le pregunté, fingiendo enojo.

—¿Y perderme verte así? Ni loco.

Le di un golpe en el brazo y lo besé en un semáforo. Después de aquella noche nos vimos un par de veces más con ellos, pero ya nunca por separado: los cuatro juntos, sin notas escondidas ni sorpresas. Aunque, si soy honesta, ninguna de esas otras noches me revolvió por dentro como aquella primera, la del desconocido que me agarró de la cintura y me dijo, con toda la calma del mundo, que mi marido ya le había dado permiso.

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Comentarios (6)

CaroLectora

buenisimo!! me quede con ganas de mas, espero que haya continuacion

RamiroK_91

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi! Me engancho desde el primer parrafo y quede pegado hasta el final

Daniela_BsAs

Que giro tan inesperado al principio, no me lo espere para nada. Muy bien narrado, de verdad

Nocturna_33

Una de las mejores historias de esta categoria que lei ultimamente. Tiene algo especial que no le encuentro en otros relatos. Esperando la segunda parte!

LectorNocturno

excelente!!! sigue escribiendo asi

MarcelitoR

el marido organizando todo sin decirle nada jajaja tremendo, hay que tener mucha confianza para ese tipo de sorpresas

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