Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi esposa quería compartirse con nuestros amigos

Ilustración del relato erótico: Mi esposa quería compartirse con nuestros amigos

Somos una pareja de las que parecen aburridas por fuera. Marisa tiene cuarenta y tantos, piel canela y unos ojos castaños que todavía me desarman cuando me mira de cierta manera. Yo me llamo Damián y le llevo un par de años. Nuestros dos hijos ya viven por su cuenta en otra ciudad, así que la casa quedó para nosotros dos, con todo lo que eso significa.

Y significa bastante. A pesar de los años juntos, seguimos buscándonos casi cada noche. Nunca perdimos el hambre. Lo que sí cambió, con el tiempo, fue que empezamos a hablar de cosas que antes ni nos atrevíamos a nombrar. Una de ellas volvía siempre: meter a una tercera persona en la cama. A veces lo decíamos en broma, a veces no tanto.

—¿Y si alguna vez se diera? —me preguntó una noche, todavía con la respiración agitada—. ¿Te molestaría verme con otro?

La verdad es que no me molestaba. Me calentaba como pocas cosas.

Pensamos en apuntarnos a algún club de parejas, pero la sola idea nos daba pereza. Todo sonaba demasiado pactado, demasiado de catálogo. Preferimos esperar a que la ocasión llegara sola, sin forzar nada. Y la ocasión, como casi siempre, llegó un sábado cualquiera.

***

Habíamos salido a cenar a un restaurante del centro, sin grandes planes. Estábamos terminando el postre cuando me sonó el teléfono. Era Rubén.

—Damián, compadre, ¿dónde andan? —su voz traía ya el tono de quien empezó temprano.

—Cenando con Marisa, matando el sábado. ¿Qué pasó?

—Estamos en casa de Gonzalo, dándole a unas cervezas. Caigan un rato y después nos vamos a una fiesta. ¿Le entran?

Lo consulté con mi mujer. Ella se encogió de hombros, sonrió y dijo que por qué no. Veinte minutos después tocábamos el timbre de Gonzalo. Abrieron los dos, Rubén y él, ya bastante sueltos de lengua.

—Miren quiénes llegaron —dijo Gonzalo—. ¿Y las cervezas dónde quedaron, Marisa?

—Ustedes sí que no pierden el tiempo —respondió ella, divertida—. Oye, ¿y Lucía? ¿Y tu mujer, Rubén?

—Lucía se fue a ver a sus padres el fin de semana —contestó Gonzalo.

—Y yo me peleé con la mía —dijo Rubén, encogiéndose de hombros—. Cosas de celosa.

—Algo habrás hecho —Marisa lo señaló con el dedo, riéndose—. Tienes cara de culpable.

—Yo soy un santo, flaca, no mato ni una mosca.

—Sí, claro, un santo —dije yo—. Pórtate bien o un día te sacan tarjeta roja.

Nos pusimos a beber los cuatro. Alguien puso música y, sin darnos cuenta, ya estábamos bailando todos en la sala. Marisa se soltó rápido. El alcohol siempre la afloja, y esa noche llevaba una falda ceñida que le marcaba las caderas y una blusa con un escote que no dejaba mucho a la imaginación. Bailaba con uno, después con otro, moviéndose con una soltura que conozco bien.

—Discúlpame, Damián —me dijo Rubén al oído, mientras ella giraba con Gonzalo—, pero tu mujer es de otro nivel.

—Lo sé, compadre —le contesté—. Y se nota que se te van los ojos.

No lo negó. Se rió y me palmeó el hombro. Desde el patio los mirábamos bailar, Marisa pegada a Gonzalo, él diciéndole cosas al oído que la hacían echar la cabeza hacia atrás y reír. Yo notaba cómo se le encendía la cara. Cuando ella bebe de más, deja de medir las palabras y empieza a buscar guerra.

***

En mitad de una canción, Marisa se separó de Gonzalo y vino directo hacia mí. Me tomó de la mano y me dijo, fingiendo un mareo, que la acompañara al baño. Su voz decía una cosa, pero sus ojos decían otra muy distinta.

—Estoy ardiendo, Damián —me susurró apenas cerré la puerta—. Lo que dijeron esos dos me dejó loca. Tócame.

La apoyé contra el lavabo, le subí la falda y le aparté la ropa interior. Estaba empapada. La penetré ahí mismo, tapándole la boca con la mano para que no se oyera por toda la casa, aunque a ella se le escapaban los gemidos entre mis dedos.

—Te gusta provocarlos, ¿verdad? —le dije al oído, marcando cada embestida—. Te encanta saber que se mueren por ti.

—Sí —jadeó—. Me encanta. Quiero que me miren. Quiero que me desees mientras me miran.

Acabamos rápido y mal, los dos temblando, mordiéndonos la risa. Pero cuando salimos, encontramos a Rubén y Gonzalo demasiado cerca de la puerta, con cara de no haber oído nada.

—Par de chismosos —los acusó Marisa, acomodándose la blusa—. ¿Estaban escuchando?

—Oímos ruidos y nos preocupamos —dijo Gonzalo, sin convicción—. Por si necesitaban algo.

—Sí, seguro —se burló ella—. Eso les pasa por venir sin sus mujeres.

La música siguió. Marisa también, cada vez más libre, más provocadora. Se sentó un momento en mi pierna y me restregó las caderas, después hizo lo mismo con los otros dos, riéndose de la cara que ponían. En un punto se quitó la blusa y se quedó bailando en sujetador, un encaje fino que dejaba ver más de lo que ocultaba. Rubén y Gonzalo la jaleaban como si estuvieran en un escenario.

—Tu mujer es una bomba, hermano —dijo Rubén, sin disimular ya nada.

—¿Y cómo creen que estoy yo? —respondí, y los tres nos reímos.

***

Cuando la canción terminó, Marisa fingió otro mareo. Le pidió a Gonzalo que le prestara una habitación para recostarse un rato antes de seguir. Él, nervioso de pronto, la acompañó escaleras arriba. Rubén y yo nos quedamos en el patio, fumando, riéndonos por lo bajo de la jugada tan evidente de mi mujer.

Pasaron varios minutos y Gonzalo no bajaba. Solo tenía que mostrarle el cuarto y volver. La espera me puso a mil. Me imaginaba lo que estaría pasando arriba y la sangre se me iba toda al mismo sitio.

—¿No te parece raro que tarde tanto? —le dije a Rubén.

—Le estará "construyendo" la cama —contestó él, muerto de risa.

—Subamos a ver, despacio.

Subimos las escaleras pegados a la pared, conteniendo la risa como dos adolescentes. El segundo piso tenía las habitaciones enfrentadas y un baño en medio del pasillo. La puerta del cuarto de Gonzalo estaba entornada, y por la rendija se escapaba la voz de mi mujer, esa voz ronca que solo le sale cuando está completamente entregada.

Empujé la puerta sin hacer ruido. Marisa estaba tendida en la cama, desnuda, y Gonzalo entre sus piernas, con la cabeza hundida en ella. No nos oyeron entrar. Me quedé un segundo en el umbral, paralizado, con el corazón a mil y una mezcla rarísima de algo que debería haber sido enojo y que era, en realidad, puro deseo.

—Vaya, vaya —dije al fin.

Los dos se sobresaltaron. Gonzalo levantó la cabeza, blanco como el papel, empezando a balbucear una disculpa. Marisa se incorporó de golpe, buscó la sábana, me miró aterrada.

—Damián, mi amor, te juro que…

—No —la corté—. No te tapes.

El silencio se hizo espeso. Rubén, detrás de mí, no se atrevía ni a respirar. Marisa me buscó los ojos, tratando de entender qué iba a pasar. Y lo que pasó fue que yo me senté en la silla que había junto a la cama, me acomodé y le sostuve la mirada.

—Sigan —dije—. No paren por mí.

***

Mi mujer tardó un instante en comprender. Después una sonrisa lenta le cruzó la cara, esa sonrisa que yo conocía de memoria y que significaba que se había soltado del todo. Volvió a recostarse y abrió las piernas para Gonzalo, mirándome fijo a mí mientras lo hacía.

—¿Esto querías? —me preguntó, casi en un susurro—. ¿Verme así?

—Esto —respondí.

Gonzalo no necesitó más permiso. Volvió a bajar y Marisa arqueó la espalda, dejando escapar un gemido largo que ya no intentó contener. Rubén, que seguía de pie a mi lado, se fue acercando como atraído por un imán, y ella le tendió la mano para atraerlo a la cama. Pronto fueron cuatro manos las que recorrían su cuerpo: una boca en sus pechos, otra entre sus piernas, dedos en todas partes.

—Así, chicos —jadeaba—. No paren. Quiero sentirlos a los dos.

Yo me acerqué desde el otro lado y la besé en la boca, despacio, mientras ellos seguían. Quería que supiera que estaba ahí, que era yo quien le había abierto esa puerta. Ella me devolvió el beso con un hambre que no le conocía, mordiéndome el labio, jadeando dentro de mi boca cada vez que uno de los otros le arrancaba un espasmo.

Rubén se acomodó junto a su cara y ella lo tomó con la mano y se lo llevó a la boca sin que nadie se lo pidiera. Lo hacía mirándome a mí, como si el verdadero espectáculo fuera para mis ojos y no para los de ellos. Gonzalo, mientras tanto, se hundió en ella de una embestida y mi mujer gritó contra la verga de Rubén.

—Mírala —me dijo Gonzalo, sin aliento—. Mira la mujer que tienes, Damián.

La miraba. Vaya si la miraba. Estaba transformada, perdida, hermosa de una manera que nunca le había visto. Me levanté de la silla, me desnudé también y me uní a ellos. Marisa soltó a Rubén un instante para buscarme.

—Ven aquí —me pidió—. Quiero la tuya. Quiero a los tres.

***

Lo que siguió no tuvo orden ni medida. Mi mujer pasó de unos brazos a otros, de una boca a otra, sin dejar de buscarme con la mirada en cada cambio, como pidiéndome permiso y a la vez retándome a frenarla. Yo nunca la frené. Cada vez que ella dudaba, yo asentía, y eso parecía encenderla todavía más.

—Eres increíble —le dije al oído en uno de esos momentos, mientras Gonzalo la sostenía por las caderas—. No tienes idea de lo que me haces.

—Lo sé —jadeó—. Lo siento en cómo me miras.

Se montó sobre Gonzalo y, mientras él la embestía desde abajo, Rubén se acomodó detrás de ella. Marisa volteó a mirarme una última vez, buscando esa confirmación silenciosa, y yo asentí. Tomó aire, se mordió el labio, y dejó que los dos la llenaran a la vez. Le sostuve la cara entre las manos para que apoyara la frente en la mía.

—Estoy contigo —le dije—. Acá estoy.

—No me sueltes —me pidió, con la voz quebrada de puro placer—. Quédate mirándome.

Me quedé. Le sostuve la mirada mientras temblaba entre los tres, mientras los gemidos se le volvían sollozos y todo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de partirse. Cuando se vino, lo hizo gritando, con las piernas convulsionando y los ojos clavados en los míos, como si el orgasmo se lo provocara yo y no ellos.

Después, uno tras otro, los tres terminamos. Ella recibió cada descarga con una especie de risa entrecortada, agotada y feliz, repitiendo que no quería que parara, que había esperado años por esto sin saberlo.

***

Nos quedamos los cuatro tirados en la cama, en silencio, recuperando el aire. La música seguía sonando abajo, ajena a todo. Marisa apoyó la cabeza en mi pecho y me buscó la mano.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja, solo para mí.

—Mejor que nunca —le respondí, y era verdad.

—Ha sido la mejor noche de mi vida —dijo Gonzalo desde el otro lado, todavía jadeando.

—Mil veces mejor que cualquier fiesta —añadió Rubén, y los cuatro nos reímos.

Esa madrugada, de vuelta en el coche, Marisa me tomó la mano en el semáforo y me miró con una ternura que no tenía nada que ver con lo que acababa de pasar.

—Gracias —me dijo.

—¿Por qué?

—Por no soltarme la mano en ningún momento.

No le contesté. Solo le apreté los dedos y arranqué cuando la luz se puso en verde. Los dos sabíamos, sin necesidad de decirlo, que aquello no había sido un final. Apenas era el principio de algo que llevábamos años esperando.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (3)

PatricioG85

tremendo relato!! me lo lei de una sola sentada sin poder parar

LucasCba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino la noche entera

RosaLia77

Me hizo acordar a algo parecido que vivimos con mi pareja hace un tiempo... aunque no llegamos tan lejos jajaja. Muy bien contado!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.