La fiesta privada que cambió las reglas entre nosotros
Camila, la misma de la que ya les conté antes, nos abrió una puerta hacia placeres que ni siquiera sabíamos que existían. Mi marido había quedado tan fascinado con la última experiencia que tuvimos con ella que una mañana, mientras desayunábamos, me preguntó si podía hablarle para que nos incluyera en ese ambiente suyo del que tanto hablaba. A los dos nos parecía algo prohibido y excitante a partes iguales.
Así que quedé con ella en una cafetería para que me explicara bien de qué se trataba todo aquello. Camila me contó que con su pareja mantenían una relación completamente abierta, sin esconderse nada, y que eso, lejos de separarlos, los había unido más. Me dijo que la confianza entre ellos había crecido con cada experiencia compartida.
—No es lo mismo que lo que ustedes están acostumbrados a hacer —me advirtió, removiendo el café—. Acá es todo. Y tienen que estar los dos completamente seguros, porque si hay celos, lo arruina.
Me explicó que ese fin de semana habría una fiesta y que, si queríamos, podíamos participar. Nos llevaría a una habitación aparte, solo para nosotros y otra pareja, para que entráramos en confianza poco a poco. No quería que nos lanzáramos de lleno sin estar preparados.
Esa noche, al llegar a casa, le conté todo a mi marido palabra por palabra. Apenas terminé de hablar, me miró con una intensidad que conocía de memoria.
Esto le gusta tanto como a mí.
Acabamos en la cama antes de decidir nada en concreto. Me agarró con unas ganas que dejaron la sábana empapada, y mientras me hacía suya pensaba en todo lo que Camila me había descrito. Cuando terminamos, los dos sabíamos la respuesta. Íbamos a ir.
***
El día esperado se nos hizo eterno. Llegamos al lugar, el mismo de nuestro último encuentro, y ya había bastante gente. Parejas vestidas para llamar la atención, hombres y mujeres que se movían sin ningún pudor, algunas con la ropa justa para insinuar lo que escondían. Mi marido y yo nos manteníamos cerca, observándolo todo, buscando a Camila entre la gente.
Ella apareció enseguida y nos llevó a hacer un recorrido. El ambiente estaba encendido y se notaba que los demás lo estaban disfrutando de verdad. Después de mostrarnos un poco cómo funcionaba la cosa, nos dijo que nos tenía preparado algo especial.
—Arriba —señaló con la cabeza—. Estaremos mi pareja y yo, y otra más. Solo déjense llevar.
La habitación de arriba era amplia, con luz tenue. Allí ya nos esperaba la pareja de Camila, Andrés, un hombre delgado pero de complexión fuerte, y la otra pareja, que me llamó la atención de inmediato. Él era moreno, de cuerpo atlético, y por la forma en que se le marcaba la ropa se notaba que estaba muy bien dotado. Ella, su acompañante, tenía un cuerpo igual de trabajado, delgada, con buenos pechos y un trasero que quitaba el aliento.
—Bruno —se presentó él, con una sonrisa tranquila.
—Daniela —dijo ella, y me dio dos besos.
Había bebida, que nunca falta en estas cosas, y música suave de fondo. Las mujeres empezamos a charlar para entrar en confianza, mientras los hombres nos observaban con esa mezcla de paciencia y deseo. La conversación fue distendida, casi normal, hasta que dejó de serlo.
De repente Camila se acercó a Andrés y empezó a besarlo con un hambre que no admitía dudas. Mi marido y yo nos miramos, y sin necesidad de palabras hicimos lo mismo. Cada pareja se acomodó en su cama y, en cuestión de minutos, lo que había sido una charla de cortesía se convirtió en otra cosa.
Cuando volví a abrir los ojos, Camila ya estaba montando a Andrés. Lo hacía despacio, casi con calma, como quien sabe que la noche es larga y no hay prisa. Mi marido, por su parte, había bajado entre mis piernas y sentir su lengua, húmeda y precisa, con todo aquello sucediendo a mi alrededor, me encendió como nunca.
Giré la cabeza y vi a Daniela. Le había sacado el sexo a Bruno y se lo estaba llevando a la boca. Era tan grande que apenas le cabía; lo que hacía era recorrerlo con la lengua de lado a lado, de arriba abajo, sin poder abarcarlo del todo. Verlo me dejó sin aire.
Mi marido me puso a cuatro patas, y desde esa posición tenía vista directa de las otras dos parejas. Mientras me penetraba desde atrás, llegando hasta el fondo, vi cómo a Camila también la ponían de la misma manera y Andrés empezaba a entrar en ella. Nuestras miradas se cruzaron con una complicidad nueva, un morbo compartido de saber que las dos estábamos disfrutando al mismo tiempo.
Bruno acomodó a Daniela igual, a cuatro patas, y comenzó a penetrarla despacio. Mi curiosidad pudo más que cualquier pudor: me moví un poco para ver mejor. Era tan grande que, por más que empujaba, una parte siempre quedaba fuera. Daniela cerraba los ojos y se mordía los labios con cada embestida.
Como estábamos todas en la misma cama, Camila estiró el brazo y me plantó un beso. Fue eléctrico, las dos recibiendo placer al mismo tiempo. Por el otro lado, Daniela hizo lo mismo, con esos labios carnosos que tenía, y en ese beso sentí la fuerza con la que la estaban tomando.
Cómo sería sentir algo así dentro de mí.
El pensamiento me cruzó la mente y me humedeció todavía más rápido.
***
Siempre había tenido cierta fantasía con alguien así, pero verlo de cerca despertó una curiosidad que no podía disimular. Camila y Andrés se detuvieron un momento. Ella se acercó a mi marido, lo tomó de la mano y lo acostó sobre la cama. Se sentó de frente sobre él y empezó a montarlo.
Sentí algo extraño al ver que me lo quitaba de las manos, pero entonces ella me ofreció sus pechos y eso me desarmó. Me dio un beso largo mientras yo le succionaba los pezones y mi marido la penetraba desde abajo. Daniela se acercó por el otro lado de Camila y empezó a hacer lo mismo, las dos sobre ella.
De pronto Andrés se puso lubricante y entró en Camila por detrás. Por su cara se notó que lo sintió fuerte, pero no dejó de moverse ni un segundo. Entonces Bruno se paró junto a mí. Por un instante me asusté al tener tan cerca aquel sexo enorme. Pensé que me lo iba a ofrecer, pero no: lo guió directo a la boca de Camila. Frente a mis ojos le estaban llenando todos los huecos, y ver de cerca cómo lo recibía mientras la penetraban por detrás era de lo más excitante que había presenciado nunca.
Mientras le mamaba los pechos a Camila, mi mano se fue sola hacia abajo y empezó a acariciar la base de Bruno. Era extraño sentir esa firmeza en mi mano, palpar el tronco de algo que ella apenas podía sostener en la boca. Bruno sonrió al notar mi caricia, y yo no supe disimular lo nerviosa que me ponía estar tan cerca.
La escena era espectacular. Camila no daba abasto, así que Daniela tomaba el relevo, y entre las dos se turnaban mientras la otra besaba o acariciaba. Mi marido, desde abajo, lo observaba todo con ojos de perverso, extasiado de estar en primera fila, dentro de Camila mientras Andrés la tomaba por detrás.
Estuvieron así hasta que Camila no aguantó más y terminó. La satisfacción se le notaba en la cara, en cómo se le aflojó el cuerpo entero.
***
Era el turno de Daniela. Esta vez Andrés se quedó debajo y, con Camila ya cansada a un lado, empezamos a darle placer entre las dos mientras él la penetraba de frente. Mi marido se apartó un momento y se puso lubricante. En mi mente apareció clarísimo lo que venía: iba a tomar a Daniela por detrás, con ese trasero firme y grande que tenía.
Así fue. Vi la cara de placer de Daniela al ser penetrada por dos hombres a la vez. Bruno se acomodó frente a ella y le ofreció su sexo, y ella empezó a recibirlo intentando llegar hasta el fondo. Mientras tanto, me miraba a mí, como preguntándome cuándo me iba a animar. Yo lo disimulaba besando a Camila y acariciando a Daniela, porque nunca había estado tan cerca de algo así, salvo en los videos donde veía a otras mujeres gozar de esa manera.
De vez en cuando me atrevía a acariciarlo un poco más, pero enseguida me frenaba. Imagino que los demás ya habían notado mi reticencia, mi forma de orbitar alrededor de Bruno sin terminar de acercarme. Y entonces él tomó la decisión por mí. Dejó a Daniela, me tomó de la mano y me colocó a su lado. Mi marido, que estaba frente a mí, intuyó lo que venía.
Bruno se acomodó detrás de mí.
—¿Es tu primera vez con uno así? —me susurró al oído.
Yo estaba derritiéndome. Lo sentí entrar despacio, con un cuidado que no esperaba.
—Tranquila, vamos poco a poco para que te acostumbres —murmuró.
Me dolió al principio, porque era enorme. Me puso a cuatro patas y siguió con esa lentitud deliberada, alternando: tres o cuatro veces solo la punta y después una embestida profunda. Mi marido me miraba cada vez que mis ojos se ponían en blanco con cada entrada honda.
Era una sensación increíble, dolorosa y perfecta a la vez. No quería que parara. Estaba a punto de terminar cuando, de repente, se detuvo y me dejó descansar un momento.
***
Daniela ya había terminado y observaba, igual que lo había hecho yo antes. Entonces Bruno se recostó y me invitó a montarlo. Me senté despacio, sabiendo que se me iría hasta el fondo y queriendo disfrutarlo sin dolor. Él me dejó controlar el ritmo, generoso, sin forzar nada.
Mi marido se acomodó detrás, lubricándose, y me susurró:
—Hoy vas a quedar completamente satisfecha, con todo lo que siempre quisiste probar.
Me conocía mejor que nadie, sabía exactamente qué fantasía estaba cumpliendo. Sentir a Bruno dentro mientras mi marido entraba por detrás me hizo perder el control. Andrés se acercó por delante y me ofreció su sexo; empecé a recibirlo en la boca, completando la escena que tanto había envidiado en Camila y Daniela. Estaba en todas partes a la vez, y nunca me había sentido tan deseada.
Me tuvieron así un buen rato, hasta que no pude más. Ellos, antes de terminar, me soltaron y me dejaron tendida en la cama junto a Daniela y Camila. Se detuvieron a beber algo, recuperando el aliento, y no entendía cómo habían aguantado tanto.
Después, cada uno volvió con su pareja. Mi marido me tomó de frente y empezó a penetrarme; resultaba delicioso, porque estaba completamente lubricada y sentirlo a él, después de todo, tenía un sabor distinto. Cerca de nosotros, Bruno puso a Daniela a cuatro y le dio con tantas ganas que terminó enseguida. Andrés abrió bien las piernas de Camila y la tomó de frente hasta acabar.
Mi marido y yo terminamos al mismo tiempo, los dos de una forma diferente a todas las anteriores. Algo había cambiado en nuestra manera de sentir. Él, más seguro de sí mismo; yo, una mujer plena y dueña de mis deseos. Nos complementamos como nunca, y este encuentro fue distinto a todos los demás.
Quedamos tan satisfechos que ahora no sé qué podría superarlo. Me dejó tan llena que, por el momento, no encuentro nada que vaya más allá. Hasta el próximo relato, si es que alguna vez doy con algo capaz de igualar aquella noche…