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Relatos Ardientes

Me mudé a la aldea y acabé entre cuatro vecinos

Ilustración del relato erótico: Me mudé a la aldea y acabé entre cuatro vecinos

Cuando firmé el alquiler de la casa en Valderín, una aldea de apenas treinta vecinos encajada entre montañas, lo único que buscaba era silencio. Llevaba años quemándome en la oficina, durmiendo cinco horas y respondiendo correos a medianoche. El médico fue tajante: o bajaba el ritmo o el cuerpo lo bajaría por mí. Así que negocié teletrabajar y bajar a la ciudad solo un par de veces al mes.

La casa tenía una huerta enorme, frutales rodeando el terreno y un pajar viejo que no pensaba usar, porque no tenía animales. Compré unas gallinas, más por compañía que por los huevos, y me propuse aprender el ritmo lento del campo. Pronto descubrí que en Valderín muchas tareas se hacían en común, entre todos, como una costumbre antigua que nadie cuestionaba.

Mis vecinos más cercanos eran una familia: un matrimonio con dos hijos que rondaban los veintitantos y estudiaban fuera. Una tarde, el padre llamó a mi puerta.

—Hombre, Ramón, pasa y siéntate —le ofrecí.

—Gracias, pero ando justo de tiempo —dijo, sin cruzar el umbral—. El sábado hacemos la recogida anual de leña, todos juntos. Venía a ver si te animas a echar una mano. Un par de brazos nunca sobran.

—Cuenta conmigo. Hasta me parece una obligación, siendo nuevo en el pueblo.

—Entonces el sábado a las siete te paso a buscar.

Lo acompañé a la puerta y volví al trabajo sin darle más vueltas. Yo soy bisexual, y aunque hacía tiempo que no me pasaba nada interesante, había aprendido a no esperar nada de los pueblos pequeños. Me equivocaba por completo.

***

El sábado, Ramón me esperaba con la pick-up. Subí y fuimos al punto de encuentro, donde estaban los pocos vecinos del lugar. También había aparecido Iker, su hijo, pero se marchó con unos amigos, así que el padre se quedó conmigo toda la jornada. Cuando ya casi habíamos terminado, condujo el coche hasta una zona apartada donde se alzaban dos casas medio derruidas.

—Ven, que te enseño una cosa —dijo, bajando del coche.

Lo seguí hasta la esquina de una de las ruinas. Me colocó de cara a la pared, sin previo aviso, y me besó la nuca. No me lo esperaba en absoluto, pero algo en su seguridad me dejó quieto. Su mano recorrió mi pecho, bajó por el vientre y se detuvo sobre la bragueta. Frotó por encima de la tela hasta que notó cómo me ponía duro.

Me bajó los pantalones de un tirón y me empujó hacia delante para que apoyara las manos contra el muro. Sacó un bote de lubricante del bolsillo y untó hasta que su dedo entraba y salía sin resistencia.

Esto no estaba en mis planes para hoy.

Apoyó la polla contra mí. La tenía gruesa, no muy larga, pero ancha, de modo que la entrada costaba. Se untó bien y empujó con paciencia. Cuando solo tenía dentro la punta, me agarró de las caderas y, de una sola embestida, la metió entera.

—¡Cabrón! —gemí contra la piedra.

Me sujetaba del cuello y de la cintura, y me follaba cada vez más fuerte, más hondo, hasta que él mismo tuvo que bajar el ritmo para no correrse demasiado pronto. Lo que ninguno de los dos sabía era que teníamos público. Iker, su hijo, volvía también para casa y, al ver el coche de su padre aparcado junto a las ruinas, había detenido el suyo. Bajó en silencio y, al descubrir la escena, se quedó mirando sin delatarse.

Ramón me inclinó un poco más y encontró el ángulo exacto. Cada embestida me golpeaba justo donde debía, y la presión se volvió insoportable. Me corrí casi sin tocarme, derramándome contra la pared. Él la sacó en el último segundo y eyaculó sobre mi espalda. Con unos pañuelos arrugados, me limpió.

—No sé qué me ha pasado… —murmuró, de pronto avergonzado.

—Tranquilo, Ramón. Me ha encantado. Soy bisexual y me ha gustado. Cuando quieras repetir, ya sabes dónde vivo.

Volvimos en silencio. El polvo había sido como una tormenta de verano: violento, breve, y después la calma absoluta.

***

Esa misma noche bajé a la fiesta del pueblo de al lado, la localidad más grande de la comarca. Habían contratado una de esas orquestas que llegan con tráiler y luces. Me cogí una cerveza y miraba el ambiente cuando se me acercó Nerea, la hija rubia de Ramón.

—Hombre, vecino, ¿qué haces por aquí? —dijo, guiñándome el ojo.

—Lo mismo que tú, supongo. Ver la orquesta y aprovechar la noche.

—¿Te puedo pedir un favor? ¿Me llevarías luego a casa? Así no tengo que llamar a mi padre para que venga a por mí.

—De acuerdo, pero no suelo trasnochar. A las dos pienso marcharme.

—Por mí perfecto. Mis amigas se van a la una y media a una discoteca de la ciudad, y a mí no me apetece. Quedamos aquí.

Se alejó entre la gente. La observé un momento. Era universitaria, joven, con un pantalón de lino blanco que dejaba intuir el tanga y un top negro que se le ceñía. El pelo recogido en un moño alto. Un bombón, sin más.

Estuve charlando con unos y otros hasta que, a la hora convenida, reapareció. Nos tomamos una última cerveza juntos; yo sin alcohol, porque tenía que conducir. A las dos fuimos hacia el coche, aparcado en una campa que el pueblo había habilitado a las afueras. Por el camino, entre la cerveza y el frío, me entraron unas ganas tremendas de orinar.

Me adelanté hasta los árboles del borde del aparcamiento, me saqué la polla y empecé a mear. La tenía medio dura, porque no podía dejar de pensar en lo guapa que estaba Nerea y, a la vez, en el revolcón que su padre me había dado por la mañana. Estaba tan distraído que no la oí acercarse. Se había puesto en cuclillas a mi lado, a orinar también.

Me sobresalté y me giré para darle algo de intimidad, pero ella tenía otros planes. En cuanto terminé, me pasó la punta de la lengua por el glande, y ya no hubo forma de contenerme. Se la metió en la boca y la lamió despacio, jugando, hasta que la impaciencia pudo conmigo y, cogiéndola del moño, empujé hasta el fondo.

—Despacio, fiera… —rió ella entre arcadas suaves.

Le follé la boca un rato, pero no quería acabar así. La hice levantarse y nos besamos, ansiosos, sedientos. Le metí las manos bajo el top para palpar sus pechos pequeños y firmes. Le bajé el pantalón hasta los tobillos y la apoyé contra un árbol. Sin preámbulos, la penetré por delante. La sujetaba de las caderas, a veces del pelo, mientras ella ahogaba los gemidos para no despertar al aparcamiento entero.

Pero yo quería otra cosa. A pequeños saltos, con los pantalones por las rodillas, la llevé hasta el primer coche que teníamos cerca y la doblé sobre el capó. No llevaba lubricante, así que me eché sobre su espalda, le acaricié los pechos y fui empujando contra su culo muy despacio, con cuidado, hasta que cedió. Cuando faltaba el último tercio, lo metí de golpe.

La follé así, lento al principio, subiendo el ritmo a medida que ella se relajaba, y al final llevé la mano entre sus piernas. Nerea estalló en un orgasmo largo, mordiéndose el brazo. La saqué, me quité el condón y la hice arrodillarse. Iba a correrme sobre su cara, pero ella fue más rápida: se la metió entera y eyaculé en su boca, escapándose parte por las comisuras. Después nos besamos, sucios y satisfechos.

Nos arreglamos la ropa y la dejé en su casa, con la promesa de repetir. Lo que no vi fue que, desde la ventana de la cocina, su madre observaba cómo su hija bajaba del coche del vecino. Sigilosa, antes de que Nerea entrara, volvió a meterse en la cama junto a Ramón, fingiendo dormir.

***

El domingo, Nerea y su hermano regresaron a la ciudad, donde se alojaban durante el curso. Ramón los llevó y aprovechó para quedarse allí tres días resolviendo unos trámites en la consejería. El lunes, yo necesitaba leche y no me apetecía conducir hasta el híper, así que me acerqué a casa de los vecinos. Me abrió Pilar, la mujer de Ramón: pelo rizado, cara preciosa, una sonrisa que prometía problemas.

Estuvimos un buen rato hablando en la cocina, café de por medio, hasta que ella, sin rodeos, me agarró la entrepierna por encima del pantalón y apretó. Las intenciones eran claras como el agua. Me bajó el pantalón y el bóxer de un movimiento; no hizo falta ponérmela dura, ella se encargó de eso.

Me sentó en una silla. Se quitó la camiseta blanca y liberó unos pechos medianos, rematados por pezones rosados que apuntaban al techo. Se bajó el pantalón del pijama y las braguitas, y se acercó mirándome a los ojos. Se sentó encima de mí y empezó a cabalgarme, inclinándose hacia delante para que el clítoris rozara contra mi vientre en cada subida.

Nos besamos con hambre. Besaba igual que su hija, idéntico, y esa coincidencia me puso aún más cachondo. De repente se levantó y volvió en segundos con un par de juguetes. Untó uno pequeño en lubricante y me pidió que se lo metiera; lo hice. Luego me pasó un mando a distancia y me alcanzó el otro juguete.

—Este es para ti —dijo con una sonrisa traviesa.

Lo lubriqué y me lo introduje yo mismo, encendiéndolo. Con el mando fui controlando la intensidad del huevo que vibraba dentro de ella. Pilar, completamente desatada, botaba sobre mí hasta que reventó en un orgasmo enorme. Al apretar los muslos contra mis caderas no pude aguantar más y me corrí dentro.

Repetimos varias veces aquellos días, siempre con un ojo en el calendario, hasta que supimos que Ramón regresaba. Entonces volví a mi casa, con la sensación absurda de tener una doble vida sin haberla buscado.

***

Llegó otra vez el fin de semana, y con él los hijos del matrimonio. Una parte de mi terreno la dedicaba a hierba: la dejaba secar y luego la regalaba o la vendía. Estaba enredado con ella, dándole vueltas con el rastrillo dentro del granero, cuando sentí un golpe que me tiró al suelo. La puerta había quedado abierta.

Tardé unos segundos en reaccionar, boca abajo sobre la paja. Los suficientes para que Iker se abalanzara sobre mí, me atara las muñecas a la espalda y me pasara una cuerda alrededor del cuello. Inmovilizado, lo oí hablar por primera vez en serio.

—Sé la zorra que eres. Te vi cómo mi padre te follaba el otro día —dijo—. Hoy lo voy a hacer yo. Salvo que no quieras: si te suelto, te pones de pie y te vas.

—¿Si me das a elegir, para qué me atas? —respondí, sin asustarme—. Haz lo que te apetezca. No pienso ponerme de pie. Así que fóllame atado o suéltame y fóllame igual.

Aquello lo encendió. Se desnudó a toda prisa y se lanzó sobre mí, aunque tuvo el detalle de quitarme la cuerda del cuello. Me fue besando la espalda, bajando con la lengua muy despacio hasta llegar a las nalgas. Las mordió. Luego recorrió el surco con la punta de la lengua hasta el agujero, lo lamió entero y terminó penetrándome con la lengua.

Después sacó el lubricante. ¿Qué pasaba con esta familia, que todos usaban exactamente el mismo bote? Se puso el condón, se lubricó y no tuvo ninguna compasión: me sodomizó de una sola embestida, con violencia, aunque el lubricante hizo su trabajo y el dolor se mezcló pronto con otra cosa.

Me follaba casi con salvajismo, agarrándome del pelo, hasta que sentí que iba a acabar. Se incorporó, se quitó el condón y se corrió sobre mi espalda. No me dio tregua: del semen pasó directamente a la orina, y me mojó entero. Luego me hizo desnudarme del todo, me ató a una viga y me echó por encima un cubo de agua fría, sin dejarme correrme ni tocarme. Me dejó así un rato, temblando y excitado, antes de soltarme con una sonrisa de medio lado.

***

A partir de aquel día tuve cuatro amantes en Valderín. Dos hombres ante los que era pasivo, y diría que hasta sumiso, padre e hijo turnándose sin que yo dijera nunca que no. Y dos mujeres, madre e hija, ante las que, aunque dóciles fueran las formas, unas veces tomaba yo la iniciativa y otras la cedía encantado.

Había llegado a la aldea buscando silencio y descanso para la cabeza. Lo encontré, a su manera. Lo que no esperaba era que toda una familia decidiera, sin hablarlo entre ellos, repartirse al vecino nuevo. Y yo, que solo quería desconectar, nunca dormí mejor.

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Comentarios (4)

ValerioNocturno

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

ClaritaRosario

Dios mio que aventura jajaja no lo puedo creer

Marcos_del_sur

Me encanto como esta contado, muy natural y sin apuros. Se nota que hay buen manejo del ritmo. Espero que haya mas relatos asi de bien escritos.

MikelMar88

Por favor que haya una segunda parte!! Me quede con ganas de saber que paso con los vecinos despues

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