Mi primer trío fue en una sesión de fotos prohibida
Me crucé con ella en plena calle, una tarde de jueves cualquiera. Carla, una amiga del instituto a la que no veía desde hacía años. Fue uno de esos encuentros que no esperas y que terminan partiendo el día en dos.
—Tenemos que tomar algo y ponernos al día —dijo, agarrándome del brazo como si no hubiera pasado el tiempo.
—Justo ahí hay una cafetería. No tengo nada que hacer.
Nos sentamos junto a la ventana, con dos cafés humeantes entre las manos, y empezamos a desenredar la madeja de los años. Yo le conté sobre mi trabajo gris en una oficina, las mismas paredes, las mismas horas. Ella, en cambio, soltó su historia con una naturalidad que me dejó sin palabras: ahora se dedicaba al porno.
—¿Hablas en serio?
—Completamente. Posé desnuda, hice vídeos, salí en películas para adultos. Deja que te lo cuente bien.
Me explicó que había empezado soñando con ser actriz de verdad, de teatro, de cine. Que poco a poco fue cambiando ese sueño por producciones más pequeñas, cortos de directores que recién empezaban. Hasta que alguien le propuso posar para anuncios de lencería y, después, para desnudos.
Aprovechó la belleza de su cuerpo y se metió de lleno en sesiones cada vez más atrevidas, hasta que llegaron los rodajes. Lo contaba como quien describe cualquier oficio: con sus días buenos, sus días malos y, según decía riéndose, algún que otro encuentro inolvidable.
La miré con otros ojos mientras hablaba. Llevaba un vestido ligero de tirantes, estampado de flores, que apenas cubría un cuerpo trabajado en el gimnasio. Sus piernas largas, bronceadas hasta el último centímetro, se estiraban bajo la mesa y de vez en cuando rozaban las mías. No había marcas de bañador en su piel; tomaba el sol completamente desnuda, era evidente. Y aún conservaba esa cara con un aire de inocencia que contrastaba con todo lo que acababa de contarme.
—Puedes venir y verlo en directo, si quieres —soltó de pronto—. Tengo un trabajo dentro de un rato.
Lo admito: la curiosidad mató al gato, y yo soy la persona más curiosa del mundo. Acepté antes de pensarlo.
***
El estudio quedaba a unas pocas calles. Un local amplio, con techos altos, lleno de focos sobre trípodes y cámaras que parecían demasiado complicadas para mis ojos de profana. En un rincón habían montado un decorado rústico: una manta sobre fardos de paja, un fondo de tablones de madera y aperos de labranza colgados de la pared.
—Este es Darío —me presentó Carla a un chico altísimo, de hombros anchos y sonrisa fácil—. Posamos juntos hoy.
Detrás de la cámara había una mujer más o menos de nuestra edad. Rubia, delgada, de una palidez que parecía no haber visto nunca el sol. Tenía algo magnético, una elegancia frágil, con la cámara colgada de su cuello fino y blanco.
—Yo soy Inés, la fotógrafa. No sabía que venía otra chica —dijo mirándome con curiosidad.
—Ah, no, no. Solo soy una amiga. Vengo a hacerle compañía, nada más.
—Nunca se sabe —respondió con una sonrisa que me desarmó—. Eres muy guapa, y no serías la primera que se anima viéndolos trabajar.
No supe qué contestar. Todavía no se habían quitado ni una prenda y yo ya sentía el calor subiéndome por el cuello. Inés apenas iba vestida: un short vaquero diminuto del que salían unos muslos interminables y un top ajustado que dejaba a la vista su vientre plano. Iba descalza. Dentro del estudio, con tanto foco encendido, hacía más calor que en la calle.
Yo no sabía dónde meterme. Opté por colocarme detrás de la fotógrafa, aunque la verdad es que con ese culo perfecto que tenía tampoco mejoró mucho mi tranquilidad. Estaba impresionada. Y puede que también un poco excitada, para qué negarlo.
—¿Aquí estoy bien? —pregunté, casi sin voz.
—Perfecta. Puedes acercarte un poco más, si quieres.
***
Carla y Darío se tendieron sobre la manta. Él empezó a desnudarla despacio, besando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, librándola del vestido de flores con una lentitud calculada. Los flashes eran casi continuos, una luz blanca que estallaba sobre sus cuerpos perfectos.
—Vamos, Darío. Dale más morbo, cariño —dijo Inés sin dejar de disparar, moviéndose alrededor de ellos como en un baile bien ensayado.
Él recorrió el cuerpo de mi amiga con la boca. Pasó por sus pechos firmes, mordió suavemente sus pezones, lamió la curva de su cuello. Apenas necesitaban indicaciones; sabían exactamente lo que hacían. Carla gemía, y aquellos gemidos sonaban demasiado auténticos para ser solo trabajo.
Yo tenía los ojos clavados en ellos. No podía apartarlos. Sentí cómo me humedecía mirando los dos cuerpos deslizarse uno contra otro.
—Son preciosos —murmuré.
—Por eso se les contrata —respondió Inés, divertida.
En algún momento, al echarse hacia atrás, el cuerpo de Darío rozó mi mano. Pareció accidental. O puede que no. Su piel era dura, tibia, viva. Aparté la mano por reflejo, pero el roce se me quedó pegado.
—¿Por qué no te unes a ellos? —dijo entonces la fotógrafa, casi en mi oído—. Seguro que a él le encanta. Y he visto a tu amiga con otras chicas. Lo hace muy bien.
Estaba tan caliente que no me lo pensé. Pasé por delante de la cámara fija y me acerqué. Ellos me recibieron entre risas y caricias, abriéndome un hueco entre sus cuerpos.
—Por fin te decides —dijo Carla.
—Lo tenías clarísimo, ¿eh? —añadió Darío.
—Desde que te vi en la cafetería te estaba desnudando con la mirada —me susurró él al oído.
***
Me desnudaron entre los dos sin prisa. Yo era, de pronto, la persona más vestida del estudio: una minifalda vaquera y una blusa de cuadros que duraron poco. Las botas cayeron a un lado. Darío me besó con la lengua buscando la mía, y yo respondí enseguida, mientras Carla me bajaba la falda deslizando las manos por mis caderas.
Sentí su lengua sobre la tela de las braguitas en cuanto abrí las piernas para darle paso. Una presión suave, insistente, que me arrancó el primer gemido de la tarde.
—Estáis buenísimas las dos —dijo él, librándome de la blusa.
No llevaba sujetador. Mis pechos quedaron al aire, pequeños y sensibles, y Darío se dedicó a besarlos y lamerlos hasta que mis pezones se pusieron duros como piedras. Cada vez que su boca subía hacia ellos yo arqueaba la espalda sin poder evitarlo.
—Estas fotos son geniales —oí decir a Inés—. Sois el trío más guapo que he tenido delante del objetivo.
Yo también quería tocar. Deslicé la mano dentro de sus vaqueros, que ya llevaba desabrochados, y encontré una erección dura y caliente. Probé su firmeza, recorrí la suavidad de su piel, palpé la dureza de sus muslos por debajo de la tela. Estaba acariciando a un hombre que parecía sacado de una revista, mientras una mujer me desnudaba y me besaba el vientre. Y me estaba encantando.
—Me habéis puesto a mil —jadeé.
—Pues disfruta —respondió Carla.
A esas alturas había olvidado por completo el ojo de la cámara y el nerviosismo del principio. No era mi primera vez con otra mujer; me gustaba la dulzura con la que una mujer toca a otra. Pero sí era mi primer trío, y eso lo cambiaba todo. La idea de estar entre dos cuerpos a la vez me tenía temblando.
—Nunca me han follado entre dos —confesé en voz baja.
—Pues hoy sí —prometió ella.
***
Cambiamos de postura casi sin darnos cuenta, como si siguiéramos una coreografía. Carla terminó de quitarme las braguitas y me dio un par de lametones que me hicieron ver las estrellas. Después subió besando mi vientre, mi ombligo, mis pechos, dejando su piel cálida pegada a la mía.
Mientras tanto, empecé a sentir la punta de Darío en la entrada de mi sexo, jugando con mi clítoris hinchado, sin entrar todavía. Era una tortura deliciosa. Yo gemía pidiendo más, pero él se tomaba su tiempo.
Carla se colocó a cuatro patas sobre mi cabeza y dejó su sexo justo al alcance de mi boca. No lo dudé. Lo probé por primera vez, y aunque no era la primera vez que lamía a una mujer, la situación lo volvía todo más intenso. Sabía a gloria.
—Cómeme —pidió ella, moviéndose contra mi lengua.
Por fin Darío se deslizó dentro de mí, despacio al principio y luego con más fuerza. Me agarró de las caderas y subió mis nalgas sobre sus muslos para entrar más hondo. Yo me movía a su ritmo sin dejar de lamer a Carla, sintiendo cómo todo se encadenaba: su sexo en mi boca, el de él dentro de mí, las manos de los dos por todas partes.
De reojo veía a Inés. Había dejado de fingir que solo trabajaba. Se pasaba la mano por encima del short vaquero y sus pezones se marcaban duros bajo el top.
—Deberías quitarte algo de ropa —le dije, con la voz entrecortada—. No es justo que tú sigas tan vestida.
Sin soltar la cámara ni dejar de disparar, se las arregló para dejar caer el short al suelo. Su culo era espectacular, pálido y firme. Cuando se giró un instante para apoyar la cámara y quitarse la camiseta, supe que no la dejaría escapar.
—Cuando termines las fotos no te libras, Inés —le advertí—. Tú también vas a posar.
***
Cuando le pareció que tenía suficiente material, dejó la cámara sobre el trípode y las dos nos lanzamos sobre ella como lobas. La arrastramos hasta la manta y la recorrimos entera, empezando por sus pies delicados y subiendo sin prisa.
—Te toca disfrutar a ti —le dijo Carla—. No vas a ser la única que no se corra esta tarde.
—Ya era hora —rio Inés, dejándose caer hacia atrás—. Me habéis puesto cachondísima, pervertidas.
Nos repartimos su cuerpo entre las dos. Yo le besaba los muslos, Carla le subía por el vientre, y la pálida fotógrafa que minutos antes parecía tan intocable se deshacía bajo nuestras bocas. Sus gemidos llenaron el estudio, mezclados con los míos y los de mi amiga.
Darío, que todavía no se había corrido, me colocó a cuatro patas entre los muslos de Inés. Mientras yo hundía la lengua en ella, él cambió el ritmo y buscó otro camino, penetrándome desde atrás. Cada empujón suyo me hacía apretar la boca con más fuerza contra el sexo de la fotógrafa, como si quisiera fundirla con mi propio placer.
Nos corrimos casi a la vez, en una maraña de cuerpos sudados sobre la paja, bajo los focos que seguían encendidos. Tardamos un buen rato en separarnos, riéndonos, sin aliento, todavía buscándonos con las manos.
***
No fue la última vez que posé desnuda delante de una cámara. Con el tiempo le saqué hasta un buen dinero. Pero ninguna sesión, por morbosa que fuera, igualó aquella tarde. Por ser la primera, y por las personas con las que la viví, fue la que más disfruté. A veces, cuando paso por delante de aquella cafetería, todavía sonrío pensando en lo lejos que llegué por un simple café con una vieja amiga.