La subasta benéfica que organicé en aquella fiesta
Aquel otoño mi hija Lucía y su novio Diego ya estaban instalados en el piso de estudiantes que pagábamos a medias entre ellos y yo. Unos días antes de que empezaran las fiestas de la ciudad, tuve que conducir hasta la costa para resolver unos asuntos de la empresa donde trabajo. Comí con ellos al mediodía, me despedí con un beso y, sobre las cuatro de la tarde, cogí el coche.
Hacia las siete y media, al llegar a la altura de una ciudad que solo conocía de pasar por la autopista, decidí entrar y buscar alojamiento. No me gusta conducir de noche, y el cansancio empezaba a pesarme en los hombros.
Me alojé en un hotel céntrico, a un paseo de la plaza mayor. Llamé a Lucía para avisarles de que pasaría la noche allí. Los dos me desearon que descansara y me insistieron en que había hecho bien en no seguir a oscuras.
Subí a la habitación, me refresqué la cara y bajé a recepción. Le pregunté al conserje dónde podía cenar algo típico, porque me apetecía caminar un poco antes de meterme en la cama. Me indicó una zona de tabernas viejas donde, según él, servían las mejores tapas de la ciudad.
Entré en el primer bar que me llamó la atención. Pedí un vino y un par de raciones y, sin pretenderlo, me convertí en el centro de las miradas. No sé si fue el vestido o el simple hecho de estar sola, pero a los pocos minutos tenía a dos chicos rondándome, de veintidós o veintitrés años como mucho.
—¿Qué hace una mujer como tú aquí, sola? —preguntó uno, abriéndose paso entre la gente.
—He venido a cenar algo y a disfrutar del ambiente —respondí—. Nunca había estado en esta ciudad.
Empezamos a hablar. Se llamaban Rubén y Sergio, y se turnaban para rellenarme el vaso de vino antes de que yo me diera cuenta. Con cada trago notaba cómo se me aflojaban las defensas, cómo la prudencia con la que había salido del hotel se quedaba colgada en algún perchero. Hacía años que nadie me miraba así, como si fuera lo único interesante de la sala, y mentiría si dijera que no me gustaba.
—Fuera hace frío, pero aquí dentro la calefacción está altísima —dije, abriéndome el abrigo.
—Madre mía, qué tipazo —soltó Rubén, pasándome el brazo por la cintura sin pedir permiso.
—Qué bruto eres —reí—. Me gusta, te ha salido de dentro. Venga, os invito a la siguiente.
Cambiamos de taberna, y luego de otra. En cada una caía un vino nuevo. Sus roces se volvían más decididos, sus caricias más largas, y entre risa y risa se colaba algún abrazo que ya no tenía nada de inocente. Yo también les acariciaba la cara, les robaba besos en los labios, y en una esquina cualquiera acabé enredada en un beso largo, de los que no había dado nunca en plena calle, ni siquiera de adolescente.
—Oye —dijo Sergio—, unos colegas de mi hermano han montado una fiesta de fin de carrera en un chalet a las afueras. Estará toda la cuadrilla, unos veinte entre chicos y chicas. ¿Te vienes?
—Por mí, encantada —contesté.
***
Nos llevaron en su coche. Mientras Sergio conducía, Rubén se pasó al asiento de atrás conmigo. Me besó el cuello y deslizó la mano bajo el vestido, directo, sin rodeos, hasta encontrarme empapada.
—Me encanta lo lanzada que eres —murmuró.
—¿Y yo qué? —protestó Sergio desde el volante.
—Tranquilo —le dije, mirándolo por el retrovisor—. A ti te guardo lo mejor para luego.
Le saqué a Rubén la verga del pantalón y se la trabajé con la boca durante todo el trayecto, despacio primero, con ganas después. Se corrió antes de llegar, y me lo tragué entero.
—Me lo he tragado para no manchar la tapicería —bromeé, limpiándome la comisura con un dedo.
—Joder, qué noche nos espera —rió Sergio.
El chalet era enorme, de los buenos. Entramos y, pese a que yo les sacaba unos cuantos años a todos, acaparé la atención de la casa entera, de los chicos y también de las chicas. Iban ya bastante bebidos y contentos. Hubo besos de bienvenida, esta vez en la boca, incluso con un par de ellas. Bebimos, hablamos, y hacia la una de la madrugada se me ocurrió un juego que podía ser divertido.
Reuní a las chicas en la cocina y les expuse mi plan.
—Mirad, esos están más calientes que un horno —dije—. Y creo que vosotras vais por el mismo camino que yo. Se me ocurre una cosa, pero solo si estamos todas de acuerdo, absolutamente todas.
—¿De qué se trata? —preguntó una.
—Sencillo. Montamos una subasta, y las subastadas seremos nosotras. El que más puje se va con la elegida y hace con ella lo que ella le deje, delante de todos. Y lo recaudado lo donamos a una causa, a un hogar de niños o a un asilo. ¿Qué os parece? Yo me incluyo, por supuesto.
—¡Es genial! —saltó otra—. Follamos y encima hacemos una buena obra.
Salimos a la sala y planté las reglas delante de todos.
—Atención. Las chicas hemos decidido subastarnos para obras de caridad. El mejor postor se lleva a la chica, sea su pareja o no. Como somos número impar, a mí me tocarán dos. El importe se ingresa en el acto, por transferencia, y yo os mando a todos el justificante de la donación. Solo hay una condición sagrada: lo que pase esta noche aquí, se queda aquí. La reputación de una persona no se toca.
—¡Lo juramos! —corearon—. El que rompa el juramento, muerto para los demás. Venga, ¡empieza ya!
Subastamos a las chicas una por una, y para mi sorpresa se alcanzaron cantidades absurdas: entre los que querían a su novia en exclusiva y los que ardían por la novia del otro, las pujas volaron. La más baja rondó los cinco mil; la más alta, veinte mil. Cuando llegó mi turno, dos de ellos empataron a treinta mil cada uno, así que la adjudicación fue conjunta.
—Una norma más antes de empezar —añadí—. Nada de golpes en la cara, bajo ningún concepto. Y todo con preservativo: nadie se corre dentro de ninguna, no queremos sustos. El resto, sexo libre. Como todos somos mayores de edad, grabaré la conformidad de cada uno con el móvil, para que después nadie reclame nada.
Me quité el vestido. Sergio empezó por acariciarme despacio, besando y lamiendo cada rincón de mi cuerpo, arrancándome un escalofrío tras otro, mordisqueándome los pezones mientras yo lo masturbaba. Cuando lo noté a punto, me di la vuelta y le ofrecí el culo. Me penetró de una sola embestida y solté un grito que medio chalet celebró.
—Más fuerte —le pedí—. Hoy soy toda vuestra. Rubén, ven tú también.
Rubén se acomodó frente a mí y me penetró a la vez. Con los dos dentro empezaron un vaivén que me dejó sin pensamientos, solo sensación pura, calor y ese ritmo doble que no me dejaba respirar. Notaba sus manos por todas partes, una boca en el cuello, otra en el pecho, y la sala entera convertida en un coro de jadeos que me empujaba a no parar. Esto no soy yo, pensé, y justo por eso no quería que terminara.
***
Al ver el espectáculo, el resto se soltó. Cada pareja a lo suyo, cada rincón ocupado, y aquello dejó de parecer una fiesta para convertirse en algo que no creí posible fuera de la imaginación. Los gemidos se cruzaban, los orgasmos llegaban en cadena. Perdí la cuenta de los míos.
Cuando uno terminaba, otro ocupaba su sitio. No sé de dónde sacaban tantos preservativos, que se iban amontonando en el suelo. Las chicas y los chicos fueron responsables; solo dejaban prescindir de él para la boca. Acabamos todas con la piel marcada de saliva y de manos, la cara y el pecho, mientras nosotras les arañábamos la espalda pidiendo más.
No recuerdo la hora en que paramos. Sobre las siete de la mañana me desperté entre cuerpos dormidos repartidos por toda la casa. Los esquivé buscando el baño. Mientras orinaba entró un chico cuyo nombre no llegué a saber, se acercó decidido y me ofreció su verga. Se la chupé allí mismo, todavía medio dormida, hasta que se corrió.
—Eres la mujer más espectacular que me he tirado nunca —jadeó—. Una madura de las que no se olvidan.
—Ven —le dije—. Busquemos una cama. Pero antes, una ducha, para quitarnos los restos de todos.
Nos duchamos juntos, comiéndonos a besos bajo el agua. Resultó ser el hijo de la casa. Sin secarnos siquiera, me llevó a su habitación.
—Tómame —le susurré, tendida en su cama—. Hazme lo que quieras, soy tuya.
Y lo hizo. Me llevó a una espiral de placer distinta de la noche anterior, más lenta, más mía, hasta que los dos quedamos rendidos y nos dormimos abrazados. Jamás imaginé una noche tan completa, pensé antes de cerrar los ojos.
Hacia el mediodía me levanté, me duché, me vestí y pedí un taxi a la entrada de la urbanización. Volví al hotel. Repartí lo recaudado en partes iguales e hice dos transferencias a dos instituciones benéficas de la ciudad. Borré mi nombre de las capturas y se las envié a todos como prueba, sin que se viera ni mi número ni quién era. Así di por cumplido nuestro pacto.
Me da pena no poder repetirlo, pero es lo que hay. Aquella noche hubo chicos y chicas que me hicieron disfrutar como nunca, y estoy segura de que ellos también disfrutaron. De eso no tengo la menor duda.