Lo que pasó en la casa rural con nuestro tercero
Después de aquella segunda vez, lo repetimos muchas más. Siempre con el mismo guion, aunque la confianza entre los tres crecía noche a noche. El método no cambiaba: una cena temática en casa —japonesa, marinera, italiana, de carnes a la brasa— y todo lo demás cuidado al milímetro. La música elegida con calma. La iluminación baja. Y, por encima de todo, la lencería.
Recibíamos a Daniel con la mesa puesta y los dos ya encendidos. Pasábamos el día entero pensando en la noche, intercambiando mensajes, subiendo la temperatura desde primera hora de la mañana.
Lucía salía a abrirle. Siempre con algo muy descarado: escotes imposibles, medias, liguero. Llegaba a la puerta ya mojada, lista. Nada más girar el pomo se besaban, y las manos de Daniel le recorrían el culo por encima de la falda, palpando, adivinando lo que le teníamos preparado. Ella, después del beso largo, bajaba la mano y le buscaba la polla por encima del pantalón. Notarla despertar bajo la tela la ponía a mil.
Durante la cena nunca faltaba un roce, un beso robado, una caricia bajo la mesa. Eran descargas pequeñas, recargas de tensión que guardábamos para después.
Y al llegar el postre, la cosa se desataba. Ya os lo podéis imaginar. Copas, risas, demasiado de todo.
Pero lo que de verdad quiero contar es otra cosa. Queríamos más. Más tiempo, más espacio, más libertad. Así que decidimos alquilar una casa rural para un fin de semana entero. Encontramos una casita en Chinchón, con jardín, barbacoa y jacuzzi. La preparamos con el mismo mimo de siempre: comida, ropa, música, todo. Y la cosa salió así.
***
El viernes llegamos, hicimos el check-in y nos dedicamos a montar el escenario. A Daniel lo citamos para el sábado a mediodía. Cuando cerramos las maletas vacías y miramos la casa, ya estaba todo listo.
Era mayo. Lucía se vistió con una falda floreada de vuelo corto, medias claras, tacones y unas braguitas pequeñas, semitransparentes, que no llegaban a tanga. Yo apenas podía dejar de mirarla.
Daniel entró por la puerta con esa naturalidad suya. Me dio un abrazo y, acto seguido, le metió la lengua en la boca a Lucía. La mano fue directa al culo, como siempre, y al ser una falda tan corta tocó carne enseguida. Tensión. Emoción. No hizo falta más.
En la mesa del comedor habíamos dejado unas cervezas y unos aperitivos. La idea era sentarnos en el sofá y charlar un rato, calentar motores. No fue posible.
Los labios de los dos no se separaban. Se manoseaban como dos críos en celo. Las tetas de ella salieron al aire en cuestión de segundos. Daniel le chupaba los pezones, que se pusieron duros como piedras, le amasaba los pechos, se los apretaba. Ella tiró de él hacia el sofá y siguieron besándose, sobándose, sin venir a cuento de nada.
Lucía abrió las piernas. Daniel empezó a acariciar aquel coño que ya había empapado las bragas. Con cuidado tiró de la tela hacia abajo; ella levantó el culo para ayudarlo. Entre jadeos, su sexo quedó al aire. Los dedos de él recorrían unos labios ardientes y mojados, buscando el clítoris. Cuando lo encontró, empezó a frotarlo despacio. Bajaba la mano, le metía dos dedos hasta el fondo y volvía a subir. Ella se corrió por primera vez casi sin avisar.
—Métemela —pidió.
Daniel la giró, se colocó entre sus piernas, se bajó el pantalón hasta media nalga y, sin más preámbulo, se la metió de una embestida. El coño hinchado y resbaladizo lo recibió entero. La folló rápido, intenso, entrando y saliendo con fuerza. Ella se corrió otra vez, y esta vez los dos lo notaron a pelo, sin nada en medio. La sensación de piel contra piel los volvió locos.
Él tuvo que apartarse. Se corría y no quería correrse todavía. Quería estirar aquello el máximo posible. Así que, cuando vio que ella llegaba, la sacó despacio, casi con dolor. Su polla salió cubierta de un flujo espeso que tendía un puente brillante entre los dos sexos.
Yo había estado todo el rato de espectador, casi de cámara, sin poder apartar la vista.
***
Daniel se sentó en el sofá, me miró y me llamó con el dedo índice. Me acerqué. Me desabrochó el pantalón, me lo bajó junto con el calzoncillo y me dejó la polla al aire, empalmada del todo. Empezó a lamerla despacio, pasando la lengua desde los huevos hasta el glande, y enseguida se la tragaba entera. Repetía el movimiento una y otra vez. Yo le sujetaba la cabeza, acompañándolo, sobre todo cuando me la metía hasta el fondo de la garganta. No sabría describir bien lo que sentí.
Lucía nos miraba y se masturbaba. Vernos así la encendía aún más. Se acercó de rodillas y se sumó, lamiéndomela junto a él, los dos turnándose. Los gemidos llenaban la habitación.
Ella quería más polla. Se incorporó un poco y me ofreció el coño chorreante para que se lo follara. La puse a cuatro patas y le metí la polla de golpe, agarrándola por las caderas. Estaba empapada del orgasmo anterior. Mientras yo la embestía por detrás, ella seguía comiéndole la polla a Daniel. Se corrió otra vez, atrapada entre los dos.
Cuando terminó de temblar, se me ocurrió cambiar las posiciones. La incorporé, la besé, y mientras la besaba la fui llevando hacia Daniel. La coloqué de frente a mí, dándole el culo a él. Le abrí las piernas, cogí la polla de Daniel y, poco a poco, se la fui metiendo en el coño. Miraba de cerca cómo entraba, cómo se abrían sus labios, cómo el clítoris se le ponía hinchadísimo. Me arrodillé y empecé a comerle el coño a la vez que él la follaba. Ella se acomodó para que la polla le recorriera la vagina y mi lengua le lamiera el clítoris al mismo tiempo. Perdí la cuenta de las veces que se corrió en aquella postura.
Al final se levantó, se sacó la polla de Daniel y se derrumbó en el sofá, jadeante, pidiendo agua. Muerta de sed, sofocada, exhausta. Los tres reímos.
Por fin nos tomamos el aperitivo. Charlamos medio desnudos, picamos algo y nos echamos una siesta corta. Lo necesitábamos.
***
Sobre las seis de la tarde bajamos al jacuzzi. La cosa empezó tranquila: los tres relajados, desnudos, charlando con el agua hasta el cuello. Hasta que Lucía cogió la polla de Daniel bajo el agua y se la llevó a la boca. La cara de golosa que puso cuando aquella polla empezó a coger volumen no se me olvida. Se la chupó, la lamió y se la tragó todo lo que pudo, hasta el fondo de la garganta. Él, recostado en el borde, disfrutaba de la mamada con los ojos cerrados.
Después Daniel la cogió y la sentó en el filo del jacuzzi. Le abrió las piernas y empezó a comerle el coño. Ella echó la cabeza atrás y se corrió enseguida. Mientras tanto, yo me coloqué detrás de él y empecé a pajearlo. Su polla, dura como una piedra, encajaba perfecta en mi mano. La excitación era máxima. Estábamos los tres al límite.
Lucía se bajó del borde. Necesitaba una polla dentro. Daniel se incorporó para acercarse a ella, y fui yo quien, sin soltarlo, le guio la polla hasta meterla en el coño de mi mujer. Como estaba detrás de él, agarrándolo, mi propia polla quedaba pegada a su culo, dura, frotándose con cada movimiento. Cuando él empezó a embestir, mi rabo le recorría las nalgas a cada empujón. Ella se corrió de nuevo, y nosotros dos nos apretábamos para no corrernos. Queríamos más. Poco después deshicimos aquel nudo de cuerpos y nos relajamos un rato en el agua caliente.
***
Nos duchamos y salimos al patio, donde estaba la barbacoa. La encendí y abrimos unas cervezas. El fuego necesita su tiempo, así que nos sentamos a esperar. Empezaba a anochecer y las luces del patio daban una luz cálida, casi romántica.
Me puse a preparar la carne. Estaba con mis cosas cuando me giré a coger otra cerveza y me encontré a Lucía apoyada contra la mesa del patio y a Daniel follándola por detrás. El coño le chorreaba de gusto. Él la sujetaba por las caderas y le metía la polla hasta el fondo. La estampa era espectacular. Cuando terminaron, riéndose, me dijeron que aquello solo había sido un descanso entre platos.
Cenamos entre risas, con un buen tinto, y de postre nos teníamos a nosotros mismos.
***
Nos fuimos a la habitación y nos tumbamos los tres en la cama. Empezamos a tocarnos, a acariciarnos sin prisa. Ya no sabría deciros de quién eran las manos. Todo era lento, sosegado, tibio.
Daniel se metió entre las piernas de Lucía, le hundió la polla en el coño y empezó a follarla muy despacio. La besaba mientras lo hacía, las lenguas y los sexos entrelazados. Movía las caderas sin prisa, pero entrando muy profundo, hasta el fondo de sus entrañas. Ella notaba cada empujón y abría más las piernas, subía la cadera buscando que la polla llegara aún más adentro.
Estuvieron así un buen rato. De repente, todo se aceleró. Las caderas se acompasaron: él empujaba y ella subía a su encuentro. Una y otra vez. El ritmo creció, se volvió atropellado, los cuerpos chocaban con un sonido húmedo. Cuando coincidían en lo más hondo, sus caras lo decían todo. Los gemidos subieron de volumen hasta que se corrieron a la vez.
Daniel se clavó hasta el fondo y eyaculó dentro de ella. Lucía alzaba la cadera para sentir toda aquella corrida caliente, y él apretaba con fuerza, sin querer salir. Cayeron derrumbados uno sobre el otro, sin aire. Cuando él sacó la polla, el semen le resbalaba por el coño y manchaba las sábanas. A ella le costaba cerrarse; allí quedó, abierta, brillando. Fue, sin duda, el orgasmo más fuerte de la noche para los dos.
—Fóllame, cariño —me dijo entonces, buscándome con la mano.
Me coloqué y entré despacio. No sé qué tenía aquella noche, pero, mientras la follaba lento, ella encadenó una serie de orgasmos uno detrás de otro. Cada vez que mi polla se deslizaba por su coño, el sexo le palpitaba, gemía y se volvía a correr. Perdí la cuenta. Al final me corrí yo también, una descarga intensa que llevaba horas reteniendo.
—Te quiero. Te amo —me gimió al oído.
Y así terminó la primera noche en la casa rural. Nos quedaba todo el domingo por delante, y ninguno de los tres tenía intención de desperdiciarlo.