La noche en que los tres dejamos de fingir
La clínica veterinaria se llamaba MILANO, y casi nadie en el pueblo sabía que ese nombre no aludía al pájaro que sobrevolaba las laderas del norte, sino a las dos primeras letras de cada uno de sus dueños: MI de Miranda, LA de Lázaro y NO de Nora. Tres amigos de la infancia que, terminada la carrera de veterinaria, decidieron unir sus nombres en uno solo, jugando con el ave de presa más típica de aquella zona montañosa para bautizar el negocio que llevaban soñando desde niños.
Miri, Laro y Nori, como se llamaban entre ellos, tenían los tres veintiocho años recién cumplidos. Habían nacido el mismo mes y eran vecinos desde antes de aprender a caminar. Sus padres eran inseparables, y a los hijos los vieron crecer juntos, pelearse, reír y soñar, casi siempre detrás de Nora, que desde pequeña fue la más osada, la más graciosa y la más descarada de los tres.
De críos se bañaban desnudos en el río sin pudor alguno, fantaseando con ser novios algún día. Pero hacia los doce años, cuando el deseo empezó a despertar en ellos, apareció una vergüenza nueva, una distancia que antes no existía. Lázaro fue el primero en notarse excluido en ciertos momentos, en sentir que las dos chicas lo esquivaban con una complicidad que él no entendía. El cariño siguió intacto; lo que cambió fue la confianza para nombrar lo que sentían.
Estudiaron la carrera en Zaragoza, compartiendo un piso pequeño con tres dormitorios y baños independientes que las madres se encargaron de organizar para que las chicas tuvieran su intimidad. Cuatro años conviviendo sin una sola desavenencia, estudiando juntos, limpiando juntos, compitiendo solo en los videojuegos de carreras, donde Nora casi siempre ganaba. Al terminar, cada uno tomó un rumbo distinto, pero decidieron seguir compartiendo el piso para no separarse todavía.
Y entonces, pocos días después de que Lázaro cerrara sus últimos cursos, sus padres murieron casi a la vez: la madre por una enfermedad crónica que se agravó de golpe, el padre de un infarto fulminante en el hospital, al enterarse de que ella ya no estaba. Miranda y Nora, como era de esperar, no lo dejaron solo ni un instante.
***
El entierro, un jueves de finales de abril, resultó multitudinario. Sus padres eran los dueños del pequeño supermercado del barrio y medio pueblo acudió a despedirlos. Pasadas las seis, agradecidas todas las condolencias, Lázaro quiso ir a la casa que hasta esa mañana había sido la de ellos. Nora se lo dijo claro a las dos familias:
—Nosotras nos quedamos esta noche con él. No pensamos dejarlo solo con su dolor.
En cuanto cruzaron el umbral, Lázaro se dejó caer en el sofá del salón y rompió a llorar sin poder contenerse. Sus dos amigas se sentaron una a cada lado, lo abrazaron y le besaron las mejillas con una ternura que no necesitaba palabras. Pasados unos minutos largos, él logró serenarse.
—Justo ahora que teníamos que separar nuestras vidas, me quedo sin mis padres —murmuró—. Erais lo único que me quedaba. Por favor, no me dejéis tan pronto.
—Pero serás bobo —le dijo Miranda con un beso suave—. Mañana mismo pido vacaciones y me quedo contigo un mes, o el tiempo que haga falta.
—Yo no vuelvo a Zaragoza —añadió Nora, mirando de reojo a su amiga—. Sigo con la idea de montar la clínica aquí. Y el local de tus padres está en el sitio perfecto para hacerlo. Podríamos llevarla los tres.
—Mejor homenaje a tus padres que mantener su local abierto, con su hijo dentro —dijo Miranda, algo cohibida—. Yo también he soñado con tener un negocio los tres, en este pueblo.
—¡Joder, tía, eres la hostia! —exclamó Nora—. Pues claro que sería cojonudo. ¿Verdad, Laro? No tendrías que irte a ningún lado, ni opositar, ni estar solo. Seguirías con tus dos amores, la rubia y la castaña.
Algo cambió en la cara de Lázaro. Tenía la cabeza gacha, pero levantó la vista y la fijó en Nora con una determinación que ninguna de las dos le conocía.
—Creo que es el momento de decir lo que nunca me he atrevido a decir —soltó—. No habría nada más maravilloso que seguir juntos los tres. Y por fin puedo confesarte, Nora, que te quiero, que estoy enamorado de ti desde hace años. ¿Quieres casarte conmigo?
Se hizo un silencio enorme. Nora miró a Miranda, y a Miranda empezaron a rodarle lágrimas por las mejillas sin que pudiera evitarlo. Entonces Nora abrió la caja de los truenos.
—Laro, sabes que te quiero un montón, eres como mi hermano. Pero no puedo darte ninguna esperanza, porque no te quiero de la forma que tú me quieres. Y aunque te duela, además de tímido y cobarde, eres un poco gilipollas: te has equivocado de chica.
Lázaro la miró desolado, perplejo. Miranda, a su lado, se había puesto roja como una amapola, porque conocía a su amiga y sabía que iba a soltarlo todo sin filtro.
—No tolero que Miranda sufra por tu culpa —siguió Nora, con la voz quebrada—. Yo lo sabía desde hace tiempo. Tú nunca pudiste ocultar que sentías una especie de fascinación por mí, y lo entiendo: para ti soy todo lo que tú no eres. Pero en el fondo soy igual que tú, cobarde y apocada. Y por eso no me atreví a decir lo mío.
Hizo una pausa. Lázaro contuvo el aliento.
—Miranda está enamorada de ti desde hace años. Me lo ha confesado mil veces. Para ella eres el hombre más guapo y más tierno del mundo, y cada vez que se ha tocado pensando en alguien, ha sido pensando en ti.
—¡Y yo tenía que aguantarla, sonriendo como una idiota, conteniendo las ganas de besarla! —estalló Nora, y ahora las lágrimas le caían a chorros—. Sin atreverme a decirle que ella también me pone, que también me masturbo a solas, pero pensando en ella, no en ti, Laro. Porque a la que adoro, de la que estoy enamorada como una loca, es a Miranda.
Rompió a llorar y se tapó la cara, avergonzada. Lázaro y Miranda se miraron, y sin decir nada supieron lo que tenían que hacer.
Él era un hombretón de casi metro noventa, de pelo negro y ojos azules. La cogió en brazos con una suavidad sorprendente y la depositó en el sofá, entre los dos, y los dos empezaron a besarle las mejillas a aquella rubia menuda de ojos verdes, hasta que la audaz Nora fue calmándose. Cuando por fin levantó la vista, esbozó una sonrisa torcida.
—De verdad, Laro, eres idiota. Miranda es más alta que yo, tiene el pelo castaño que se vuelve rojizo al sol, es infinitamente más guapa, más lista, más sensible. Y encima está buenísima. Tiene unas tetas que quitan el sueño y un culo para morderlo. ¿De verdad nunca te has fijado en ella?
Miranda se puso aún más roja, y Lázaro soltó una carcajada nerviosa.
—Joder, Nora, ¿cómo has escondido esto tantos años? Claro que me he fijado en Miranda, está espectacular. Pero yo estaba enamorado de ti, y jamás me habría insinuado a ella sin decirte antes lo que sentía.
—Pues acabas de decirle a Miranda que le morderías ese culazo —contestó Nora, maliciosa pese a las lágrimas—. Si con lo mío se puso colorada, ahora va a explotar.
Miranda respiró hondo y, de la más callada de los tres, pasó a tomar el mando.
—Dejemos las miserias y afrontemos el futuro juntos. Me ha impactado todo esto, no os voy a mentir, sobre todo saber que le gusto a mi mejor amiga, con la que tantas veces me he desnudado sin imaginar lo que pensaba. Pero también me ha calentado saberlo. Y mucho más cuando Laro ha dicho que él haría lo mismo.
Se levantó y empezó a hablar de pie, decidida.
—Acabamos de cumplir veintiocho años, vamos a montar un negocio entre los tres, nos queremos los tres. Y, salvo que me equivoque, creo que estamos todos hartos de guardarnos las ganas. Si Nora acepta, podríamos ser felices de una vez. A mí ahora mismo me apetecería que entre los dos me comierais el culo, y después se lo comemos a ella.
—Pues siento decepcionarte, pero yo no soy virgen —rio Nora, secándose la cara—. Tengo una colección de consoladores con la que perdí la virtud hace tiempo. Pero estoy como tú: harta de no usar lo que tengo.
—¿Y tú, alma cándida? —le preguntó Miranda a Lázaro, lanzadísima—. ¿Te estrenas esta noche con tus dos amigas de toda la vida?
—Ni en sueños imaginé esto. Me casaría con las dos si me dejaran —dijo él, cabizbajo—. Pero antes tengo que confesaros algo. Yo tampoco soy virgen.
Las dos lo miraron con la boca abierta.
—¿Os acordáis de la catedrática, Adela Brunet?
—¡Anda, cojones! —Nora se incorporó, divertida—. ¿No nos irás a decir que te tiraste a semejante mujerona? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Fue ella —explicó Lázaro, sofocado—. Me llamó a su despacho para que la ayudara a llevar un mueble pesado al coche, decía que yo era el más fuerte de sus alumnos. Un fin de semana que vosotras estabais en el pueblo. Me pidió que la acompañara a descargarlo en su casa, cerca de la playa. Y una vez colocado el mueble, me dijo que se ponía cómoda. Cómoda era desnudarse delante de mí y preguntarme si no me apetecía echarle un polvo.
—¿Y tú qué hiciste? —Miranda no parpadeaba.
—Le dije que era virgen, y se volvió loca. Pasé el fin de semana entero en su casa. La verdad es que me encantó, no os voy a mentir. Y aquello duró cuatro años, hasta hace seis meses. Ella misma me animaba a declararme a Nora, me decía que podría hacer felices a las dos. Me enseñó… bueno, me enseñó muchas cosas.
—¡Pero este tío es la hostia! —exclamó Nora, fascinada—. A mí me defraudarás si no es verdad lo de la formidable polla que dices que te elogiaba. Venga, enséñanosla.
—Pero, Nora, ¿cómo voy a sacarla así, por curiosidad? —protestó él, temeroso—. Igual os decepciono, no es nada del otro mundo.
—Lo que no es correcto es dejarnos con la duda —apoyó Miranda—. Venga, Lázaro. Si es como cuentas, esta noche por fin tendrás tu sueño: tirarte a Nora, ella retozar conmigo, y yo ser tuya de una vez.
—¿No os dais cuenta de que hoy es el día más triste de mi vida? —dijo él, casi llorando otra vez—. Acabo de perder a mis padres, y en su casa…
—Tu madre me animó muchas veces a confesarte lo que sentía —le interrumpió Miranda con dulzura—. Tus padres estaban convencidos de que estabas liado con las dos, y se sentían orgullosos de ello. ¿No crees que, si esta noche nos quieres con todo lo que tienes, sería una forma de honrarlos? Estoy segura de que, si pudieran vernos, estarían felices por su Lázaro.
—Mi madre me decía lo mismo —añadió Nora, más suave—. Que nuestra relación era anómala, pero que no perdiéramos algo tan hermoso. Quizás esta sea la única manera de conseguir, los tres, el amor que llevamos años escondiendo.
—¡Venga, Laro, enséñanosla de una puta vez! —cortó Nora, ya desatada, empezando a desnudarse sin un ápice de pudor—. Y tú, Miri, despelótate, que a este tímido hay que provocarlo como hacía la Brunet.
Miranda se quitó hasta las bragas y se sentó en el sofá completamente desnuda, y Nora la imitó a toda velocidad. Ofreciéndose las dos sin reparo a su amigo de la infancia, Lázaro, algo cohibido, se bajó por fin los pantalones y dejó ver su erección apuntando al techo. Las dos la miraron con curiosidad, y también con cierta decepción, porque era una polla normal, nada excepcional, tal como él había advertido.
—Pues no sé qué veía la Brunet de formidable —rió Miranda—. Está dura y bonita, pero tampoco es para tirar cohetes.
—Ya os lo dije —contestó él, terminando de desnudarse—. Pero según ella, donde de verdad soy bueno es en el aguante, en la duración, en lo rápido que me recupero, y en la bestial cantidad de semen que suelto en comparación con el tamaño. Y, sobre todo, en el arte de comer un coño hasta dejarlo a punto. Despatarraos, que voy a demostrároslo.
Se arrodilló en la alfombra entre las dos y empezó a acariciarles los muslos, subiendo despacio las manos por dentro hasta rozar sus sexos. Primero a Miranda, luego a Nora, les dio un beso suave en los labios, arrancándoles sendos suspiros que pronto se convirtieron en gemidos cada vez más groseros. Mientras él alternaba la lengua entre las dos con una habilidad que no esperaban, ellas terminaron besándose la boca entre jadeos, hasta correrse las dos a la vez en un orgasmo tremendo y simultáneo.
Convulsionaron abrazadas, no solo por el placer, también por la liberación de tantos años de miedos y silencios. Cuando se recuperaron, se miraron con una sonrisa traviesa y se lanzaron sobre él. Lo tumbaron de espaldas en la alfombra; Nora se sentó a horcajadas sobre su cara y Miranda sobre su pelvis. Él empezó a lamer el sexo lampiño de la rubia que adoraba mientras dejaba que Miranda lo cabalgara, metiéndoselo entera, cada vez más rápido, mientras las dos mujeres se besaban con desesperación encima de él.
Llegó otro clímax casi simultáneo, y Lázaro seguía duro como al principio. Cambiaron de posición para que las atendiera a las dos por igual, y de nuevo se corrieron mientras él aguantaba como si acabara de empezar. Recuperándose por enésima vez, Miranda se relamió.
—Joder, pues tenía razón la Brunet. Aguantas como un campeón. Ahora vamos a comprobar lo de la cantidad. Te vamos a hacer una mamada a dúo que no olvidarás.
Las dos se arrodillaron a ambos lados de su polla y se turnaron con una dedicación asombrosa. Lázaro les acariciaba la cabeza, casi sin aliento.
—Creo que siempre he estado enamorado de las dos —confesó—. Me gustaría casarme con vosotras, aunque tengamos que inventarnos cómo hacerlo legal…
—¡Cállate y concéntrate! —le interrumpió Miranda, antes de volver a su tarea.
Unos minutos después, cuando avisó de que estaba a punto, Nora empezó a acariciarle los testículos y Miranda redobló el esfuerzo. Él soltó tanto, durante tanto tiempo, que Miranda no pudo tragárselo todo y acabó con parte en la cara, en el pelo, en los pechos. Recogió con el dedo los chorreones y los chupó como un manjar, y Nora, curiosa, imitó el gesto.
—Pues no está nada mal —dijo Nora, saboreando—. Salado y fuerte. Creo que me puedo aficionar.
Entre las dos limpiaron el resto, pero el de los pechos lo recogió Nora directamente con la lengua, en lametones largos que hicieron gemir a Miranda y, de paso, resucitaron la polla de Lázaro. La morena no lo dudó: de un salto volvió a montarlo y a cabalgarlo como una desquiciada, mientras la rubia le comía los pezones.
Tras una galopada interminable, Miranda tuvo el orgasmo más fuerte de la noche y cayó desmadejada sobre la alfombra. Nora ocupó su lugar sin pensarlo, de espaldas a él, pellizcándose los pezones y aullando de placer. Cuando notó que el útero empezaba a recibir su calor, en lugar de apartarse se aferró a las pantorrillas de Lázaro para no separarse ni un milímetro, hasta dejarse caer de espaldas contra su pecho. Él la abrazó, con las manos sobre su vientre.
—Me parece que el consejo de tu madre se ha ido al garete —sonrió Miranda—. Como haya soltado la mitad de lo que nos hemos tragado, quedas preñada seguro.
—Pues en cuanto se recupere, te toca a ti —dijo Nora, todavía resoplando—. Quiero compartir el embarazo contigo, pasearnos las dos por este pueblo agarradas a los brazos de Lázaro, presumiendo de barriga. Que nadie vuelva a dudar de lo nuestro. A partir de hoy somos un matrimonio de tres, pese a quien le pese.
—Legalmente todavía no podemos casarnos los tres —razonó Miranda—. Pero sí podemos firmar un documento privado, reconocer que lo de uno es de los tres, y que cada hijo, aunque se inscriba a nombre de Lázaro y la madre, tenga a la otra como tutora. Me documenté hace tiempo, por si acaso.
—Pues entonces haz que resucite la escopeta y que te suelte a ti también un par de descargas —se rió Nora—. No sabes lo feliz que me has hecho al confesar que siempre quisiste que yo formara parte de tu vida con él. Os quiero, chicos. Vamos a ser mucho más que felices los tres.
—Por mí no te cortes, Miri —dijo Lázaro, animadísimo, ya recuperándose—. Me hace ilusión lo que ha dicho Nora: pasearme con cada una de un brazo, las dos con un bombo, y dentro de unos meses empujando dos cochecitos. Que el pueblo entero murmure todo lo que quiera. Nosotros sabremos lo que somos.