Lo que sentí al mirar a mi amiga en mi propia cama
La tormenta de aquel sábado no solo retrasó la llegada de Iván y Hugo. La reunión que tenían programada se canceló porque media ciudad quedó bajo el agua, así que pasaron el día encerrados resolviendo asuntos y recién por la tarde aparecieron por mi casa. Yo llevaba horas inquieta, mirando el cielo gris desde la ventana y calculando a qué hora podríamos por fin estar todos juntos.
Antes de que ellos llegaran se me ocurrió llamar a Pablo y pedirle que trajera a su hermana Lucía. De todas formas iba a faltar una chica si nos reuníamos como la noche anterior. También me aseguré de que viniera Renata, que había sido la primera en proponer que repitiéramos y, sobre todo, en sugerir que invitáramos a la hermana de Pablo.
Lucía llegó primero. Nos servimos algo de beber y enseguida nos soltamos a contarnos intimidades, como si nos conociéramos de toda la vida. Lo mejor fue cuando aparecieron Noelia y Renata: las tres congeniaron de inmediato. En cuanto entraron los hombres, las charlas privadas quedaron en pausa, y yo me quedé con la curiosidad clavada de saber qué quería hablar Renata a solas con Lucía.
En un momento de calma, Renata se me acercó y, casi en secreto, me dijo que Andrés y ella habían estado planeando algo.
—¿Crees que podríamos ir un fin de semana a la casita del lago? —preguntó, mordiéndose el labio—. Andrés me contó cómo es y me dieron muchas ganas.
—Claro que sí, son bienvenidos —le contesté—. Solo hay que avisarle a Bruno.
Me sonrió con una mezcla de vergüenza y picardía, y yo me reí por dentro. Imaginaba perfectamente el fondo de esa petición. Andrés debía haberla convencido con detalles de las otras veces, de lo que pasaba en esa casa cuando se apagaban las luces de cortesía y empezaba lo demás.
Me gustó que quisiera ir. Mi cabeza arrancó sola a hacer planes. En el fondo lo que yo esperaba era que se repitiera lo de siempre, pero esta vez con Renata y Bruno, y solo de imaginarla a ella montada sobre él se me erizaba la piel. Era una imagen que se me venía a la mente cada dos por tres, y cada vez me costaba más disimular.
—¿Más vino? —preguntó Noelia, ajena a mis pensamientos.
—No, estoy bien —mentí.
No estaba bien en absoluto.
La excitación que me provocó la propuesta de Renata terminó por distraerme de lo que yo había planeado para esa noche, que era el último día de Iván en la ciudad. Empecé un poco fría, medio aturdida, intentando adivinar qué se traían entre manos ella y Lucía mientras los hombres se acomodaban en la sala.
Pablo había pasado a recoger a Iván y a Hugo. Los tres entraron felices y nos besaron al saludarnos, todos menos Pablo, que a su hermana le soltó apenas un «¿qué onda?».
—¿Cómo que solo un «qué onda» y ni un beso para Lucía? —lo picó Renata.
—Nos entendemos así —contestó él, encogiéndose de hombros.
—Cuando me dijeron que eran hermanos, esperaba ver más cariño —insistió Renata.
—Nos llevamos bien y nos queremos —dijo Lucía—, solo que cada uno tiene lo suyo, y así lo mantenemos en su lugar.
—¿Y en la cama también? —preguntó Renata, sin filtro.
—Eso no se pregunta —intervine yo—, dales su intimidad.
—No importa, pueden preguntar —se rio Lucía—. Aunque lo neguemos, siempre va a haber sospechas.
La velada fue subiendo de temperatura con el correr de las horas. Sin pactarlo, cada una se fue acomodando con quien quiso, sin preferencias rígidas, salvo Renata, que tenía curiosidad por Iván. Quería comprobar de cerca esa particularidad suya, esa ligera curvatura que ella había convertido en obsesión.
***
Yo disfrutaba mirando a mis amigas. Lucía feliz con Hugo, los dos moviéndose con intensidad, hablándose al oído. Ella todavía con el sostén desabrochado de los tirantes pero enredado sobre esos pechos bonitos. Hugo y ella, junto a Pablo y a mí, nos quedamos sobre la alfombra, mientras Renata e Iván ocupaban mi cama.
Conociendo a Renata, supe enseguida que mi cama no le iba a alcanzar.
—¡Me encantas, sigue así! ¡Arriba, otra vez, arriba! —le decía, cabalgándolo sin descanso—. ¡Métemelo todo, sin miedo, que lo quiero sentir hasta el fondo!
Sus gritos contagiaron a Lucía, que enseguida empezó con los suyos, exigiéndole a Hugo más de lo que le daba.
—Lo haces rico, pero necesito más —le pedía, arqueándose—. ¡Qué hermosura, sigue, mi amor!
Creo que se vino antes de lo que esperaba, aunque Hugo todavía aguantaba. Lucía siempre fue de las lentas, de las que aprenden a dominar el ritmo y doblegar al hombre para que le dé lo que ella quiere, así que me sorprendió verla rendirse tan pronto.
Mientras tanto, Renata e Iván seguían dando guerra. Ella aún admiraba ese miembro como si fuera una rareza. Lo probaba con la boca, lo soltaba, volvía a intentar llevárselo lo más adentro que podía, una y otra vez, deteniéndose unos segundos para tomar aire y reanudando con terquedad. Yo la miraba y me moría de ganas de ir a ayudarla, porque sabía un truco para que entrara sin atragantarse, pero decidí guardármelo para otra ocasión. Estaba desperdiciando ese detalle, y a mí me daba algo entre risa y deseo.
Después de un buen rato cabalgándolo, Iván se vino y ella se dejó caer sobre su pecho, maravillada de lo aguantador que era. Aunque ya había terminado, seguía firme, y eso a Renata le pareció un milagro.
Se quedó abrazada a él, inmóvil, su cuerpo encima del de Iván. Siempre me pareció bonita, pero verla así, con la espalda lisa y las nalgas separadas, relajada y entregada, me revolvió por dentro. Tuve ganas de abalanzarme, de besarle los hombros, de acariciarle esos pechos aplastados contra el cuerpo de él.
¿Qué estoy imaginando?, pensé. Yo también estaba satisfecha, me habían atendido y muy bien. Pablo me conoce y sabe complacerme. Y sin embargo seguía encendida, deseando algo más. En secreto, deseaba a Renata.
***
No era la primera vez que ese pensamiento me visitaba. En un viaje que hicimos juntas, hacía un par de años, la vi disfrutar con otros y descubrí algo raro en mí: cada vez que ella estaba con alguno de nuestros amigos, yo lo sentía como si me lo hicieran a mí. Estaba con uno, pero si ella gozaba con otro, su placer se me volvía propio. Llegué a preguntarme si no habría en mí algo de una bisexualidad escondida que solo despertaba mirándola.
Y si era así, ¡qué bien! Porque yo gozaba de verdad con mis amigos, pero verla a ella siendo tomada era otra cosa, un placer aparte, una especie de locura tranquila. Un voyerismo que me pertenecía y que ella, además, parecía buscar. Cada vez que terminaba, venía a mí en busca de mi opinión. «¿Estuve bien? ¿Qué me faltó?» Y esperaba mi veredicto como si yo fuera su jueza secreta. Me encantaba esa complicidad. ¿Era mi amiga, o algo más?
Pablo me dio una cogida hermosa, pero tener a Renata y a Lucía a los costados multiplicó todo. Él me conoce bien y fue directo a lo que me enloquece: me tuvo un rato largo con las piernas sobre sus hombros, metiéndomela hasta el fondo, golpeándome por dentro suave, como me gusta. Después me puso boca abajo, con la cadera levantada, buscándome ese punto que me hace perder la cabeza, y ahí explotó dentro de mí justo cuando yo también me venía, en uno de esos orgasmos que se estiran y vuelven y vuelven. Qué linda noche.
***
Más tarde, ya más calmadas, Lucía y yo nos acurrucamos junto a Renata sobre las almohadas.
—¿Por qué querías conocer a Lucía? —le pregunté.
—Mira, como son hermanos, quería saber qué sienten —dijo Renata, mirando al techo—. Ya te conté que estoy aquí porque mi familia me mandó lejos para separarme de alguien que amaba demasiado. Pasaron más de tres años, conocí a muchos otros y viví ratos inolvidables, pero en el fondo esa persona sigue de algún modo a mi lado.
—¿Y hacías de todo con él? —preguntó Lucía, bajito.
—Sí y no. He hecho cosas después que nunca hice entonces.
—Con Pablo, lo que nuestra imaginación nos permitía y poco más —confesó Lucía, sonrojándose—. Hubo amiguitos en común con los que nos complementábamos, pero hasta ahí.
Renata le contó, entre risas, los viajes y los hombres que había conocido lejos, las historias que en su momento le parecieron imposibles y terminó viviendo. Lucía la escuchaba con los ojos muy abiertos, fascinada, preguntando detalles que Renata respondía con una franqueza que a mí me daba ternura y calor a la vez.
—Ya te llegará tu turno —le dije a Lucía—. Una no los busca, ellos la encuentran. Y mira que los que tenemos acá no se quedan atrás. Tu hermano, o Iván, o Hugo, los tres son de lo mejor.
Al oír su nombre, Iván se incorporó. Había estado fingiendo dormir, recostado sobre las piernas de Lucía, besándoselas y mordisqueándolas hacia el interior del muslo, cada vez más arriba, con una rudeza suave que a ella claramente le gustaba. Se dejaba hacer, entregada a ese trato medio salvaje.
Me incliné, alcancé ese miembro curvo y me lo llevé a la boca. Estaba adormecido, había que despertarlo, y eso era mi especialidad.
—¿Ven? Todavía tiene el saborcito que le dejó Renata —dije, riéndome—, pero está rico igual.
Lucía también se agachó, pidiéndome permiso para probar.
—Es verdad —confirmó entre risas—, todavía sabe a Renata.
—A ver, Renata, déjame comprobar —dije, y la senté con las piernas abiertas, echada hacia atrás, dándome paso libre. La saboreé despacio, hasta que las tres terminamos riéndonos a carcajadas de nuestra propia travesura.
Estábamos agotadas. Entre las tres preparamos algo de picar, abrimos unas cervezas, y a Iván, que no bebe, le serví su agua fresca. Hugo se había quedado dormido en un rincón, ajeno a todo, y nadie tuvo corazón para despertarlo todavía.
***
Después de los agradecimientos y las despedidas, Pablo y Lucía se fueron, y Renata se marchó con ellos. Quedamos solo Iván, yo y el bello durmiente, Hugo. Tendimos bien la cama, nos acurrucamos juntos e Iván y yo caímos rendidos. Ellos partían recién por la tarde, así que teníamos toda la mañana para nosotros.
Nos bañamos juntos y luego preparamos el desayuno. Lo disfrutamos despacio, recordando viejos tiempos. Él andaba solo en ropa interior, lo que me daba la excusa perfecta para manosearlo y admirarlo de nuevo.
—¿Te gustaría sentirlo dentro? —me preguntó, abrazándome desde atrás mientras yo atendía algo en la estufa, restregándose contra mí.
—Ya sabes que me encanta —contesté.
—¿Te acuerdas de aquella vez? —murmuró—. ¿De cómo te lo hice, de cómo terminamos?
—¿Crees que voy a olvidarme? Me agarraron de sorpresa, no me imaginaba lo que iban a hacerme.
—Yo tampoco lo tenía pensado. Fue verte ahí, de espaldas, y me ganaron las ganas. Nunca lo voy a olvidar.
—Anda, ya me voy y quiero recordar lo bien que se siente desde atrás —insistió, y yo solo le sonreí.
Terminé lo que tenía entre manos mientras él se adelantaba. Para cuando me di vuelta, mi ropa interior ya estaba en el suelo. Me inclinó más sobre el mueble, apretándome el vientre contra el borde, e intentó entrar sin aviso.
—Espera, me vas a lastimar, déjame buscar algo —alcancé a decir, pero no esperó. Se agachó y me lamió despacio, dejándome empapada, hasta que entró resbalando, con esa facilidad que siempre me arranca un placer enorme. Perdí la cuenta de las veces que me vine antes de que él terminara dentro de mí, recordándome una vez más que sigo siendo de las que no se conforman con un solo orgasmo.
Después me levantó, me sentó sobre la mesa boca arriba, me roció los pechos y el vientre con un hilo de miel y se dedicó a recorrerme entera con la lengua, sin prisa. Yo me desquité atendiéndolo a él, hasta que los dos quedamos otra vez sin aire.
Hugo, que es tímido, había despertado y nos miraba desde el sillón, sonriendo de a ratos sin animarse a más. Es bastante joven —pasa de los veinte, aunque su cara diga lo contrario— y prefería mirar. Y yo, que esa noche había aprendido lo mucho que me gusta mirar, entendí perfectamente lo que sentía.