Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi ex me propuso compartirnos con otra pareja

Dejar la facultad fue más confuso de lo que esperaba. No por las clases ni por los exámenes, sino por todo lo que vino después. De pronto tenía tiempo, silencio y esa sensación de flotar entre lo que había sido y lo que todavía no sabía ser. Durante semanas me dediqué a no pensar demasiado, a ver series hasta tarde y a postergar cualquier decisión.

Entre las cosas que había dejado atrás estaba Diego, mi exnovio, con quien había cortado hacía cuatro meses. Nos habíamos conocido en el campus, donde Camila, una amiga muy querida, prácticamente nos presentó y fue la gran responsable de que pasáramos diez meses juntos.

Nuestra relación terminó por falta de tiempo. Estudiábamos carreras distintas, y entre proyectos y entregas nunca encontrábamos esos momentos de calidad que una pareja necesita. Lo aceptamos con madurez y todo acabó en buenos términos, aunque nunca llegamos a separarnos del todo.

De vez en cuando, cuando los horarios cuadraban, nos juntábamos para desahogar las ganas. Sin compromiso, solo deseo para pasar el rato. Estaba claro que todavía había algo entre nosotros, aunque ya no lo llamábamos amor.

Una noche estaba en mi cuarto. Mis compañeras de piso habían salido de fiesta y me había quedado sola en el departamento. Aproveché para buscar algún empleo donde alguien con la carrera a medias pudiera entrar. Encontré una vacante en una oficina, un puesto nada glamoroso, pero suficiente para vivir.

Entonces sonó mi celular. Era Diego. Atendí esperando una nueva fecha para vernos, pero esta vez era distinto.

—¿Estás en tu casa? Necesito contarte algo, pero tiene que ser en persona.

Su voz tenía una mezcla de nervios y picardía que me dieron ganas de saber más. Le dije que viniera. Tardó media hora en llegar a mi puerta; lo invité a pasar y a sentarse en el salón.

—¿Qué ibas a decirme? —le pregunté.

—¿Te acordás de Tomás?

Tomás había sido un conocido casual del principio de mi relación con Diego. Era amable, pero nunca fuimos cercanos. Un día dejó la universidad y no supe más de él, hasta esa noche.

—Sí, lo recuerdo —respondí.

—Bueno, me lo crucé hace un rato en una fiesta. Parece que tiene novia y llevan unos meses juntos.

Me quedé en silencio, con una mueca y un gesto de la mano que lo invitaba a seguir.

—El asunto es que me invitaron a tomar algo y empezamos a hablar. Resulta que ella lo metió en el mundo swinger. Me contaron cómo empezaron, todo eso, hasta que me propusieron algo.

—¿Qué? —pregunté, un poco más ansiosa.

—Tomás creía que vos y yo seguíamos juntos, y nos ofreció un encuentro con ellos. No supe qué contestar, así que le dije que te preguntaría y después les avisaba. ¿Qué opinás? —dijo, con la voz tensa.

Sentí un hueco en el estómago, acompañado de un calor que me subía por el pecho. Mezcla de sorpresa, nervios y una pizca de curiosidad.

—¿Lo decís en serio? —pregunté, riendo para disimular.

Diego me respondió con seguridad, afirmando que no inventaba nada, y enseguida me explicó el resto. Reglas claras, respeto mutuo, preservativos, la posibilidad de frenar en el momento en que cualquiera quisiera.

Hablamos casi una hora. Le pregunté mil cosas: cómo sería, qué sentiría él al verme con otro, si aquello cambiaría algo entre nosotros. Fue honesto. Dijo que le atraía probar algo nuevo, pero que solo lo haría si yo estaba cómoda.

Me quedé callada, mirando al vacío, pensando en lo monótona que se había vuelto mi vida. La idea de romper la rutina, de explorar algo tan lejos de mi zona de confort, me encendió por dentro.

—Está bien. Por probar no perdemos nada —dije, con una voz más firme de lo que yo misma esperaba.

Diego sonrió, se acercó y me besó la mejilla. Me dijo que hablaría con Tomás y que me avisaría la fecha, y se fue de mi departamento.

Esa noche me costó dormir. Me cuestionaba lo rápido que había decidido. Tal vez fue la mezcla de aburrimiento, nostalgia y ganas de sentir algo distinto lo que me empujó. De todos modos, la decisión estaba tomada, y en el fondo lo deseaba.

A la mañana siguiente Diego volvió a escribirme con la fecha acordada y me preguntó si estaba libre. Le dije que sí. Pasaron los días y el momento llegó.

***

Me arreglé lo mejor que pude, con un vestido blanco y un maquillaje sencillo. Diego pasó a buscarme y fuimos al lugar pactado, un motel en pleno centro de la ciudad. Y ahí estábamos, en la entrada, esperando a nuestros acompañantes.

Poco después reconocí a Tomás a lo lejos, y a su lado una mujer de vestido negro, un poco más alta que él. Caminaban despacio hacia nosotros, sonrientes, con una naturalidad que me sorprendió teniendo en cuenta lo que íbamos a hacer.

Cuando llegaron hasta nosotros, ella fue la primera en romper el hielo.

—Buenas noches. Soy Renata, mucho gusto —dijo, extendiéndome la mano.

—Carla, un placer —respondí, sosteniéndola.

Una vez presentados decidimos entrar. Noté que Tomás y Renata tenían la mirada fija en mí. Ella era de esas mujeres que imponen presencia sin esforzarse; él tenía un semblante tranquilo, aunque percibí en sus ojos un toque de deseo.

Tomamos las llaves del cuarto y subimos al ascensor, que tenía un espejo enorme en una de sus paredes. Renata lo usó para sacarnos una foto a los cuatro, según ella para el recuerdo.

Llegamos a nuestro piso y recorrimos el pasillo hasta el cuarto. Era un espacio amplio, con un pequeño living y una cama matrimonial flanqueada por dos lámparas. Sobre una mesa nos esperaba una hielera con una botella de vino y cuatro copas.

Dejamos los abrigos en el perchero y nos sentamos en el sofá a tomar algo para soltarnos. Renata y yo quedamos frente a frente, cada una con su hombre a la espalda. Servimos las copas y empezamos a conocernos.

El comienzo fue torpe, como todo lo que arranca con expectativas. Había nervios, risas casuales, miradas que se alargaban más de lo necesario. Diego intentaba parecer relajado, pero la forma en que me tomaba la mano lo delataba.

Renata se mostró comprensiva. Habló de lo raro que se siente la primera vez, pero que si nos dejábamos llevar lo íbamos a disfrutar. Nos contaron un poco de su debut como pareja, de cómo Tomás también estaba nervioso al principio, y de cómo gracias a la experiencia de ella todo había salido bien, hasta el punto de apasionarse por ese ambiente.

El clima empezó a caldearse de a poco. Sentí cómo Renata acariciaba apenas una de mis piernas, y a su vez Tomás me buscaba con la mirada, una mirada cargada de expectativa que nunca le había visto.

El vino hizo su trabajo. Las risas dejaron de ser forzadas, y el roce de la mano de Renata en mi muslo se convirtió en una caricia lenta, que subía y bajaba como si me midiera el pulso.

Se inclinó hacia mí. Sentí su aliento tibio contra la piel. Llegó hasta mi oído y susurró:

—¿Puedo besarte?

No le respondí con palabras, solo con un pequeño gesto de cabeza. Sus labios rozaron los míos; eran suaves, con sabor a vino y a algo más prohibido. Su lengua se abrió paso, y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.

Un jadeo se me escapó entre dientes. Tomás nos observaba con la respiración contenida. Deslizó la mano por la pierna de Renata hasta llegar a la mía, y empezó a jugar con el dobladillo de mi vestido, claramente buscando subir más.

Me separé un segundo, solo para mirar a Diego en busca de aprobación. Él asintió, mientras acariciaba por encima del pantalón una erección que empezaba a crecer. Al verlo, Renata le hizo una seña con el dedo, pidiéndole que se acercara.

Diego se levantó y caminó hasta colocarse detrás de Renata, intercambiando su lugar con Tomás. Le besó el cuello mientras ella seguía devorándome la boca. Sus manos bajaron los tirantes de mi vestido, primero uno, después el otro, y la tela cayó como una cortina, dejando mi corpiño al aire.

Tomás, todavía de pie a mi lado, se quitó la camisa con un movimiento fluido. Su torso estaba muy marcado, y cuando se acercó, su olor —una mezcla de colonia y alcohol— me invadió y me volvió un poco más dócil.

—Tranquila —murmuró, antes de besarme.

No fue un beso común. Fue más brusco, más hambriento. Su lengua me reclamaba; sus manos apretaban mis pechos por encima de la tela, y los pulgares rozaban mis pezones hasta endurecerlos.

Frente a mí, Diego ya le había desabrochado el corpiño a Renata y la acariciaba por encima del vestido. La oí gemir cuando la tomó del cuello para besarla.

Nos movimos hacia la cama como si un imán nos arrastrara. Tomás me empujó con suavidad sobre el colchón, se arrodilló entre mis piernas y las separó con manos firmes.

—Quiero probarte —dijo.

Su lengua fue directa, sin preámbulos. Una lamida larga desde la entrada hasta el clítoris, que succionó con una presión perfecta. No pude evitar arquearme; mis uñas se clavaron en las sábanas.

Renata se sentó a mi lado y se quitó el vestido de un solo movimiento. Debajo llevaba lencería negra, con transparencias que no ocultaban nada. Diego se lanzó sobre ella, besándola mientras Tomás seguía atendiendo mi centro, y enseguida terminó de desnudarse.

La erección de Tomás era gruesa. La acercó a mi boca para que la saboreara, y eso hice, mientras dos de sus dedos se deslizaban dentro de mí y daban con ese punto que me hacía gemir todavía más.

De reojo vi cómo Diego se quitaba los boxers. Estaba muy duro. Se sentó sobre el pecho de Renata y ella se lo llevó a la boca, lamiéndolo desde la base hasta la punta. Diego cerró los ojos y soltó un gruñido, dejándose llevar.

Tomás se apartó un momento para buscar algo en sus pantalones, tirados en el suelo. Sacó una pequeña caja metálica que, al abrirla, dejó ver varios preservativos. Tomó uno y arrojó la caja entre Renata y yo.

Abrió el envoltorio y se colocó el condón en la punta. Tomó mi mano y se ayudó con ella para desenrollarlo a lo largo. Diego salió de la boca de Renata, le bajó las bragas con fuerza, agarró otro y se lo puso con los dedos temblorosos.

Renata abrió las piernas, ofreciéndose, y Diego entró en ella de una sola embestida. Soltó un grito que llenó la habitación. Él se movía con violencia, como si descargara todo el juego previo que habían tenido.

Tomás me tomó de la cintura y me puso en cuatro. Sentí su glande rozar mi entrada antes de empujar. No quería pensarlo demasiado, pero la idea de que era más grande que Diego me cruzó la mente.

Entró despacio, centímetro a centímetro. Sentía cómo me estiraba cada vez más, hasta que sus caderas chocaron contra mi piel.

—Qué apretada estás —dijo entre gruñidos.

Empezó a moverse, lento al principio, después más rápido. Cada embestida me empujaba contra la cama, y desde ahí pude cruzar miradas con Renata, que solo me ofreció una sonrisa llena de placer.

El sonido que llenaba el cuarto era morboso. Piel contra piel, jadeos, el chapoteo húmedo de los cuerpos. Tomás aceleró, apoyó un pie en la cama y llegó cada vez más profundo.

Después se acercó a mi oído, dejando caer su peso sobre mí mientras seguía moviéndose.

—¿Te gusta así? —susurró.

No pude contestar. Como pude, asentí con la cabeza, mientras los gemidos me controlaban la voz. Tomás se irguió un poco, me desabrochó el corpiño, me dio vuelta y lo lanzó por la habitación.

Me abrió las piernas y se acomodó entre ellas para seguir penetrándome con fuerza, con las manos apretando mis pechos para apoyarse. Nunca me lo habían hecho con esa intensidad, y sentía cómo, de a poco, mi orgasmo se iba construyendo.

Diego, fascinado con la escena, salió de Renata y se acercó a mí hasta acercar su miembro a mi boca. Me giré, le quité el condón y lo recibí. Una mezcla de sabores con una pizca de deseo me invadió mientras se deslizaba hacia mi garganta.

Tomás aceleraba, ahora con las manos en mis caderas, embistiendo desesperado, como si quisiera llenarme entera. Renata se colocó encima de mí. Su lengua lamía mi clítoris mientras yo lamía el suyo, saboreando su propia humedad.

Los cuatro nos movíamos a un ritmo frenético. Diego en mi boca, Tomás dentro de mí, Renata sobre mi cara y yo entregada a ella. Los gemidos se volvieron gritos, los cuerpos sudorosos se hicieron cada vez más resbaladizos.

—Voy a terminar —dijo Diego, con la voz quebrada.

—Yo también —respondió Tomás, embistiéndome más fuerte.

Tomás salió de mí y Renata se recostó a mi lado, le quitó el condón a su hombre y abrió la boca para recibirlo. Mientras tanto, seguíamos estimulándonos con las manos.

El orgasmo nos golpeó casi a la vez. Sentí a Diego palpitar en mi boca, caliente y salado. Tomás se hundió en la boca de Renata y la llenó. Ella tembló con violencia, presionando mi clítoris con la mano mientras su propio clímax la atravesaba. Y yo me deshice. El placer fue tan intenso que vi un blanco cegador, y mi cuerpo se llenó de espasmos.

Nos derrumbamos en la cama, un nudo de brazos, piernas y respiraciones agitadas. El aire olía a sudor, a sexo, a algo que ya no volvería a ser igual.

Renata fue la primera en reír, un sonido bajo, de pura satisfacción. Diego, a mi lado, me abrazó, con su aliento tibio en mi cuello.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí, todavía temblando. Eché un vistazo a la habitación y vi mi corpiño enganchado en una de las lámparas, lo que me robó una sonrisa.

Después hubo silencio. No incómodo, sino ese silencio que llega cuando las palabras sobran. Nos quedamos un rato en la habitación sin decir demasiado. Renata fumaba junto a la ventana, Diego me miraba desde la cama y Tomás se servía vino con calma, como si el momento no necesitara explicación.

El tiempo se nos terminaba. Nos vestimos y salimos, no sin antes intercambiar unas palabras de agradecimiento con Tomás y Renata, que fueron mutuas, junto a una invitación para repetir cuando quisiéramos.

Al salir, el aire de la noche me pareció distinto. No sentí culpa ni euforia, solo una extraña claridad. Pensé en lo lejos que estaba de la persona que había sido unos meses antes, esa que corría entre clases, trabajos y entregas. Tal vez dejar la facultad no fue rendirme, sino abrir un espacio para conocer otras versiones de mí, incluso las que nunca imaginé explorar.

Diego me llevó a casa. En el camino hablamos poco, pero bastó una sonrisa suya para entender que aquello quedaría entre nosotros. No era amor, ni siquiera nostalgia. Era otra cosa.

Esa noche dormí sin pensar demasiado, sabiendo que algo había cambiado, aunque todavía no supiera ponerle nombre.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (7)

TresEnRaya

tremendo relato, quede sin palabras jaja

Caro_Impulso

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace unos años, aunque no llego a tanto. Muy bien contado, se siente autentico

DiegoCordobes

Por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues con esa pareja

PatriciaOK

Que bien narrado, se nota que sabes escribir. Sigue subiendo relatos por favor!

NachoBaires

una botella de vino y ninguna regla... mejor introduccion imposible jaja

Felix2890

Me gusto mucho como describe los sentimientos al principio, la duda, el aburrimiento convertido en algo mas. Eso hace que el relato se sienta real y no forzado

Romi_Noc

Y siguieron viendo a esa pareja despues?? tengo demasiada curiosidad jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.