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Relatos Ardientes

El secreto que mi amiga nunca supo de aquella noche

Mi mejor amiga todavía no tiene idea de en qué se metió aquella noche. Pasó hace ya un par de años, pero hay madrugadas en las que la escena me vuelve a la cabeza sin avisar, y todavía me cuesta creer cómo terminó todo. A veces me río sola.

Marisol y yo nos conocíamos desde la universidad. Las dos rondábamos los treinta y tantos, las dos recién separadas, y las dos con esas ganas de comernos el mundo que solo aparecen cuando uno por fin se quita un peso de encima. Salíamos casi todos los fines de semana, y casi siempre terminábamos donde no debíamos.

Esa noche habíamos arrancado en un bar del centro, de esos con luz roja y música demasiado alta para conversar sin acercarse al oído. Entre tragos, dos tipos se sentaron en nuestra mesa sin pedir permiso. Bruno, el de la barba descuidada y la sonrisa que ya venía convencida de que iba a llevarse algo esa noche. E Iván, más callado, el que hablaba poco y miraba mucho, de esos que parecen tímidos hasta que dejan de serlo. Nos pagaron una ronda, después otra, y entre risa y risa la frontera de lo prudente se fue corriendo sola. Para cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos los cuatro subiendo las escaleras hacia el departamento que ellos compartían, las dos demasiado borrachas para fingir que no sabíamos cómo iba a terminar.

Marisol y yo nos parecemos bastante, y esa noche lo habíamos exagerado a propósito. Las dos de curvas anchas, caderas generosas, pecho que no entra en ningún sostén discreto. Las dos con esas faldas cortas que obligan a medir cada vez que una se sienta, y escotes que decían más de lo que ninguna pensaba admitir en voz alta. Nos vestíamos para que nos miraran, y nos miraban.

El departamento olía a cerveza tibia y a algo dulzón quemándose en un cenicero. Yo ya venía floja por los tragos del bar, con la piel encendida y esa impaciencia caliente que solo entiende quien ha bebido lo justo. Iván encendió un cigarro de hierba y lo hizo circular sin decir palabra. Abrimos unas cervezas frías, y bastaron un par de rondas para que las manos empezaran a buscar muslos y las miradas dejaran de disimular.

Marisol se levantó primero. Le tendió la mano a Iván con una risa que conocía de memoria, esa que usaba cuando ya había decidido algo, y los dos desaparecieron por el pasillo hacia uno de los dormitorios. La puerta se cerró. Su risa siguió escuchándose un rato más, amortiguada, hasta que dejó de importarme.

Me quedé sola con Bruno en el sofá hundido, con el cojín a medio reventar clavándoseme en la espalda. Él no perdió el tiempo: me puso una mano en la rodilla y la subió despacio, milímetro a milímetro, midiendo si lo iba a frenar en algún punto del camino. No lo frené en ninguno. Me incliné y lo besé yo primero, un beso torpe con sabor a cerveza y a humo, su lengua brusca buscando la mía mientras sus dedos ya se colaban bajo la falda y encontraban lo mojada que estaba. Soltó una risa baja contra mi boca al darse cuenta, como si acabara de ganar una apuesta que nunca llegó a hacer en voz alta.

—¿Esto querías? —murmuró contra mi cuello, con el aliento caliente.

—Cállate y sigue —le contesté, abriendo las piernas sin pudor.

Apartó la tela de un tirón impaciente y se bajó los pantalones lo justo. No hubo preámbulos elegantes. Me agarró de las caderas, me acomodó debajo de él y entró de una sola embestida que me arrancó un jadeo desde el fondo del pecho. El sofá crujió. Sus manos subieron a mi blusa, la levantaron de un manotazo y me dejaron al descubierto, y se prendió de un pezón con la boca, succionando con una fuerza que rozaba el dolor.

—Más despacio, animal —me quejé, con la voz pastosa por el alcohol.

No me hizo caso. Cambió al otro pecho, mordisqueando como si me estuviera reclamando, mientras sus caderas marcaban un ritmo cada vez más hondo. La hierba me tenía cada terminación de la piel encendida, y sentí el orgasmo venir antes de poder pensarlo. Llegó como una ola que me dejó temblando, agarrada a sus hombros, jadeando contra su oreja.

Él ni se inmutó. Me dio la vuelta, me puso de rodillas sobre los cojines con el trasero hacia arriba, y volvió a entrar por detrás. El segundo orgasmo me alcanzó más rápido que el primero, mi cuerpo entero sacudiéndose mientras él me sostenía de la cintura para que no me escapara.

—Eres un desastre —se rió, dándome una palmada que me dejó la piel ardiendo.

La droga me había vuelto descarada, y descarada quería más. Miré por encima del hombro, clavándole los ojos.

—Por atrás —le dije—. Y no te midas.

Bruno hizo una pausa, sonriendo de medio lado, antes de prepararse con saliva y empujar despacio contra el otro agujero. Entró con una presión que me cortó la respiración, ese ardor que al principio es solo dolor y después se transforma en otra cosa. Grité contra el cojín, apretando los dientes, sintiéndolo abrirse paso centímetro a centímetro hasta que sus caderas chocaron contra mí.

—Aguántalo —gruñó, sosteniéndome firme, usándome a su antojo con cada embestida.

Empujé hacia atrás, pidiendo más, la marihuana amplificando cada sensación hasta volverla insoportablemente buena. No duró demasiado. Él tembló, se hundió hasta el fondo y terminó adentro con un gemido ronco, quedándose quieto, agarrado a mí, jadeando como si hubiera corrido kilómetros.

Cuando se retiró por fin, los dos nos desplomamos sobre el sofá hecho un revoltijo. Encendimos cigarrillos como si nada, recuperando el aire entre el humo, riéndonos de tonterías. Él no se molestó en limpiarse, y yo, todavía flotando, tampoco le presté atención a ese detalle. Ese descuido fue lo que lo cambió todo más tarde, aunque entonces ninguno de los dos lo sabía.

***

La puerta del pasillo se abrió y Marisol e Iván salieron tambaleándose, sonrojados y a medio vestir, con esa cara de quien acaba de pasarla muy bien. Los chicos se miraron y empezaron a bromear sobre cambiar de pareja, midiéndonos con los ojos como si la noche apenas estuviera empezando.

Me encogí de hombros, todavía caliente, con el cuerpo entero zumbando.

—Por mí, que siga la fiesta —dije sin pensarlo dos veces.

Iván no esperó una segunda invitación. Me empujó de espaldas contra el sofá y se hundió en mí con una urgencia que no encajaba con lo callado que había estado toda la noche. Era brusco, rápido, llenándome mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas.

—Estás empapada —murmuró contra mi oído, sorprendido, con toda su calma de fumado evaporada en el calor del momento.

Fue entonces cuando giré la cabeza y la vi a ella.

Marisol estaba arrodillada en la esquina de la sala, sobre la alfombra, con el cuerpo arqueado y el pecho colgando, completamente entregada. Frente a ella estaba Bruno, el mismo que un rato antes había estado dentro de mí por todas partes. Y ella lo recibía en la boca sin preguntar nada, sin dudar un segundo, tragándoselo entero mientras él la sostenía del cabello.

Se me cortó la respiración, pero no por Iván. Por lo que sabía y ella no.

Bruno no se había limpiado. Y Marisol, ajena a todo, lo lamía de punta a punta con una avidez que en otras circunstancias me habría parecido hermosa. Limpiaba con la lengua lo que yo le había dejado encima, saboreando un secreto que jamás iba a poder adivinar, mientras él arqueaba las caderas y le pedía que no se detuviera.

—Hasta dejarlo limpio —le ordenó Bruno, con una sonrisa que solo yo entendí.

Tuve que morderme el labio para no soltar una carcajada. El corazón me latía a mil, mitad por las embestidas de Iván, mitad por la escena más sucia y prohibida que había presenciado en mi vida. Marisol tuvo una arcada, se le humedecieron los ojos, pero siguió, volviendo una y otra vez como si nada en el mundo pudiera detenerla.

—Mira cómo se entrega tu amiga —me susurró Iván, embistiendo más hondo al notar a dónde miraba.

—Ya lo veo —respondí, sin aliento, sintiendo el cuerpo trepar otra vez al borde.

Por un instante los ojos de Marisol se encontraron con los míos. Traviesos, encendidos, cómplices de una travesura que ella creía compartir conmigo, sin saber que la verdadera complicidad era otra y solo me pertenecía a mí. Me sonrió con la boca todavía ocupada, y yo le devolví la sonrisa, conteniendo todo lo que no podía decirle.

Volvió a inclinarse, lamiendo con ganas, mientras mi propio cuerpo se sacudía con un orgasmo que me dejó vacía y temblando contra Iván. Cerré los ojos y me dejé ir, riéndome por dentro de lo absurdo y lo enfermo de aquella noche, de lo lejos que habíamos llegado las dos sin medirlo.

***

Marisol nunca volvió a mencionar aquella madrugada en detalle, y yo tampoco. A veces, cuando nos juntamos a tomar un café y la conversación deriva hacia las locuras de cuando éramos más jóvenes, alguna de las dos suelta una risa nerviosa y cambia de tema enseguida.

Ella se ríe de lo desinhibidas que fuimos, de los dos desconocidos, del intercambio, de lo poco que nos importó al día siguiente. Y yo me río con ella, asintiendo, dándole la razón en todo.

Pero hay una parte de esa noche que solo conozco yo. Un secreto pequeño, sucio y mío, que se quedó en esa sala oscura y que ella probó sin enterarse jamás. Y mientras Marisol siga sin saberlo, esa risa cómplice que compartimos seguirá significando dos cosas distintas: una para ella, y otra, muy diferente, para mí.

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Comentarios (6)

DiegoCba91

que relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sin duda

MilaVelarde

Por favor una segunda parte!! me quede con tantas ganas de saber como termina todo

NikoBaires

Dios mio que final tan inesperado. te deja helado y con el corazon a mil al mismo tiempo

CaroDSur

jajaja el giro del final me mato, no me esperaba eso para nada jeje

pablito_99

Me tiene sin palabras. Hay un morbo muy bien manejado, nada burdo, que lo hace diferente. Esa tension de saber algo que el otro no sabe... magistral. Espero que sigas escribiendo.

ElenaVR

increible!! me engancho desde el primer parrafo y no pude parar

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