Mi mejor amigo me pidió que sedujera a su mujer
Carla estaba en la cocina batiendo huevos para una tortilla de patatas para los tres. Rubén, su marido y mi mejor amigo desde la universidad, se duchaba al fondo del pasillo. Vi la oportunidad y, pese a las dudas que me carcomían, decidí lanzarme. Me acerqué por detrás, sin hacer ruido, mientras ella vigilaba que la tortilla no se le pegara a la sartén.
A medio metro de distancia me llegó su perfume mezclado con un rastro de sudor. Fue el detonante, el empujón que me faltaba. No estaba seguro de nada, pero ya no había vuelta atrás.
Di un paso y posé las dos manos sobre sus caderas, deslizándolas hacia abajo. El miedo, la incertidumbre y el morbo se mezclaron en una descarga brutal que me recorrió entero.
—¡¿Qué haces, Daniel?! —se sobresaltó Carla al girar la cabeza y ver que era yo y no Rubén.
—Perdón, estabas tan a mano que no he podido evitarlo —dije, retirándolas y retrocediendo un paso.
—¿Estás loco? ¿Qué cojones te pasa por la cabeza? —soltó la sartén y se giró, plantándome la mano en el pecho para apartarme.
—Perdón. Pensaba que… —me di cuenta de hasta qué punto la había cagado.
—¿Pensabas qué? —rugió—. ¿Que era tu culo? ¿Así pagas la hospitalidad de tu amigo? ¡Cerdo!
—Yo… ¿Rubén no te dijo…? —no supe seguir.
—¿Que me dijo qué? ¿Qué dijo Rubén? —puso cara de absoluta extrañeza.
—Verás. Me contó que hacía tiempo que no teníais relaciones y que él estaba preocupado, que pensaba que era culpa suya, que algo no funcionaba.
—¿Te dijo eso? —preguntó fuera de sí.
—Eso, que no sabía si ya no le atraías o si te aburrías con él. Y pensó que, haciendo algo distinto, fuera de lo normal, tal vez… —expliqué.
—Ya. Vale. Ya sé por dónde vas.
Salió de la cocina sin apagar siquiera el fuego y se fue derecha al baño. Yo me quedé escuchando los gritos que estallaron segundos después. La bronca era tremenda, y me sentí culpable. Me había equivocado de cabo a rabo.
Unas semanas atrás, Rubén me había confesado que el sexo con Carla había bajado y que sospechaba que era por la monotonía. La había oído hablar por teléfono con una amiga sobre el mundo liberal, sobre tríos, sobre intercambios de pareja, sobre un local al que esa amiga iba de vez en cuando. Intuyó, por lo que pescó de la conversación, que a Carla la idea le rondaba la cabeza. Por eso acudió a mí, su amigo de confianza, para pedirme ayuda.
Mi papel, en teoría, era aprovechar una de esas cenas en su casa para seducirla, montar lo que él llamaba «un aquí te pillo aquí te mato» prohibido y morboso. Accedí con reservas, porque no lo veía claro, pero Carla siempre me había puesto demasiado, y di por hecho que algo habrían hablado entre ellos. Que Rubén se fuera convenientemente a la ducha lo interpreté como la señal definitiva. Menuda metedura de pata.
***
Los gritos cesaron tras la puerta cerrada del baño. A los diez minutos, durante los cuales terminé la cena y puse la mesa, Carla salió y vino al salón mucho más serena.
—Perdona, Daniel. Aclarado el asunto. Te he culpado por algo de lo que tienes media culpa —dijo.
—No, yo no tenía que haberte tocado. No está bien. No sé en qué pensaba —me disculpé, avergonzado por haberme dejado engatusar.
Nos quedamos de pie, mirándonos en silencio.
—He terminado la cena y la he llevado a la mesa, pero creo que mejor me voy a casa —dije, incómodo.
—Ni hablar. Tiene buena pinta esa tortilla, quédate a probarla. No pasa nada, de verdad. Es normal que reaccionaras así. La culpa es del gilipollas de tu amigo —y sonrió.
—Ya, bueno. Con no hacerle caso habría bastado.
—Da igual. Algo te has llevado, ¿no? —sonrió un poco más.
—Sí, eso sí. Pero no ha compensado.
—¿Ah, no? —pareció picarse.
—Pues no. No quería que te sentara mal, ni dar pie a que discutierais —dije con sinceridad.
—¿Y a qué querías dar pie? —preguntó, curiosa.
—La verdad, no lo sé. No sé en qué estaba pensando —admití.
—Pues mira, o pasaba lo que ha pasado, o follábamos —dijo, serena y fría—. ¿No?
—Pues… sí, la verdad —era estúpido intentar mentir.
—O sea, que pretendías follarme —dijo con el semblante serio.
—En realidad no creía que pudiera salir bien. A quién voy a engañar.
—Pero lo has intentado.
—Está claro que sí.
—Sabías muy bien a qué querías dar pie, entonces —siguió, inquisitiva—. ¿Por qué querías follarme? O que yo te follara, vaya.
—Creo que es bastante obvio, sí.
—Ya… Bueno, pues ya ves. Tu amigo es gilipollas y tú también, por dejarte llevar por sus ideas —sonrió de nuevo—. Anda, siéntate. Ese sale ahora; voy a por vino para pasar el mal trago, y por la tortilla.
Carla volvía a la cocina justo cuando Rubén aparecía por el pasillo. Al cruzarse, apenas se miraron.
—Joder, Rubén, pensaba que lo tenías hablado. Vaya marrón, me largo —le dije por lo bajo.
—Perdón, tío. Pero coño, lo comentamos por encima. ¿Adónde vas lanzándote así? —protestó.
—¡Qué sé yo! Tú te metes en la ducha, me vinieron tus palabras a la cabeza y… eso.
—Claro, a intentar follarte a mi mujer —dijo medio riéndose.
—Eh, que fue idea tuya, cabrón. No me vayas a echar a mí la culpa ahora —me indigné.
—Yo no te he obligado a nada. Y solo fue una conversación.
—Ya, pero me animaste a que…
En ese momento entró Carla y me callé a tiempo.
—¿Te animó a qué? —me preguntó a mí, pero con la mirada clavada en él.
—Nada. Mejor me voy —dirigí mis pasos hacia la salida.
—Tú te quedas. La cena está servida, la has terminado tú, lo menos es probarla. Y el vino ya está abierto. Siéntate —zanjó con dureza.
No quise forzar la situación y me senté.
***
Para mi sorpresa, la cena fue bien. Se eludió por completo el tema de mi asalto y de la idea maquiavélica de Rubén. Hablamos de lo de siempre: el trabajo, el día a día, los viajes que planeábamos para el verano. La tortilla estaba riquísima, gracias a Carla, que poco había podido ayudar yo. Nos ventilamos una botella de vino y abrimos la segunda. Tomamos café y Rubén me ofreció una copa. Como todo parecía tranquilo, la acepté.
Pasamos al salón. Rubén preparó un gin-tonic flojo para Carla, un vaso con cuatro hielos y un dedo de whisky para mí, y su habitual ron con cola. Encendimos la tele de fondo y seguimos barajando destinos para el verano.
Yo me decantaba por una playa larga y tranquila, sin masificación, sin moverme mucho. Rubén prefería una ciudad grande, que en verano se vacía y resulta fácil recorrer. Carla se inclinaba por mi idea.
—Pues igual deberías irte con Daniel —dijo Rubén, en broma.
—Me lo estoy planteando. Y no hablo solo de viajes. Ya que a ti te parece bien… —atacó Carla de repente, pillándonos a los dos por sorpresa.
Se me atragantó el trago que estaba dando.
—Chico, no te mueras ahora, que igual consigues lo que buscabas —me pinchó ella.
Cuando logré devolver el líquido a su sitio, ya era capaz de responder.
—Que yo no buscaba nada —fue lo más útil que se me ocurrió.
—Me quedó muy claro antes, con tu teoría de «dar pie», ¿recuerdas? —me miraba fijo, con una sonrisa maliciosa.
—Eso me lo he perdido —intervino Rubén.
—Sí, tú te has perdido muchas cosas. Entre otras, el sentido común —ahora arremetió contra él.
—Carla, cariño, que ya te lo he explicado. Yo pensaba que…
—Tú pensabas. Ese es el problema, que no piensas. Y cuando lo haces, lo haces mal —remató el gin-tonic de un trago—. Anda, tráenos otra ronda.
Rubén obedeció y trajo lo mismo, algo más suave, porque se notaba que el ambiente se caldeaba. La conversación volvió a su cauce y cesaron las hostilidades. Pero a mí el vino y el whisky me empezaban a hervir en la sangre. El recuerdo de mis manos sobre el cuerpo de aquella mujer —amiga mía, esposa de mi mejor amigo, pero mujer al fin y al cabo— me volvía una y otra vez a la cabeza, mezclando vergüenza y excitación a partes iguales.
Terminó el programa y, en la tele, anunciaron un documental sobre la vida swinger, el mundo liberal y las nuevas formas de entender las relaciones.
—Daniel, tienes el mando ahí. Pásamelo para cambiar, o apaga directamente —dijo Rubén.
—¿Cómo que apaga? ¿Y si los demás queremos verlo? —se adelantó Carla.
—Lo que digáis, estáis en vuestra casa —me mantuve neutral y dejé el mando a medio camino entre los dos.
—Lo dejamos —dijo Carla estirándose a por él—. Seguro que es interesante. Y, total, a vosotros parece que el tema os va, ¿no?
—¿Otra vez, cariño? Por favor —quiso poner paz Rubén.
—¿Qué? Es verdad. Tú lo propones, así que algo te tirará. Y el otro directamente se puso manos a la obra, nunca mejor dicho. Igual aprendéis algo —soltó, desinhibida por el alcohol acumulado.
—Por mí lo dejamos. Tengo curiosidad, la verdad —admití.
—No, si tú lo tienes clarísimo —sonrió ella.
El documental hizo un recorrido histórico y llegó a la actualidad: la variedad y la libertad, según los expertos entrevistados, habían disparado la plenitud sexual y mejorado la complicidad dentro de muchas parejas.
—¿Ves? Si al final voy a tener razón —soltó Rubén, intuyo que sin pensar.
Carla se lo quedó mirando con una expresión indescifrable.
—¿Sabes? Puede que la tengas. Reconozco que, cuando tu amigo me ha puesto las manazas encima, he sentido un hormigueo que hacía tiempo que no sentía —se sinceró de golpe.
—Pues mira, me alegro —respondió Rubén con una calma sorprendente.
—Yo también, supongo —admití.
—Hombre, tú más, eso está claro —se mofó él.
—Sí, no te imaginas cuánto le alegro —dijo Carla a su marido—. A tu amigo se le ha animado la entrepierna al tocarme, ¿verdad, Daniel? Me ha costado hasta enfadarme cuando, al girarme, he visto semejante bulto.
—Joder, si te digo la verdad, ni me he dado cuenta —me defendí.
—Te lo juro, excitarme me ha excitado, eso es cierto. Pero como te volviste de repente y enfadada, no fui consciente de que estuviese… —dejé la frase en el aire.
—Empalmado. Dilo, Daniel, dilo: empalmado, y mucho —dijo sin tapujos Carla—. De hecho, si hubiera sabido que era idea del bobo de mi marido, igual hasta aprovecho la ocasión.
—Sí, claro, cariño —se burló Rubén—. Claro.
—Eres muy idiota y muy listo a la vez, cariño —respondió ella, masticando aquel «cariño».
Carla cogió la copa con parsimonia, dio un trago largo y pareció perderse en sus pensamientos.
—La verdad, me da rabia quedarme con las ganas. Ahora que sé que a ti no te importa, que incluso lo querías, me jode haber perdido la oportunidad de probar —dijo, desatada.
—Oye, pues por mí no te cortes. Ahí lo tienes —soltó Rubén, como quien ofrece una cerveza de la nevera.
—Bueno, algo tendré que opinar yo, ¿no? —dije, porque debía, aunque ni yo mismo me lo creí.
—Seguro que serías capaz de sacrificarte por tu amigo —lanzó Carla, clavándome sus ojos verdes—. O igual soy yo quien te quita las dudas.
***
—Vaya, los señores igual prefieren que me marche y los deje a solas —bromeó Rubén, no sé muy bien con qué intención.
La broma le salió regular.
—No hace falta. Ya nos vamos nosotros —cortó Carla—. Tú quédate aquí, con tu móvil y tus tonterías. Si te necesitamos, ya te aviso.
Rubén no dijo nada. Se quedó mirando a su mujer, consciente de que hablaba en serio. Carla se puso de pie frente a mí y me tendió la mano.
—Vamos, Daniel. A ver qué más sabes hacer con esas manos.
Busqué a Rubén con la mirada. Ya me observaba. No dijo palabra; solo hizo un gesto que entendí como una invitación a seguirla. Cogí la mano de Carla y me dejé guiar.
Me llevó hasta el dormitorio. Al entrar, cerró la puerta y echó el pestillo.
—Así estaremos más tranquilos —dijo, acercándose de frente—. ¿Y bien? Cuando me atascaste en la cocina, ¿cuál era el plan?
—No sé. Tocarte y que todo fluyera, supongo.
—Pues ha fluido. ¿Ahora qué? —preguntó.
—La verdad, no lo sé —dije, plantado frente a ella como congelado.
—¡Hombres! Siempre tengo que hacerlo yo todo —suspiró, cogiéndome las manos y llevándoselas de nuevo a las caderas—. Lo habíamos dejado aquí. ¿Ahora qué?
No respondí. Me quedé petrificado, y sin embargo mi cuerpo no lo estaba: la tenía dura como una piedra, y esta vez sí la sentí erguirse al instante, con un vigor que no me conocía.
—Vaya, otra vez. No me dirás que ahora tampoco eres consciente —dijo, mirando hacia abajo, clavando los ojos en mi entrepierna—. Esta parte de ti es más lanzada que tú.
No reconocía a aquella Carla. Su seguridad, su control de la situación, sumados a sus caderas y a la firmeza de su cuerpo, me excitaban y me aturdían al mismo tiempo. Por fin reaccioné y me incliné hacia adelante, buscando su boca. Ella salió a mi encuentro y nuestros labios, ya entreabiertos, se encontraron. Nos fundimos en un beso desordenado, lujurioso, con las lenguas jugando sin freno. Nuestras manos empezaron a recorrer el cuerpo del otro.
Otra vez tomó ella la iniciativa: se agachó y me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón, dejándome al aire.
—Algo así me había imaginado. Buena herramienta, Daniel —admitió, complacida.
La acarició despacio, se acercó, dejó un beso suave en la punta y luego se la metió en la boca sin remilgos. Solté un gemido que su lengua respondió con saliva, presión y movimiento. Me elevaba del suelo, hasta el punto de temer que no aguantaría. Cuando llegué al borde, recobré el control, me eché atrás y la ayudé a levantarse. La guie hasta la cama y la senté en el borde.
Le quité los zapatos, después los vaqueros y, por último, las bragas, ya húmedas. La tumbé y me arrodillé entre sus piernas. Sin más preámbulos, hundí la lengua en ella. Un suspiro profundo y un gemido agudo respondieron al primer contacto. Poco a poco encontré su clítoris y jugueteé con él, y ella premió cada movimiento con una sucesión de jadeos.
—Sigue, Daniel, que me corro —avisó de repente.
No iba a contradecirla. Aumenté ritmo, intensidad y presión hasta que estalló en un orgasmo sonoro que seguramente escuchó hasta Rubén, que intuía pegado al otro lado de la puerta.
Mientras Carla volvía a la calma, no dejamos de besarnos y tocarnos.
—Cariño, ¿estás ahí? —dijo de pronto, para mi sorpresa.
—Sí, claro que estoy. ¿No vais a dejarme entrar? —preguntó Rubén con ansiedad desde el pasillo.
—Hoy no. Daniel y yo estamos ocupados conociéndonos. Era lo que querías, ¿no? Ve a por tu móvil, cielo.
Carla cogió el suyo de la mesita, abrió una videollamada con Rubén y lo apoyó en la cómoda, frente a la cama. Él contestó al instante.
—Hola, cariño. ¿Qué tal? —dijo ella.
—Pues ya ves —respondió Rubén, enfocando un bulto enorme bajo su pantalón—. Peor que vosotros, creo.
—Nosotros estamos de maravilla. Hala, disfruta como puedas —y, dejando el teléfono allí, volvió a la cama conmigo.
Se puso encima de mí. Se la introdujo con cuidado y, cuando estuvo bien húmeda, se sentó de golpe, metiéndosela entera con un gemido hondo y sincero. Se quedó quieta unos segundos y empezó a mover las caderas, adelante y atrás. Ya entregado del todo, le agarré las caderas y empujé para penetrarla más hondo, más rápido. Ella suspiraba. A ratos bajaba el ritmo y yo aprovechaba para atender sus pechos, llevándomelos a la boca.
—Si no vais a dejarme entrar… —se oyó desde el móvil.
—Hoy no. El próximo día ya veremos —respondió Carla entre gemidos.
—Pues disfrutad —terminó asumiendo Rubén.
—En ello estamos —dijo ella.
Y se movió con toda la fuerza que tenía, acercándose a un orgasmo que no quiso frenar. Se corrió gritando, entre espasmos, sin pudor. Cuando se calmó, me clavó una mirada cargada de deseo.
—Ahora te toca a ti. Vamos a hacer disfrutar también al imbécil de tu amigo, a ver qué le parece.
Se bajó de la cama, me tendió la mano y me llevó a los pies del colchón, los dos frente al móvil. En la pantalla se veía a Rubén con los pantalones bajados, masturbándose con la misma cara de deseo que su mujer. Carla se arrodilló y se entregó a terminar conmigo ante su atenta mirada. No tardó ni un minuto: una mano acompañaba el movimiento de su boca, la otra me acariciaba. El final fue una descarga violenta que no pudo contener del todo y que se le escapó por las comisuras. Cuando volví en mí, agitado, ella seguía con los ojos puestos en la pantalla, mirando cómo Rubén se corría con la misma urgencia.
Cuando los tres recobramos la calma, Carla le dijo a su marido que íbamos a descansar un poco y que «ya se vería», que él podía dormir en la habitación de invitados si quería. Aquello fue solo para hacerle rabiar; esa noche no hicimos nada más.
A partir de aquel día, nuestros encuentros se repitieron. Pero dejaron de ser una travesura a sus espaldas para convertirse en un juego cómplice entre los tres, en el que abrimos la mente y aprendimos a compartir, sin culpa, lo que ninguno se había atrevido a confesar en voz alta.