Lo que pasó en la piscina del club liberal
Lo que voy a contar no tiene nada de extraordinario. Es, más bien, una de esas tardes «de rutina» para las parejas que decidimos vivir nuestra sexualidad abriéndole la puerta a alguien más. Sin dramas, sin promesas eternas, solo ganas de pasarlo bien con gente que busca lo mismo.
Todo empezó en el foro de un club de la ciudad. Una pareja nos escribió, intercambiamos un par de mensajes y algunas fotos, y al final lo más complicado de todo —siempre lo es— fue cuadrar las agendas. Acordamos vernos en un bar cercano al local, un martes al mediodía. Un día laborable, a esa hora, garantiza tranquilidad: ni colas, ni miradas, ni prisas ajenas.
Desde el primer apretón de manos nos caímos bien. Él se llamaba Rubén; ella, Carla. Y bastó media cerveza para notar hacia dónde soplaba el viento. Rubén no le quitaba ojo a Lucía, mi mujer, y Carla buscaba cualquier excusa para apoyar la mano en mi brazo o acercar su silla un poco más a la mía.
Ellos nos gustaban y, por lo visto, nosotros a ellos. Carla tenía un cuerpo bonito y una cara alegre, de las que se ríen con facilidad. Rubén era grandote, con desparpajo y una barriguita simpática; lo que Lucía siempre describe, con una sonrisa, como un «madurito interesante».
Tras la segunda ronda nos levantamos y fuimos charlando hasta el local. Saludamos al encargado, pasamos a los vestuarios y nos desnudamos sin demasiada ceremonia. Con cierto descaro nos mirábamos de arriba abajo mientras seguíamos bromeando, como si llevar la ropa puesta o no fuera el detalle menos importante de la tarde.
***
Como solemos hacer, lo primero fue la piscina. El agua tibia tiene algo que pone los sentidos a flor de piel e invita, casi sin que uno lo decida, a las caricias suaves. Y eso fue lo que pasó. A los pocos minutos, sin parar de hablar entre los cuatro, Carla y yo nos acariciábamos los brazos, la espalda, los muslos. Despacio. Sin urgencia.
Rubén y Lucía hacían lo mismo a un par de metros, aunque él dejaba entrever que tenía algo más de prisa. Sus manos bajaban hacia las caderas de mi mujer con una discreción que no engañaba a nadie, y bajo el agua se notaba cómo se le iba poniendo dura. Era imposible no verlo: se había sentado en el escalón y el glande asomaba a la superficie como el periscopio de un submarino.
Lucía tampoco lo pasó por alto. Empezó a acariciarlo con las yemas de los dedos, en círculos lentos, y eso le provocó una erección tremenda. Crucé una mirada con ella y entendí, sin palabras, que la cosa iba en serio.
—Se está calentando esto —dijo Carla a mi oído, riéndose.
—Pues vamos a otro sitio más cómodo —respondí.
Nos levantamos los cuatro y nos fuimos a una de las habitaciones.
***
Nada más entrar, Lucía se tumbó desnuda en la cama y tiró del brazo de Rubén hacia ella. Él no se hizo de rogar: se pegó a su cuerpo y se lanzó a sus pechos, mordisqueándolos despacio mientras recorría su piel con las manos. Mi mujer cerró los ojos y arqueó un poco la espalda.
A su lado me senté yo e invité a Carla a colocarse sobre mis piernas, de costado. Lo hizo encantada, y enseguida empezó a besarme el cuello, los hombros, la nuca, mientras sus manos subían y bajaban por mis muslos. Yo le masajeaba los pechos —redondos, de pezones pequeños que se endurecieron en cuanto los rocé con la lengua. Los mordía suave, solo con los labios, y le arrancaba los primeros gemidos.
No tardó mucho en buscar entre mis piernas. Su mano derecha se cerró alrededor de mis testículos y los acariciaba una y otra vez sin soltarlos, mientras con el brazo izquierdo me abrazaba y pegaba todo su cuerpo al mío. Sus gemidos subían de tono. Bajé entonces la mano hacia su sexo, jugué en los bordes, entre los labios y la ingle, y hacía alguna incursión ligera al clítoris que la hacía combarse entera y apretarme el cuello con fuerza.
—Despacio, despacio —murmuró—, que me vuelves loca.
Mientras tanto, a mi lado, Lucía ya le hacía una mamada a Rubén. Él le sujetaba la cabeza y empujaba con la cara desencajada, como si llevara meses esperando esto. Ella le masajeaba los testículos y le apretaba las nalgas, y por el ritmo se notaba que él no iba a aguantar mucho.
No me equivocaba. Rubén empezó a soltar frases entrecortadas.
—Me voy a correr… sigue, sigue… estás buenísima.
Lucía sacó la polla de la boca, la dirigió hacia su pecho y siguió masturbándolo con la mano. Él se corrió sonoramente, dejándole el escote salpicado. Lejos de cortarse, ella se lo volvió a meter en la boca y lo limpió con la lengua, sorprendida de que no perdiera ni un ápice de dureza. Estaba claro que Rubén tenía cuerda para rato.
***
Recuperado el aliento, Rubén tumbó a Lucía y le abrió las piernas, dirigiendo la polla hacia su sexo para penetrarla. Pero ella lo frenó. Le agarró la cabeza y la empujó hacia abajo, ofreciéndose para que empezara a lamerla, que es lo que más le gusta del mundo.
—Primero con la boca —le pidió—. Tómate tu tiempo.
Él la obedeció encantado. La sujetó por las caderas, hundió la cara y empezó a lamer de abajo arriba, mordisqueando los bordes, mientras mi mujer se retorcía y le apretaba la cabeza para que no parara. No paraba de gemir.
Entonces se me ocurrió una idea y le hice una seña a Carla.
—¿Te animas a echarle una mano a Rubén? —le dije al oído—. Dos lenguas para Lucía.
Carla sonrió y se acomodó junto a su pareja. Dos bocas trabajando a la vez sobre el sexo de mi mujer, mientras yo me colocaba más arriba y le metía la polla entre los labios. Lucía estaba en la gloria: dos hombres y una mujer entregados a su placer al mismo tiempo. No le duró mucho. Se corrió con un grito largo y cayó rendida en la cama, inmóvil unos segundos, con una sonrisa boba en la cara.
—Necesito un momento —dijo entre risas, sin aliento.
***
Yo no perdí un segundo. Senté a Carla sobre mí y empezó a cabalgarme en una follada magnífica, frotándose contra mi cuerpo en cada bajada. Rubén, todavía de pie, se colocó detrás de ella, le besaba el cuello y le sobaba los pechos por encima del hombro. La estampa de los tres juntos duró poco, porque Lucía, en cuanto se repuso, fue derecha hacia él.
Se acercó por detrás y empezó a masajearle la polla, lo que actuó como una espoleta. Rubén se giró, la tumbó otra vez y la penetró sin contemplaciones, quedando encima de ella en un mete y saca frenético. Fue un momento intenso de verdad: las dos parejas follando a la vez en la misma cama, los cuatro disfrutando, con una conexión que no siempre se da. Se respiraba algo difícil de explicar, una especie de complicidad sin vergüenza.
Carla aceleró el ritmo de su cabalgada y se restregaba cada vez con más fuerza contra mí. Yo le apretaba las nalgas y le decía al oído lo buena que estaba, lo bien que me la cabalgaba, y eso terminó de empujarla. Se corrió gritando, sin disimulo. La separé con suavidad, la tumbé y me coloqué a su lado mientras me masturbaba con la derecha y con la izquierda le acariciaba el culo, algo que me encanta. Ella me devolvía las caricias en los testículos y en la espalda. No tardé en descargar sobre sus muslos.
A un metro de nosotros, Lucía se arqueaba como podía, con Rubén encima follándola como un poseso. Aquello tampoco se alargó demasiado: mi mujer volvió a correrse, con la misma intensidad que la primera vez, clavándole las uñas en la espalda.
***
Después, los cuatro nos fuimos otra vez a la piscina. Estuvimos un buen rato casi en silencio, acariciándonos sin intención, dejando que el cuerpo bajara solo. De ahí pasamos a la ducha y salimos juntos, riéndonos de cualquier tontería, con esa calma rara que deja una tarde así.
Les propusimos tomar algo en el bar de antes, pero no podían quedarse. Nos despedimos con dos besos y un agradecimiento sincero por ambas partes, con la promesa de repetir en cuanto las agendas —siempre las agendas— lo permitieran. Y así, Rubén y Carla pasaron a formar parte de esa pequeña «familia» de parejas y singles de confianza que tanto nos gusta cultivar.
Nada extraordinario, ya lo dije. Solo una tarde de martes que ninguno de los cuatro olvidará.