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Relatos Ardientes

La chica de la azotea reapareció en la playa

—¡Venga, tío! Unos días de playa, sol, aire limpio, la piel tostándose... ¡seguro que te sientan de lujo! —me decía Iván, emocionado como un niño con un juguete nuevo.

—¡Claro, Hugo! —intervino Nuria, su novia, con una sonrisa cómplice que no me gustó nada, como si manejara información privilegiada—. Además, seguro que vuelves a ligar, como en aquella fiesta de fin de año. Sí... Iván me ha contado tu «encuentro» con Carla en la azotea.

Sentí una punzada. No por el encuentro con Carla —con la que seguí teniendo conversaciones subidas de tono, aunque sin volver a vernos—, sino por la falta de discreción de mi amigo.

—Iván es un bocazas —respondí seco, clavándole la mirada. Él se encogió de hombros con una risita culpable.

Tras unos segundos, accedí.

—Pues creo que sí —dije al fin, y vi cómo las caras de Iván y Nuria se iluminaban. No tardaron en convencerme; cualquier cosa era mejor que quedarme encerrado en mi piso de Zaragoza escuchando el silencio.

Y así, aprovechando los días festivos, decidimos viajar al sur a por unos días de playa. El plan era simple: una casita cerca del mar, salitre y tostarnos al sol.

***

Al plan de la pareja se unió Vera, nuestra amiga más excéntrica. Vera no es de las que entran en una habitación: la invaden, la alteran, la reorganizan. Inteligente, impredecible, con un humor más afilado que un bisturí.

Llegó gritando, anunciando su presencia con la mochila en alto mientras cargábamos el maletero. Me giré a saludarla y, como siempre, tuve que recalibrarme. Vera es de mi altura, una igualdad que nos permite mirarnos de tú a tú, en un desafío constante.

Se quitó las gafas de sol con un gesto lento, innecesariamente lento, y las dejó sobre su melena negra, densa, viva. La camiseta de algodón que llevaba era tan fina que resultaba imposible ignorar lo que marcaba: los pezones tensaban la tela desafiando la mañana.

—Así que buscas inspiración en el sur, Hugo. He oído que saca lo mejor, o lo más sucio, de cada uno.

Vera no se anda con medias tintas. No respondí, aunque algo se tensó en mi interior. El aire empezó a oler a tormenta. Una que aún no había estallado.

***

El viaje fue una sucesión de paisajes áridos que se volvían más luminosos a cada kilómetro. Iván y Nuria se sumergían en su burbuja de pareja en los asientos delanteros, dejándome a solas con Vera en la parte de atrás. A cada curva, el roce de su brazo contra el mío no era accidental: lo sostenía una fracción de segundo más de lo necesario, ajustaba el cuerpo para que el contacto se repitiera.

—¿Sigues pensando en ella? —me susurró de repente, en una gasolinera, mientras la parejita compraba souvenirs baratos.

—¿En quién? —pregunté, fingiendo una sorpresa que no sentía.

—En la chica del tanga roto —dijo despacio, midiendo el efecto de cada sílaba.

—¿Es que Iván se lo ha contado a todo el mundo? —respondí, notando cómo se me tensaba la mandíbula.

No era pudor. Era la molestia de saber que mi historia con Carla se había convertido en la comidilla del grupo. La sensación de haber quedado expuesto... y de que ella lo estaba usando a su favor.

Vera soltó una carcajada y se apoyó en el capó, dejando que el sol del mediodía le dorara la piel.

—No te enfades con él. Deberías agradecérselo. Ahora sé exactamente qué clase de bestia se esconde tras esa camisa de tipo serio. Tengo curiosidad por ver si muerdes tan fuerte como dicen.

Me sostuvo la mirada, marcando un límite que empezaba a desdibujarse.

—No creas todo lo que oyes, Vera.

—Oh, no lo hago —respondió en voz baja, con una sonrisa que no pedía permiso—. Prefiero comprobarlo.

El resto del viaje fue en silencio. Iván y Nuria volvieron con bolsas de patatas y un llavero hortera, ajenos a la guerra fría del asiento trasero, a ese hilo tenso que ninguno de los dos parecía dispuesto a soltar.

***

Llegamos a la casa: paredes encaladas, aroma a jazmín y esa paz que da estar lejos de la ciudad. La pareja desapareció en su habitación antes de que las maletas tocaran el suelo. Los conocía: no saldrían hasta que el sol empezara a bajar.

—Necesito ver el mar —dije, más para mí que para Vera.

—Te sigo —ya se había cambiado antes de que yo terminara la frase. Un pareo negro que apenas cumplía su función.

Bajamos por un sendero de pinos secos. El calor era denso, de los que se pegan a la piel, y respirábamos resina y sal.

Al llegar a la cala, la escena me dejó sin aliento. Pero no fue el mar. Fue una figura femenina al fondo, con un bikini verde oscuro. ¿Carla? No, tan lejos no podía distinguirla bien. Imaginaciones mías, supuse.

—¿Estás empanado? —el codazo de Vera me despertó—. ¡Venga, a mojarnos!

Terminó la frase justo antes de subir las manos a la espalda y, con un movimiento rápido, deshacer el nudo del bikini. La parte de arriba cayó a la arena. Me dedicó una mirada desafiante, con los pechos firmes apuntando hacia mí, antes de lanzarse al agua con un grito de victoria.

Entré despacio, dejando que el mar me cubriera por partes. Pero no pensaba en la temperatura. La buscaba a lo lejos. A la chica del bikini verde.

Vera flotaba de espaldas, con el pelo extendido sobre el agua.

—Has tardado —dijo cuando llegué a su lado.

—El agua está fría.

Sonrió. Esa fue su respuesta. Se incorporó despacio, dejando que el agua le resbalara del pecho a la cintura, y durante un instante no supe dónde mirar.

—¿Te incomoda? —preguntó, ladeando la cabeza.

—No.

—Mientes. Puedo oler tu autocontrol quemándose.

Dio un paso hacia mí. Luego otro. Su pie rozó el mío bajo el agua como una descarga.

—No deberías... —dije, sintiendo sus pechos contra mi torso.

—¿No debería qué?

No me preguntaba. Me probaba.

—Jugar así.

—No estoy jugando —susurró, y por un segundo sentí sus pezones contra mi pecho, un contraste de fuego y frío.

Entonces dio un paso atrás, sin apartar la mirada. Mi cuerpo ya estaba respondiendo a sus provocaciones.

—Me han dicho que te gusta mandar, Hugo. Pero para eso, primero hay que aguantar el envite —soltó antes de salir del agua.

Se tumbó en la toalla boca arriba, con los pechos húmedos brillando al sol.

***

Tragué saliva y eché a andar por la orilla. Necesitaba refrescarme y, sobre todo, confirmar que mi mente no me engañaba.

Al acercarme al final de la cala, el grupo de chicas se hizo nítido. Eran tres, entre risas, bolsas de playa y cremas solares. Sentada con la espalda recta estaba la chica del bikini verde, que se giró para decir algo a sus amigas y, en ese instante, sus ojos chocaron con los míos.

Nos quedamos petrificados. Las olas seguían rompiendo, ajenas.

—Vaya —susurró acercándose, mientras sus amigas empezaban a cuchichear—. Parece que el mundo es un pañuelo.

—Eso parece —dije con voz firme, dejando que mi mirada bajara por su cuerpo con lentitud deliberada.

A lo lejos, Vera se había incorporado, los codos apoyados en los muslos. Observaba en postura de depredadora.

—No sabía que venías por esta zona. Qué coincidencia, ¿no? —dijo jugando con el tirante del bikini.

—No creo en las coincidencias, Carlita —di un paso hacia ella, bajando la voz para que sus amigas no me oyeran.

—Estás... tan guapo como en aquella azotea.

—Tu bikini tampoco está nada mal. Aunque recuerdo mejor lo que había debajo.

Nos devoramos con la mirada, sabiendo exactamente lo que el otro quería.

—Mañana, al atardecer. A esa hora ya no queda nadie, la cala está apartada... Quién sabe si la fiesta de la azotea se convierte en fiesta de playa —le propuse.

Carla tragó saliva.

—Aquí estaré, cielo —dijo en voz baja, mordiéndose el labio—. A ver si sabes cómo castigarme otra vez.

Volvimos cada uno a su sitio, ambos con media sonrisa, deseando que llegara el día siguiente.

***

Durante todo el camino de vuelta noté los ojos de Vera clavados en mí, como quien estudia un mapa antes de trazar la ruta.

—Vaya, vaya, Hugo... ¿te has encontrado a una amiga? Por esa cara que traes, diría que es más que una amiga. No me lo digas... ¿Carla?

Me lanzó el nombre como un dardo que sabía dónde apuntaba.

—Qué rápido atas cabos —respondí, dejándome caer en la arena a su lado.

—No es tan difícil si uno sabe mirar. Traes esa cara de propietario que pones cuando crees que nadie te ve. Y ella, desde aquí, parecía a punto de derretirse. Es ella: la del tanga roto, tu perrita de Zaragoza.

Me tensé. Era como si hubiera entrado en mi cabeza sin permiso.

—¿Celos, Vera? —dije, buscando recuperar el mando.

—¿Celos? No seas idiota. Curiosidad profesional: quiero saber si lo que cuenta Iván es real o solo otra de sus fantasías —soltó una carcajada seca y volvió a tumbarse.

Regresamos casi de noche a la casa y encontramos a la parejita haciendo de cocinillas, manchándose a propósito con la comida.

—¿Podríais dar más asco? —dijo Vera.

Iván y Nuria se giraron, riendo, con la cara llena de harina y esa mirada vidriosa de quienes no han salido del dormitorio en toda la tarde.

—Lo que pasa es que envidiáis nuestra felicidad, ¡amargados! —replicó Nuria, lanzándole un trozo de masa que Vera esquivó con un movimiento felino.

—No es envidia, pequeña, es higiene mental —sentenció ella, abriendo una lata de cerveza. El chasquido metálico sirvió de banda sonora mientras estiraba las piernas en el sofá.

La cena transcurrió entre las anécdotas exageradas de Iván y las puyas de Vera. Yo apenas intervine; mi cabeza estaba a kilómetros de allí, en ese bikini verde y la cita del día siguiente. Sentí vibrar el teléfono en el bolsillo y supe que era Carla antes de mirarlo.

Bajo la mesa, abrí el mensaje: «Tengo muchas ganas de sentir tu castigo mañana. No paro de pensar en ello, cielo».

Al levantar la vista, ahí estaban los ojos de Vera, clavados en mí por encima del borde de la lata, con una chispa perversa.

***

Terminada la cena, la parejita se encerró en su cuarto. No tardaron en oírse los gemidos bajos, y decidí darme una ducha rápida para bajar la temperatura.

Mala idea.

El baño tenía una bañera con una cortina que se pegaba a la espalda. Dejé correr el agua hasta que se templó y me coloqué bajo el chorro, construyendo el guion del día siguiente.

De pronto, la cortina se descorrió de golpe y apenas me dio tiempo a soltar un «¿qué haces?» cuando vi a Vera levantar la pierna para meterse delante de mí.

—¿Te importa que nos duchemos juntos? Hay que ahorrar agua, Hugo. El planeta nos necesita.

Se giró y empezó a enjabonarse con precisión milimétrica, sabiendo perfectamente lo que hacía, hasta colocar las nalgas contra mi sexo.

Me quedé mudo, intentando contenerme. Sentí su piel caliente y mojada contra la mía, su cuerpo planteando una pregunta que el mío empezaba a responder.

—¿No dices nada? Pensaba que los tíos como tú siempre tienen una orden lista.

Le apoyé las manos en los hombros y giré su cuerpo para enfrentarlo al mío, sujetándole la melena por la nuca, apretando los dedos.

—El planeta te agradece el ahorro, Vera. Estás jugando con fuego. No empieces algo que no sabes si vas a poder controlar.

Terminé la frase atrapándole el labio inferior con los dientes, el tiempo justo para que lo sintiera. Recuperé el control. Descorrí la cortina y salí de la ducha.

—Probaremos ese fuego, Hugo —me desafió al salir, enjabonándose los pechos a dos manos con una lentitud insinuante, sonriendo como si tuviera un plan, mientras yo me anudaba la toalla.

Dormí poco. Me pasé la noche repasando la imagen de Carla, su bikini, y el cuerpo de Vera, cuyo descaro se me había pegado a la piel como el vapor del baño.

***

A la mañana siguiente, el sol iluminaba la mesa del salón donde nos disponíamos a desayunar. Vera llegó en el último momento, como siempre.

—Buenos días... a casi todos —dijo, fijando la mirada en mi taza de café y luego en mis ojos.

Nuria se reía de las puyas que nos lanzábamos, e Iván, abrazándola, nos recitó como un guía turístico los planes del día:

—Un paseíto relajado por la mañana, comemos en un chiringuito que conozco y, al atardecer...

—Yo tengo planes al atardecer. No me esperéis —lo corté en seco.

Vera arqueó una ceja y pasó la punta de la lengua por el labio que el día anterior le había marcado.

—¿Planes propios? —Iván soltó una carcajada.

—Sí, me ha surgido algo inesperado. Por la noche os veo.

***

El calor del día hizo que las horas se arrastraran pegajosas. En el chiringuito me sentí como un animal enjaulado entre las canciones de verano que escupían los altavoces.

Cuando la tarde cayó y el sol empezó a dorarse, llegó mi momento. Los dejé y me aventuré a mi cita. Carla me esperaba tras la roca gigante, que aún irradiaba el calor acumulado del día. La cala, vacía. El escenario perfecto.

—Ya pensaba que no vendrías —susurró, ajustándose el bikini verde mientras se incorporaba.

—Sabes de sobra que no te dejaría sin tu castigo.

Tragó saliva y vi cómo el sol anaranjado le teñía el cuerpo al acercarse.

—Después de ver a tu amiga, pensé que te rajarías.

—Vera está muy lejos de aquí. Solo estamos tú y yo en esta playa.

Llevó las manos a mi camiseta negra y me la sacó con más calma de la que yo habría querido. Apoyó las palmas en mi pecho. Las mías fueron a su cintura, tirando de ella hasta que no quedó espacio entre los dos.

—¿Entonces, me vas a castigar? —gimió junto a mi oído, con la boca rozándome el cuello.

Mis manos bajaron de su cintura a sus nalgas, apretando con fuerza, levantándola hasta que los pies casi abandonaron la arena, y le arranqué un suspiro ahogado. Sus labios sabían a sal, mezclados con la brisa que empezaba a levantarse.

—Llevo todo el día imaginando lo que te voy a hacer.

Ocultos tras la roca, empezamos a devorarnos en un beso animal. Sus uñas se me clavaron en la espalda, dejando marcas que durarían días.

Giré su cuerpo, pegando su espalda a mi pecho. Dejé que mis manos exploraran su abdomen, subieran a su pecho, apartaran el bikini a los lados y descubrieran sus senos. Los pezones ya estaban duros cuando los acaricié.

—Mírate, Carlita... estás temblando.

—Llevo esperando tu castigo todo el día, cielo. No sabes cómo te he pensado.

Echó la cabeza atrás, apoyándola en mi hombro, ofreciéndome el cuello para que mi boca hiciera su trabajo. Deslicé la mano hacia abajo, hundiéndola en el bikini, y encontré la humedad que sabía que iba a encontrar. Arqueó la espalda mientras la brisa marina nos envolvía y el sol terminaba de ponerse.

***

Fue entonces cuando una voz nos sacó de la fantasía:

—¿Así que esta es tu perrita?

Giré la cabeza. Vera se acercaba con paso firme, con un bikini negro ajustado al cuerpo como una segunda piel.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, molesto.

Carla se giró. No parecía disgustada.

—Vengo a comprobar si la perrita y la bestia son lo que dicen.

Al llegar a su altura, le sujetó la cara entre las dos manos y le plantó los labios sin pedir permiso. No lo necesitaba. El silencio lo invadió todo, roto solo por el rugido de las olas a pocos metros. Carla se quedó petrificada un instante. Luego sonrió.

—Sabes a él, Hugo.

La autoridad de Vera duró hasta que Carla le devolvió el beso y, con un movimiento rápido, tiró de la presilla del sujetador para desnudarle el torso.

—Vaya... esto sí que no me lo esperaba —dijo Vera al ver caer la tela, con una voz casi de admiración.

—Ahora tendréis que castigar entre los dos —dijo Carla, sonriendo—. ¿No es lo que querías comprobar, guapa?

Vera soltó una carcajada. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada. Había venido a dirigir la escena y se había convertido en actriz de reparto.

***

Me coloqué entre las dos. Agarré la melena de Vera por la nuca y, con la lengua, le marqué quién mandaba en esa playa. Luego repetí el gesto con Carla.

Vera me apartó con la palma sobre el pecho y se volvió hacia Carla. La acorraló contra la roca que nos escondía y empezó a mordisquearle los pezones.

Carla hundió los dedos en su melena, sin apartar la vista de mí, como pidiéndome permiso.

—Adelante, Carlita. Demuéstrale a Vera por qué eres mi perrita —y con esas palabras agarré a Vera de la cintura y la tumbé en la toalla.

Tiré de las cuerdas del bikini a ambos lados de su cadera, dejando que sus piernas se abrieran con las rodillas flexionadas. Carla atendió la llamada gateando entre sus muslos con un sigilo que no le conocía.

Bajo el sonido de las gaviotas y el rugido del mar, Vera quedó a merced de la boca de Carla. Su pecho subía y bajaba con violencia. Cuando la lengua la rozó por primera vez, echó la cabeza atrás y hundió los dedos en la toalla hasta llenarse las uñas de arena.

—Joder... —fue todo lo que consiguió decir.

—¿Te gusta, cielo? —susurró Carla, con descaro.

Apoyé la rodilla en la arena, junto a la cabeza de Vera, obligándola a girar la cara hacia mí. Sus manos fueron directas a mi bañador.

—Ya tardabas en ordenar esto —murmuró.

Desde su posición, Carla levantó la vista, los labios húmedos brillando bajo la luz naranja.

—Hugo...

—Sigue —le ordené.

Y obedeció. Su lengua se adentró en Vera al mismo tiempo que esta me agarraba con fuerza.

—Me encanta esto —gimió antes de que sus labios me envolvieran con suavidad y bajaran hasta el fondo.

Vera se arqueó al sentir a Carla sin tregua, llevándola al límite. Sus gemidos fueron en aumento, un «sí, joder» entrecortado, mientras Carla seguía con su mamada. La lengua de abajo trazaba círculos cada vez más hondos, y un gemido ahogado anunció su orgasmo.

—¡Joder, Hugo! —gritó, soltándome la boca para masturbarme a toda velocidad—. ¡Me corro!

Las piernas de Vera empezaron a temblar, con Carla en medio prolongando el orgasmo. Yo, de rodillas, llevé la mano a su boca y solté un «shhh» cuando, a pocos metros, escuchamos voces. Sus gemidos se enmudecieron contra mi palma húmeda.

Carla levantó la vista, sonrojada, observando cómo el pecho de Vera bajaba de intensidad. La adrenalina del momento era un afrodisíaco más potente que cualquier caricia.

—¿Crees que hay un camino por ahí? —preguntó una voz femenina.

—Se hace tarde, volvamos al hotel —respondió un hombre.

Esperamos hasta notar que se alejaban.

—Ya no están —susurré, relajando los dedos en la nuca de Vera.

El sol casi se había apagado, con un tono naranja sucio sobre la espalda de Carla, que soltó un suspiro largo, mezcla de alivio y excitación.

—Dios, Hugo... he tenido el corazón en la garganta, y aun así me sorprende lo mucho que me pone estar así, casi pillados...

—Carlita, ven —ordené.

Obedeció al instante, con la arena pegada a las rodillas, deslizándose sobre el cuerpo de Vera hasta quedar exactamente donde mis manos le indicaron: sobre su cara.

Tumbada, Vera supo qué hacer con solo mirarme. Llevó las manos entre los muslos de Carla y apartó el bikini verde a un lado.

—Vaya, Carlita... qué bien guardado tenías esto —se relamió al ver el sexo expuesto, brillante.

Me puse de pie frente a Carla, arrodillada en su trono, que me agarró la cadera para acercarme y dejar que su lengua trazara círculos en la punta.

—Me encanta, cielo —dijo, deslizando la mano por mi sexo.

El vaivén de su cintura llegaba hasta su boca, y su lengua extasiada me lo devolvía.

—Así me gusta ver a mi perrita —le di una palmada suave en la cara, con autoridad, mientras ella ahogaba los gemidos.

La saliva empezaba a desbordarse de su boca, resbalando por su pecho y goteando en la cara de Vera, que seguía abajo saboreándola.

Sacó la boca con un «pop» y una sonrisa húmeda. Se colocó el antebrazo bajo los pechos, elevándolos, y me llevó entre ellos. Estaban mojados, pegajosos de salitre y saliva, calientes.

—Joder, Carla... —su nombre se me escapó entre los dientes al sentir la fricción de sus pezones duros.

Levantó la vista, con el pelo alborotado y los labios brillando, los ojos ardiendo.

—Mira a tu perrita, cómo me tenéis... —jadeó.

Vera le dio un manotazo en el muslo, una orden muda que la hizo levantarse.

Le agarré la mandíbula a Carla, notando el pulso acelerado en su cuello, mientras Vera se incorporaba y apoyaba el cuerpo contra la roca, haciéndonos un gesto con el índice. Empujé a Carla contra ella, que le agarró la cara para devorarle la boca.

Me coloqué detrás y deslicé el bikini verde a un lado. Carla giró la cabeza, desafiante, y se llevó una mano a las nalgas para abrirse mejor.

—Esta perrita quiere que la folles.

Respondí con un azote seco que dejó la marca roja de mis dedos.

—¿Esto es lo que quieres? —le agarré la melena, arqueándole la espalda.

Froté mi sexo despacio contra el suyo, sintiendo cómo me lubricaba. Entré despacio, solo la punta, disfrutando de cómo se tensaba su cuerpo.

—Esta es la famosa bestia... —susurró Vera, sosteniéndole los pechos.

—¡Todavía no he empezado! —mi voz vibró entre las olas.

Empujé con fuerza, enterrándome hasta el fondo mientras mis manos se hundían en sus caderas. Carla soltó un grito que Vera atrapó al instante con los labios, ahogándolo en un beso que sabía a sal y a rendición.

Mis dedos se clavaban en su carne mientras salía despacio, a cámara lenta, dejando que ella sostuviera su peso en la cintura de Vera, firme como la roca.

—Cuánto echaba de menos este cuerpo —gruñí, dando un azote que dejó sus nalgas temblando bajo la primera luz de la luna.

Le enrollé la melena en el puño, como una coleta, para sostenerla cuando volví a entrar de golpe, frenando su cuerpo contra el de Vera.

Repetí. Una. Dos. Tres veces.

Salía despacio para embestir con furia, con sus pechos bamboleándose a mi ritmo y el sonido de la piel chocando, compitiendo con el oleaje. Vera bebía de los labios de Carla en cada movimiento, sin dejar de desafiarme con la mirada.

Las olas llegaban ya a nuestros pies, limpiando la arena. Con ambas manos en la cintura de Carla, marqué un ritmo frenético que las manos de Vera frenaban, sosteniéndole la cara con devoción.

—¡Joder, sí! —se me escapó el grito.

Las dos notaron que estaba a punto de llegar y, con las frentes pegadas, sonrieron cómplices. Con un gesto sutil, Carla me empujó con la cadera y ambas se arrodillaron ante mí.

Las miré. Supe que no olvidaría ese atardecer.

—Ahora dánoslo todo, cielo —dijo Carla, desafiándome desde abajo, con la mano agarrándome y Vera colocando la suya encima, fundiendo los dedos sobre mi sexo.

Empezaron a masturbarme a dos manos, aumentando el ritmo con una sincronización perfecta.

Las piernas me temblaron con los espasmos que preceden al clímax. A través de sus dedos entrelazados, aprisionándome, sentí las convulsiones, y una primera descarga inundó el pelo, el rostro y el pecho de Carla. Vera apuntó rápido a su boca y recibió cada gota restante.

Me quedé jadeando, con las últimas sacudidas de sus manos y el agua del mar mojándonos los pies.

—Mmm —gimió Vera antes de besar a Carla y entregarle la ofrenda caliente en la boca.

Vi sus gargantas tragar, las dos mirándome fijamente.

—Así me gusta ver a mis perritas —les dije, arrodillándome para estar a su altura, acariciándoles las mejillas.

Nos quedamos los tres en silencio, con el agua fría llegándonos a las rodillas y la luna empezando a iluminar nuestros cuerpos exhaustos. Vera fue la primera en hablar:

—Hay que reconocer que no me la esperaba así —dijo, y la besó.

—¿Y cómo te la esperabas? —Carla sonrió y me devolvió el beso a mí.

Vera no respondió. Y esa fue su respuesta.

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Comentarios (5)

LectorCba

Increible, me dejo sin palabras. Que escena tan bien armada 🔥

Mateo_Rosario

Jaja la parte de la roca no la vi venir para nada, tremendo giro! Me encanto

SofiRelatos

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!!!

Claudia_Mdz

Me encantó como lo escribiste, la tensión se fue construyendo muy bien desde el principio hasta el final. Seguí con esto, tenés talento!

pepe_lecturas

excelente, sigue asi!!

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