Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La visita al dentista que terminó entre dos hombres

Llevaba seis años sin volver al pueblo donde crecí. Todo se sentía distinto, como si fuera una extranjera en mi propia casa. Y desde el momento en que bajé del avión y me golpeó el aire tibio de Rosario, se me encendió un apetito que no recordaba haber sentido nunca.

Como siempre intento cuidarme la boca, decidí pasar a visitar a mi dentista de toda la vida, Ricardo. Ese señor cuarentón de voz suave y manos grandes que de chica me tironeaba del pelo para hacerme rabiar.

Abrió la puerta del consultorio y se le desorbitaron los ojos.

—Cómo creciste, nena —me dijo mientras me envolvía en un abrazo demasiado apretado.

Aspiré aquel perfume que tenía guardado en algún rincón de mis recuerdos de adolescente, y por un segundo volví a ser esa chica traviesa y consentida.

—Recostate que te miro esa boquita —me ordenó, socarrón.

Y decidí que finalmente había llegado el momento de jugar su juego. Bajé la mirada y asentí, obediente. Me acomodé en la camilla y lo miré divertida, a la espera.

Procedió con la limpieza y yo me empeñé en rozarle los dedos con los labios cada tanto, como por accidente. Algún lengüetazo aquí o allá, incluso un par de mordidas suaves. Con una de ellas fui demasiado lejos y me gané un bofetón, leve pero firme.

—Portate bien, Lara, que si no vas a ver —me advirtió.

Redoblé la apuesta.

—Me porto bien si me das una paleta al final —contesté.

—¿Qué te tiene tan estresada allá en Madrid? —preguntó, cambiando el tono—. Andás apretando los dientes. O mordiendo muy fuerte alguna cosa.

Le respondí con una mueca de inocente que terminó de encenderlo. Noté cómo se acomodaba el pantalón.

—Te voy a hacer unos masajitos para relajarte, ¿querés? —Asentí sonriendo—. Sacate un poco de ropa y acostate boca abajo.

Me quité el suéter y lo miré como preguntando hasta dónde.

—Quedate solo con la ropa interior —dijo mientras cerraba las cortinas.

Me desvestí despacio, fingiendo que no notaba cómo me devoraba con los ojos, y me recosté de nuevo.

Me acarició la espalda rozándome apenas con la punta de los dedos. Respiré profundo y me dejé llevar. Estaba disfrutando de cada regla que rompíamos en ese momento. Me tomó fuerte del cabello y empezó a masajearme el cuello, deshaciendo tensiones que yo ni siquiera sabía que tenía. Me dijo al oído que iba a ponerme aceite para tocarme mejor. Yo solo lo dejé hacer, incluso cuando me desabrochó el sostén para bajar por toda la espalda.

Se colocó frente a mí y me masajeó los hombros con fuerza, rozándome la cara con su erección bien marcada a través del pantalón. Yo enloquecía de deseo y me removía sobre la camilla.

—Quieta, Lara —me dijo, y me asestó una nalgada con la mano aceitada—. Todavía falta mucho.

Siguió masajeándome las piernas y luego los pies, mientras yo gemía por lo bajo, de placer y de hambre. No sabía cuánto más iba a aguantar sin probar lo que tenía guardado en el pantalón.

Cuando sus manos llegaron a mis nalgas, todo empeoró. Mi cuerpo reaccionaba por instinto: la espalda se me arqueaba sola para ofrecerle el culo bien entregado, me volvía loca cómo me recorría cada centímetro. Abrí un poco las piernas, buscando que me tocara más. Con un dedo, enganchó mi tanga y la deslizó de arriba abajo, separándola de mi piel, comprobando lo mojada que ya estaba.

Me dio una única lamida, larga, que me recorrió entera. Me estremecí y me empapé todavía más.

—Vestite, tengo otra paciente —dijo de pronto, y se me cayó el alma a los pies—. Esta noche arreglamos cuentas. En mi casa, a las nueve. Con la misma tanga. Y no quiero que te toques.

No hay nada que me ponga más feroz que una calentura sin resolver. Pero su tono era tan autoritario que obedecí sin chistar.

***

Llegué a la hora acordada con poco más que un vestido y la tanga exigida. No tenía intenciones de demorar nada: estaba inquieta, ansiosa por que de una vez me llenara como me había prometido.

Me recibió en la cocina con cierta sequedad.

—Traé esa botella y dos copas. Sacate todo menos la tanguita y vení al sillón. Esta noche quiero que me llames papi, ¿me entendiste?

Entendí el tono de la escena: esa noche las órdenes las daba él. Pero lo que encontré me dejó aturdida.

No estaba solo. A su lado, en el sillón, había un desconocido.

—Vení, nena, quiero presentarte a tu tío —dijo Ricardo—. Dale un besito, vamos. Y servinos vino.

El hombre me miraba las tetas embelesado. Intercambió con Ricardo una mueca de complicidad y me ordenó dar una vuelta para verme bien. Me agaché sobre la mesa ratona para servir el vino, confundida y un poco asustada. Ricardo me dio una nalgada que casi me tumba y levantó su copa para brindar.

—Vení, mi amor —dijo, palmeándose un muslo para que me sentara sobre sus rodillas.

Obedecí despacio y él me tomó fuerte del cabello.

—Tenías tantas ganas que te traje dos.

Me dejé manosear las tetas pensando en la escena de la tarde, intentando recuperar aquella excitación. Me descubrí sonriendo de medio lado, y Ricardo aprovechó el gesto para apoyarme la erección bien dura contra el culo.

Ya estaba hecho. La piel se me erizó entera y se me escapó un gemido. Estaba decidida a ser la nena de mi papi y dejarme hacer lo que él y el otro quisieran.

Tomándome del pelo, Ricardo me acomodó a cuatro patas sobre el sillón. Se sacó la verga del pantalón y la boca se me hizo agua: gruesa, con las venas marcadas, ya húmeda. Le pregunté con la mirada si podía empezar, y me la fue dando de a poquito. Lamí la punta despacio, mirándolo a los ojos para comprobar que le gustara. Mientras tanto, mi culo entangado se movía bajo las manos del otro, que lo acariciaba como si nunca hubiera visto uno igual.

Poco a poco, Ricardo me dejó tragar más y más profundo. Sentía cuatro manos a la vez sobre el cuerpo y empezaba a mojarme sin control. Entre los dos me bajaron la tanga y comenzaron a untarme con el mismo aceite que ya conocía bien. Ese perfume me puso a mil. Chupé hasta el fondo, atragantándome a propósito.

—¿Querés que te aceite la cola, putita? —preguntó el desconocido.

Mis ojos suplicaron que sí. Ricardo me abrió las nalgas y dejó que el otro me hundiera un dedo grueso hasta el fondo. Gemí con la verga todavía en la boca. Solo quería más.

El desconocido alternaba los dedos: penetraba el culo, después la vagina, luego los dos a la vez. Ricardo me empujaba la cabeza para que tragara más profundo, hasta dejarme sin aire.

—¿Le vas a agradecer al tío que te preparó el culito, Lara? —dijo mientras me tomaba otra vez del pelo y me sentaba sobre su verga, penetrándome de golpe.

—Sí, papi —logré musitar entre gemidos.

El desconocido se puso de pie frente a mí y me restregó la verga por la cara. Era aún más grande que la de Ricardo, de esas que imponen un poco de miedo. Mi papi me cogía sentada y me sujetaba las muñecas hacia atrás.

—Metete la del tío entera en la boquita, o vas a ver —me amenazó.

Abrí la boca todo lo que pude y me dejé embestir por esa bestia, que me agarró del cuello para metérmela más adentro. No pude contener las arcadas; no llegaba al fondo como me habían ordenado. Ricardo me repetía que tenía que comérmela toda, toda, mientras me pellizcaba los pezones con fuerza. Yo lo intentaba con todas mis fuerzas: la recorría con la lengua por arriba y por abajo, lamía la punta para poder respirar y volvía a tragármela hasta sentirla raspándome la garganta. Pero quedaron unos centímetros sin entrar y, por mucho que pedí perdón, decidieron castigarme.

Me pusieron a cuatro patas sobre la mesa ratona y se turnaron para darme unas nalgadas que no me voy a olvidar jamás. No sé cuál de los dos tenía las manos más grandes o los brazos más fuertes.

Después, los dos frente a mí, me obligaron a mamar las dos vergas a la vez. Eso sí que era una misión imposible, pero intenté portarme bien y complacerlos a ambos. Les lamí la verga, los huevos y más allá. Se restregaban contra mi cara, repartiendo bofetadas y alguna nalgada más sobre mi culo ya enrojecido.

Ricardo me dejó chupando al otro y me abrió las nalgas con fuerza.

—Ahora vas a ver cómo papi te abre el culo, Lara.

Me penetró con firmeza, entre la saliva y el aceite, y me hizo gritar de placer. Mamaba y movía las caderas como endemoniada: por fin me estaban dando la zamarreada que tanta falta me hacía.

El desconocido me sacó la verga de la boca para turnarse con Ricardo y cogerme uno a uno. La primera embestida me abrió todavía más, nunca me habían metido una así. Uno me sujetaba por la cintura y el otro de los pelos; ya no distinguía de quién era la mano que me hundía un dedo en la vagina empapada ni de quién la que me retorcía los pezones.

De a poco, las dos vergas se fueron acercando. Se intercambiaban mi agujero cada vez más seguido, y empecé a sentir las dos a punto de entrar al mismo tiempo.

—Respirá profundo, nena —me dijo el desconocido.

No me dio tiempo a obedecer. Sentí que el culo se me abría en dos con las dos vergas dentro. Grité de dolor y me penetraron todavía más fuerte.

—Así, nena, ¿ves que te entran las dos? Seguí moviendo ese culito —me alentó Ricardo, extasiado.

Me tenían firme por las caderas y me escupían para que entraran mejor. Yo se los movía como podía, sintiendo las dos vergas calientes latiéndome adentro, y apreté un poco para darles más placer.

El desconocido acabó primero. Sentí la descarga llegándome hasta el fondo y luego chorreándome por las piernas. Ricardo se estremeció con ese calor y acabó casi enseguida. Me dejaron las dos vergas adentro hasta el final, sacudiéndose las últimas gotas.

Cuando me dieron permiso, me incorporé con esfuerzo. El culo me ardía y seguía chorreando.

—Te portaste bien, Lara —me felicitó papi—. Arrodillate, que te doy dos paletas.

Les lamí la verga a los dos hasta dejarlas brillantes. Recogían con los dedos lo que me goteaba por las piernas y me lo daban a probar. Cuando dejé todo impecable, les serví más vino y me acurruqué entre ellos, esperando a que pronto se les antojara algo más.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (6)

PatricioR7

que sorpresón! no me lo esperaba para nada jajaja. buenisimo

DentistaSorpresa

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber cómo siguió todo despues

LectoraFurtiva

Lo lei de un tirón, muy bien narrado. Me encanto como fue desarrollando la tension desde el principio.

MarceloCdad

jajaja la parte del dentista me mato. Quien diria que una limpieza termina asi

TresEsMagia

Me recordó a una situacion parecida que viví hace años... esas coincidencias de la vida que uno no puede creer

Nadia_Riv

¿Es una historia real o inventada? Se siente muy autentico todo, muy bien logrado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.