El verano que dos hombres me esperaron en el lago
Belén vivía en un departamento angosto de Echesortu, en Rosario, con goteras en el baño y una hija de cuatro años que se llamaba Mía. Hacía tres meses que su pareja se había ido sin dejar más explicación que una nota en la heladera. Desde entonces, los días eran todos iguales: el turno en la recepción de la clínica, el jardín de infantes, la cena, el baño de la nena, las luces apagadas a las nueve.
Lo difícil empezaba después. Cuando Mía dormía y la casa quedaba en silencio, Belén se metía en la cama y sentía el vacío de ese lado del colchón como una presencia. Tenía treinta años, un cuerpo que la maternidad había vuelto más blando y más ancho de caderas, y unas ganas acumuladas que ya no se calmaban sola. Se bajaba la bombacha en la oscuridad, se abría el coño con dos dedos y se lo tocaba mordiéndose el labio para no hacer ruido, imaginando una polla dura empujándole adentro, un peso encima aplastándola, una boca chupándole las tetas. Se metía los dedos y los sacaba brillantes, se frotaba el clítoris hasta que las piernas se le sacudían, y cuando se venía lo hacía tapándose la boca con la otra mano. Después se quedaba mirando el techo, todavía agitada, con el coño latiéndole y la mano pegajosa, pensando que necesitaba una verga de verdad, algo que sus propios dedos no podían darle.
Una de esas noches, aburrida y caliente, entró a una aplicación de contactos y empezó a deslizar perfiles sin demasiada fe. Así apareció Gustavo.
***
Tenía cuarenta y siete años y vivía en Valle Sereno, un pueblo serrano de Córdoba pegado a un lago. En las fotos se lo veía robusto, de barba corta y mirada tranquila, de esas que no necesitan levantar la voz. Compartía una casa baja con su sobrino Damián, de veinticuatro, que en una imagen aparecía al fondo, alto y de sonrisa fácil, secándose el pelo después de nadar.
Los primeros mensajes fueron de lo más comunes. El calor, el lago, el trabajo de ella, lo callado que era el pueblo fuera de temporada. Gustavo escribía pausado, sin apuro, y eso a Belén le gustó. Una noche, sin embargo, él se animó a preguntar lo que los dos venían rodeando.
—¿Estás sola? —tipeó.
Belén miró la puerta cerrada del cuarto de su hija. Después contestó la verdad: que su pareja la había dejado, que la nena dormía a dos metros y que ella se estaba muriendo de ganas de que le partieran el coño.
A partir de ahí los mensajes cambiaron de temperatura. Gustavo le contaba lo que le haría si la tuviera cerca: cómo le abriría las piernas, cómo le chuparía el coño hasta hacerla temblar, cómo se la cogería boca abajo agarrándola del pelo. Se lo escribía despacio, describiéndoselo como quien anticipa un plan y no como quien fanfarronea. Belén le respondía con la respiración corta, una mano en el teclado y la otra metida entre las piernas, los dedos girándole en el clítoris al ritmo de cada mensaje. Empezaron a mandarse fotos. Ella le mostró el escote, después las tetas al aire, después el coño abierto con dos dedos adentro. Él le devolvió imágenes de su verga dura, gruesa, marcada de venas, que la hacían apretar los muslos contra la silla y volver a tocarse mientras miraba fijo la pantalla.
Una de esas noches, Gustavo deslizó algo nuevo en la charla.
—Te tengo que confesar una cosa. Damián, mi sobrino, vive conmigo. Y a veces compartimos más que la casa. ¿Te molesta?
Belén leyó la frase dos veces. En lugar de incomodarla, sintió un cosquilleo nuevo, una idea que nunca se había permitido del todo. Dos hombres. Dos pollas. La sola posibilidad le aceleró el pulso de una manera que la asustó y la encendió al mismo tiempo.
—No me molesta —escribió, y borró tres veces el resto antes de animarse a mandarlo—. Me da curiosidad.
***
La propuesta llegó después de tres semanas de charlas que la dejaban temblando y con las bombachas empapadas.
—Venite a pasar el verano acá, con la nena —escribió Gustavo—. La casa es chica pero cómoda. Hay pileta, el lago está a dos cuadras y un patio enorme para que Mía juegue. Vos descansás de Rosario. Y nosotros nos encargamos de que no te aburras.
Belén no lo pensó tanto como debería. Pidió las vacaciones acumuladas, vendió un par de cosas que ya no usaba y compró dos pasajes de micro. Una semana más tarde, el diez de enero, bajaba en la terminal de Valle Sereno con Mía dormida en brazos y una valija demasiado liviana.
El calor cordobés caía como una manta. Gustavo la esperaba apoyado en una camioneta vieja, y Damián estaba con él. Los dos la miraron bajar, de arriba abajo, sin disimular. Belén llevaba un short de jean y una remera fina, sin corpiño, y sintió esas dos miradas recorrerla como manos, deteniéndose en las tetas y en el culo.
Gustavo la abrazó. Olía a sol y a tabaco. Le apretó la cintura y de paso le bajó la mano hasta la nalga, la palmeó una vez fuerte por encima del short.
—Por fin llegaste —le dijo al oído, bajito, para que solo ella lo oyera—. Ya no te va a caminar bien el culo cuando te vayas.
Damián le dio un beso en la mejilla y le apretó apenas la cintura, un gesto rápido que le erizó la piel y le mojó la bombacha en el acto.
La casa estaba al final de una calle de tierra, rodeada de árboles, con el lago brillando entre las ramas. Tenían preparada una pileta inflable para Mía y un cuarto con una camita para ella. La nena, fascinada con el agua y el patio, se durmió temprano, rendida por el viaje. Belén la arropó, le dejó la puerta entornada y volvió al living con el corazón golpeándole en la garganta y el coño ya latiéndole de anticipación.
***
Gustavo no esperó. Apenas la puerta del cuarto principal se cerró, la tomó de la cintura y la apoyó contra la pared.
—Tres meses esperándote —murmuró—. Tres meses pajeándome pensando en este coño.
La besó largo, con lengua, mientras le metía la mano por debajo del short y directamente adentro de la bombacha. Le abrió los labios del coño con dos dedos y le pasó el pulgar por el clítoris. Belén ya estaba empapada, y cuando él lo notó le sonrió contra la boca y le hundió los dos dedos hasta el fondo.
—Mirá cómo estás —le dijo, sacando los dedos brillantes y metiéndoselos a ella en la boca para que se los chupara—. Chupá, puta, sentí a qué gusto tenés.
Belén le chupó los dedos gimiendo, mordiéndoselos. Le bajó el cierre del pantalón, le sacó la verga y la sintió pesada y caliente en la palma de la mano. Era gruesa, con la punta ya húmeda, y ella se agachó ahí mismo, contra la pared, y se la metió en la boca de una. La tomó entera, tragándose la cabeza hasta la garganta, tosiendo y volviendo a bajar. Gustavo le agarró el pelo con las dos manos y empezó a moverle la cabeza al ritmo que quería, follándole la boca despacio, hondo.
Damián se acercó por detrás. Le levantó la remera despacio, se la sacó por arriba de la cabeza sin que ella soltara la verga del tío, y le rodeó el torso con los brazos. Le tomó los pechos, se los amasó, le pellizcó los pezones hasta que Belén gimió con la boca llena. Le bajó el short y la bombacha de un tirón, se agachó detrás de ella y le abrió el culo con las dos manos. Le pasó la lengua por el coño desde atrás, largo, lamiéndole todo, subiendo hasta el ojete y volviendo a bajar.
—Qué rica que sos —le dijo, con la cara pegada entre sus nalgas—. Qué rico coño tenés, hermano, mirá esto.
Entre los dos la desnudaron del todo, sin prisa, como si tuvieran todo el verano por delante. Gustavo se sentó en el borde de la cama y la hizo arrodillar frente a él, siguió cogiéndole la boca, mientras Damián se quedaba detrás lamiéndole el coño en cuatro, metiéndole la lengua entera adentro, chupándole el clítoris desde atrás. Belén se venía por primera vez con la verga del tío en la garganta y los dedos del sobrino abriéndola. Gimió alrededor de la polla, con lágrimas de esfuerzo, el coño contrayéndose sobre nada.
La subieron a la cama. La acostaron de espaldas, abierta de piernas, ofrecida, sin un gramo de la vergüenza que se había traído de Rosario. Gustavo se arrodilló entre sus muslos, se agarró la verga y se la pasó por los labios del coño, restregándola en el clítoris.
—Pedila —le dijo.
—Metémela —jadeó ella—. Cogeme, por favor, metémela toda.
Se la metió de una, entera, hasta que sintió los huevos golpearle el culo. Belén arqueó la espalda y gritó. Gustavo la agarró de las caderas y empezó a cogerla fuerte, embistiendo hondo, sacándola casi entera y volviendo a clavarla hasta el fondo. La cama crujía. Damián se subió del otro lado, se arrodilló junto a su cara y ella lo recibió en la boca; era más largo que el tío, más fino, y ella lo tomó entero, con los ojos cerrados, la garganta abierta.
Los dos encontraron un ritmo, sincronizados, uno cogiéndole la boca y el otro las caderas. Belén se entregó por completo a esa sensación de estar llena por los dos lados, de tener una verga en cada agujero de arriba, de no tener que pensar en nada, de ser solo un cuerpo abierto para dos hombres. Se vino otra vez, con la boca llena, temblando entera, y sintió cómo el coño se le apretaba alrededor de la verga de Gustavo.
—Cambio —dijo el tío, con la voz ronca.
La levantaron y la pusieron en cuatro. Damián se acomodó atrás, le agarró la cadera con una mano y con la otra se guio la polla adentro. Entró despacio, abriéndola, hasta el fondo, y después empezó a moverse rápido, palmeándole el culo cada tantos golpes. Gustavo se paró frente a ella y le dio la verga a chupar; Belén sentía el gusto de su propio coño en la polla del tío y la chupaba babeada, mirando para arriba.
—Así, puta —le decía Damián detrás, agarrándola del pelo—. Así te gusta, ¿no? Bien cogida por los dos.
—Sí —jadeó ella, soltando la verga un segundo—. Sí, así, no paren, no paren.
La sentaron a horcajadas sobre Gustavo. Ella se empaló sola, bajando despacio hasta el fondo, moviendo las caderas en círculos. Damián se acomodó detrás, se escupió en la mano, le pasó los dedos por el ojete y empezó a abrirla, primero uno, después dos. Belén sintió el segundo dedo y gimió largo, aflojándose. Cuando la sintió lista, el sobrino se guio la verga contra su culo y empezó a apretar.
—Aflojá —le susurró, besándole la nuca—. Respirá y aflojá.
Se la metió de a poco, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera adentro del culo mientras el tío la seguía teniendo entera adentro del coño. Belén se quedó quieta un segundo, temblando, con las dos vergas separadas apenas por una pared de carne, sintiéndose partida al medio, más llena de lo que había estado nunca en su vida.
—Cogéme —pidió, con la voz rota—. Cogéme entre los dos, por favor.
Empezaron a moverse. Al principio despacio, alternados, uno subiendo mientras el otro bajaba. Después juntos, hondo, sin piedad. Belén no supo cómo llamar a lo que sintió; se vino tres veces seguidas, chorreando entre los muslos de Gustavo, gritando con la boca pegada al hombro del tío. La cogieron contra la pared del baño después, bajo el agua de la ducha, uno adentro del coño mientras el otro le hacía chupar la verga limpia. Perdió la cuenta de las veces que se vino. Los dos terminaron adentro de ella, primero Damián en el culo, después Gustavo en el coño, y ella se quedó tirada boca arriba con las piernas abiertas sintiendo cómo la corrida caliente se le escurría por los dos lados.
Cuando por fin se quedaron quietos, amontonados en la cama grande, tenía las piernas flojas, el coño ardiendo y una sonrisa boba que no se le borraba.
Hacía tres meses que no me sentía viva, pensó antes de dormirse entre los dos, con semen todavía escurriéndose.
***
Los días que siguieron tuvieron su propia rutina. A la mañana, mientras Mía jugaba en el patio con los juguetes que le habían comprado, Belén desayunaba tarde y mal, casi siempre interrumpida por una mano que la buscaba por debajo de la mesa, unos dedos que se le metían adentro sin pedir permiso, una verga que le apoyaban en la boca mientras masticaba. Al mediodía caían a la pileta. A la tarde, la siesta no era para dormir: era una hora larga con la puerta trabada, ella boca abajo con una almohada bajo la pelvis, mordiendo la sábana para no gritar mientras uno de los dos la cogía y el otro le daba a chupar. A la noche, cuando la nena se rendía, el cuarto del fondo se convertía en otra cosa.
Belén nunca se había sentido tan deseada. En Rosario era invisible; acá la querían a toda hora, y ella respondía con una entrega que la sorprendía a sí misma. Andaba por la casa en bombacha y remera fina, y bastaba que se agachara a levantar un juguete de Mía para que alguno le apoyara la verga dura contra el culo por detrás.
***
Fue por esos días que se hizo amiga de Mónica, la vecina. Tenía treinta y ocho años, era divorciada y vivía sola del otro lado de la medianera. Empezaron charlando por encima del cerco mientras Mía jugaba, después con mate en el porche, y en pocas tardes la confianza creció lo suficiente como para que Belén dijera en voz alta lo que estaba viviendo.
—Te cuento algo, pero te quedás callada —le pidió una tarde, colorada hasta las orejas.
Mónica levantó una ceja, divertida.
—Gustavo y Damián —dijo Belén, y se mordió el labio—. Los dos. Me cogen los dos. Todos los días.
A Mónica se le abrieron los ojos.
—¿Los dos al mismo tiempo?
—Los dos —repitió Belén, y bajó la voz—. Uno en el coño y otro en el culo. Nunca me había pasado algo así. Nunca me sentí así.
Mónica se removió en la silla, cruzó las piernas y las volvió a cruzar. Se inclinó hacia adelante, claramente interesada, y le hizo prometer que le contaría cada detalle. Belén se rio, nerviosa y excitada de estar hablándolo, notando cómo a la vecina se le habían puesto duros los pezones debajo de la blusa. Y entonces se animó a pedirle algo.
—Esta tarde quiero estar tranquila con ellos en la pileta. ¿Me cuidás a Mía un rato? Le decís que van a hacer galletitas, cualquier cosa.
Mónica sonrió con picardía.
—Te la cuido. Pero después me contás todo. Hasta el último detalle.
***
Esa tarde, con la nena del otro lado del cerco, el patio quedó solo para los tres. El sol pegaba fuerte sobre el agua quieta de la pileta. Belén salió del agua chorreando, con la malla enteriza pegada al cuerpo. Gustavo le corrió la bombacha de la malla a un costado sin sacársela y le metió dos dedos en el coño ahí mismo, en el borde de la pileta.
—Ya estás mojada —le dijo, riéndose—. Y no es el agua.
La inclinó contra el borde de plástico, le bajó los tirantes de la malla dejándole las tetas afuera al sol, y se la metió por detrás de un empujón. Damián se paró delante, se sacó el short mojado y le puso la verga en la boca. Belén los recibió a los dos a la vez, y esta vez no le importó si alguien podía escucharla desde las casas vecinas; gimió fuerte, libre, sin frenarse, con la boca llena y el coño chorreando en la mano del tío.
Gustavo la cogió duro contra el borde, con las tetas rebotándole afuera de la malla, hasta que se vino la primera vez. Después la giraron. Damián se acostó sobre una toalla y la sentó encima de espaldas a él; se le metió en el culo despacio, aflojándola con paciencia. Cuando la tuvo entera adentro, Gustavo se acomodó de frente, le abrió las piernas y le metió la verga en el coño. Belén los sintió a los dos a la vez, adentro, moviéndose alternados, y se agarró a los hombros del tío para no caerse hacia atrás.
—No paren —pidió, con los pechos al sol y la cara roja—. Por favor, no paren.
Le mamaron las tetas turnándose, se las mordieron, le escupieron encima. Belén se vino dos veces más entre esos dos cuerpos, temblando bajo el cielo abierto, y cuando por fin ellos aflojaron la dejaron tirada sobre el césped con las piernas abiertas, la malla corrida, la corrida chorreándole por los muslos hasta el pasto. Se quedó ahí, riéndose floja, con las piernas que no le respondían.
***
Esa misma noche, después de acostar a Mía, Belén seguía encendida. Tomó el teléfono y le escribió a Mónica: «La nena duerme. ¿Venís? Y si te animás, no vengas solo a escuchar».
La respuesta llegó en menos de un minuto: «Dejá la puerta sin llave. Estoy mojada desde que me contaste lo de la pileta».
Diez minutos más tarde Mónica entró en silencio, con un vestido liviano y nada debajo. Tenía un cuerpo maduro y generoso, de tetas pesadas y caderas anchas, y caminó hasta el cuarto con una seguridad que a Belén la prendió todavía más. Gustavo y Damián la esperaban desnudos en la cama, con las vergas ya duras.
—Pasá —le dijo Belén, sentada en el borde, en bombacha, con una sonrisa nueva—. Hoy te toca a vos saber de qué te hablaba.
Mónica se sacó el vestido de un tirón. Tenía las tetas grandes con los pezones oscuros y un coño abundante, mojado antes de que nadie la tocara. Gustavo la miró de arriba abajo y le tendió la mano; la sentó a horcajadas sobre su cara y empezó a chupársela ahí mismo, sin preámbulo, con la lengua entera adentro. Mónica se agarró del respaldo de la cama y echó la cabeza atrás, gimiendo grave.
Belén se arrodilló al lado, le agarró una teta y se la metió en la boca, chupándole el pezón hasta ponérselo duro. Damián se acomodó detrás de Mónica y empezó a acariciarle la espalda, a besarle la nuca, a pasarle la verga entre las nalgas sin metérsela todavía.
—Chupále las tetas —le pidió Gustavo a Belén desde abajo, con la lengua ocupada—, ponéselas duras.
Belén obedeció, pasando de un pezón al otro, mordiéndolos apenas, chupándolos hasta hacer ruido. Mónica se vino sobre la boca del tío en cuestión de minutos, gritando fuerte, agarrada del pelo de Belén.
La bajaron y la pusieron en cuatro. Damián se le metió en el coño de una, agarrándola de las caderas anchas, mientras Gustavo se paraba adelante y le daba a chupar la verga mojada de su jugo. Belén se acostó boca arriba debajo de Mónica y le lamió el clítoris mientras el sobrino la cogía; sentía la verga entrando y saliendo a pocos centímetros de su cara, y de a ratos le pasaba la lengua a Damián por los huevos también. Mónica se venía sin parar, temblando, agarrada a las sábanas, con la lengua de otra mujer en el clítoris y una polla joven partiéndole el coño.
Cambiaron. Ahora era Belén la que se sentaba a horcajadas sobre Mónica cara a cara, restregándose coño contra coño mientras Gustavo la cogía por detrás y Damián se paraba al costado y las hacía chupar por turnos la misma verga, pasándolas de una boca a la otra. Las dos mujeres se besaban con la boca llena del gusto de él, se pasaban la lengua, se chupaban las tetas entre ellas.
Cuando terminaron, los hombres se vinieron encima, uno en la cara de Belén y el otro en las tetas de Mónica. Se quedaron todos tirados en la cama, respirando, pegajosos. Mónica se levantó tambaleante, con una sonrisa cansada y la mirada perdida, la corrida todavía brillándole en el pecho.
—Dios —murmuró, ronca—. Hace años que no me cogían así.
Belén la ayudó a vestirse, le limpió el pecho con la remera de ella misma, y la acompañó hasta la puerta. Mónica volvió a su casa caminando despacio, con las piernas abiertas, y las dos sabían que no iba a ser la última vez.
***
El resto del verano pasó en esa misma clave. La cocina —donde una mañana Gustavo la agarró contra la mesada y se la cogió mientras el café hervía—, la pileta, el living, una vez incluso el bote en el medio del lago una tarde que Mónica se llevó a Mía a pescar a la orilla. En el bote la pusieron en cuatro sobre los tablones tibios y se turnaron adentro de ella mientras el agua golpeaba suave contra el casco; Belén se vino mordiendo el chaleco salvavidas para que no la oyeran desde la orilla. Belén nunca se había sentido tan deseada ni tan libre. Andaba con el coño constantemente mojado, siempre lista, siempre abierta. La soledad de Rosario, las goteras, la nota en la heladera, todo eso le parecía ahora de otra vida.
Cuando llegó febrero y tuvo que volver, ya sabía que iba a regresar. Gustavo la abrazó en la terminal, contra la misma camioneta donde la había recibido, y le habló bajito al oído.
—La casa siempre va a estar abierta para vos y para la nena. Y este coño también va a seguir siendo nuestro.
Damián le dejó un beso en la mejilla, le apretó el culo por debajo del vestido una última vez, y una promesa parecida.
Belén subió al micro con Mía dormida en brazos y la frente apoyada en la ventanilla. Todavía tenía las piernas un poco flojas del último polvo de la mañana. Mientras el pueblo serrano se perdía a lo lejos, sonrió, apretando los muslos. El próximo verano estaba lejos, pero ya empezaba a contarlo.