El jacuzzi donde dejamos de ser solo dos parejas
Habíamos alquilado la casa para el puente, los cuatro juntos, sin más plan que desconectar. Irene y yo conocíamos a Damián y Vera desde hacía años, y aun así nunca habíamos pasado tantos días bajo el mismo techo. El jacuzzi del jardín fue lo primero que nos conquistó al llegar: una bañera honda, rodeada de plantas, con un panel de luces que iba tiñendo el agua de azul, de violeta, de un rojo que parecía respirar.
Esa segunda noche nos metimos los cuatro después de cenar. El calor del agua nos envolvía como una manta, y el vino que arrastrábamos desde la mesa nos había soltado la lengua y algo más. Irene apoyó la cabeza en mi hombro y buscó mi mano bajo la superficie.
—Nunca había estado tan a gusto con otra pareja —dijo Vera, recostada contra el pecho de Damián—. Es raro, pero siento que aquí puedo decir cualquier cosa.
—Lo mismo pienso yo —respondí, mirándola un instante antes de volver a Irene—. Como si sobraran los filtros.
Damián sonrió con esa mezcla de chulería y calma que siempre tiene cuando va a proponer algo.
—Entonces juguemos —dijo, inclinándose un poco hacia el centro—. Que cada uno diga qué le gusta de la pareja del otro. Sin vergüenza.
Vera se rió y aceptó enseguida.
—Empiezo yo. Me encanta cómo Irene se mete en cualquier conversación sin miedo. Esa seguridad suya me parece preciosa.
—Y a mí me gusta cómo Damián escucha de verdad —dijo Irene, mirándolo más tiempo del necesario—. Cómo hace que un momento tonto se vuelva especial.
Yo carraspeé, sintiendo el calor subirme por el cuello, y no solo por el agua.
—Admiro lo abierta que es Vera —admití—. Cómo dice lo que siente sin medirlo. Eso me desarma.
La luz roja pasó a violeta. Cada confesión nos había acercado un par de centímetros más, y de pronto los cuatro estábamos casi tocándonos, las rodillas rozándose bajo el burbujeo.
—Hay algo más —añadió Vera, bajando la voz—. Me gusta cómo os miráis vosotros dos cuando creéis que nadie lo nota. Da envidia. Y un poco de morbo, no lo voy a negar.
Nadie corrigió esa última palabra. Se quedó flotando entre el vapor, y entendí que la noche había cambiado de dirección sin que ninguno lo dijera en voz alta.
***
El silencio que vino después no era incómodo. Era denso, cargado, de esos que piden que alguien dé el primer paso. Estiré el brazo hacia la mesa anexa, donde habíamos dejado un mando, y apagué las luces del jardín. Solo quedaron las del jacuzzi, tiñéndonos la piel de colores cambiantes.
—Así está mejor —dije, y mi propia voz me sonó distinta.
Irene me sostuvo la mirada. La conocía lo suficiente para leer en ella un permiso, casi una orden. Busqué bajo el agua el lazo de su bikini y tiré despacio, dejándolo caer. Vera se mordió el labio. Damián la observaba a ella observarnos, y la cadena de miradas tenía algo eléctrico.
El bikini quedó flotando un instante en la superficie antes de que Irene lo apartara con la mano. Nadie hizo el gesto de salir, nadie fingió pudor. El agua nos cubría hasta los hombros, pero la complicidad nos dejaba a todos al descubierto.
—Vaya, parece que la noche se pone interesante —murmuró Damián, sin apartar los ojos.
—Solo estábamos calentando —contesté, y bajo el agua ya tenía la polla dura apretada contra el muslo de Irene.
Irene se inclinó y me besó, un beso lento que se fue volviendo hondo, con lengua, mordiéndome el labio inferior. Mi mano ya estaba entre sus piernas, apartándole las bragas del bikini, y le metí dos dedos de golpe en el coño. La sentí abrirse alrededor, caliente y resbaladiza incluso dentro del agua. Cuando se separó un palmo de mí, giró la cara hacia Vera sin soltarme.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó, mientras yo la seguía follando con los dedos y ella jadeaba en mi oreja.
Vera tragó saliva. Tenía la respiración entrecortada y las mejillas encendidas. Damián le había metido la mano por dentro del bañador y se notaba por el movimiento del brazo que le estaba trabajando el clítoris.
—Mucho —dijo en un hilo de voz—. Muchísimo.
—Enséñanoslo, Vera —le pidió Irene, ronca—. Quítate esa parte de arriba. Quiero verte las tetas.
Vera obedeció sin dudar. Se desató el bikini y lo lanzó al borde de la bañera. Tenía los pezones oscuros, hinchados, y Damián se agachó al momento a chupárselos, primero uno y luego el otro, mientras ella echaba la cabeza atrás y gemía.
—Joder —dije, con la boca pegada al cuello de Irene—. Miradlos.
Irene bajó la mano y me agarró la polla bajo el agua. Empezó a masturbarme despacio, cerrando el puño con firmeza, subiendo y bajando con el ritmo con que yo le metía los dedos a ella.
—¿Y tú, Mateo? —me lanzó Damián, con la boca todavía en un pezón de Vera—. ¿Te gusta vernos a nosotros?
—Me encanta —respondí sin pensarlo—. Es una vista que no se olvida. Cómetela entera.
Damián sonrió y hundió a Vera contra el borde. Le separó las piernas bajo el agua y le metió la cara entre los muslos, comiéndole el coño con la bañera hasta el cuello. Vera se agarró del filo, con la boca abierta, gimiendo sin cortarse. A un metro, yo levanté a Irene en brazos y la senté en el borde, con las piernas abiertas de par en par. Le arranqué del todo la braga del bikini, se la tiré a la cara a Damián de broma, y me metí entre sus muslos a mamarle el coño.
Estaba empapada y no era solo del agua. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris, chupándoselo con los labios apretados, y ella me clavó los talones en la espalda.
—Así, joder, así —jadeó Irene, agarrándome del pelo—. No pares, Mateo.
Al lado, Vera tenía la misma cara: los ojos cerrados, la boca abierta, meciéndose contra la cara de Damián. Los cuatro sabíamos que si seguíamos allí íbamos a correrntes sin habernos follado siquiera, y era demasiado pronto.
—Deberíamos subir —dije, separándome a regañadientes, con la barbilla brillante—. Arriba estaremos más cómodos. Y hay espejos.
Nadie discutió. Salimos del agua chorreando, riéndonos por lo bajo, con las pollas duras y los coños hinchados a la vista, y los guié escaleras arriba con la piel erizada por el aire fresco de la noche.
***
El dormitorio principal era el motivo por el que yo había insistido en esa casa. Damián, que no lo había visto, se quedó parado en el umbral. Una cama enorme ocupaba el centro, y dos paredes estaban forradas de espejos; había otro en el techo, justo encima del colchón. Un cuarto pensado para mirar tanto como para ser mirado.
—Joder —fue lo único que dijo Damián.
Abrí un cajón y saqué dos antifaces de tela. Le tendí uno.
—Vamos a hacerlo interesante de verdad —le dije al oído.
Entendió a la primera. Le cubrimos los ojos a Irene y a Vera, y las tumbamos juntas en el centro de la cama, muy cerca la una de la otra. Verlas así, desnudas, vendadas, con los pezones duros y los muslos entreabiertos, sin saber qué venía después, me cortó la respiración. Esto no lo vamos a olvidar nunca, pensé.
Empecé por el cuello de Irene, recorriéndolo con los labios mientras mis manos subían hasta sus pechos. Le pellizqué los pezones, se los retorcí despacio, hasta sentirlos endurecerse todavía más bajo los dedos. A mi lado, Damián hacía lo propio con Vera, y los primeros gemidos de las dos se cruzaron en el aire de la habitación, multiplicados por todos los espejos.
—Tus manos queman, Mateo —jadeó Irene, arqueando la espalda—. No pares.
—Estás ardiendo, Vera —murmuró Damián con la voz ronca, metiéndole dos dedos y sacándolos brillantes—. Puedo notarlo. Estás empapada, joder.
Nos miramos un segundo, él y yo, con una complicidad que no necesitaba palabras. Había algo extraño y excitante en compartir aquello sin celos, en saber que el placer de mi pareja crecía justo porque otros la observaban. Bajé por el vientre de Irene a besos lentos, demorándome en el ombligo, mordisqueándole el interior de los muslos, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo mis labios, hasta que sus caderas empezaron a buscarme solas, empujándome la cara contra el coño.
—Por favor —rogó ella—, cómemelo ya, no me hagas esperar.
Le abrí las piernas del todo y le enterré la lengua entre los labios del coño. Estaba caliente, hinchada, con ese sabor concentrado que se me pone entre ceja y ceja. Le trabajé el clítoris con la punta de la lengua, en círculos apretados, y después le metí dos dedos curvándolos hacia arriba, buscándole el punto que la vuelve loca. Irene empezó a follarme los dedos ella sola, moviendo las caderas contra mi mano.
Lo que pasó entonces no lo planeamos. Vera, a ciegas, guiada por el roce y el calor, estiró la mano y encontró el cuerpo de Irene. Sus dedos le rozaron un pecho, dudaron un instante y luego se quedaron, acariciándola, buscándole el pezón y pellizcándoselo. Irene respondió girándose apenas hacia ella, y de pronto las dos se buscaban entre sí, sin vernos, perdidas en sus propias sensaciones. Vera bajó la mano hasta encontrar el coño de Irene, chocó con mis dedos allí metidos, y en lugar de retirarse le empezó a acariciar el clítoris mientras yo seguía dentro.
—Tus caricias son como electricidad —le dijo Irene a Vera, casi sin aliento—. Me vuelves loca, sigue tocándome ahí.
—Me encanta tocarte el coño —contestó Vera, con un gemido entrecortado—. Estás mojadísima.
Damián y yo nos quedamos mirándolas un momento, hipnotizados, antes de volver a lo nuestro. Mi boca encontró otra vez el clítoris de Irene y me puse a chupárselo con ganas, mientras la penetraba con tres dedos. Al otro lado, Damián se había agachado entre las piernas de Vera y le comía el coño con la misma dedicación, con la mano derecha subida al pecho, apretándoselo. El cuarto entero se llenó de jadeos, del ruido húmedo de nuestras bocas y del chapoteo de los dedos entrando y saliendo. Todo rebotaba en el cristal.
—No pares, te lo pido —suplicó Irene, las caderas siguiendo el ritmo de mi lengua—. Estoy muy cerca, me voy a correr.
—Tus gemidos me están matando —respondió Damián a Vera, sin levantar la cabeza, con la voz amortiguada contra su coño.
Sentí cómo el cuerpo de Irene se tensaba, cómo todo en ella se iba apretando hacia un mismo punto. Le apreté el clítoris entre los labios y le succioné con fuerza. Vera estaba igual; su mano apretó con fuerza el hombro de Irene, las dos al borde a la vez. Los espejos me devolvían cada detalle: la curva de sus espaldas, las bocas abiertas, los muslos temblando, mis dedos brillantes entrando y saliendo del coño de Irene.
—Seguid así, por favor —pedí, ronco de deseo, con la polla goteando contra la sábana.
El final llegó como una ola que nos arrastró a todos. Irene y Vera se corrieron casi al unísono, los cuerpos sacudiéndose, los gemidos fundiéndose en uno solo que llenó la habitación. Irene me apretó la cara con los muslos y me empapó la barbilla con un chorro caliente que se me escurrió hasta el cuello. Vera hizo lo mismo con Damián. Fue puro vértigo: cada músculo tensándose y luego rindiéndose en una misma descarga.
***
Tardaron un rato en recuperar el aliento. Cuando lo hicieron, se quitaron los antifaces casi a la vez, parpadeando ante las luces. Vera me miró con una sonrisa traviesa, todavía agitada, y bajó los ojos directamente a mi polla, que seguía dura y palpitando contra mi vientre.
—Ahora os toca a vosotros —dijo, incorporándose—. No vais a quedaros mirando toda la noche con esas pollas así.
Se acercó a mí sin disimular adónde miraba. Irene se rió y me empujó del hombro hacia el borde de la cama. Vera abrió los ojos un poco más de lo que pretendía cuando me tuvo la verga a un palmo de la cara.
—Vaya suerte tienes, Irene —comentó, mordiéndose el labio y rodeándome la base con la mano.
—La de Damián tampoco se queda corta —contestó ella, agarrándole a él la polla con las dos manos, midiéndola—. Mira qué cosa, gorda y todo.
Los cuatro nos reímos, pero sin soltar nada. La tensión se había vuelto descaro, y el descaro nos sentaba bien. Irene se arrodilló frente a mí en el suelo, me escupió en la punta y se metió mi polla en la boca hasta el fondo, tragándomela entera de una. La sentí cerrar los labios contra la base, con la lengua apretándome por debajo, y solté un gruñido que me salió del estómago. La imagen de mi pareja envolviéndome con la boca mientras la otra pareja nos miraba era pura lujuria.
Vera no perdió el tiempo: fue hacia Damián, se puso de rodillas al lado de Irene y se entregó a la polla de él con el mismo empeño, chupándosela con la boca abierta, sacando la lengua para lamerle los huevos, arrancándole un gruñido. Damián le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follársela por la boca, empujando despacio, sin ahogarla pero sin dejarla decidir el ritmo.
Al principio las dos lo hacían por su cuenta, casi explorando. Pero con cada minuto subieron la intensidad, animándose la una a la otra con miradas de reojo, y en un momento Irene se separó de mi polla, agarró la de Damián, y se puso a chupárselas a los dos a la vez, alternando, mientras Vera se le sumaba desde el otro lado. Cuatro manos y dos bocas, dos pollas metiéndose y saliendo, los hilos de saliva conectándonos a todos.
—Tu boca es increíble —gemí, enredando los dedos en el pelo de Irene—. No pares, mámamela así, joder.
—Me encanta cómo te sientes en la boca —le susurró Vera a Damián, levantando un instante la vista hacia el espejo del techo, con la polla de él marcándole la mejilla por dentro.
—Me vuelve loco verte mirarte mientras me la chupas —le dije a Vera, y ella sonrió sin soltar a Damián, escupiéndole en la punta y frotándosela contra los pezones.
No aguanté más. Levanté a Irene del suelo, la tiré boca abajo en la cama y me puse detrás. Le separé las nalgas con las dos manos y le metí la polla en el coño de una sola embestida. Estaba tan mojada que entré hasta los huevos sin resistencia. Ella gritó contra la sábana y arqueó la espalda, ofreciéndome el culo.
—Fóllame fuerte, Mateo —jadeó, mirando de reojo a Vera—. Que te vean cómo me la metes.
Damián captó la idea al vuelo. Sentó a Vera encima de él, a horcajadas, cara a cara conmigo y con Irene. Vera se empaló despacio en la polla de Damián, con la boca abierta y los ojos clavados en cómo yo se la metía a Irene. Empezó a cabalgarlo con ganas, botando encima de él, las tetas subiéndole y bajándole con cada golpe.
—Joder, qué vista —gruñó Damián, agarrándola de las caderas—. Miradnos, miradnos a los cuatro.
Levanté la vista al techo y los cuatro estábamos ahí arriba, reflejados: yo agarrando a Irene del pelo mientras la follaba desde atrás, ella con la cara enrojecida y la boca abierta, Vera cabalgando a Damián sin parar, y él mordiéndole el cuello. El cuarto entero se había convertido en un coro de jadeos, de choques de piel contra piel, del ruido mojado de dos coños siendo follados a la vez. Los espejos lo devolvían todo multiplicado: cada gesto, cada expresión, cada mirada de deseo cruzándose en el aire. No quedaba ni rastro de los cuatro amigos prudentes que se habían metido en el jacuzzi un par de horas antes.
—Cambiamos —soltó Irene de pronto, entre embestidas, con la voz rota—. Quiero probar. Quiero que Damián me la meta.
Vera se rió y se dejó caer al lado, jadeando.
—Yo llevo un rato queriendo la tuya, Mateo —dijo, poniéndose a cuatro patas frente a mí y arqueando el culo—. Ven, no me hagas esperar.
Saqué la polla del coño de Irene con un ruido húmedo y me pasé al otro lado de la cama. Damián ocupó mi sitio detrás de ella y le metió la suya de un solo golpe. Irene aulló de placer al sentirlo por primera vez, y giró la cara para besar a Vera, que en ese momento tenía mi polla entrando en su coño. Estaba más apretada que Irene, y más caliente todavía. Me clavé hasta el fondo y ella empujó el culo hacia atrás, buscando más.
—Joder, qué rica estás —gruñí, agarrándola del pelo—. Mira cómo te la meto, Vera.
—Dámela toda —jadeó ella, apretando el coño alrededor de mi polla—. Fóllame fuerte, no te cortes.
Al lado, Damián martilleaba a Irene sin piedad, con las manos clavadas en sus caderas, y ella se dejaba con la boca abierta. Los cuatro nos mirábamos en los espejos, siguiendo el ritmo, cambiando de compás, y las dos mujeres se buscaron las bocas y se besaron entre gemidos, con las lenguas fuera, mientras las folllábamos.
Duramos así lo que pudimos, cambiando de posiciones, hasta que el aire de la habitación era irrespirable. Al final volvimos con las nuestras. Irene se subió encima de mí y empezó a cabalgarme, apoyando las manos en mi pecho, botando con todas las ganas. Vera hizo lo mismo con Damián, a un palmo. Yo le agarré las tetas a Irene y ella se mordió el labio, moliéndome la polla con el coño.
—Me voy a correr otra vez —avisó, con la voz temblorosa—. Mateo, dentro, córrete dentro.
—Yo también —gruñó Damián, con Vera botando encima—. Joder, no aguanto más.
Me corrí en el coño de Irene con un gruñido largo, sintiendo cómo ella se apretaba a mi alrededor y estallaba encima con un grito. Damián descargó dentro de Vera al mismo tiempo, y las dos se dejaron caer una encima de cada uno, jadeando, empapadas en sudor, con el semen escurriéndoseles entre los muslos.
Cuando Irene y Vera intercambiaron una mirada cómplice y se giraron de nuevo la una hacia la otra, buscándose los coños chorreantes con la boca, Damián y yo nos limitamos a mirar, hombro con hombro, dos espectadores de algo que habíamos provocado y que ya no nos pertenecía del todo. El reflejo del techo nos devolvía la escena completa —Irene y Vera comiéndose la una a la otra, mezclando la corrida de sus maridos con las lenguas— y entendí que ninguno de los cuatro recordaría ese puente por la casa, ni por el jacuzzi, ni por el vino, sino por aquella noche en la que decidimos dejar de poner límites.
Irene levantó la cara un momento, los ojos brillantes y la barbilla mojada, y me sostuvo la mirada con una sonrisa que lo decía todo.
—El puente acaba de empezar —dijo.
Damián soltó una carcajada baja, Vera le siguió, y supe que esa casa, esa cama y esos espejos iban a verse mucho durante los días que nos quedaban. Ninguno de los cuatro dijo en voz alta lo que era evidente: que habíamos dejado de ser solo dos parejas, y que ninguno tenía la menor intención de volver atrás.