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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cabaña durante la tormenta

Lucía y yo habíamos quedado un sábado por la tarde para hacer una ruta de senderismo por la sierra, cerca de Huesca. Ella estaba en forma, con ese cuerpo de deportista que cuida cada detalle; yo, la verdad, bastante menos. Pero nos llevábamos demasiado bien como para no intentarlo. Hablábamos de todo, nos contábamos cosas que no le contábamos a nadie más, y aquella excursión era una excusa perfecta para pasar el día juntos.

Empezamos a andar con buen ánimo. El cielo estaba cargado, pero no le dimos importancia. A mitad de camino, ya lejos del coche, cayeron las primeras gotas. No era nada serio, así que decidimos seguir en lugar de volver sobre nuestros pasos.

Fue un error de cálculo. La lluvia, en vez de aflojar, fue cogiendo fuerza hasta convertirse en un aguacero. En cuestión de minutos estábamos empapados, sin refugio a la vista y con la tarde cayendo deprisa.

—Allí —dijo Lucía, señalando ladera arriba.

Entre los árboles asomaba una cabaña de madera. Subimos medio corriendo, resbalando en el barro, y al empujar la puerta descubrimos que estaba abierta. Dentro había una mesa, un par de bancos, una colchoneta vieja arrinconada y, lo mejor de todo, una chimenea con leña apilada al lado.

—Nos quedamos aquí hasta que pare —decidí.

Estábamos solos en mitad de la montaña, con la comida que llevábamos en las mochilas y un techo sobre la cabeza. Encendimos el fuego. La ropa pegada al cuerpo nos estaba helando, y no íbamos a quedarnos así toda la noche.

—No tenemos nada seco para cambiarnos —dije, dudando.

—Pues nos quedamos en ropa interior y la tendemos cerca del fuego. No es la primera vez que me ves en bañador.

Tenía razón, aunque nunca la había visto exactamente así. Lo admito, tenía su morbo, pero no había ninguna intención detrás. Solo dos amigos intentando no resfriarse. Tendimos las prendas en una cuerda junto a la chimenea y nos sentamos a esperar.

***

Llevábamos media hora largas cuando oímos voces fuera. Me asomé a la ventana: dos personas más subían hacia la cabaña, tan empapadas como habíamos llegado nosotros. Nos vestimos a toda prisa con la ropa todavía húmeda y les abrimos.

Eran una chica y un chico, jóvenes, que se habían visto en el mismo aprieto en otra ruta. Ella se llamaba Clara, tenía diecinueve años, rubia, con una mirada que parecía inocente y un cuerpo que desmentía esa inocencia. Él era Hugo, veintiuno, atlético, de esos que pasan más horas en el gimnasio que en casa.

—Veníamos por el otro sendero y nos pilló igual —explicó Hugo, escurriéndose el pelo—. ¿Os importa si nos quedamos?

—Para nada. Nosotros vamos a pasar aquí la noche y bajar con luz —contestó Lucía.

Les contamos que, antes de que llegaran, habíamos estado en ropa interior para no quedarnos congelados con todo mojado. Se rieron. Iban incluso peor que nosotros, calados hasta los huesos, así que no tardaron en imitarnos. Para compensar, Lucía y yo volvimos a quitarnos la ropa empapada, y los cuatro acabamos alrededor del fuego en paños menores como si fuera lo más natural del mundo.

Y, sin embargo, no lo era. Clara llevaba un tanga que, sentada, apenas se intuía, pero que al levantarse dejaba ver un culo perfecto. Verla a ella sumada a Lucía, con esa figura suya, me provocó una reacción que me costó disimular. Miré de reojo a Hugo y entendí que a él le pasaba exactamente lo mismo. Ninguno dijo nada.

***

Las horas siguientes transcurrieron con calma. Ellos habían venido mejor preparados: además de comida, traían bebida y un par de botellas de algo más fuerte. Cenamos, charlamos, nos reímos. El alcohol fue soltando las lenguas y bajando las defensas. En algún momento, Hugo sacó una baraja de cartas.

—¿Jugamos a algo?

Empezamos con una partida cualquiera, por matar el rato. Luego alguien propuso una regla: quien ganara la mano podía hacerle una pregunta a quien perdiera, y había que responder con la verdad. Las primeras fueron tontas, sin maldad. Pero ronda tras ronda, con el calor del fuego y el alcohol corriendo, el cuestionario se fue volviendo descaradamente sexual.

Hugo confesó que él y Clara ya se habían acostado más de una vez. Lucía soltó, mirándome de reojo, que en el fondo disfrutaba más con chicas que con chicos. Clara admitió que nunca había estado con una mujer, pero que la idea le daba un morbo que no podía negar. Y a mí me tocó reconocer que lo que de verdad me ponía era hacerlo en sitios donde pudieran verme.

Cada respuesta subía un grado la temperatura. Estábamos casi desnudos, achispados, con esa confianza repentina que aparece entre desconocidos que saben que probablemente no volverán a verse. A mí cada vez me costaba más esconder la erección, y poco a poco dejó de importarme que se notara.

—Las preguntas ya aburren —dijo Clara—. Cambiemos. Quien pierda, hace una prueba.

***

La primera en caer fue Lucía. Hugo le puso como reto quedarse en topless durante un minuto entero. Pensé que se negaría, pero ni lo dudó. Se soltó el sujetador y lo dejó caer sobre el banco. Sus pechos, que nunca había visto, eran preciosos, firmes, mejor puestos de lo que jamás había imaginado. Me quedé sin palabras.

La siguiente mano la perdió Hugo, y Lucía no perdonó: le ordenó desnudarse del todo durante cinco minutos mientras seguíamos jugando. Se quitó los calzoncillos sin pudor y dejó a la vista una polla considerable. La cosa se calentaba sola. Las pruebas que siguieron iban casi todas en la misma dirección: una prenda menos, un roce, una caricia. Llegó un punto en que los cuatro nos habíamos visto desnudos por completo y ya nadie se cubría.

En una de aquellas rondas perdió Clara, y la prueba que le puse fue un baile erótico para Lucía durante cinco minutos, con el objetivo de ponerla a mil. Lucía se sentó frente a nosotros y Clara empezó a contonearse. Acercaba los pechos a su cara y, justo cuando parecía que iban a rozarle los labios, se apartaba. En una de esas se sentó sobre ella, le cogió las manos y las llevó a su propio culo.

Lucía no necesitó más. Las dos se fundieron en un beso lento al principio, voraz después, con las lenguas buscándose sin disimulo. Cuando se separaron, mi amiga bajó a los pechos de Clara y los recorrió con la boca. Hugo y yo mirábamos en silencio, sin atrevernos a romper el momento.

Clara se giró entonces de cara a nosotros, sentada sobre Lucía, y le guio las manos hasta sus pechos. Lucía los acarició despacio, y una de sus manos fue descendiendo por el vientre hasta colarse entre las piernas de Clara. Cuando le hundió un dedo, Clara dejó escapar un gemido que ya no intentó contener. Los cinco minutos hacía rato que habían pasado, pero nadie quiso parar.

***

A partir de ahí las pruebas dejaron de tener pudor. No las contaré todas, solo las que de verdad merecen recordarse.

En una de ellas volvió a perder Lucía, y Clara fue creativa: tenía dos minutos para hacer que Hugo se corriera y tres para conseguir lo mismo conmigo. Con aquel de los dos que no lo lograra, podía hacer lo que quisiera durante un minuto.

Empezó por Hugo. Se arrodilló a su lado, le cogió la polla y la trabajó con la mano. Después de tanto rato de calentón, él aguantó poco. Cuando me llegó el turno, yo me prometí resistir: el premio valía demasiado la pena. Lucía me cogió por primera vez, algo que jamás pensé que llegaría a pasar entre nosotros, y empezó una paja firme, cada vez más rápida.

—Un minuto —cantó Clara.

Yo apretaba los dientes. Lucía se ponía nerviosa al ver que no lo conseguía, y cuando quedaban treinta segundos hizo lo que menos esperaba: se metió mi polla en la boca. Prefería ganar así antes que perder. La sensación me llevó al límite, pero aguanté por muy poco. No lo logró, y tuve el honor de poder hacerla mía durante ese minuto. La excitación llevaba acumulada tantas horas que fue breve, intenso, inolvidable. Pocos segundos después de entrar en ella ya me había corrido.

***

Otra de las pruebas fue para Clara. Le vendamos los ojos y los tres le hicimos sexo oral durante un minuto cada uno; al final tenía que adivinar el orden. Si acertaba, elegía premio; si no, elegíamos castigo.

Lucía empezó, y se notaba que lo disfrutaba tanto como Clara. Después fui yo, y cerró Hugo. Clara estaba tan ida de placer que falló el orden por completo.

El castigo fue que ella le hiciera sexo oral a Lucía. Mi amiga se tumbó en la colchoneta y Clara fue hacia ella. La besó en la boca mientras le colaba los dedos, luego fue bajando, mordiendo y pellizcando los pezones con torpeza pero con ganas. Se le notaba la inexperiencia, pero la suplía con entusiasmo, y Lucía la guiaba en voz baja, diciéndole cómo lo quería.

Clara obedecía cada instrucción. Para entonces, Hugo y yo habíamos recuperado las fuerzas y nos masturbábamos mirando la escena. Era imposible no hacerlo. Clara comía el coño de Lucía mientras esta, sin dejar de gemir, le devolvía la cortesía hundiéndole los dedos. Las dos se daban placer a la vez, entregadas, ajenas a todo lo demás.

Aquella fue la guinda de una noche que quizá nunca se repita, pero que ninguno de los cuatro olvidará. A la mañana siguiente, con la ropa por fin seca, bajamos la montaña como si nada hubiera pasado. Nos despedimos en el aparcamiento con una sonrisa cómplice. Lucía y yo no hablamos de ello hasta días después, y cuando lo hicimos, los dos sonreímos sin necesidad de decir nada más.

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Comentarios (5)

RicardoLM

Excelente!!! La atmósfera de la tormenta le da una tension increible. Mas asi por favor

KatyV_rdp

buenisimo!!!

ToniBA87

Me recordo una escapada que hice hace años a la montaña... lo nuestro no tuvo ese final tan interesante jeje. Muy buen relato

NocheViajera_09

Lo lei de un tiron, esas situaciones imprevistas son las que mas me gustan

Gaston_mp

La situación inicial es genial, muy verosimil. Me gustaria saber que pasó entre los cuatro despues jaja

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