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Relatos Ardientes

Invité a los cuatro del club a ver una película

Vuelvo a escribir por aquí. Sé que la otra vez muchos me pedisteis que contara más, así que esta noche, con una copa de vino al lado y la casa en silencio, me he decidido. No escribo perfecto, lo aviso, pero prometo contar lo que pasó tal cual lo recuerdo, sin adornar y sin esconder nada.

Antes de empezar con lo importante, os pongo al día. Con Hugo, el chico que aquella vez me llevó en coche, quedé otra vez. No pasó nada del otro mundo, pero nos tocamos bastante, lo justo para irnos a casa cada uno por su lado con ganas de más. Le dejé claro que lo mío son cosas casuales, sin etiquetas ni promesas. Él lo entendió, o al menos eso dijo.

El club al que voy a jugar no me cobra la cuota, aunque debería pagarla como todos. Esa tarde llegué con una chaqueta cerrada, muy seria, muy correcta. Debajo era otra historia: un top rosa que apenas me tapaba el pecho, sin nada por dentro, y unos vaqueros ajustados. Cuando me quité la chaqueta, los cuatro de siempre se pusieron de un humor estupendo. De repente todos tenían una excusa para acercarse, para inclinarse sobre la mesa, para rozarme el brazo al repartir.

Durante la partida yo me echaba hacia delante a propósito. Sabía exactamente lo que se veía cada vez que lo hacía, y ellos también. Las bromas fueron subiendo de tono con cada ronda. Alguna no la pillaba del todo, y entonces se peleaban por explicármela al oído, muertos de risa. Esa tarde no pasó nada más, pero antes de irme alguien soltó la idea de quedar fuera del club, de vernos un día con calma.

Esa noche, en casa, le di vueltas. Vivo sola en un piso alquilado, pequeño pero mío, y la idea de tenerlos a los cuatro en mi salón me daba un cosquilleo que no me dejaba dormir. Así que escribí en el grupo y los invité a ver una película. Todos dijeron que sí antes de que terminara de escribir la frase.

***

Llegaron juntos, los cuatro, una tarde de sábado. Diego, Bruno, Iván y Tomás. Venían cargados: una baraja, latas, una botella y esa energía de quien sabe que la noche puede acabar de cualquier manera. Yo ya tenía algo de beber preparado, pero ellos trajeron el triple, y eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre sus intenciones.

Me había vestido para la ocasión. Un top de deporte mínimo, de esos que aprietan, sin nada debajo, y unos leggings finos. Cuando abrí la puerta noté cómo a más de uno se le iban los ojos al escote, a los pezones que se marcaban en la tela. Hice como que no me daba cuenta. Es un juego que me encanta: fingir inocencia mientras lo provoco todo.

—¿Y la película? —pregunté, sabiendo la respuesta.

—Primero unas cartas —dijo Bruno, repartiendo ya—. Para calentar.

Tiramos los cojines al suelo y nos sentamos en círculo. Sacaron una baraja de UNO, y entre risas montaron las reglas a su gusto. Bebía quien se quedaba sin cartas para robar, bebía quien comía un robe cuatro, y el ganador de cada mano le ponía una prenda o un castigo al último. Apenas terminaron de explicarlo, ya sabía cómo iba a acabar la tarde. Lo sabía, y no hice nada por evitarlo.

Me di cuenta enseguida de que se ayudaban entre ellos para hundirme. Me cargaban las cartas, me hacían robar, se reían cuando me tocaba beber otra vez. Yo seguía sin protestar, perdiendo mano tras mano como si no me importara. Y no me importaba. Ganó Diego la primera, y como premio decidió que la siguiente partida la jugara sentada sobre sus piernas, él con las piernas cruzadas en el cojín y yo encima, compartiendo las mismas cartas.

Dije que sí, claro.

Jugamos así, pegados. No tardé en notar lo que tenía debajo, duro, caliente, apretándose contra mi culo cada vez que me movía. Los otros tres miraban sin disimular, con una mezcla de envidia y expectación que se mascaba en el aire. Diego me ponía las manos en los muslos, me apretaba la cintura, y desde su posición tenía vistas privilegiadas a mi escote, a las tetas que se me salían por arriba del top.

Ahora éramos él y yo contra los demás, y Diego jugaba fatal a propósito, porque cada mano que perdía era yo la que pagaba. Empezaron otra vez con lo de beber, que tenía que beber más, que robaba demasiado. Pero yo no quería emborracharme. Quería estar despierta para cada segundo de lo que viniera. Así que paré la partida un momento.

—No quiero beber más —dije—. Cambiadme el castigo. Si pierdo, pago de otra forma.

Se hizo un silencio cargado. Se miraron entre ellos, y vi cómo cada uno terminaba la frase en su cabeza. Sonreí. Justo lo que quería.

—Hecho —dijo Iván, con la voz un poco ronca—. Tú no bebes. Nosotros elegimos.

***

La mano siguiente la perdimos Diego y yo. Su castigo, por ser quien me sostenía, fue quitarse la camiseta, y se la sacó entre risas, sin pensárselo. Entonces empezaron las bromas: el mismo castigo era para los dos, así que me tocaba a mí también. Me quedé un segundo quieta, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho, y después, todavía sentada sobre sus piernas, me quité el top de deporte por la cabeza.

Mis tetas quedaron al aire, delante de los cuatro. Nadie dijo una palabra. Esa clase de silencio en el que se oye a todo el mundo tragar saliva. Estaban nerviosos, yo también, pero por debajo de los nervios había otra cosa mucho más fuerte que nos tenía a todos al borde.

—Tengo dos castigos pendientes —les recordé, con una calma que no sentía—. Por no haber bebido antes. ¿Cuál es el otro?

Tardaron en contestar. Al final fue Tomás, el más tímido hasta entonces, quien lo soltó:

—Que te las toquemos.

—Vale —respondí—. Pero de uno en uno. No todos a la vez.

Empezó Diego, que estaba detrás de mí. Me cogió las tetas desde atrás, las apretó, jugó con ellas mientras yo me dejaba caer contra su pecho desnudo. No pude callarme. Se me escapó un gemido, y luego otro, y me gustó tan poco disimularlo que dejé de intentarlo. Uno de los chicos, no vi cuál al principio, se sacó la polla y empezó a tocársela a mi lado, despacio, mirándome. Los otros aún se contenían, todavía atrapados en esa vergüenza que estaba a punto de romperse.

Fui yo quien la rompió. Me levanté del regazo de Diego, me bajé los leggings de un tirón y me quedé completamente desnuda en mitad del salón. Me puse de rodillas sobre el cojín, abrí la boca y me acerqué a la primera polla que tenía delante.

A partir de ahí ya no hubo reglas, ni cartas, ni castigos. Los cuatro se desnudaron casi a la vez, y yo iba pasando de una boca a otra, perdón, de una polla a otra, chupando, cambiando, mientras cuatro pares de manos me recorrían enteros. Me apretaban las tetas, me agarraban el culo, me buscaban el coño y me metían los dedos. Yo no sabía a quién atender primero, y la verdad es que no quería elegir.

Iván fue el primero en perder el control. Me cogió del pelo, me sujetó la cabeza con las dos manos y me folló la boca con ganas, marcando el ritmo él, hasta el fondo, sin soltarme. Cuando se corrió lo hizo dentro, apretándome contra su cuerpo, y noté el calor bajar por la garganta mientras una parte se me escapaba por la comisura. No me soltó hasta la última gota.

***

Me fui un momento al baño a enjuagarme y volví por más. Los otros tres esperaban impacientes, y uno de ellos, Bruno, había sacado preservativos. Yo había pensado que la cosa se quedaría en la boca, pero a esas alturas estaba tan encendida que ya no me valía. Lo quería todo.

Me tumbaron entre los cojines. Bruno se puso el preservativo y me penetró mientras yo seguía con dos pollas más turnándose en mi boca. Iban cambiando, impacientes, sin querer esperar su turno, hasta que de alguna manera acabé atendiendo a los tres a la vez. Manos por todas partes. Alguna palmada en el culo, algún pellizco en los pezones, todo entre gemidos míos que ya ni controlaba.

Bruno terminó dentro del preservativo, agarrándome las caderas. Tomás repitió lo de Iván: el pelo, la cabeza sujeta, la garganta hasta el fondo y el calor bajando de nuevo. Diego, que ya no aguantaba más, se corrió fuera, sobre mi cuerpo, en el pelo, en la cara. Me dejó hecha un desastre, y me encantó verlos a todos así, agotados por mi culpa.

Diego se quedó un poco molesto por haber acabado fuera, no sé si por timidez o por orgullo. Así que después, ya más tranquila, me acerqué y le animé otra vez la polla con la boca, despacio, aunque ya no la tenía tan dura. Era mi manera de cerrar la tarde, de dejar a todos contentos.

Me metí a la ducha mientras ellos recogían y se vestían. Alguno asomó la cabeza por la puerta a ver si había una segunda parte, pero yo estaba agotada de la buena manera, esa que te deja flotando, y les dije que otro día. Se fueron entre risas, prometiendo que la próxima quedada la organizaban ellos.

Ya hace un par de semanas de todo esto. Han pasado más cosas desde entonces, algunas todavía más fuertes, pero eso ya os lo cuento otro día, aquí o por correo a quien se anime a preguntar. Por ahora me quedo con el recuerdo de aquella tarde de cartas que terminó sin ningún ganador. O quizá ganamos todos.

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Comentarios (6)

Martincho87

Buenisimo, de lo mejor que lei en bastante tiempo. Seguí publicando!

IvanaK

Dios mio que noche... me quede con ganas de saber como termino todo eso jajaja

nocturno_lector

excelente!!!

Rodrigo_BsAs

Tremendo relato, lo lei de un tiron a las 2am y no me arrepiento para nada

Gaston_lector

Muy bien contado, se siente real sin ser exagerado. Me recordo a una noche de cartas con amigos en la que las apuestas se fueron de las manos... aunque no tanto como aca jaja. Saludos!

CintiaRoo

segunda parte porfavor!!! me quede con mucha intriga

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