Me dejé tocar por dos extraños camino al gimnasio
Hola, soy Camila. Tengo una anécdota nueva que contarles, una de esas que todavía me ponen las mejillas calientes cuando la recuerdo. Hace unas semanas, camino al gimnasio, dejé que dos viejos me tocaran en una banca del parque, en pleno atardecer y con gente pasando a metros de distancia.
Desde que empecé a exhibirme con más soltura durante el día, le cambié el horario al gimnasio. Antes iba apenas salía del trabajo, pero pasé el entrenamiento a las nueve y media de la noche para aprovechar la última franja antes del cierre, que era a las once. Esa hora me daba lo que quería: una luz a medio apagar, ni de día ni de noche del todo, esa hora morada donde todo parece estar a punto de pasar. Para mí era pura excitación y pura oportunidad.
Para acortar camino paso por un parque grande, el Parque Lirio, con árboles altos y un arroyo que lo parte en dos. Tiene bancas escondidas entre los arbustos, y una en particular llamaba mi atención porque siempre estaba ocupada por el mismo par de hombres mayores. Los empecé a notar después de que comencé a vestirme un poco más provocativa al cruzar el parque. Dos señores, los dos canosos, los dos con esa pinta tranquila de jubilados que ya no tienen otra cosa que hacer que sentarse a mirar pasar a las chicas.
La primera vez que los vi decidí divertirme un poco. Llevaba en la mano una botella de agua vacía y vi que había un cesto de basura justo al lado de su banca. Me incliné de manera muy obvia, sosteniéndome con una rodilla más adelante que la otra, y me quedé así uno o dos segundos más de la cuenta. Cuando me enderecé, los dos tenían los ojos abiertos como platos. Les sonreí, les guiñé un ojo y seguí caminando muy despacio, balanceando las caderas más de lo necesario. Sentí sus miradas en mi nuca hasta que doblé la curva.
Desde ese día casi siempre estaban en esa misma banca. Yo, cada vez que pasaba, les regalaba un detallito: a veces me agachaba a atarme la zapatilla, a veces me detenía a leer el cartel de un evento que estaba justo enfrente y dejaba que la brisa me levantara un poco la falda. Pequeños obsequios. Tampoco era que me hubiera propuesto nada con ellos en particular; simplemente formaban parte de mi paisaje. Eran un público fiel.
Otra cosa importante: yo no salía de casa con ropa de gimnasio. Me cambiaba en los vestuarios. Eso me daba la excusa perfecta para ir y volver con la ropa que quisiera, casi siempre algo ajustado o cortito. Esa tarde llevaba una faldita azul marino, una tanga de encaje del mismo tono y una remera corta que me dejaba el ombligo al aire. Y, como ya era costumbre, llevaba puesto mi plug pequeño, ese que me encanta usar cuando salgo a la calle y nadie sabe lo que tengo adentro. Caminar con él me obligaba a moverme con cierta cadencia que, al menos yo, encontraba muy provocativa.
Cuando entré al parque ya los vi a lo lejos en su banca de siempre. Sentí un golpe en el estómago, ese cosquilleo que me sube cuando sé que algo está a punto de pasar. Me mojé un poco con solo verlos. Pensé en cómo provocarlos esa noche. Tenía varias ideas en la cabeza, pero ninguna definitiva. Iba a improvisar.
Me fui acercando despacio. Uno de ellos tenía una carpeta llena de papeles sobre las rodillas, una de esas carpetas viejas de cartón con elástico. Cuando estuve a unos cinco metros, lo vi soltarla. No fue un descuido. La inclinó, la dejó caer y los papeles se desparramaron por el sendero, justo delante de la banca. Me quedé clavada, mirándolos.
—Señorita, disculpe —dijo el más alto, con una sonrisa muy practicada—. ¿Sería tan amable de ayudarnos a juntar esos papeles? A estos viejos huesos ya no les responde la espalda.
Casi me río en su cara. El truco más viejo del mundo. Un par de jubilados desperdigando papeles para que una chica se agachara a recogerlos. Pero al mismo tiempo me encantó, porque hasta ese día siempre había sido yo la que organizaba todo, la que ofrecía el espectáculo. Que ellos por fin se animaran a tomar la iniciativa me halagó como pocas cosas. Sentirme deseada por dos desconocidos en un parque al anochecer me puso aún más caliente. Decidí darles algo mejor que una vista por encima del escote.
—Claro, señor —dije con voz dulce—. Para eso estamos.
Me saqué la mochila del hombro y se la pasé. La sostuvieron con manos algo nerviosas. Después di un paso adelante, les di la espalda y me empecé a inclinar muy lentamente, con las piernas firmes y juntas. Mientras bajaba, llevé las manos atrás y me fui subiendo la faldita hasta dejar al descubierto la tanga de encaje. Sentí la brisa fresca contra mis nalgas. Empecé a recoger los papeles uno por uno, sin apuro, moviendo apenas las caderas de un lado al otro como si bailara con música que solo yo escuchaba.
Uno de los papeles había rodado más allá, demasiado lejos para alcanzarlo sin moverme del lugar. Miré a los costados. Había gente caminando por otros senderos, pero ninguno se acercaba al nuestro. Decidí seguir el juego. Me puse en cuatro y avancé un par de pasos sobre el cemento, con la falda totalmente subida, ofreciéndoles la vista más obscena que pude inventar.
Sabía perfectamente que podía haber estirado un poco más el brazo desde la posición anterior. No era necesario ponerme en cuatro. Pero me daba igual: lo que quería era dejarlos a punto de explotar, recompensarlos por haberse atrevido a montar su pequeña actuación. Junté los papeles con calma, los apilé contra el suelo y empecé a retroceder en cuatro, lentamente, hasta que mis nalgas rozaron la banca.
Entonces sentí una mano. Tibia, ancha, todavía un poco temblorosa. El más alto, el que había hablado, me apoyó la palma sobre la nalga izquierda, casi como un gesto de cortesía.
—Cuidado, señorita —dijo en un tono muy bajo—. No se vaya a golpear contra la madera.
Giré apenas la cabeza por encima del hombro y le sonreí.
—Gracias, señor. Qué considerado.
Su mano empezó a moverse. Primero muy despacio, casi como si fuera una caricia accidental, y después con más confianza. Recorrió toda la curva, bajó hasta la parte de abajo del muslo y volvió a subir. Yo cerré los ojos un segundo. La piel se me erizó.
—Es usted muy joven y muy linda —dijo—. Una se merece este pequeño agradecimiento.
Su compañero, el más bajo, no se animaba. Lo miré de reojo y vi que tenía las manos cerradas sobre las rodillas. Era el típico que quería pero no podía dar el paso. A mí me gustan los dos tipos: el que se manda y el tímido. Pero al tímido hay que ayudarlo un poquito. Me incorporé despacio, dejé los papeles ordenados a un costado de la banca y me giré para mirarlo directo a los ojos.
—¿Su amigo es igual de amable que usted? —le pregunté al alto, sin sacarle la mirada al otro.
—Mi compadre Ernesto es más callado —contestó—. Pero es buena gente.
Sonreí. Me llevé una mano a la parte baja de la espalda y la apoyé ahí, justo encima de la curva.
—Es que al agacharme me dolió un poquito acá. Si usted me sigue cuidando para que no me caiga, quizá Ernesto pueda darme un masajito muy suave. Solo un masajito.
Lo dije en el tono más dulce que pude, con un toque de ronquera. El tímido se removió en la banca, tragó saliva y por fin se animó. Su mano subió, encontró la mía y se quedó un instante ahí, como pidiendo permiso. Yo la guié hasta donde quería: en la parte baja de la espalda, justo arriba de las nalgas. Su mano empezó a moverse en círculos lentos y, en cuestión de segundos, fue bajando. Cuando llegó al elástico de la tanga, ya no me masajeaba la espalda.
Mientras tanto, el otro había deslizado la tanga a un costado y tenía un dedo recorriendo mis labios por debajo. Apenas un roce, una caricia muy suave que me hacía morderme el labio para no gemir. Estaba mojadísima. Sentía cómo el plug se movía levemente con cada paso de su dedo. Si alguien hubiera doblado la curva en ese momento, lo habría visto todo: una chica de pie entre dos hombres mayores, con la falda levantada, dejándose tocar en el centro de un parque público.
Y entonces escuché pasos.
Abrí los ojos de golpe. Un señor venía desde la otra punta del sendero, llevando de la mano a un nene pequeño. Estaba distraído, pendiente del chico que pateaba unas piedritas, no había mirado todavía hacia nuestra banca. Tenía segundos. Me enderecé con un movimiento rápido, dejé los papeles en pila sobre el asiento y me acomodé la falda y la remera. Cuando el señor pasó por nuestro lado, yo ya estaba de pie como si nada, sonriéndoles a los dos viejos con la mano apoyada en la correa de mi mochila. El señor del nene apenas levantó la vista, dijo «buenas noches» y siguió de largo.
Me quedé un segundo evaluando si seguir o irme. Mi cuerpo gritaba por más, mi cabeza decía que ya era suficiente. Prolongarlo era empezar a forzar la suerte. Estaba decidiendo cuando el más alto volvió a hablar.
—Aquí tienen sus papeles —dije, alcanzándole la pila—. Cuídenlos esta vez.
Estiré la mano. Él hizo el gesto de tomarlos, pero en el último segundo retiró los dedos. Los papeles cayeron de nuevo, esta vez más cerca de los pies de la banca. Lo miré incrédula, con una ceja levantada, mientras él hacía cara de inocente.
—Disculpe, señorita, qué torpe me he puesto —dijo—. ¿Será mucho pedirle que los junte una última vez?
Miré para todos lados. El señor del nene ya había doblado la curva. El parque se vaciaba con la oscuridad. Había unos corredores a lo lejos, pero ninguno cerca. Me reí por dentro. Ya había aceptado entrar en su juego, ya me había dejado tocar; era absurdo poner límites a esa altura. Una sola vuelta más y me iba.
—Está bien, señor. Por esta vez.
Me arrodillé despacio frente a ellos. Esta vez los papeles habían quedado debajo de sus pies, así que no podía darles la espalda. Pero a cambio podía darles otra cosa. Me acerqué con la espalda arqueada, las tetas asomando entre los pliegues de la remera. Mientras tomaba el papel que estaba justo entre las piernas del más alto, sentí cómo me sujetaba la cabeza por la nuca, con fuerza pero sin lastimarme, y me apoyaba la cara contra su pantalón. Estaba duro. Lo sentí a través de la tela, caliente, palpitando. Me restregó la cara contra su entrepierna dos, tres veces. Yo solo podía emitir sonidos contenidos.
—Mmm… mmm… mmm.
Después me soltó. Me incorporé sobre las rodillas, respirando agitada. Miré para todos lados otra vez. Nadie. Recogí los papeles que quedaban con la cara ardiendo, y para terminar de provocarlos me incliné por encima del respaldo de la banca, dejando el estómago apoyado y el culo levantado entre los dos. Tomé el último papel del otro lado, sin apuro. Sentí cuatro manos a la vez. Una en mi cintura, otra en mi nalga derecha, otra en el muslo, la última subiendo por debajo de la remera hasta una de las tetas. Me apretaron, me amasaron, me recorrieron entera. Cerré los ojos. Si hubiera podido quedarme así diez minutos más, lo habría hecho.
Pero ya era tarde y la suerte se gasta. Junté los últimos papeles, me erguí, me acomodé la ropa una vez más y les dejé la carpeta cerrada sobre el banco.
—Que tengan buenas noches, señores —dije, con la voz un poco ronca—. Cuiden mejor sus papeles la próxima vez.
Les guiñé el ojo a los dos. Tomé mi mochila, me la colgué del hombro y empecé a caminar con la misma cadencia exagerada de siempre, sintiendo cómo mis nalgas, todavía calientes por sus manos, se contoneaban bajo la falda. Sabía que me estaban mirando. Sabía que iban a seguir ahí mañana. Y yo iba a seguir pasando.
***
Cuando llegué al gimnasio, me encerré dos minutos en el vestuario antes de cambiarme. Necesitaba respirar. La tanga estaba empapada. El plug seguía firme en su lugar. Me miré al espejo y me reí sola, con esa risa media culposa y media orgullosa que me gana cada vez que hago algo así. La cara estaba más roja de lo normal y el pelo, alborotado de tanto agacharme. Me lavé las manos, me tiré agua fría en la nuca y respiré profundo.
Esa noche entrené menos de la cuenta. Cada vez que apoyaba el peso en las piernas, sentía el plug y volvía a la banca, a las manos, a la mirada del tímido cuando por fin se animó. Me fui antes de tiempo, con la promesa de que la próxima vez, si volvían a estar ahí, iba a inventar otra excusa para detenerme. Y a la vuelta, cuando crucé el parque otra vez, la banca ya estaba vacía. Pero yo sabía que mañana, a la misma hora, los dos iban a estar de nuevo en su sitio. Esperándome.
Y bueno, chicos, esa es la anécdota de hoy. Un beso a todos.