La noche que espié a mi compañera por la rendija
Carla sudaba bajo el edredón mientras el camisón se le pegaba a la espalda como una segunda piel. La habitación olía a sudor, a ibuprofeno y a esa humedad rancia que dejan los enfermos que llevan tres días sin abrir la ventana. La persiana estaba bajada hasta la mitad y la única luz era la naranja de la farola, que entraba en franjas y se quebraba en el techo. En la papelera, junto a la cama, se acumulaban los pañuelos de papel arrugados, los blísteres vacíos de paracetamol y la jeringuilla de plástico que Sofía había usado hacía menos de una hora.
La fiebre le había bajado por primera vez en dos días. Cuarenta y dos en el termómetro digital, había dicho Sofía con esa voz suya un poco impaciente, mientras le frotaba la nalga derecha con un algodón empapado en alcohol. Carla había mordido la almohada cuando notó el pinchazo. Cuarenta y dos. Diez minutos después, treinta y nueve y medio. Ahora estaba en treinta y siete y pico, según el último apretón frío del termómetro debajo del brazo. La piel le seguía hirviendo, pero la mente empezaba a aclararse, y con la claridad llegó la sensación incómoda de tener un cuerpo otra vez.
Del salón llegaban dos voces. La de Sofía, su compañera de piso, baja y modulada, con esa cadencia que ponía cuando quería conseguir algo. Y otra voz masculina, más vacilante, que Carla tardó unos segundos en identificar. Diego. El vecino del cuarto B, el chico de las prácticas en el bufete, el que se ruborizaba cada vez que coincidían en el rellano. Tenía veintidós años recién cumplidos y la manía inocente de echarse demasiado perfume.
¿Qué hace Diego en el salón a estas horas?
Carla giró la cabeza hacia el reloj de la mesilla. Las once y veinte. No tan tarde, en realidad. Pero Sofía nunca recibía a Diego de noche. A Diego no lo recibía nadie, en realidad. El chico bajaba a pedir prestado un sacacorchos o a devolver un paquete equivocado de Amazon, y siempre se marchaba con las orejas rojas a los cinco minutos.
Se sentó despacio en el borde de la cama, con los codos sobre los muslos. Los muelles del somier emitieron un chirrido breve y Carla se quedó inmóvil unos segundos, conteniendo la respiración, hasta que comprobó que del salón no llegaba ningún silencio sospechoso. Las voces seguían. Solo que ahora podía distinguir las palabras.
—¿A ti te gustan los azotes, Diego? —dijo Sofía.
Un balbuceo difícil de descifrar. Algo entre la risa nerviosa y el carraspeo.
—Que si te gustan. No es una pregunta capciosa. Es una pregunta normal entre dos personas adultas que están bebiendo vino.
Otro balbuceo. Carla se llevó la mano a la boca para sofocar la tos que le subía por la garganta. Le picaba el pecho de tanto aguantar. Aguantó un poco más.
—Si quieres, te puedo enseñar.
Carla no se acordó de cuándo había decidido levantarse. Solo se acordó del frío del parqué bajo los pies descalzos, de lo mucho que le pesaban las piernas todavía, de la mano apoyada en la pared porque le daba vueltas la cabeza. Avanzó por el pasillo en penumbra, con el corazón latiéndole detrás de los ojos. La puerta del salón estaba entornada. Una rendija de unos cuatro dedos, suficiente para ver media habitación.
***
Sofía estaba sentada en el sofá de tres plazas, justo en el centro, con las piernas separadas y un vaso de vino en la mano izquierda. Llevaba el quimono corto que se ponía siempre los sábados por la noche, atado flojo, dejando ver el principio del escote. Diego estaba de pie frente a ella. Los pantalones de pinza y los calzoncillos blancos hechos un guruño a la altura de los tobillos, y el chico con las manos cruzadas delante del sexo, como si todavía no se hubiera decidido a participar del todo.
—Quítate las manos —dijo Sofía—. Quiero verte entero.
Diego obedeció. Tenía las piernas delgadas, casi infantiles, y el pene a media tensión, despertando. Sofía dejó la copa en la mesita auxiliar, alargó la mano y lo agarró sin ceremonia. No con violencia, pero tampoco con suavidad. Como quien comprueba que una manzana está madura.
—Túmbate aquí —ordenó, dando una palmada en su propio regazo.
Diego se inclinó. Tuvo que doblarse de una manera incómoda, porque los pantalones le ataban los tobillos. Acabó atravesado sobre las piernas de Sofía, con el culo blanco y huesudo apuntando al techo y la cara hundida en el cojín del sofá.
Carla apoyó la frente en el marco de la puerta. Tenía la respiración corta y le pitaban los oídos. Esto no lo deberías estar viendo. Pero no se movió.
El primer azote sonó seco. Diego se sobresaltó entero y soltó un quejido cortado por la sorpresa. Sofía lo sujetaba por la cintura con la mano izquierda, firme, y con la derecha le repartía los golpes en alternancia. Uno, dos. Pausa. Tres. Cuatro, cinco rápidos. La piel del chico se enrojecía a parches, primero la nalga derecha, luego ambas, en un degradado que iba del rosa al carmesí.
Carla se llevó la mano a la boca otra vez, no porque tuviera tos, sino porque temía que algún ruido se le escapara. El sonido de los azotes era lo suficientemente alto como para taparla, supuso. Era esa la única razón por la que se atrevía a quedarse.
Diego empezó a respirar como un animal. Quejidos largos, mezclados con algo parecido a la risa, una risa de nervios que se cortaba en seco cada vez que el siguiente azote impactaba. Carla podía ver, por el ángulo, cómo el sexo del chico se había endurecido contra el muslo de Sofía. Una mancha brillante en el quimono delataba un hilo de algo. Sofía no parecía haberlo notado, o no le importaba.
—Te gusta —dijo Sofía. No era una pregunta.
Diego intentó responder, pero solo le salió un sonido gutural.
Carla notó cómo la sangre le bajaba hasta el vientre. La nalga derecha, todavía dolorida del pinchazo de la inyección, le palpitaba en sintonía con cada palmada que oía. Era una coincidencia ridícula y al mismo tiempo terriblemente erótica. Como si su cuerpo estuviera recibiendo una versión más leve y más íntima del castigo que veía al otro lado del marco.
La tela del camisón se le pegaba al ombligo, empapada. Las bragas también, pero por otra razón ahora. Se las quitó allí mismo, en el pasillo, con un equilibrio precario, apoyándose en la pared con la mano libre. Las dejó caer al suelo sin pensar. El aire del pasillo le acarició la entrepierna y le erizó la piel de los muslos.
Cuando volvió a mirar por la rendija, la escena había cambiado.
***
Diego se había incorporado de un tirón, como si hubiera tomado una decisión. Estaba de pie otra vez, esta vez con el pene completamente erecto, ligeramente curvado hacia arriba, y la cara enrojecida no se sabía si por la vergüenza o por la sangre acumulada. Cogió a Sofía por la nuca con una mano. Una mano insegura, pero una mano. Y le acercó la cara a su sexo.
Sofía sonrió. Carla conocía esa sonrisa: era la que ponía cuando alguien le caía mejor de lo que esperaba.
—Vaya —dijo Sofía—. Mira quién se ha despertado.
Lo besó en el vientre. Una vez. Dos veces. Bajó la boca despacio, sin dramatismo, y se lo metió hasta la mitad. Diego echó la cabeza atrás y emitió un sonido que Carla no le habría supuesto. Un sonido casi de protesta. La mano del chico se cerró en el pelo de Sofía y no la apartó.
Carla se deslizó hasta el suelo, despacio, hasta quedar sentada en el parqué con la espalda apoyada en la pared y las rodillas levantadas. No quería caerse y hacer ruido. Tenía los dedos entre los muslos antes de saberlo. Se acariciaba despacio, en círculos, mordiendo el dorso de la otra mano para amortiguar la respiración.
En el salón, Sofía se había deshecho del quimono. La vio aparecer entera, de perfil, en la franja visible. Los pechos pequeños, los pezones oscuros, la cintura corta. Diego le dio la vuelta sin contemplaciones. Carla no se habría esperado eso de él. No del chico del bufete. Pero lo hizo. La dobló sobre el reposabrazos del sofá y la penetró por detrás, agarrándola por las caderas, sin preámbulo y sin pedir permiso.
Sofía soltó un jadeo. No actuado. Carla había oído a su compañera de piso fingir en otras ocasiones, y aquello no era ficticio.
—Espera —dijo Sofía—. Despacio.
Diego no esperó. O esperó tres segundos. Después la cogió por el pelo, le tiró hacia atrás y empezó a moverse con una furia torpe, principiante, demasiado rápida pero efectiva. Sofía dejó de protestar.
Carla se mordió el labio inferior hasta hacerse daño. Movía la mano con un ritmo que ya no controlaba. Cada vez que oía el golpe de los muslos del chico contra las nalgas de Sofía, se le contraía algo en el bajo vientre. Pensó en cómo, hacía menos de una hora, Sofía le había pasado un algodón con alcohol justo por esa zona del cuerpo. Pensó en la mirada que había cruzado con ella cuando levantó la jeringuilla.
Me miró. Esa forma de mirar no fue casual.
El orgasmo le subió desde las plantas de los pies, como una corriente eléctrica que la dejó muda y a la vez incapaz de quedarse callada. Soltó un quejido ahogado contra el dorso de la mano. Largo. Demasiado largo, pensaría después. Pero en ese momento no le importó. Se encogió hecha un ovillo en el suelo del pasillo, las rodillas contra el pecho, la frente apoyada en el parqué frío, mientras dentro del salón Diego seguía moviéndose y Sofía dejaba escapar algo que ya no era una protesta, sino otra cosa.
Cuando recuperó el aliento, los oyó terminar. Primero él, con un gruñido apresurado y casi ofendido. Luego ella, más despacio, con una cadencia que Carla creía conocer de haberla oído por las paredes alguna noche de borrachera. La pareja se quedó en silencio. Hubo un crujido de papel —servilletas, supuso— y un susurro de cuerpos acomodándose.
***
Volver al cuarto fue más difícil que ir. Las piernas le temblaban y la fiebre amenazaba con regresar, ahora que la adrenalina la abandonaba. Se levantó del suelo apoyándose en la pared y caminó descalza hasta su habitación, conteniendo la respiración cada vez que pisaba una tabla del parqué que sabía que crujía.
Cerró la puerta sin chasquido. Se metió en la cama. Los muelles del somier protestaron y por un segundo se quedó congelada, esperando una voz al otro lado del pasillo, una pregunta, un «¿Carla, estás bien?» que la habría delatado entera. Pero del salón no llegó nada. O nada para ella. Solo el murmullo de dos personas demasiado ocupadas en seguir hablando bajito.
Carla se quedó mirando el techo unos minutos. Las franjas naranjas de la farola seguían quebrándose ahí arriba, exactamente igual que antes, como si en el mundo no hubiera cambiado nada. Cerró los ojos. La nalga derecha, la del pinchazo, le seguía palpitando, pero ahora era un palpito distinto. Como un latido propio.
Se durmió antes de pensar en nada más.
No se acordó hasta la mañana siguiente, cuando entró en la cocina arrastrando los pies y encontró a Sofía preparando café con una camiseta vieja de los Rolling. No se acordó de que sus bragas seguían tiradas junto a la puerta del salón, exactamente donde las había dejado caer. Sofía levantó la vista de la cafetera y le sonrió con esa expresión suya, baja y modulada.
—¿Cómo amaneciste, mirona? —dijo.
Y Carla supo, sin necesidad de preguntar, que aquella noche no se había acabado.