Esa noche los espié entre los arbustos del parque
Camila llevaba toda la semana metida entre apuntes, cafés fríos y el zumbido del aire acondicionado de la facultad. Faltaban dos finales y la sola idea de abrir otro manual le revolvía el estómago. Aquella tarde, cuando el sol empezó a bajar y su cabeza ya no procesaba ni una línea más, cerró el cuaderno de un golpe seco.
Fue a la heladera, sacó una cerveza y la bebió de pie, en tres tragos largos. Encendió un cigarro junto a la ventana del estudio y miró los lomos de los libros que había abandonado a medio leer en la mesita de noche. Una docena, por lo menos. Cada uno con un marcador en una página distinta, todos acusándola en silencio.
Si no salgo ahora, me vuelvo loca.
Se puso un vestido ligero, sin medias, casi sin pensar. La calle olía a pasto recién cortado y a humo de parrilla. Caminó sin rumbo, con las manos en los bolsillos, dejando que las baldosas marcaran el ritmo. No buscaba nada en particular. Solo quería respirar lejos del estudio.
Fue entonces cuando la vio.
Por la otra acera venía una chica de melena castaña, larga hasta media espalda. Cada paso le hacía rebotar el pecho contra una blusa rosada que claramente le quedaba dos talles más chica. Camila se detuvo un segundo, fingiendo mirar un escaparate, y la siguió con los ojos hasta que pasó a su lado. El perfume le llegó tarde, dulce, con algo de vainilla.
Se dio media vuelta, fingió que se le había olvidado algo y empezó a caminar tras ella a una distancia razonable. La chica llevaba unos jeans tan ajustados que cada movimiento de cadera dibujaba la línea del tanga debajo de la tela. Camila se imaginó el color. Rojo, quizás. O negro con encaje fino, del que raspa cuando se lame.
El cosquilleo entre las piernas le subió rápido, sin avisar.
Un tipo pasó casi corriendo a su lado, le rozó el hombro sin disculparse, y cruzó la calle hacia la chica. Camila se quedó parada, encendiendo otro cigarro, observando el encuentro. No se besaron al principio. Discutían. Él le agarró del brazo, ella se zafó. Él se acercó otra vez, ella le empujó. Después se besaron, fuerte, como si quisieran morderse. Y volvieron a discutir.
Camila debió haberse ido. Debió haber dado media vuelta, vuelto a su casa, encarado el manual de derecho civil. En lugar de eso, los siguió.
***
El parque al final de la avenida estaba prácticamente vacío. Tenía fama de peligroso después del anochecer, pero todavía quedaba algo de luz entre los árboles. La pareja se internó por un sendero lateral y se detuvo bajo un roble grande, de tronco grueso. Camila se ocultó tras un seto de ligustro, a unos diez metros, lo suficientemente cerca para escuchar la respiración de ambos.
—Me tenés podrido —dijo el tipo, con la voz ronca.
—Entonces andate —respondió ella.
Él dio dos pasos hacia el sendero. Ella se quedó quieta, con los brazos cruzados, mirando al suelo. Cuando estaba a punto de doblar la esquina, ella le gritó:
—¿Seguro que no vas a volver?
Camila contuvo la respiración. La chica se había bajado la blusa hasta el ombligo. Los tirantes del sostén le caían por los brazos. Tenía los pechos casi al aire, sostenidos apenas por un encaje negro que cedía con cada inhalación. El tipo se giró despacio, con esa mezcla de rabia y deseo que Camila reconoció al instante. Volvió a ella sin decir una palabra.
La empujó contra el árbol. Le besó el cuello, los hombros, le hundió la cara entre los pechos con una urgencia que parecía hambre de varios días. Ella le agarró del pelo y se le rió en la cara mientras le empujaba la cabeza más abajo.
Camila ya no podía seguir solo mirando.
***
Se movió unos metros hacia un lado, hasta encontrar un ángulo donde la corteza del árbol no le tapaba la vista. Se apoyó contra otro tronco, miró a uno y otro lado del sendero, y se bajó el tanga hasta los tobillos. Lo dejó caer sobre el pasto, empapado, y metió la mano bajo el vestido. Dos dedos, despacio al principio, después cada vez más adentro.
El tipo le había metido la mano dentro del jean a la chica. Ella tenía los ojos cerrados y las dos manos ocupadas, frotando el bulto que se le marcaba a él bajo la tela. Cuando ya no aguantaron más, ella se puso en cuclillas, le bajó el cierre y se la metió en la boca sin preámbulos.
Camila tuvo que morderse el labio para no jadear. La chica se la tragaba entera, hasta el fondo, y se la sacaba con un chasquido húmedo que se escuchaba a metros de distancia. Era preciosa así, arrodillada, con la blusa colgándole de la cintura y el pelo cayéndole sobre los pechos.
Camila se acercó un poco más. Necesitaba ver mejor el ángulo, ver cómo el labio inferior de la chica se estiraba cada vez que él empujaba. Apoyó el pie en una raíz que sobresalía del suelo, y la raíz cedió.
El golpe contra el pasto fue seco. Las hojas crujieron.
—¿Quién está ahí? —gritó el tipo, subiéndose el pantalón a las apuradas.
La chica se levantó de un salto, intentando taparse los pechos con la blusa caída. Los dos la encontraron en cuestión de segundos.
—¿Qué hacés acá, perra curiosa? —le gritó la chica, agarrándola del pelo y levantándola del suelo. Camila tenía el tanga aún apretado en el puño cerrado, detrás de la espalda.
—Solo estaba paseando, no quería molestar —balbuceó.
—¿Cómo te llamás? Estoy segura de que te he visto por el barrio. ¿Qué tenés en la mano?
—Nada, en serio…
—Te pregunté el nombre, estúpida —insistió la chica, sacudiendo los pechos casi contra la cara de Camila.
—Camila. Vivo enfrente de la ferretería de la calle trece.
—Mateo, fijate qué esconde. Capaz que nos estaba grabando.
Mateo, todavía con la marca dura bajo el jean, le abrió la mano detrás de la espalda y le separó los dedos uno por uno. El tanga rodó hasta el pasto. Era de algodón blanco, pero el blanco apenas se distinguía bajo lo que ya parecía agua.
—Jaja, miralo, Lucía —dijo Mateo, sosteniéndolo con dos dedos como si fuera un trapo viejo—. No tiene cámara, pero tiene esto.
Lucía soltó una carcajada y le arrancó el tanga de las manos.
—¿Cuánto hace que no te cogen, querida? —dijo, agitándoselo en la cara—. ¿Tanto te calentamos?
—Te aseguro que cojo más seguido que ustedes dos juntos —contestó Camila, sin pensar.
Lucía y Mateo se rieron al mismo tiempo, mirándose como si compartieran un chiste viejo. A Mateo le brillaban los ojos. A Lucía se le había soltado del todo el sostén bajo la blusa, y un pezón le asomaba marrón claro entre la tela.
—¿Querés que te demuestre algo? —le dijo Camila a Mateo, recuperando algo de aire—. Te vi comerte esas tetas como un desesperado. Te apuesto a que no la hacés acabar solo con la lengua. Vos siempre necesitás meterla.
—¿Eso me lo decís vos? A mi novia le gustan las pijas, no podés darle lo que le doy yo.
Lucía levantó una mano y le apoyó dos dedos en los labios para hacerlo callar.
—No contestes por mí, querido. Quiero que me lo demuestre.
***
Camila no esperó una segunda invitación. La recostó contra el tronco y le bajó la blusa del todo. Los pechos eran todavía más grandes vistos de cerca, con pezones gordos y oscuros que se endurecieron en cuanto les pasó la lengua. Empezó por uno, despacio, mientras con dos dedos pellizcaba el otro a un ritmo distinto. Lucía soltó un gemido bajo, casi un gruñido, y le hundió la mano en el pelo para sostenerla ahí.
Mateo se había sentado en una raíz y se masturbaba mirándolas, con la verga gruesa entre los dedos y la boca abierta. Camila notó por el rabillo del ojo cómo se iba poniendo cada vez más colorado y cómo se le tensaban los muslos. Le gustó el cambio: ya no era él quien dirigía la escena.
Cuando Lucía empezó a temblar contra el árbol, apenas dos minutos después de la primera lamida, Mateo se levantó de un salto y apartó la mano de Camila con cierta brusquedad.
—Mi turno —dijo, y se metió entre las dos.
Lucía no protestó. Le tomó la cara con las dos manos, lo besó hondo y le señaló a Camila con la cabeza. Mateo entendió. Las dos lenguas trabajaron sobre los pezones de Lucía a ritmos distintos, mordiendo, escupiendo, succionando. Ella tenía las manos por todos lados a la vez: una en la verga de Mateo, otra entre las piernas de Camila. A ratos cruzaba los dedos mojados de una boca a la otra y los hacía probarse mutuamente.
—Esto no puede terminar acá —jadeó Mateo, sin despegarse de un pezón—. Las quiero a las dos.
Lucía agarró a Camila del pelo y la inclinó hacia adelante. Le abrió las piernas con la rodilla y empujó suavemente con la cadera hasta que Camila quedó apoyada contra el árbol, con el vestido subido a la cintura y la cara a la altura del coño de Lucía. Mateo entendió la coreografía sin necesidad de instrucciones. Le agarró las caderas a Camila por detrás y la penetró de una sola embestida, hasta el fondo.
—¡Mateo, qué rico cogés!
—¿Te gusta que te lo meta mi novio, perra? —le susurró Lucía al oído, agachándose a su altura—. ¿Era esto lo que querías cuando nos espiabas?
—Sí —contestó Camila con la voz quebrada—. Pero también te quería a vos.
—¿A mí?
—Tu culo. Sobre todo tu culo.
Lucía sonrió de costado. Se deslizó el jean y la blusa hasta dejarlos hechos un bollo a sus pies, pero cuando iba a quitarse el tanga negro, Camila le agarró la muñeca.
—No. Dejátelo puesto. Girate.
Lucía obedeció. Apoyó las manos contra el tronco y arqueó la espalda como una gata, separándose ella misma las nalgas con las manos. El tanga, negro y delgado, le dividía el culo en dos mitades perfectas, dejando libre todo lo que importaba. Camila enterró la cara ahí, lamiendo despacio al principio, ensanchándola con la lengua, mientras seguía sintiendo los embates de Mateo por detrás.
***
El orgasmo los pilló a los tres casi al mismo tiempo. Lucía fue la primera: un grito agudo, ronco, que asustó a un par de pájaros en las ramas. Camila no aguantó verla así y se vino sobre la verga de Mateo, apretándolo por dentro, con la lengua todavía adentro del culo de Lucía. Mateo aguantó dos segundos más y se vació sin sacarla, jurando entre dientes que nunca había sentido nada parecido.
Quedaron los tres pegados al árbol, jadeando, con la ropa hecha un desastre. Lucía se giró, se arrodilló frente a Camila y, antes de que pudiera incorporarse, le lamió el coño limpio, gota a gota, todo lo que Mateo había dejado adentro y todo lo que escurría por los muslos. Cuando subió, le agarró la cara y la besó en la boca, pasándole en el beso lo que acababa de recoger.
Mateo encendió un cigarro y se lo pasaron entre los tres. Nadie habló durante un rato largo. Las luces del barrio empezaron a encenderse del otro lado del parque, una a una, como si quisieran avisarles de que el mundo seguía existiendo.
—Camila —dijo Lucía al fin, recostando la cabeza sobre su hombro—. Vivís en la trece, ¿no?
—Frente a la ferretería.
—Vamos a venir a verte. Más de una vez.
Camila sonrió hacia el cielo, todavía con el cigarro entre los labios. Hastío, esta noche, ya no era una palabra que existiera.