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Relatos Ardientes

Me descubrió mirando y abrió más la ventana

Era ya pasada la medianoche cuando acepté que el sueño no iba a venir. La ciudad ardía. Uno de esos veranos en que el asfalto acumula calor durante el día y lo devuelve de noche sin piedad, sin brisa, sin tregua. Había apagado el aire acondicionado hacía una hora —hacía demasiado ruido para dejarme concentrar en el libro— y desde entonces el calor se había instalado en el dormitorio como un huésped que no pide permiso.

Salí a la terraza con un vaso de agua que se puso tibio antes de que terminara de beberlo.

Desde el séptimo piso se ven bien las ventanas del edificio de enfrente. No es algo en lo que pienses normalmente; simplemente están ahí, como parte del paisaje nocturno de cualquier ciudad, igual que los coches aparcados abajo o las farolas que parpadean sin que nadie las arregle. Cada ventana encendida es un fragmento de vida ajena al que nadie le presta demasiada atención.

Esa noche sí lo hice.

Había una ventana en el cuarto piso del edificio de enfrente que llevaba encendida desde que salí. Lo que dejaba ver era poco: el hueco de una puerta interior, parte de una pared de azulejos blancos. Una cocina, supuse. La cortina de la ventana grande estaba echada, y por delante del hueco de esa puerta no había pasado nadie en todo el rato que llevaba mirando.

Al principio no vi a nadie. Solo la luz.

Luego, en el segundo o tercer cruce frente a esa puerta interior, la vi. Una silueta. Una mujer que se movía de un lado a otro con una calma que me pareció casi estudiada, con esa cadencia suave que tienen los cuerpos cuando no saben que alguien los mira.

O eso creía yo.

La segunda vez que pasó frente a la puerta la luz la alcanzó más directamente. Llevaba muy poca ropa. No pude distinguir bien desde tan lejos, pero la imagen fue suficiente para que me pusiera de pie y entrara al dormitorio a buscar los prismáticos que guardo en el cajón de la mesita, restos de un viaje a la sierra que había olvidado devolver. Volví a la terraza sin apagar la luz del salón. Ese fue mi error. O quizás no fue un error en absoluto.

La enfoqué.

Y durante unos segundos, todo lo que había intuido desde lejos se confirmó multiplicado. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño suelto, de esos que se deshacen cuando los tocas. Llevaba un conjunto de lencería negro: un sujetador que más bien enmarcaba que cubría, y unas bragas de tiras que se anudaban a los lados con pequeños lazos. Se movía por esa cocina con la naturalidad de alguien completamente sola en el mundo.

Entonces sus ojos se cruzaron con los míos.

Fue un instante. El reflejo de la luz del salón en los cristales de los prismáticos, tal vez. O simplemente que ella llevaba un rato sabiendo exactamente dónde mirar. El caso es que sus ojos llegaron hasta los míos y se quedaron ahí, sin moverse, durante lo que me pareció mucho más tiempo del que probablemente duró.

Me quedé paralizado. Esperé que cerrara la puerta interior, que corriera la cortina, que desapareciera. Era lo lógico. Era lo que habría hecho cualquiera.

En cambio, se acercó a la ventana grande y la abrió de par en par. Luego descorrió la cortina de lado a lado.

Todo el ancho de la cocina quedó visible de golpe. Azulejos blancos de suelo a techo, una encimera larga, la nevera al fondo. Y ella en el centro, mirándome durante dos o tres segundos con una expresión que no era enfado. Era otra cosa completamente distinta. Una especie de reconocimiento tranquilo, como cuando alguien que llevas un rato buscando te encuentra primero.

Después se dio la vuelta y siguió con lo que estaba haciendo.

***

No sé cuánto tiempo estuve mirando. Lo suficiente para que el calor de esa noche dejara de importarme.

Ella se movía sin prisa. Recogía cosas de la encimera, cerraba armarios, ordenaba con esa lentitud que tienen ciertas personas cuando saben que hay tiempo de sobra. De vez en cuando me miraba. Solo un segundo. Lo justo para confirmar que seguía ahí.

En un momento se acercó al grifo, abrió el agua fría y metió las manos debajo hasta llenarlas. Luego las levantó y se las pasó por el cuello, despacio, dejando que el agua le bajara por la clavícula y por el escote. Sus pulgares rozaron el tejido del sujetador por debajo y el agua siguió su camino hacia el vientre. Se apoyó en la encimera con la cadera, giró levemente el torso para que yo lo viera mejor.

Me miraba mientras lo hacía. Y eso era lo que lo cambiaba todo.

Abrió el congelador y sacó una cubitera. Cogió un cubito entre los dedos y se lo acercó a los labios, dejando que se derritiera despacio contra su boca, que las gotas le resbalaran por la barbilla y cayeran sobre su pecho. Luego lo bajó: por el cuello, por el escote, rodeando con él uno de sus pezones a través de la tela hasta que el tejido se oscureció con la humedad. Ella arqueó un poco la espalda.

Cogió otro cubito y lo hizo desaparecer bajo la tela del sujetador. Luego sus dedos se deslizaron por debajo de las bragas, todavía con el frío en las yemas, y presionó despacio mientras cerraba los ojos un momento.

Solo un momento. Luego los abrió y me buscó de nuevo.

Yo había olvidado que podía existir alguna razón para apartar la vista.

Fue entonces cuando se agachó y sacó del cajón inferior de la nevera algo que tardé un segundo en identificar: un calabacín grande y verde, de esos que se compran sin pensarlo en cualquier mercado. Lo llevó al grifo, lo enjuagó con calma y luego se apoyó en la encimera, frente a mí, y se lo acercó a la boca.

Lo que hizo con él no era tímido. Era deliberado, consciente de cada ángulo, de cada movimiento. La punta de su lengua primero, recorriéndolo despacio. Luego los labios entreabiertos rodeándolo y avanzando, sin prisa y sin disimulo. Me miraba mientras lo hacía, y la distancia entre los dos edificios de repente no me parecía tanta.

Con una mano seguía sujetando el calabacín. Con la otra bajó hasta la tira lateral de las bragas y tiró suavemente hacia un lado. Lo suficiente para dejar ver lo que había debajo, lo suficiente para no dejar ninguna duda sobre lo que estaba pasando en esa cocina.

Se movía despacio. La pared blanca de azulejos la enmarcaba como si alguien hubiera diseñado esa habitación exactamente para este momento. Yo no podía hacer nada más que mirar, y algo en esa imposibilidad tenía su propio peso, su propia carga.

***

La puerta de la cocina se abrió.

Entró un hombre. Alto, en camiseta, con el pelo revuelto de quien acaba de levantarse o de quien no ha dormido bien. Ella no se sobresaltó. Él tampoco pareció sorprendido de encontrarla así, con el calabacín en la mano y la ropa interior descolocada. Solo la miró, y luego siguió su mirada hasta la ventana abierta.

Ella dijo algo que yo no pude oír. Después abrió un cajón, sacó un trapo de cocina largo y se lo anudó alrededor de los ojos a él con una lentitud calculada. Él la dejó hacer. Esperó quieto, con los brazos a los lados, mientras ella terminaba de ajustar el nudo.

Cuando lo tuvo atado, ella lo miró de frente.

Luego me miró a mí.

Y sonrió. O algo que, desde esa distancia, se parecía mucho a una sonrisa.

Lo que vino después fue para mí, eso lo entendí desde el primer segundo. Ella lo condujo hasta la silla junto a la encimera, la que daba directamente a la ventana, y lo sentó con cuidado. Se arrodilló frente a él y le bajó el pantalón del pijama sin prisa. Lo que hizo entonces con la boca era exactamente lo mismo que había hecho antes con el calabacín: la misma cadencia, la misma atención, el mismo ritmo que no variaba por casualidad sino por decisión.

De vez en cuando levantaba la vista hacia la ventana. Hacia mí.

***

Él tenía la cabeza apoyada hacia atrás y los puños cerrados en el borde de la silla. Ella lo mantuvo así el tiempo que quiso, y cuando decidió que era suficiente, se puso de pie y lo empujó suavemente contra el respaldo.

Luego se subió encima de él, de espaldas, mirando a la ventana.

El movimiento fue lento al principio. Deliberado. Ella controló cada ritmo, cada profundidad, como si el cuerpo fuera un instrumento que llevara años tocando y conociera de memoria. Sus manos buscaron el borde de la encimera para apoyarse. Él tenía las suyas en sus caderas, pero era ella quien decidía cuándo y cuánto.

Yo había dejado los prismáticos sobre la barandilla. Ya no los necesitaba para sentir que estaba dentro de esa cocina.

El ritmo fue subiendo. La expresión de su cara fue cambiando: esa concentración serena se fue abriendo en algo más urgente, más físico, sin dejar de ser del todo consciente. Seguía mirando hacia la ventana en los intervalos entre un movimiento y el siguiente. Y yo seguía ahí, al otro lado del patio de manzanas, incapaz de moverme.

Cuando llegó al límite lo vi en todo su cuerpo antes que en su cara. En la forma en que arqueó la espalda, en cómo las manos se aferraron a la encimera hasta quedarse blancos los nudillos. Abrió la boca. No sé qué sonido salió de ahí, pero tampoco lo necesitaba para entender lo que estaba pasando.

Después se quedó quieta un momento, con la respiración acelerada visible incluso desde esa distancia. Luego se bajó de él con la misma calma con que había organizado todo lo demás.

Le quitó el trapo de los ojos.

Él parpadeó, la miró, dijo algo. Ella respondió sin mirarme ya. Se agachó y volvió a empezar, esta vez más despacio, limpiando todo rastro de lo que había pasado con una atención minuciosa que tenía algo de ritual, algo de cierre definitivo.

Yo me quedé en la terraza un rato largo todavía. El calor seguía siendo el mismo. La ciudad seguía ardiendo igual que antes.

Pero algo había cambiado en esa noche, aunque no supiera nombrar exactamente el qué.

La ventana de enfrente se apagó. La cortina volvió a su sitio.

Me quedé mirando la oscuridad donde había estado la luz, con la certeza extraña de que, de los dos, quien más había mirado era yo. Y quien más había sido visto, también.

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Comentarios (5)

xavi_noche

Que morbo jaja!! el giro de que ella abra la ventana en vez de cerrarla no me lo esperaba para nada. Excelente relato

Marito_BA

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber que paso despues. Muy bueno

solelover1969

Me recordó a un verano en un piso que tenia enfrente de casa. Nunca llegó a tanto pero la sensacion es identica jaja. Muy bien narrado

Dani_87

Una pregunta de curioso: ella en serio no te habia visto antes o sospechaba y decidio seguir el juego? ese detalle me mata

lectora_noche

Lo contas con mucha naturalidad, se siente autentico. Me enganche desde el principio hasta el final

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