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Relatos Ardientes

El profesor de pintura no dejaba de mirarme

Esta es una historia que Mariana vivió a solas. Una experiencia que guardó en secreto hasta la intimidad de la cama, cuando los cuerpos se confunden en la penumbra y las palabras se deslizan con la misma suavidad que las manos. Fue entonces, en esa calidez compartida, cuando ella, entre susurros al oído, le contó a Damián cómo había encontrado una nueva presa para su juego.

La noche era cálida y la brisa entraba despacio por la ventana abierta. Sus cuerpos, todavía agitados, se enredaban entre las sábanas, con la piel brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Mariana se apoyó sobre un codo y dejó que sus dedos recorrieran el pecho de Damián con una lentitud casi provocadora.

—Hoy pensé en ti todo el día —susurró.

Él sonrió con los ojos cerrados, disfrutando del tacto.

—¿Ah, sí? ¿Y qué estabas pensando exactamente? —preguntó, sabiendo que la respuesta lo arrastraría a un nuevo nivel del juego.

Mariana se mordió el labio antes de contestar.

—En todas las veces que te he contado algo y lo hemos convertido en nuestro secreto. En el mercado… en aquel café… en la oficina, cuando fingíamos que no pasaba nada mientras había alguien más en la habitación.

Damián abrió los ojos y la miró con intensidad.

—¿Eso te excita? —murmuró contra su piel.

—No… —dijo ella, con una sonrisa traviesa—. Me excita que a ti te excite. Me encanta verte intentar controlarte cuando te lo cuento. Cómo imaginas cada detalle hasta que no puedes más.

Él pasó una mano por su cintura y la acercó aún más.

—Entonces dime, ¿qué hiciste esta vez? —susurró contra su oído.

Mariana deslizó los labios por su cuello antes de responder.

—Fue en el taller de pintura. Al principio era solo un curso para distraerme, pero entonces noté algo. Sentí esa sensación otra vez. Esa que me avisa de que alguien me está mirando demasiado tiempo, de que intenta disimular. Y, como siempre, supe que no podía dejarlo pasar.

Damián exhaló despacio y su cuerpo se tensó bajo el de ella.

—¿Quién era? —preguntó, con la voz ya más profunda.

—El profesor. Un hombre mayor que intenta mantener la compostura, pero no lo consigue del todo. Me di cuenta la segunda vez que fui. Se acercaba demasiado, su voz cambiaba cuando hablaba conmigo. Como si no supiera si mirarme a los ojos… o a otra parte.

Damián deslizó los dedos por su espalda desnuda.

—¿Y qué hiciste? —preguntó, con la voz cargada de curiosidad y de algo más oscuro.

Mariana sonrió y lo besó despacio antes de seguir.

—Nada, al principio. Solo esperé. Lo dejé sentir que tenía el control, que era él quien escondía algo. Pero yo ya lo sabía. Y entonces decidí subir la apuesta.

Él cerró los ojos un instante, sintiendo cómo cada palabra encendía algo dentro de él.

—Quiero que me lo cuentes todo —susurró, y Mariana, con una sonrisa peligrosa, empezó su relato.

***

—Recuerdo perfectamente el primer día que entré a ese taller. Llevaba un vestido sencillo, de tirantes finos, suelto, que apenas me rozaba los muslos al caminar. No lo elegí con ninguna intención, pero después entendí que había sido la elección perfecta. Me sentía cómoda, libre. No llevaba sujetador, claro. No porque pensara en jugar desde el principio, sino porque era verano y la tela ya era bastante ligera.

El aula olía a óleo y a madera. Había lienzos apoyados contra las paredes, caballetes dispuestos en círculo y pinceles dentro de tarros de vidrio. Todo parecía tranquilo, hasta que lo vi.

Estaba allí, con la camisa remangada y el delantal manchado de pintura, explicándole algo a un grupo de alumnos. Pero cuando entré, noté cómo su mirada se desvió un segundo. Fue apenas un instante, casi imperceptible, y aun así suficiente para que yo lo captara. No me miró como a las demás. No con la neutralidad de un profesor que recibe a una estudiante más. Sus ojos bajaron un poco, rápidos, fugaces, como si hubiera visto algo que no debía, y enseguida apartó la vista con la prisa de quien quiere fingir que no ha pasado nada.

En ese momento sentí ese cosquilleo en la piel, esa certeza de que alguien estaba prestando demasiada atención por mucho que intentara disimularlo. Me senté en mi puesto fingiendo estar completamente ajena a todo, pero lo vigilé por el rabillo del ojo.

Durante la clase fue moviéndose entre los alumnos, deteniéndose en cada uno para corregir trazos y dar indicaciones. Cuando llegó a mi lado, se inclinó para ver lo que pintaba. Sentí su presencia antes de que hablara. Su sombra cayó sobre el lienzo, su respiración apenas perceptible en el aire.

—El trazo tiene que ser más suelto —dijo, en voz baja.

Supe que me miraba, aunque mantuviera el control.

—¿Así? —pregunté, deslizando el pincel con lentitud sobre el lienzo.

Tardó un segundo en responder. Solo un segundo, pero en su silencio había algo. Una duda, un titubeo.

—Sí —dijo al fin, pero su voz había cambiado.

Damián no dijo nada. Su respiración era más honda ahora, su cuerpo más tenso bajo mis dedos.

—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó, conteniéndose.

Mariana sonrió.

—Nada. Seguí pintando. Pero en ese momento supe que ahí había algo. Y supe también que no iba a dejarlo pasar.

***

—Habían pasado un par de clases desde que entendí que mi profesor tenía dificultades para no mirarme. Yo, por supuesto, no hacía nada evidente. Solo pequeños gestos, movimientos naturales que nadie podría considerar intencionales… al menos no a simple vista. Pero esa tarde, sin planearlo, algo cambió.

Decidí ir con una camiseta de tela suave y una falda ligera. Debajo, solo una tanga mínima, una de esas con la tira fina en forma de «T» que se perdía bajo la falda. No le di importancia; era simplemente ropa cómoda para una tarde calurosa.

La clase transcurrió con normalidad hasta que, en un descuido, al inclinarme sobre el caballete para limpiar un pincel, sentí una corriente de aire en la parte baja de la espalda. Fue un segundo, apenas una sensación. Pero cuando me giré, vi la expresión de mi profesor.

Estaba unos pasos detrás de mí, observando con una quietud demasiado calculada. Tenía los ojos clavados en mi espalda, y entonces entendí lo que había pasado: la camiseta se me había subido sin que me diera cuenta, dejando a la vista esa diminuta tira en forma de «T».

Sentí una oleada de calor recorrerme entera. No era incomodidad, era otra cosa. La certeza de que él había visto, de que ahora sabía que no llevaba nada más bajo la falda. Y, mejor todavía, de que no lograba disimular su reacción.

Me quedé en esa posición unos segundos de más, fingiendo no haber notado nada, disfrutando del peso de su mirada. Luego me enderecé con naturalidad y seguí pintando, sin darle ni una señal de que lo había descubierto.

Pero algo cambió en él durante el resto de la clase. Cuando se acercaba a corregirme, lo hacía más despacio. Se inclinaba más de lo habitual, como si necesitara estudiar con más detalle cada pincelada. Y ahí noté otro detalle. Cada vez que hablaba cerca de mí, un aroma denso y familiar me llegaba a la nariz. Tabaco… pero no cualquier tabaco. Puros. Ese olor profundo, ahumado, con ese leve toque dulzón que siempre me había gustado en un hombre.

Me tomó por sorpresa. Era un detalle inesperado, pero despertó algo en mí. Ya no solo sentía su mirada sobre la piel: ahora su aliento cargado de ese aroma me envolvía cada vez que se acercaba. No podía evitar preguntarme si él notaba el efecto que tenía en mí… o si estaba tan perdido en lo que había visto antes que ya no podía controlarse.

Damián, que la escuchaba sin moverse, deslizó los dedos despacio por su cintura.

—¿Crees que él sabía que lo notaste? —preguntó, con la voz densa.

Mariana sonrió en la penumbra.

—Creo que intentó convencerse de que no. Pero en algún momento de la clase… dejó de intentarlo.

***

—Esa tarde, cuando me vestí para ir, decidí que era hora de dar otro paso. Ya sabía que me miraba, que intentaba disimular y que no lo conseguía del todo. Elegí un vestido sencillo, ajustado en la parte de arriba y con una falda suelta que me dejaba moverme con facilidad. Pero la decisión de verdad la tomé en el último momento: dejé la tanga sobre la cama. No llevaba nada debajo.

Cuando entré al aula, sentí su mirada en cuanto crucé la puerta. Se detuvo un segundo en mi cintura antes de volver a mi rostro, con un intento de naturalidad. Me acerqué a mi sitio fingiendo estar completamente ajena a su atención y empecé a preparar los pinceles.

Durante la clase se acercó más de una vez para corregir detalles de mi trabajo. Pero hubo un momento concreto en el que lo supe con total certeza.

—¿Qué momento? —preguntó Damián, con la voz cargada de expectación.

Mariana sonrió.

—Cuando me tomó la mano para corregir el trazo. Se inclinó sobre mi hombro, guiando el pincel con el suyo, y desde esa posición estoy segura de que vio por el escote del vestido. No hice nada para evitarlo. Seguí pintando, con la respiración lenta, esperando su reacción.

Damián deslizó los dedos por su espalda.

—¿Y cómo reaccionó? —preguntó, con voz grave.

—Se quedó callado más de lo normal. Su voz era distinta cuando por fin habló, un poco más ronca. Y lo mejor de todo es que su aroma a puros se mezcló con el de la pintura. Me encantó sentirlo tan cerca, saber que se esforzaba demasiado por actuar con naturalidad.

Damián exhaló con fuerza.

—¿Y luego?

—Luego la clase terminó y decidí dejarle un último recuerdo. Recogí mis cosas con calma y, cuando estuve lista para irme, dejé la tanga junto al delantal del taller, como si la hubiera olvidado por descuido.

Damián la miró con los ojos entrecerrados, la respiración pesada.

—¿Crees que la encontró?

Mariana sonrió en la penumbra.

—Estoy segura de que sí.

***

—La última clase antes del receso tenía que ser especial. Lo supe nada más entrar al aula y sentir el ambiente distinto. Había menos alumnos que de costumbre, casi todos concentrados en sus obras, y él… él estaba al fondo, ordenando materiales con una calma forzada.

Me senté en mi caballete como siempre, pero esta vez con una sonrisa apenas dibujada en los labios. Sabía que en algún momento su mirada estaría sobre mí, así que decidí darle un motivo para distraerse. Me acomodé en el banco y crucé las piernas despacio, dejando que la tela de la falda se levantara solo lo justo.

A mitad de la clase se acercó.

—Estás haciendo demasiada presión con el pincel —dijo, con voz grave, casi ronca.

Me incliné sobre el lienzo fingiendo corregir el trazo, pero en realidad dándole una vista perfecta de mi espalda descubierta.

—¿Así? —pregunté con suavidad.

No respondió de inmediato. Sentí el peso de su mirada recorriéndome entera. La espera fue deliciosa.

—Déjame ayudarte —dijo al fin.

Me tomó la mano y guió el pincel con la suya. Sus dedos eran firmes, pero la respiración delataba su intento de control. Desde su ángulo sabía que veía más de lo que debía, y cuando su mano resbaló apenas sobre la mía, no supe si fue a propósito o solo un reflejo de lo que intentaba reprimir.

Damián escuchaba sin moverse, la respiración pesada contra mi cuello.

—¿Y qué pasó después? —susurró.

Sonreí en la oscuridad.

—Nada —respondí—. Pero cuando la clase terminó, fui la última en salir. Caminé hasta el perchero donde colgaban los delantales y, con la misma calma con la que había recogido mis cosas, dejé la tanga sobre la mesa, justo al lado de la suya.

Damián se tensó bajo mis dedos.

—¿Te giraste para ver su reacción? —preguntó, con la voz cargada de algo más profundo.

Negué despacio.

—No. Me fui sin mirar atrás… pero sé que la vio. Lo sé porque, justo antes de cruzar la puerta, escuché el sonido de una respiración contenida. Y lo mejor de todo es que nunca me dijo nada.

El silencio entre nosotros se alargó. Después sentí cómo sus manos se aferraban a mis caderas con más fuerza.

—Eres un peligro —murmuró contra mi piel.

Sonreí en la penumbra, sabiendo que el juego nunca terminaba.

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Comentarios (6)

Florchi_BA

que bueno!!! me encanto desde el principio

GabrielNoc

Muy bien escrito, la tension se siente desde el primer parrafo. Mas relatos asi por favor!

martina_lectora

jajaja me hizo gracia como lo describe, se nota que ya sabia lo que iba a pasar. Muy bueno

PabloSF22

Me quede pensando si el profe ya lo veia venir tambien... o fue una sorpresa para los dos? jajaj excelente

SilviaRo

Me recordo a una situacion parecida que tube yo en la facultad, aunque no llego a nada jajaja. Muy buen relato, enhorabuena

Cuentero88

Por favor que tenga continuacion, quede con ganas de mas!!

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