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Relatos Ardientes

El profesor de pintura no dejaba de mirarme

Esta es una historia que Mariana vivió a solas. Una experiencia que guardó en secreto hasta la intimidad de la cama, cuando los cuerpos se confunden en la penumbra y las palabras se deslizan con la misma suavidad que las manos. Fue entonces, en esa calidez compartida, cuando ella, entre susurros al oído, le contó a Damián cómo había encontrado una nueva presa para su juego.

La noche era cálida y la brisa entraba despacio por la ventana abierta. Sus cuerpos, todavía agitados, se enredaban entre las sábanas, con la piel brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Acababan de follar como animales: ella todavía tenía los muslos abiertos y el coño hinchado, latiendo, con el semen espeso de él resbalándole por la cara interna de los muslos hasta manchar la sábana. Damián estaba boca arriba, con la polla todavía a medio bajar, brillante por los jugos de ella, respirando hondo. Mariana se apoyó sobre un codo y dejó que sus dedos recorrieran el pecho de Damián con una lentitud casi provocadora, dibujándole círculos sobre el vello, bajando poco a poco hacia el ombligo y más allá, hasta rozarle la base de la verga con la yema del índice.

—Hoy pensé en ti todo el día —susurró.

Él sonrió con los ojos cerrados, disfrutando del tacto, sintiendo cómo esa caricia le devolvía la sangre al glande.

—¿Ah, sí? ¿Y qué estabas pensando exactamente? —preguntó, sabiendo que la respuesta lo arrastraría a un nuevo nivel del juego.

Mariana se mordió el labio antes de contestar. Le rodeó la polla con la mano completa y empezó a masturbarlo despacio, sintiendo cómo se le endurecía otra vez contra la palma, gruesa y caliente.

—En todas las veces que te he contado algo y lo hemos convertido en nuestro secreto. En el mercado… en aquel café… en la oficina, cuando fingíamos que no pasaba nada mientras había alguien más en la habitación.

Damián abrió los ojos y la miró con intensidad. Ella no le soltaba la verga; se la subía y bajaba con un ritmo perezoso, apretando el prepucio con el pulgar cada vez que llegaba a la punta.

—¿Eso te excita? —murmuró contra su piel.

—No… —dijo ella, con una sonrisa traviesa—. Me excita que a ti te excite. Me encanta verte intentar controlarte cuando te lo cuento. Cómo imaginas cada detalle hasta que no puedes más. Como ahora. Mira cómo se te vuelve a poner dura, cabrón.

Él pasó una mano por su cintura y la acercó aún más, buscando con los dedos entre sus piernas. Los hundió sin ceremonia en el coño empapado de ella, dos de golpe, y Mariana gimió bajito contra su hombro.

—Entonces dime, ¿qué hiciste esta vez? —susurró contra su oído, moviéndole los dedos dentro con lentitud, sintiendo cómo su propio semen todavía la hacía chapotear.

Mariana deslizó los labios por su cuello antes de responder, apretando las paredes del coño contra los dedos de él.

—Fue en el taller de pintura. Al principio era solo un curso para distraerme, pero entonces noté algo. Sentí esa sensación otra vez. Esa que me avisa de que alguien me está mirando demasiado tiempo, de que intenta disimular. Y, como siempre, supe que no podía dejarlo pasar.

Damián exhaló despacio y su cuerpo se tensó bajo el de ella. Sacó los dedos de su coño, brillantes de flujo y semen, y los subió hasta la boca de Mariana. Ella los recibió sin dudarlo, chupándoselos hasta la base, lamiendo con la lengua plana entre los nudillos.

—¿Quién era? —preguntó, con la voz ya más profunda.

—El profesor —respondió ella, dejando que un hilo de saliva le colgara del labio—. Un hombre mayor que intenta mantener la compostura, pero no lo consigue del todo. Me di cuenta la segunda vez que fui. Se acercaba demasiado, su voz cambiaba cuando hablaba conmigo. Como si no supiera si mirarme a los ojos… o a otra parte.

Damián deslizó los dedos por su espalda desnuda, bajándole por la curva del culo, abriéndoselo con las dos manos hasta pasarle un dedo por el ojete apretado. Mariana suspiró.

—¿Y qué hiciste? —preguntó, con la voz cargada de curiosidad y de algo más oscuro.

Mariana sonrió y lo besó despacio antes de seguir, un beso largo y húmedo, con la lengua entrando entera en la boca de él. Se subió encima a horcajadas y le apoyó el coño mojado contra el vientre, moviéndose apenas, dejándole una huella brillante en la piel.

—Nada, al principio. Solo esperé. Lo dejé sentir que tenía el control, que era él quien escondía algo. Pero yo ya lo sabía. Y entonces decidí subir la apuesta.

Él cerró los ojos un instante, sintiendo cómo cada palabra encendía algo dentro de él. La polla, dura otra vez del todo, le empujaba contra el culo de ella por detrás.

—Quiero que me lo cuentes todo —susurró, y Mariana, con una sonrisa peligrosa, empezó su relato mientras se frotaba lentamente contra él, con los labios del coño abriéndose y cerrándose sobre su vientre.

***

—Recuerdo perfectamente el primer día que entré a ese taller. Llevaba un vestido sencillo, de tirantes finos, suelto, que apenas me rozaba los muslos al caminar. No lo elegí con ninguna intención, pero después entendí que había sido la elección perfecta. Me sentía cómoda, libre. No llevaba sujetador, claro. No porque pensara en jugar desde el principio, sino porque era verano y la tela ya era bastante ligera. Se me marcaban los pezones cada vez que se movía el aire.

El aula olía a óleo y a madera. Había lienzos apoyados contra las paredes, caballetes dispuestos en círculo y pinceles dentro de tarros de vidrio. Todo parecía tranquilo, hasta que lo vi.

Estaba allí, con la camisa remangada y el delantal manchado de pintura, explicándole algo a un grupo de alumnos. Pero cuando entré, noté cómo su mirada se desvió un segundo. Fue apenas un instante, casi imperceptible, y aun así suficiente para que yo lo captara. No me miró como a las demás. No con la neutralidad de un profesor que recibe a una estudiante más. Sus ojos bajaron un poco, rápidos, fugaces, se le clavaron en las tetas bajo la tela fina, en los pezones marcados, y enseguida apartó la vista con la prisa de quien quiere fingir que no ha pasado nada.

En ese momento sentí ese cosquilleo en la piel, esa certeza de que alguien estaba prestando demasiada atención por mucho que intentara disimularlo. Sentí también algo más abajo, entre los muslos, un latido lento y húmedo. Me senté en mi puesto fingiendo estar completamente ajena a todo, pero lo vigilé por el rabillo del ojo.

Durante la clase fue moviéndose entre los alumnos, deteniéndose en cada uno para corregir trazos y dar indicaciones. Cuando llegó a mi lado, se inclinó para ver lo que pintaba. Sentí su presencia antes de que hablara. Su sombra cayó sobre el lienzo, su respiración apenas perceptible en el aire, y su vista, lo notaba perfectamente, no estaba en el pincel sino directamente dentro de mi escote.

—El trazo tiene que ser más suelto —dijo, en voz baja.

Supe que me miraba, aunque mantuviera el control.

—¿Así? —pregunté, deslizando el pincel con lentitud sobre el lienzo, arqueando un poco la espalda para que el vestido se me tensara sobre el pecho.

Tardó un segundo en responder. Solo un segundo, pero en su silencio había algo. Una duda, un titubeo. Yo ya sabía que estaba imaginándose meterme la polla en la boca, aunque él intentara convencerse de que no.

—Sí —dijo al fin, pero su voz había cambiado.

Damián no dijo nada. Su respiración era más honda ahora, su cuerpo más tenso bajo mis dedos. Mariana se había ido incorporando mientras hablaba y ahora, todavía a horcajadas sobre él, alzó las caderas y con la mano se llevó la polla dura de Damián hasta la entrada del coño. La restregó ahí, mojándose el glande de él con sus jugos, pero sin dejarlo entrar. Él intentó empujar y ella se apartó, riéndose bajito.

—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó, conteniéndose, con los dientes apretados.

Mariana sonrió y, en lugar de contestar, bajó la cabeza. Le lamió la punta de la verga, larga y despacio, saboreando la mezcla de ella con la carne dura y caliente de él. Luego se la metió en la boca hasta la mitad, apretando los labios, subiendo y bajando con calma. Damián gruñó, agarrándole el pelo. Cuando lo soltó y volvió a subir, un hilo de saliva se estiró desde su lengua hasta el glande.

—Nada. Seguí pintando —dijo, con la voz un poco ronca, secándose los labios con el dorso de la mano—. Pero en ese momento supe que ahí había algo. Y supe también que no iba a dejarlo pasar.

***

—Habían pasado un par de clases desde que entendí que mi profesor tenía dificultades para no mirarme. Yo, por supuesto, no hacía nada evidente. Solo pequeños gestos, movimientos naturales que nadie podría considerar intencionales… al menos no a simple vista. Pero esa tarde, sin planearlo, algo cambió.

Decidí ir con una camiseta de tela suave y una falda ligera. Debajo, solo una tanga mínima, una de esas con la tira fina en forma de «T» que se perdía bajo la falda. No le di importancia; era simplemente ropa cómoda para una tarde calurosa.

La clase transcurrió con normalidad hasta que, en un descuido, al inclinarme sobre el caballete para limpiar un pincel, sentí una corriente de aire en la parte baja de la espalda. Fue un segundo, apenas una sensación. Pero cuando me giré, vi la expresión de mi profesor.

Estaba unos pasos detrás de mí, observando con una quietud demasiado calculada. Tenía los ojos clavados en mi espalda, y entonces entendí lo que había pasado: la camiseta se me había subido sin que me diera cuenta, dejando a la vista esa diminuta tira en forma de «T» hundida entre las nalgas.

Sentí una oleada de calor recorrerme entera. No era incomodidad, era otra cosa. La certeza de que él había visto, de que ahora sabía que no llevaba nada más bajo la falda, que le acababa de enseñar la raya del culo desnudo. Y, mejor todavía, de que no lograba disimular su reacción: se le marcaba la polla dura contra el pantalón bajo el delantal, y sus manos se movieron torpes tratando de tapar el bulto.

Me quedé en esa posición unos segundos de más, fingiendo no haber notado nada, disfrutando del peso de su mirada. Luego me enderecé con naturalidad y seguí pintando, sin darle ni una señal de que lo había descubierto.

Pero algo cambió en él durante el resto de la clase. Cuando se acercaba a corregirme, lo hacía más despacio. Se inclinaba más de lo habitual, como si necesitara estudiar con más detalle cada pincelada. Y ahí noté otro detalle. Cada vez que hablaba cerca de mí, un aroma denso y familiar me llegaba a la nariz. Tabaco… pero no cualquier tabaco. Puros. Ese olor profundo, ahumado, con ese leve toque dulzón que siempre me había gustado en un hombre.

Me tomó por sorpresa. Era un detalle inesperado, pero despertó algo en mí. Ya no solo sentía su mirada sobre la piel: ahora su aliento cargado de ese aroma me envolvía cada vez que se acercaba. Me imaginaba ese aroma sobre mí, imaginaba la barba de ese hombre entre mis piernas, chupándome el coño con la boca sabiendo a humo. No podía evitar preguntarme si él notaba el efecto que tenía en mí, si veía lo mojada que estaba la tela debajo de la falda… o si estaba tan perdido en lo que había visto antes que ya no podía controlarse.

Damián, que la escuchaba sin moverse, deslizó los dedos despacio por su cintura y le pellizcó un pezón hasta hacerla arquearse. Se incorporó, la tumbó bocarriba de un movimiento y le abrió las piernas con las rodillas. Le hundió la cara entre los muslos sin previo aviso, y le empezó a comer el coño con la lengua entera, subiendo desde la entrada hasta el clítoris con lametones largos y profundos, chupándole los labios uno a uno, hundiéndole la lengua dentro y sacándola brillante.

—¿Crees que él sabía que lo notaste? —preguntó, con la voz densa, sin apartar los labios de su sexo, hablando contra la carne mojada.

Mariana sonrió en la penumbra, con las manos hundidas en el pelo de él, empujándole la cara aún más contra el coño.

—Creo que intentó convencerse de que no —jadeó—. Pero en algún momento de la clase… dejó de intentarlo. Ay, ahí… no pares, sigue chupándomelo así.

Damián le clavó dos dedos en el coño mientras le lamía el clítoris en círculos rápidos, y ella se retorció, apretándose las tetas con las manos. Cuando la sintió a punto de correrse, se apartó y le lamió los jugos de los labios.

—Sigue contándome —le ordenó, con la boca brillante—. Cuenta.

***

—Esa tarde, cuando me vestí para ir, decidí que era hora de dar otro paso —dijo Mariana, todavía con la respiración entrecortada—. Ya sabía que me miraba, que intentaba disimular y que no lo conseguía del todo. Elegí un vestido sencillo, ajustado en la parte de arriba y con una falda suelta que me dejaba moverme con facilidad. Pero la decisión de verdad la tomé en el último momento: dejé la tanga sobre la cama. No llevaba nada debajo. Iba con el coño al aire bajo la falda, y me acuerdo perfectamente de cómo se me humedeció caminando hasta el taller, imaginando el momento.

Cuando entré al aula, sentí su mirada en cuanto crucé la puerta. Se detuvo un segundo en mi cintura antes de volver a mi rostro, con un intento de naturalidad. Me acerqué a mi sitio fingiendo estar completamente ajena a su atención y empecé a preparar los pinceles.

Durante la clase se acercó más de una vez para corregir detalles de mi trabajo. Pero hubo un momento concreto en el que lo supe con total certeza.

—¿Qué momento? —preguntó Damián, con la voz cargada de expectación, deslizándole otra vez dos dedos dentro, esta vez muy despacio, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellos.

Mariana sonrió, con los ojos entrecerrados.

—Cuando me tomó la mano para corregir el trazo. Se inclinó sobre mi hombro, guiando el pincel con el suyo, y desde esa posición estoy segura de que vio por el escote del vestido, directamente hasta los pezones. Se le puso dura otra vez, la sentí contra la parte baja de mi espalda a través del delantal. No hice nada para evitarlo. Seguí pintando, con la respiración lenta, notando cómo su polla me apretaba justo encima del culo, esperando su reacción.

Damián deslizó los dedos por su espalda y le sacó los otros dos del coño para llevárselos a la boca y chuparlos.

—¿Y cómo reaccionó? —preguntó, con voz grave.

—Se quedó callado más de lo normal. Su voz era distinta cuando por fin habló, un poco más ronca. Y lo mejor de todo es que su aroma a puros se mezcló con el de la pintura. Me encantó sentirlo tan cerca, saber que se esforzaba demasiado por actuar con naturalidad. Yo estaba empapada bajo la falda; si hubiera bajado los ojos habría visto un hilo de flujo bajándome por el interior del muslo.

Damián exhaló con fuerza y le mordió el cuello.

—¿Y luego?

—Luego la clase terminó y decidí dejarle un último recuerdo. Recogí mis cosas con calma y, cuando estuve lista para irme, dejé la tanga junto al delantal del taller, como si la hubiera olvidado por descuido.

Damián la miró con los ojos entrecerrados, la respiración pesada. Le puso la mano en el cuello, no apretando, solo sujetándola, y con la otra mano se llevó su polla dura hasta la entrada del coño de ella. La restregó ahí, hundiendo apenas el glande.

—¿Crees que la encontró? —preguntó, empujando muy despacio, hundiéndosela solo la punta, sacándola otra vez, jugando.

Mariana gimió, tratando de bajar las caderas para tragárselo entero.

—Estoy segura de que sí —jadeó—. Estoy segura de que se la llevó a casa. Que se la metió en la boca esa misma noche. Que se hizo una paja oliéndola.

Damián soltó un gruñido y se la metió entera de una embestida.

***

—La última clase antes del receso tenía que ser especial —siguió contando ella, hablando entrecortado, con Damián dentro, sintiéndolo golpearle el fondo con embestidas lentas y profundas—. Lo supe nada más entrar al aula y sentir el ambiente distinto. Había menos alumnos que de costumbre, casi todos concentrados en sus obras, y él… él estaba al fondo, ordenando materiales con una calma forzada.

Me senté en mi caballete como siempre, pero esta vez con una sonrisa apenas dibujada en los labios. Sabía que en algún momento su mirada estaría sobre mí, así que decidí darle un motivo para distraerse. Me acomodé en el banco y crucé las piernas despacio, dejando que la tela de la falda se levantara solo lo justo. Lo justo para que, si él pasaba por el ángulo correcto, viera de golpe el coño desnudo.

A mitad de la clase se acercó.

—Estás haciendo demasiada presión con el pincel —dijo, con voz grave, casi ronca.

Me incliné sobre el lienzo fingiendo corregir el trazo, pero en realidad dándole una vista perfecta de mi espalda descubierta y del principio del culo que asomaba por debajo del vestido.

—¿Así? —pregunté con suavidad.

No respondió de inmediato. Sentí el peso de su mirada recorriéndome entera. La espera fue deliciosa.

—Déjame ayudarte —dijo al fin.

Me tomó la mano y guió el pincel con la suya. Sus dedos eran firmes, pero la respiración delataba su intento de control. Desde su ángulo sabía que veía más de lo que debía, veía la curva de un pecho entero por dentro del vestido, veía el pezón, y cuando su mano resbaló apenas sobre la mía, no supe si fue a propósito o solo un reflejo de lo que intentaba reprimir. Lo que sí sé es que su polla, dura como una piedra bajo el pantalón, me rozó la cadera un instante, y no se apartó tan rápido como debía.

Damián escuchaba sin moverse, la respiración pesada contra el cuello de ella, follándola cada vez más fuerte, agarrándola por las caderas para clavársela hasta el fondo. La cama crujía. El sonido húmedo del coño de Mariana tragándole la verga entera llenaba la habitación.

—¿Y qué pasó después? —susurró, dándole una nalgada que sonó seca en la penumbra.

Ella gimió y sonrió en la oscuridad, arqueando la espalda.

—Nada —respondió—. Pero cuando la clase terminó, fui la última en salir. Caminé hasta el perchero donde colgaban los delantales y, con la misma calma con la que había recogido mis cosas, dejé la tanga sobre la mesa, justo al lado de la suya. Esta vez ni siquiera me molesté en fingir que se me había caído. La dejé estirada, con la parte del centro hacia arriba, la parte que había tenido pegada al coño toda la clase, brillante de mi flujo.

Damián se tensó, salió de golpe y la giró bocabajo, poniéndola a cuatro patas. Le abrió las nalgas con las manos y volvió a metérsela por detrás, hasta los cojones, arrancándole un gemido largo.

—¿Te giraste para ver su reacción? —preguntó, con la voz cargada de algo más profundo, follándola en ese ritmo brutal, la piel golpeando contra la piel.

Ella negó despacio, con la mejilla apretada contra el colchón, mordiéndose el labio.

—No. Me fui sin mirar atrás… pero sé que la vio. Lo sé porque, justo antes de cruzar la puerta, escuché el sonido de una respiración contenida. Y lo mejor de todo es que nunca me dijo nada. Nunca. Sigue tratándome igual, con esa voz temblorosa, con ese aroma a puros… sabiendo perfectamente cómo huele mi coño. Ay, así, dámela toda…

El silencio entre nosotros se alargó, solo roto por el chapoteo húmedo entre sus piernas y por los gruñidos de él. Después sentí cómo sus manos se aferraban a mis caderas con más fuerza, cómo los dedos se le clavaban en la carne, y cómo empezaba a follarme más rápido, más hondo, buscando el final. Le agarré una mano y me la llevé a la boca, chupándole dos dedos hasta ensalivárselos bien, y luego se los puse en el ojete. Él entendió. Me metió un dedo por el culo mientras me clavaba la polla en el coño, y sentí cómo se me llenaba entera. Empecé a correrme de golpe, apretándolo por todos lados, temblando contra las sábanas, gritando ahogada contra el colchón.

Damián aguantó dos embestidas más y se corrió dentro con un gruñido grave, vaciándose entero, latiendo, dejándome el coño chorreando de semen otra vez. Se quedó ahí quieto unos segundos, hundido hasta el fondo, respirando fuerte contra mi espalda. Cuando por fin salió, sentí cómo su corrida se me escurría entre los muslos.

Se dejó caer a mi lado y me atrajo contra su pecho.

—Eres un peligro —murmuró contra mi piel, todavía sin aliento.

Sonreí en la penumbra, con los dedos deslizándose por su vientre húmedo, sabiendo que el juego nunca terminaba.

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Comentarios(9)

Florchi_BA

que bueno!!! me encanto desde el principio

GabrielNoc

Muy bien escrito, la tension se siente desde el primer parrafo. Mas relatos asi por favor!

martina_lectora

jajaja me hizo gracia como lo describe, se nota que ya sabia lo que iba a pasar. Muy bueno

PabloSF22

Me quede pensando si el profe ya lo veia venir tambien... o fue una sorpresa para los dos? jajaj excelente

SilviaRo

Me recordo a una situacion parecida que tube yo en la facultad, aunque no llego a nada jajaja. Muy buen relato, enhorabuena

Cuentero88

Por favor que tenga continuacion, quede con ganas de mas!!

TaniaQuilmes

Que morbo pero en el buen sentido!! Me engancho desde la primera linea y no pude parar

AlexMdp27

Los relatos de voyerismo son mis favoritos y este no decepciono. Bien escrito y sin hacerse el burdo, eso se agradece

Rolando_Uru

Tremendo. Gracias por compartirlo

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