La vecina que me sorprendió mirándola desde la terraza
Lo que voy a contar pasó de verdad, aunque todavía me cuesta creerlo cada vez que lo recuerdo. No le he inventado nada para hacerlo más jugoso; sencillamente las cosas se dieron así.
Pongo en contexto. Hace un tiempo, mi cuadrilla del pueblo metió al grupo a un chico nuevo, Rubén. Enseguida congeniamos. Rubén tenía una particularidad: nunca tuvimos del todo claro si era gay o bisexual, y como había estudiado una carrera con muchísimas más chicas que chicos, la mayoría aplastante de sus amistades eran mujeres. Cada vez que avisaba de que traía gente a una fiesta, aparecían nueve chicas por cada chico. No exagero ni un poco.
Y ya se sabe cómo es conocer gente de fiesta: unas te caen bien, otras regular, alguna le gusta a un amigo, otra acaba liándose con otro, y de tanto en tanto sale una pareja seria de todo aquel cruce de presentaciones. Pero había una que llamaba la atención por encima del resto, y esa era Carla.
Carla siempre fue tímida, de las que les cuesta encajar. No porque la rechazaran: en un grupo pequeño la querían, sacaba buenas notas, era muy guapa y en cualquier otro sitio habría sido de las populares. Pero ella no tenía nada de social. Venía de una relación bastante tóxica con uno de los matones del instituto, una relación que ella creía sana y que era todo lo contrario. El tipo no la dejaba salir si en el grupo había muchos chicos, ni siquiera si había uno solo que él no conociera. Cosas que, por desgracia, pasan más de lo que deberían.
Cuando rompieron, Carla quedó tocada y algo aislada, y Rubén la metió en nuestro grupo para que tuviera con quién salir y despejarse. Cada uno puso de su parte para integrarla, pero ella respondía con monosílabos o con una sonrisa medio forzada, y solo hablaba más de dos frases seguidas con Rubén, al que conocía de toda la vida.
Y mira que no parecía mala chica, y era guapísima. Tendría unos veintiséis años, un metro sesenta y unas medidas que se adivinaban estupendas bajo la ropa, pelo negro y una cara de no haber roto un plato en su vida.
Un día, hablando de ella sin que estuvieran delante ni Carla ni Rubén, comentábamos algo curioso: en toda su vida solo había salido con casos perdidos. Macarras, buscavidas, gente con ideas de hace dos siglos. Nunca había sabido elegir, y todo apuntaba a que seguía igual.
Una chica por la que medio pueblo suspiraba, pero a la que nadie se atrevía a acercarse porque antes salía con un cinturón negro de kárate, ahora estaba con un señor casi calvo que rozaba los cuarenta y dos. Le sacaba unos dieciséis años. Y ya me diréis que el amor no se mide en lo físico ni en la edad, vale, pero es que el hombre tampoco parecía gran cosa por dentro.
***
Pues bien, justo unos días después de aquella conversación, en carnavales, me bajé al pueblo a pasar unas jornadas con la cuadrilla. Suelo poner la lavadora y la secadora de noche para ahorrar, y la primera madrugada oí un golpeteo repetido, como algo chocando una y otra vez, que no sabía de dónde salía. Revisé los electrodomésticos por si se habían estropeado, pero el ruido no venía de ahí. Esa primera noche pasé del tema y me acosté.
Dos días más tarde tuve que poner otra lavadora, después de una pachanga de fútbol. La eché a andar y tenía una ventana de la terraza entreabierta, la misma por la que sacaba el tubo del vapor de la secadora. Y volví a oír el golpeteo. Esta vez me di cuenta de que llegaba de fuera. Me asomé a ver qué demonios era, y mis ojos no se creían lo que estaban viendo.
En el bosque que linda con la casa había una pareja follando completamente desnuda. Ella estaba de frente, de manera que se le distinguía cada centímetro del cuerpo. Eran Carla y su novio.
Me quedé en shock unos segundos, paralizado en la ventana. Una parte de mí estaba asombrada, otra incluso apenada de que una chica tan guapa hiciera algo así seguramente por contentar al impresentable del novio, y otra, no lo voy a negar, completamente caliente con el morbo de ver a una del grupo en esa situación, expuesta, con unos pechos que no dejaban de moverse.
Y entonces, mientras todavía intentaba procesarlo, vi que ella me miraba directamente a los ojos.
Intenté cerrar la ventana de golpe, tanto por vergüenza como por miedo a que el novio, que ya he dicho que no era trigo limpio, montara un pollo y tuviéramos problemas esa misma madrugada. Pero la hoja chocó con el tubo de la secadora y se quedó a medio cerrar. Mi terraza no tiene persianas, solo esos cristales translúcidos que dejan ver el contorno de las siluetas de dentro hacia fuera. Si me quedaba de pie, mi figura se notaría desde el bosque. Así que me agaché y seguí mirando por la rendija que dejaba el tubo, encogido, casi invisible.
Carla seguía disfrutando mientras me sostenía la mirada, y juraría que eso la encendía todavía más. A mí, no me escondo, me ponía a mil verla así. Pero seguía algo acojonado por si el novio se giraba. Al menos comprobé que a ella no le molestaba lo más mínimo que la observara.
Me quedé agachado hasta que, pocos minutos después, terminaron. Recogieron la ropa tirada por el suelo, se vistieron y salieron del bosque hacia la carretera para cruzar a su casa, que estaba a apenas unos metros de la mía.
***
Yo, evidentemente, me fui derecho a mi cuarto y me hice una de las pajas más bestias de mi vida pensando en Carla, en su cuerpazo y en lo expuesta que había estado. Expuesta entre comillas, porque el pueblo cada año tiene menos gente y, a esas horas, casi no pasa nadie; quizá en carnavales algún despistado, pero poco más.
Luego me entró el debate interno. ¿Se lo contaba a alguien? ¿Me lo callaba? Pensé: ni siquiera sé si lo que hace es del todo voluntario; igual a ella también le gusta y está todo bien, aunque me dé pena imaginarlo. Podría hablarlo con ella, pero no tenía esa confianza ni de lejos; seguro que solo conseguiría que los dos pasáramos un mal rato, o que negara que era ella. Aunque, claro, parecía gozar más cuando me clavaba los ojos… quizá hasta sacara algo bueno de aquello. Mis fantasías volaban un rato y enseguida volvía al suelo. Qué va. Me callo, así nadie pasa un mal trago y todos contentos.
Desde entonces, aunque para mí el tema estaba cerrado, intentaba esquivarla por la calle. Si la veía venir, me cambiaba de acera o desviaba mi ruta para no cruzarnos. Sentía vergüenza, y ni yo sabía bien por qué, si no había hecho nada malo: estaba en mi casa poniendo la lavadora y miré a ver qué era aquel golpeteo. Vale que después aproveché para disfrutar del espectáculo, pero a ella tampoco se la veía disgustada por ello.
Y no os voy a mentir: alguna que otra noche me asomé a ver si volvían. Pero entre que no bajaba mucho al pueblo y que ella seguramente decidió no repetir al aire libre, o al menos no en ese sitio, nunca volví a verlos así.
***
Pasó el tiempo hasta que una noche que salimos de fiesta, Rubén apareció sin avisar con Carla. Creo que los dos nos quedamos helados al vernos. Como yo no bajo tanto al pueblo como el resto, ella debió de dar por hecho que tampoco estaría esa vez.
—Parece que os ha comido la lengua el gato, ¿qué pasa? —soltó Rubén.
—Que me caes mal, Rubén, ya me has chafado la buena noche que estaba pasando —le contesté con sorna para salir del paso como pude.
Hubo alguna que otra mirada incómoda más, pero los dos intentamos disimular delante de todos.
La noche siguió su curso sin más incidencias, y en un momento dado las cervezas me exigieron salir de mi cuerpo. Bajé al baño y no me percaté de que ella también había ido y estaba apoyada en la puerta. Ese sábado el bar no estaba muy lleno, así que en la planta de abajo, donde solo están los aseos y un cuarto en obras, éramos los dos únicos.
—Diego, ¿podemos hablar un momento en privado? —dijo.
—Sí, claro, Carla, ¿qué pasa? —respondí haciéndome el loco.
Me agarró del brazo y me metió al baño con ella.
—Mira, lo que viste el otro día…
—Yo como si no hubiera visto nada, te lo juro. No se lo he dicho a nadie, tranquila. Respeto lo que queráis hacer y no soy quién para meterme en vuestra vida; solo oí un ruido, miré qué era y por accidente os vi, nada más.
—Vale, Diego, tranquilo. Yo, obviamente, tampoco dije nada porque me daba vergüenza y porque a mi novio igual no le sentaba bien. Ahora, con un poco de alcohol encima, al menos me atrevo a sacar el tema.
—Ah, perfecto, Carla, pues me alegro de que…
Carla me agarró el paquete por encima del pantalón sin previo aviso. Me quedé totalmente en shock.
—Ahora sí. Pero también te aviso: como cuentes algo de esto por ahí, te la corto y luego se lo digo a mi novio para que te descuartice. Que te quede claro.
—Vale, Carla, pero esto era del todo innecesario, la verdad.
—¿Qué pasa? Tú me viste follando en pelotas. ¿Me vas a decir ahora que no la tenías dura mientras me mirabas gozar? Te puso a cien verme expuesta, ¿verdad? Qué cerdo. Y me juego todo mi dinero a que después te hiciste una paja pensando en mí.
—… —no sabía qué quería escuchar, si la versión educada o la versión real.
—¡Dilo, o te la arranco ahora mismo!
—Bueno… Sí, Carla, es todo verdad lo que dices.
—Así que te la meneaste pensando en aquel polvo. ¿Te la meneaste así?
Metió la mano por dentro del pantalón y empezó a pajearme.
—Oh, Carla, sí, así lo hice… —dije entre gemidos contenidos.
Se puso a tope. Me bajó del todo el pantalón y los calzoncillos y me siguió masturbando sin nada de por medio.
—Venga, dame tu leche, que me la merezco por todo lo que te provoqué el otro día, Diego.
—Pero, Carla, ¿tú no tienes novio? —solté mientras seguía disfrutando.
—Sí, pero ese no me da lo que necesito. Tú eres más guapo, además la tienes más grande y me miraste con unas ganas de follarme aquella noche que me dejaste a mil. Me entran ganas de chupártela. Mira qué cojones.
Se metió toda mi polla en la boca con un ansia que no esperaba.
—Carla, me corro, me corro.
Se la sacó de la boca, se bajó el escote para liberar los pechos y dijo:
—Córrete aquí, en mis tetas, que sé que te encantan por cómo las mirabas.
No tardé nada en correrme al vérselas otra vez tan cerca.
***
Nos limpiamos un poco mientras ella me decía:
—Una pena que tenga novio, porque estás hecho un semental y me vuelves loca. Te busqué un par de veces para repetir en el bosque, pero no debías de estar en el pueblo, porque si no, fijo que me buscabas tú a mí, ¿eh, cerdo?
—Pues la verdad es que sí, no te voy a mentir. Aunque a cerda me ganas tú por bastante, diría —contesté.
Nos reímos, ya más sueltos los dos y con el alcohol corriendo. Subimos con el resto como si nada hubiera pasado. El grupo se había dispersado: unos en el futbolín, otros fumando fuera, otros charlando con viejos conocidos que llevaban tiempo sin ver. Por suerte, nadie había notado nuestra ausencia.
Desde aquella noche no volvimos a hablar del tema. Pero fue una noche que no olvidaré jamás.