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Relatos Ardientes

Le pedí a mi mujer que provocara al técnico

El martes amaneció con un cielo gris que pesaba sobre la ciudad como una losa. El aire estaba cargado de una humedad que prometía tormenta pero no terminaba de romper, y Mateo llevaba horas atrapado en su oficina, un cubículo de paredes blancas y fluorescentes que zumbaban como insectos. El calor de marzo se colaba por las ventanas mal selladas y el aire acondicionado, viejo y ruidoso, apenas aliviaba la sensación de estar cocinándose vivo.

Frente a él, una pantalla llena de números parpadeaba con una monotonía que lo agotaba. Pero su mente estaba en otro lado, en casa, con Lucía. Desde la noche del viernes el deseo entre ellos no había hecho más que crecer, alimentado por cada juego, por cada historia que ella le susurraba al oído mientras las manos de él comprobaban la verdad de cada palabra, mientras dos dedos suyos se hundían en el coño empapado de ella y le arrancaban jadeos que confirmaban cada detalle de cada fantasía.

El teléfono vibró sobre el escritorio y lo sacó de sus pensamientos. Era una notificación de la app que controlaba los sistemas de la casa, instalada meses atrás para evitar sorpresas: «Caldera apagada – Error detectado». El mensaje era simple, técnico, pero algo en él encendió una chispa.

Frunció el ceño, no por la molestia del desperfecto, sino por la idea que le cruzó la mente como un relámpago. Se recostó en la silla, el cuero crujiendo bajo su peso, y tamborileó los dedos sobre el brazo mientras miraba la pantalla. Podía ignorarlo, dejarlo para el fin de semana. Pero entonces pensó en Lucía: en su risa traviesa, en la manera en que sus ojos verdes brillaban cuando él le proponía un desafío, en cómo se le humedecía la tanga con solo insinuarle un juego nuevo.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, mitad complicidad, mitad hambre. Esto no era un problema; era una oportunidad. Abrió el cajón del escritorio y sacó una tarjeta arrugada que había guardado tiempo atrás, un contacto que le había pasado un colega: «Esteban – Técnico en calderas. Rápido y confiable». Marcó con una calma que contrastaba con el calor que ya le subía por el pecho y le tensaba la verga contra la costura del pantalón.

—Hola, soy Mateo —dijo cuando una voz grave respondió del otro lado—. Tengo un problema con la caldera en casa. ¿Podés pasar hoy?

—Claro —respondió Esteban, su tono profesional pero con un dejo ronco de años de trabajo duro—. Puedo estar ahí en un par de horas. ¿Alguien va a estar para recibirme?

—Mi mujer, Lucía —dijo Mateo, y algo en su voz cambió, un matiz que solo él reconocía—. Ella te abre. Gracias.

Colgó y miró el reloj: las cuatro de la tarde. Abrió el chat con ella y escribió con dedos rápidos: «Amor, se apagó la caldera. Va un técnico en un rato. Recibilo, ¿sí?». Hizo una pausa, los dedos flotando sobre el teclado mientras el calor crecía dentro de él. Luego agregó: «Y… hacé lo tuyo. Quiero que me cuentes todo esta noche. Quiero llegar y encontrarte con las bragas mojadas por otro tipo».

Envió el mensaje y se recostó, la pantalla iluminándole el rostro mientras imaginaba lo que vendría, el juego que estaba a punto de desatarse a kilómetros de distancia. La verga le latía bajo la mesa, dura, insistente, y tuvo que apretar los dientes para no meter la mano y apretársela ahí mismo, en la oficina.

***

En casa, Lucía estaba en el sillón de la sala, descalza, con la laptop sobre las piernas y una taza de café humeante en la mesa auxiliar. La ventana abierta dejaba entrar ráfagas de aire cálido que movían las cortinas, y un trueno lejano retumbaba en el horizonte, una promesa de lluvia que no llegaba. Vestía una remera suelta y unos shorts de algodón, la ropa cómoda de una tarde tranquila.

Cuando el teléfono vibró a su lado y leyó el mensaje, todo cambió. «Hacé lo tuyo.» Esas tres palabras eran un código, una invitación a un juego que ambos conocían de memoria. Y esa última línea —«las bragas mojadas por otro tipo»— la hizo apretar los muslos con una punzada tibia entre las piernas. Sonrió con esa curva traviesa que él adoraba y sintió cómo, sin tocarse siquiera, los pezones se le endurecían debajo de la remera.

Dejó la laptop en el cojín y se mordió el labio. Un técnico. Un desconocido en mi casa. Una oportunidad para encender el fuego que Mateo querría avivar esa noche. Se levantó, estirándose con un movimiento felino, y caminó hacia el dormitorio dejando una estela de ideas tras de sí.

Abrió el armario y revisó sus opciones, descartando lo obvio con precisión quirúrgica. No quería nada demasiado evidente; el arte estaba en la sutileza, en el equilibrio entre la inocencia y la provocación, en dejar que el juego se construyera capa por capa.

Eligió una blusa de seda blanca, fina como un susurro, que caía sobre su cuerpo como agua y dejaba entrever el contorno de sus pechos sin nada debajo. La combinó con una falda corta de lino beige, ajustada en las caderas y suelta en los muslos, que se movía con cada paso. Debajo, una tanga mínima de encaje negro, apenas una tira que se perdía entre las nalgas y dejaba el coño casi desnudo, cubierto solo por un triángulo de encaje que ya empezaba a humedecerse de solo pensar en lo que iba a hacer.

Se miró al espejo y evaluó el efecto: la blusa era casi transparente bajo la luz adecuada, un blanco puro que contrastaba con el tono dorado de su piel y dejaba ver el círculo oscuro de las areolas y la punta dura de los pezones; la falda, al girar, se levantaba lo justo para insinuar sin revelar del todo. Perfecto.

Antes de bajar, se pasó dos dedos entre las piernas por debajo de la tanga, no para masturbarse, solo para comprobar. Estaba mojada. Muy mojada. Se llevó los dedos a la boca, se los chupó despacio saboreándose, y sonrió al espejo. Vas a volver loco al pobre técnico, Lucía.

Volvió a la sala, el roce de la seda contra sus pezones enviándole pequeñas descargas por el cuerpo, la humedad entre los muslos aumentando con cada paso. Se sentó en el sillón, cruzó las piernas con una lentitud deliberada y esperó, el trueno lejano resonando como un tambor que marcaba el inicio de algo inevitable.

***

El timbre sonó a las seis y media, un sonido seco que cortó el silencio de la casa. Lucía se levantó con una calma que escondía el cosquilleo bajo su piel y caminó descalza hacia la puerta, el suelo de madera crujiendo bajo sus pasos. Abrió y se encontró con Esteban: un hombre de hombros anchos y manos grandes marcadas por el trabajo, la piel curtida por el sol y el esfuerzo. Alto, corpulento, con una sombra de barba oscura y un cuello grueso donde una vena palpitaba visible bajo la piel.

Llevaba una camisa gris de manga corta, desabrochada en el primer botón, que dejaba entrever un pecho tupido de vello negro, y unos jeans gastados sostenidos por un cinturón de herramientas que tintineaba con cada movimiento. Los jeans se le ajustaban al bulto de la entrepierna de una manera que Lucía notó de inmediato: un paquete generoso, prominente, difícil de disimular. Sus ojos oscuros la recorrieron un segundo antes de que él carraspeara.

—Buenas tardes. Soy Esteban, vengo por la caldera —dijo, su tono profesional pero con un leve titubeo que delataba que había notado la blusa, la manera en que la seda se le pegaba a la piel, la sombra oscura de los pezones marcándose bajo la tela.

Lucía sonrió e inclinó la cabeza mientras se apartaba para dejarlo pasar, y el movimiento hizo que la falda se levantara apenas. —Hola, Esteban. Pasá, está por acá. Gracias por venir tan rápido —respondió, su voz suave con un dejo juguetón que flotó en el aire.

Él asintió y entró con la bolsa de herramientas, el sonido metálico llenando el silencio. Ella cerró la puerta y lo guió hacia la cocina, consciente de cada paso, del roce de la seda contra sus pechos, de la falda moviéndose con el calor. Caminaba adelante, contoneando el culo apenas, sabiendo que él le estaba mirando el trasero, que se le estaba marcando la tanga entre las nalgas a través del lino. Podía sentir los ojos de él en su espalda, un roce invisible que la encendía, que le hacía chorrear el coño con más ganas.

—Acá está —dijo, deteniéndose frente al panel de la caldera, un armatoste gris incrustado en la pared—. Mi marido dijo que se apagó de repente. No sé mucho de estas cosas, así que te dejo hacer tu magia.

Esteban dejó la bolsa en el suelo con un golpe sordo y se agachó a revisar el equipo, sus manos moviéndose con la precisión de años de oficio. Lucía se apoyó contra la mesada y cruzó los brazos bajo el pecho de manera que la blusa se tensara y las tetas se le levantaran, la seda volviéndose casi transparente bajo la luz, dejando entrever el contorno oscuro de sus pezones endurecidos, dos puntas duras que empujaban contra la tela como si quisieran romperla. Él levantó la vista un instante y ella captó el parpadeo en su expresión, un destello que intentó ocultar volviendo a la caldera. Notó también cómo se le ajustaba el jean en la entrepierna, cómo el bulto crecía lento pero seguro.

—Espero que no sea nada grave —comentó, inclinando la cabeza para mirarlo desde un ángulo que abría el escote—. No me gusta quedarme sin agua caliente.

—No creo que sea gran cosa —respondió Esteban, los ojos en el panel, la voz más grave ahora—. A veces estas máquinas solo necesitan un poco de atención.

Lucía sonrió ante la elección de palabras y dio un paso hacia él para alcanzar un trapo de la mesada, un movimiento calculado que le levantó la falda y dejó al descubierto la curva suave de su muslo, casi hasta la cadera. Esteban carraspeó, sus manos deteniéndose un segundo antes de seguir. Ella se enderezó con el trapo, girándolo entre los dedos con una lentitud deliberada, los ojos verdes fijos en él.

—¿Siempre sos tan rápido para venir al rescate? —preguntó, apoyando una cadera contra la mesada, la falda tensándose contra sus muslos y marcando la línea de la tanga.

Él rió, una risa baja que resonó en el espacio pequeño. —Cuando me llaman, vengo. Es mi trabajo —dijo, pero había un filo en su voz, una tensión que no pasó desapercibida.

Ella se acercó otro paso y abrió un cajón a su lado, inclinándose lo suficiente para que la falda subiera más y asomara la tanga negra por el borde, un destello de encaje contra su piel. La inclinación fue tan pronunciada que la tela apenas le tapó el culo, dejando a la vista casi todo el redondel de la nalga derecha. Esteban tragó saliva, apretó la llave con un crujido audible, y ella oyó su respiración acelerándose, un ritmo que coincidía con el suyo. Cuando se enderezó y giró la cabeza, lo pilló ajustándose disimuladamente el bulto del jean con el dorso de la muñeca, como quien intenta acomodar algo que ya no le entra.

—Hace calor hoy, ¿no? —dijo, girándose hacia la pileta para dejar correr el agua fría sobre sus dedos. El gesto hizo que la blusa se humedeciera en los bordes, volviéndose aún más transparente contra su pecho, dibujando los pezones oscuros con una nitidez pornográfica. Se giró hacia él con una sonrisa inocente, el agua goteándole por la muñeca.

—Demasiado —respondió Esteban, la voz más áspera, los ojos siguiendo el contorno de la blusa un segundo antes de volver al trabajo, las manos moviéndose más rápido, como si quisiera escapar de la tensión que crecía entre ellos.

Lucía sabía que cada movimiento, cada palabra, dejaba una marca. Y sabía que esa noche Mateo ardería con cada detalle que ella le contara, con cada imagen que pintara con sus palabras, con cada gemido que ella le regalara mientras él le abría las piernas y le comía el coño con hambre.

***

El sonido de las herramientas contra el metal llenaba la cocina, un ritmo constante que contrastaba con la tensión silenciosa que se tejía entre ellos. Esteban estaba concentrado en la caldera, pero sus movimientos eran más lentos de lo necesario, como si cada giro de la llave fuera una excusa para prolongar el momento. Ella lo observaba desde la mesada, los dedos jugando con el borde de la blusa, arrastrando la tela hacia arriba lo suficiente para que un pedazo de piel del vientre quedara al descubierto.

—Parece que sabés lo que hacés —comentó, inclinando la cabeza, el cabello cayéndole sobre un hombro como una cortina oscura—. ¿Cuánto tiempo llevás en esto?

Esteban se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. —Unos quince años, más o menos —respondió, la voz grave resonando en el espacio pequeño—. Uno se acostumbra.

—¿Y nunca te aburrís? —preguntó ella, dando un paso y deteniéndose a pocos centímetros, lo justo para que el aroma de su perfume se colara en el aire, mezclándose con el olor a metal y a sudor que emanaba de él. Un olor masculino, fuerte, que le hizo apretar los muslos de nuevo.

Él levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de ella un instante antes de bajar al suelo. —No, siempre hay algo nuevo —dijo, pero la voz le tembló, traicionando la calma que intentaba proyectar.

Lucía se inclinó para tomar una botella de agua de la heladera, y el movimiento volvió a levantarle la falda, dejando al descubierto la curva de su muslo y, por un segundo, el borde inferior de la tanga negra pegado a los labios del coño. Abrió la botella y dio un sorbo lento, dejando que una gota fría le resbalara por la barbilla, por el cuello, hasta perderse bajo la blusa, deslizándose entre las tetas. Esteban la miró, las manos deteniéndose por completo, y ella captó el brillo en sus ojos, esa mezcla de sorpresa y deseo que sabía que Mateo adoraría escuchar.

—¿Querés un poco? —preguntó, ofreciéndole la botella mientras la otra mano jugaba con el borde de la falda, levantándola apenas lo suficiente para que él viera el encaje negro asomando como un secreto, y por un instante también la línea donde el encaje se hundía en la carne del coño.

—No, gracias —respondió él, pero la voz le salió más áspera, y los ojos no se le apartaron mientras volvía al trabajo, los dedos temblándole al ajustar una pieza. Ella vio con claridad el bulto ya definitivamente hinchado bajo el jean, la forma inconfundible de una polla dura empujando contra la costura, gruesa, larga, marcada por la tela tensa.

Ella no se alejó. Al contrario, se acercó más, apoyándose contra la pared junto a la caldera, cruzando una pierna sobre la otra de manera que la falda se abriera ligeramente. Desde ese ángulo, si él bajaba la mirada, iba a ver directamente el triángulo de encaje pegado al coño, la humedad oscureciendo la tela en el centro. Esteban carraspeó otra vez, las manos moviéndose más rápido, la llave golpeando el metal como un tambor desordenado.

—¿Es complicado? —preguntó, inclinándose hacia adelante para mirar lo que hacía, dejando que la blusa se abriera un poco más, que la luz iluminara la curva de sus pechos bajo la seda húmeda, que un pezón quedara casi expuesto por el escote.

—No tanto —dijo él, pero los ojos se le desviaron hacia ella un segundo antes de volver al trabajo con un movimiento brusco—. Solo hay que saber dónde tocar.

Lucía rió, una risa baja que resonó en la cocina, mirándolo con una mezcla de inocencia fingida y puro desafío. —Eso suena como un talento útil —susurró, enderezándose con una lentitud que hacía que la falda le rozara los muslos—. A las mujeres nos gustan los hombres que saben dónde tocar.

Esteban no respondió, pero las manos se le movieron más rápido, como si quisiera terminar antes de que la tensión lo consumiera. Ella volvió a la pileta, dejó correr el agua fría sobre sus manos y se la pasó por la nuca, mojándose la blusa todavía más, la seda pegándosele a los pechos como una segunda piel, transparentando por completo los pezones erguidos, oscuros, endurecidos. Oyó una herramienta caer al suelo, un golpe metálico seguido de un murmullo bajo que pudo ser una maldición, y sonrió para sí misma.

—¿Todo bien? —preguntó, girándose con una sonrisa inocente, secándose las manos en la blusa de manera que la tela se pegara aún más al pecho, dejando las tetas prácticamente a la vista.

—Sí, sí —dijo él, agachándose a recoger la herramienta con una rapidez que delataba su nerviosismo, evitando mirarla—. Ya casi termino.

Cuando Esteban se agachó, Lucía dio un paso al costado como para hacerle espacio, pero el paso fue calculado: quedó parada justo a un metro de su cara, con las piernas ligeramente abiertas. Él, al levantar la vista, tuvo directamente enfrente el hueco entre sus muslos, con la falda subida por la postura y el encaje negro empapado pegado al coño. Se quedó congelado dos segundos enteros. Ella vio cómo tragaba saliva, cómo los ojos se le fijaban ahí, cómo la mandíbula se le apretaba. Cuando por fin apartó la mirada, tenía la respiración agitada y una gota de sudor bajándole por la sien.

—Perdón —dijo Lucía en voz baja, corriéndose un paso con una sonrisa que decía todo lo contrario a perdón—. Te estoy estorbando.

—No, no estorbás —musitó él, la voz ronca, casi rota.

Ella se acercó de nuevo y se detuvo a su lado mientras él ajustaba la última pieza, el calor de los dos cuerpos mezclándose en el espacio reducido. Podía verle de cerca el bulto en el jean, tan hinchado que la tela se marcaba dibujando la forma completa de la verga, gruesa, apuntando en diagonal hacia arriba. —Sos un salvador —dijo, la voz suave pero cargada de un doble sentido—. No sé qué haría sin vos.

Esteban levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de ella en un momento que pareció eterno, un destello de deseo cruzándole la mirada antes de ocultarlo con un asentimiento. —Solo hago mi trabajo —respondió, pero había un brillo que decía que había visto más de lo que admitiría, y que se iba a masturbar pensando en ella apenas subiera a la camioneta.

Cuando terminó, recogió las herramientas con una eficiencia que contrastaba con la lentitud de antes. Ella lo acompañó a la puerta caminando con un balanceo deliberado, la blusa húmeda marcándole el pecho con cada paso. Él se despidió con un «buenas noches» seco, pero ella captó el temblor en su voz, el vistazo rápido que le dio al pasar el umbral —bajando de las tetas al triángulo entre los muslos—, y supo que había ganado. Cerró la puerta, se recostó contra la madera con los ojos cerrados, y se metió una mano bajo la falda. La tanga estaba empapada, chorreando, tibia. Se rozó el clítoris con la yema del dedo apenas dos veces y tuvo que morderse el labio para no gemir. Se prohibió correrse. Ese orgasmo era para Mateo.

***

Mateo llegó a casa pasadas las ocho, el cansancio del día olvidado en el momento en que cruzó la puerta y respiró el aroma a vainilla que flotaba en el aire, mezclado con algo más denso, algo animal. La tormenta había estallado por fin, la lluvia golpeando las ventanas con un ritmo irregular, las cortinas ondeando con las ráfagas que se colaban por las rendijas.

Lucía lo esperaba en el sillón, descalza, con la misma blusa y la misma falda que había elegido esa tarde, la seda húmeda y arrugada pegándosele a la piel, los pezones marcados como dos puntas oscuras bajo la tela. Tenía las piernas cruzadas, el lino dejando entrever el muslo dorado, y los ojos verdes lo atraparon desde el umbral.

—Hola, amor —dijo ella, la voz baja y cargada de promesas mientras se levantaba para recibirlo.

Mateo dejó el maletín en el suelo y la miró, los ojos recorriéndola con un hambre que apenas podía contener. La verga se le hinchó al instante bajo el pantalón. —Hola —respondió, acercándose con pasos lentos hasta detenerse frente a ella—. ¿Cómo fue?

Lucía sonrió y se inclinó a besarlo con una lentitud que lo dejó temblando, la lengua metiéndosele entera en la boca, jugando con la suya, chupándosela. Le tomó la mano y se la llevó directo bajo la falda, guiándole los dedos hasta la tanga empapada. —Sentí lo que me dejó puesta ese tipo —susurró contra su boca—. Estoy chorreando desde las seis y media.

Él gruñó al sentir la humedad tibia, la tela de encaje pegada al coño, el calor pulsante bajo sus dedos. Le arrancó un jadeo apretándole el pubis con la palma abierta, sintiendo cómo ella se restregaba contra su mano. —Contame todo —dijo, la voz ronca, casi suplicante—. Cada detalle. Cada mirada.

Se dejaron caer en el sillón, ella a horcajadas sobre sus muslos, la falda levantándose con el movimiento y quedando arremangada en la cintura, la tanga negra empapada apretada contra el bulto duro de él. Sus manos le desabrocharon los botones de la camisa con dedos temblorosos mientras empezaba a hablar. —Llegó a las seis y media. Esteban, se llamaba. Grande, alto, hombros anchos, manos como palas. De esos hombres que se nota que la tienen grande, Mateo. Se le marcaba en el jean, gruesa, pesada, y yo no podía parar de mirarle la entrepierna cada vez que él bajaba la vista al panel.

Mateo exhaló con fuerza, las manos subiéndole por los muslos bajo la falda hasta agarrarle el culo desnudo con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne, separándole las nalgas por encima de la tanga. —Seguí —susurró, embistiéndole el pubis con la verga por encima del pantalón—. ¿Le viste bien la polla marcada?

—Toda —dijo ella, jadeando, moliéndosele encima con las caderas—. Se le fue poniendo dura ahí mismo, mientras trabajaba. Al principio era solo un bulto suave, pero yo me apoyé en la mesada, crucé los brazos así, para que se me marcaran las tetas bajo la seda, y le vi cómo se le empezaba a hinchar. Al rato ya tenía toda la verga apuntando hacia arriba, atrapada en el jean. Se ajustó dos veces con el dorso de la mano, disimulando, pero yo lo vi. Y él sabía que yo lo veía.

Mateo gruñó y le tironeó de la blusa hasta arrancarle un botón, metiendo la boca directo entre las tetas, chupándole un pezón por encima de la seda mojada. Lucía echó la cabeza atrás, gimiendo, restregándole el coño contra la bragueta. —Le mostré todo, amor —jadeó, agarrándole la cabeza y apretándosela contra el pecho—. Me incliné a abrir un cajón y le puse el culo casi en la cara. Se me subió la falda entera, se me vio la nalga, se me vio la tanga metida entre las nalgas. Se le cayó una llave al piso del susto.

—Puta —gruñó él contra su pezón, mordiéndoselo—. Sos una puta calentapollas.

—Tu puta —corrigió ella, riendo entrecortada—. Tu puta calentapollas.

Mateo la levantó de golpe, le arrancó la blusa por la cabeza y la tiró al suelo. Las tetas quedaron libres, redondas, con los pezones erectos y brillantes de saliva. Le desabrochó la falda y se la bajó de un tirón, dejándola solo con la tanga negra empapada, el encaje ya casi transparente por la humedad. La empujó de espaldas contra el sillón, le abrió las piernas de un manotazo y le apartó la tanga a un lado. El coño quedó expuesto: rosado, hinchado, brillante, con los labios abiertos y una hilera de flujo cayéndole hacia el ano.

—Mirá cómo estás —gruñó, pasándole dos dedos por la raja de abajo hacia arriba, recogiendo el chorro—. Estás inundada por otro tipo.

—Por vos —jadeó ella—. Porque sabía que ibas a llegar así.

Él le metió los dos dedos de golpe, hasta el fondo. Lucía gritó, arqueando la espalda, las tetas rebotando. Empezó a moverlos rápido, hundiéndoselos con fuerza, sacándolos hasta la punta y volviéndolos a meter, el chapoteo del coño mojado llenando la sala.

—Seguí contándome —le ordenó, con la otra mano sacándose el cinturón, bajándose el pantalón y el bóxer de un tirón. La verga saltó dura, hinchada, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta—. ¿Qué más le mostraste?

—El coño —gimió ella, abriendo más las piernas, empujándose contra los dedos de él—. Cuando se le cayó la herramienta y se agachó a recogerla, me paré justo enfrente con las piernas abiertas. Le puse el coño en la cara, Mateo. Se quedó mirándome dos segundos enteros, sin respirar. Vio todo: la tanga empapada, la mancha en el encaje, el bulto de los labios abajo. Y no pudo hacer nada. Se levantó todo rojo, con la polla a punto de reventarle el jean.

—Chupámela —gruñó él, agarrándole la mano y llevándosela a la verga—. Chupámela mientras me contás.

Lucía se deslizó del sillón al piso, entre sus rodillas, y le agarró la polla con las dos manos. Se la llevó a la boca sin dudar, tragándosela entera hasta la garganta. Mateo gimió fuerte, echando la cabeza atrás, agarrándola del pelo. Ella empezó a chuparle con hambre, arriba y abajo, dejando que la saliva le chorreara por el mentón, mirándolo desde abajo con los ojos verdes brillantes.

Sacó la boca un momento, con la verga aún apretada en el puño, y siguió hablando mientras se pasaba la lengua por los labios. —Después me mojé la blusa entera en la pileta. Se me transparentó todo. Se me vieron los pezones a través. Y a él se le cayeron las herramientas de las manos, amor. Le temblaban. Le temblaban las manos como a un pendejo.

Volvió a tragársela hasta la base, la garganta apretándose alrededor de la polla, y Mateo empujó las caderas hacia arriba, follándole la boca. —Puta. Puta hermosa. Sos mi puta.

La escuchaba tragar, sentía los labios apretados chupándole, la lengua rodeándole el glande, y estaba a punto de correrse cuando la sacó de un tirón por el pelo.

—Vení acá —le gruñó, levantándola—. Sentate en la polla. Ya.

Lucía se subió a horcajadas sobre él, agarró la verga con una mano y se la puso en la entrada del coño. Se dejó caer despacio, empalándose con un gemido largo que le salió del fondo del pecho. La polla le entró entera de un solo movimiento, la humedad haciendo que resbalara sin resistencia. Se quedó ahí un segundo, sentada, sintiéndola pulsar dentro, tocándole el fondo.

—Movete —le ordenó Mateo, agarrándola del culo con las dos manos—. Cabalgame.

Ella empezó a moverse, subiendo y bajando, las tetas rebotándole a la altura de su cara. Él le atrapó un pezón entre los dientes y se lo mordió, arrancándole un grito. Las caderas de Lucía aceleraron, follándoselo con fuerza, el sonido húmedo del coño tragándose la polla llenando la habitación por encima del ruido de la lluvia.

—Contame el final —jadeó él, chupándole la otra teta, agarrándole el culo con más fuerza, ayudándola a subir y bajar—. Cuando se fue.

—Lo acompañé a la puerta —jadeó ella, moviéndose más rápido, sintiendo cómo la verga le raspaba las paredes del coño con cada bajada—. Caminé adelante, moviéndole el culo. Sabía que me estaba mirando. Que me estaba desnudando con los ojos. Y cuando se fue… ay, Mateo… cuando se fue apoyé la espalda contra la puerta y me metí la mano acá abajo. Estaba chorreando. Pero no me toqué más. No me dejé venir. Guardé todo para vos.

—Buena chica —gruñó él, mordiéndole el cuello, embistiéndole desde abajo con más fuerza cada vez—. Buena puta.

La agarró por las caderas y la levantó, la sacó de la verga y la dio vuelta, poniéndola en cuatro patas sobre el sillón, con el culo bien parado y la cara enterrada en los cojines. Le apartó las nalgas con las dos manos, escupió sobre el coño abierto y se metió la polla de una sola estocada, hasta el fondo. Lucía gritó contra el cojín, arqueando la espalda.

Empezó a cogérsela así, duro, con embestidas que la hacían resbalar hacia adelante, agarrándola de las caderas y tirándola hacia atrás para hundírsela más. El sonido de la piel golpeando contra piel llenaba la sala, mezclándose con los gemidos rotos de ella y los gruñidos de él.

—Le hubiera dejado que me mirara así —jadeó Lucía entre embestidas, la voz rota por los golpes—. Con el culo abierto y tu polla dentro. Le hubiera hecho ver cómo me cogés. Le hubiera hecho ver quién es el dueño de este coño.

—El dueño soy yo —gruñó él, dándole una palmada fuerte en la nalga que la hizo gritar—. Este coño es mío. Estas tetas son mías. Este culo es mío.

Le metió el pulgar mojado en flujo en el ojete y siguió cogiéndosela con la polla, doble penetración con su propia mano. Lucía gritó, temblando entera, sintiendo cómo el orgasmo empezaba a subirle desde los pies.

—Voy a acabar —jadeó, apretando el coño alrededor de la verga—. Mateo, voy a acabar…

—Vení. Vení para mí. Vení pensando en él mirándote.

Lucía se corrió con un grito ahogado contra el cojín, todo el cuerpo convulsionando, el coño apretándose en espasmos alrededor de la polla, tan fuerte que Mateo no aguantó más. Sacó la verga chorreando de flujo, la agarró con la mano y descargó sobre el culo y la espalda de ella, chorros gruesos de semen tibio salpicándole las nalgas, la cintura, el pelo. Gruñó cada disparo, apretándose la polla, ordeñándose hasta la última gota.

Cayó desplomado sobre ella, todavía jadeando, la piel pegajosa contra su espalda, la lluvia golpeando las ventanas como un eco de su deseo. Se quedaron así, respirando fuerte, el olor a sexo llenando la sala.

Después de un rato, él se levantó apenas, la giró con cuidado y la acomodó contra su pecho en el sillón. Le pasó dos dedos por el semen que le corría por la espalda y se los llevó a la boca de ella, que los chupó despacio, con los ojos cerrados, sonriendo.

—Sos un peligro —murmuró él contra su cuello, besándole la piel cálida y salada.

—Y vos lo pediste —respondió ella, riendo entre jadeos, los dedos trazando círculos perezosos sobre su pecho lleno de sudor—. Siempre voy a darte más. La próxima vez lo dejo mirar.

Mateo gruñó bajo, la polla dándole un tirón involuntario contra el muslo de ella, y supo que no iba a poder esperar mucho para el próximo juego.

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Comentarios(7)

RodriCba7

que caliente estuvo esto!! jajaja me encanto

Silvia_mp

La tension que construiste es increible. No me lo puedo sacar de la cabeza, cuando sale la segunda parte?

LoboNocturno_

Lo del mensaje fue un detalle genial. Pocas palabras que lo dicen todo. Muy bien logrado

PabloC_MZA

Excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo

DiegoBA_lector

me hizo acordar a algo parecido que vivimos con mi pareja una vez, nada tan extremo pero la idea es la misma jaja. Muy bien escrito, se siente real

NocheRara99

y el tipo se dio cuenta de algo? eso me quedo dando vueltas jaja

Meli_GBA

tremendo!! sigan publicando cosas asi por favor

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