Los mirones del laberinto terminaron jugando con nosotros
Uno de mis pasatiempos favoritos es sacar a una de mis sumisas a un lugar público, cubierta apenas por un abrigo, y fotografiarla mientras se exhibe para mí y, de paso, para cualquier desconocido que ronde cerca. Tengo la suerte de poder elegir entre varias, pero para este juego en concreto no hay discusión posible: la preferida es Vega, la de más rango y la que mejor entiende lo que busco.
—¿Qué tal, cariño? —le pregunté por videollamada. Acababa de comer y tenía la tarde entera despejada.
—Hola, Amo —respondió con la voz entrecortada—. Muy… muy bien. Aunque ahora mismo me pillas un poco ocupada.
—Déjame adivinar —reí—. Estás en una de esas reuniones tuyas con Brisa.
Brisa era su pasante en el bufete, y también algo más. La imagen cambió cuando Vega giró el teléfono hacia la cámara trasera, y entonces la vi: de rodillas, desnuda, con la cara aplastada contra la entrepierna de su jefa. Vega la sujetaba por la nuca y le ordenaba que abriera bien, que se corría. La chica obedeció con la perfección que da la costumbre.
—Traga —ordenó Vega entre dientes, apretándole la cabeza.
Aguanté en silencio, disfrutando del espectáculo, hasta que la presión sobre la nuca de Brisa aflojó y la dejó retirarse. La pasante, todavía arrodillada, levantó la vista hacia la pantalla sabiendo que Vega me había retransmitido cada segundo.
—Hola, Amo —saludó, con la cara perlada de saliva.
—Te dejo limpiar —le dijo Vega, y volvió a girar la cámara hacia sí misma—. ¿Querías algo, cielo?
—Sí —contesté—. Hace una tarde espléndida y se me han caído todos los compromisos. Vamos a hacer una sesión de fotos a los jardines del laberinto. Despeja la agenda. Te paso a buscar en media hora.
—Muy bien, Amo. Le diré a Brisa que vaya sola a la reunión de las cinco. Es un simple trámite. Te espero en el aparcamiento.
***
Media hora más tarde la recogía a la salida del trabajo. En cuanto subió al coche me dio un beso largo y profundo, y luego se arrodilló en el hueco del copiloto para quitarse la blusa. Poca cosa tuvo que despojarse: sabiendo lo que íbamos a hacer, había venido casi lista. Bajo la chaqueta vaquera no llevaba nada, y la falda del mismo tejido apenas le cubría medio muslo, el largo máximo que tenía autorizado. Se retiró el pañuelo que ocultaba el collar mientras estaba en la oficina y adoptó la postura de espera.
—Lámemelos —ordené, y arranqué hacia los jardines.
Durante todo el trayecto, mientras su lengua recorría mis testículos con una dedicación de la que pocas son capaces, mi mano derecha jugaba con sus pechos, masajeándolos, apretándolos, tirando de los pezones hasta que, poco antes de llegar, la sentí estremecerse en un orgasmo húmedo y silencioso.
—Buena chica —murmuré, y le di una palmada suave en la mejilla.
***
Pagamos la entrada y entramos. Desde que el parque dejó de ser gratuito, los turistas habían menguado: sabían que había rincones más vistosos en la ciudad y no querían pagar por un jardín viejo. A nosotros nos venía de maravilla. Menos gente significaba más intimidad, y más intimidad significaba poder hacer ciertas cosas con discreción.
Subimos a la terraza alta, la que domina todo el trazado del laberinto. Allí le ordené que se levantara la falda y dejara el culo al aire. Vega obedeció al instante, sin importarle el grupito de visitantes que sacaba fotos a las estatuas a pocos metros. La mayoría ni se enteró. Pero un par de avispados redirigieron sus cámaras hacia ella, hacia esa curva mucho más interesante que cualquier ruina de piedra.
Cuando tuve los planos que quería, le indiqué que se bajara la prenda solo a medias y echamos a andar sin rumbo fijo. Soy de los que aprecian la belleza, y considero que el cuerpo de una mujer como la mía siempre luce más cuando el entorno la acompaña. Así que fuimos recorriendo los senderos, las escalinatas, los setos recortados, y al cabo de un rato tenía casi cien fotos: primeros planos de sus ojos verdes, su silueta recortada contra la fuente, su cuerpo abierto en mitad de una escalera, completamente desnuda.
No tardaron en aparecer los mirones. Al principio fueron uno o dos, tímidos, manteniendo la distancia. Pero conforme avanzaba la tarde se fueron sumando hasta formar un séquito de tres hombres y una mujer, la pareja de uno de ellos. Y cuanto más crecía el grupo, menos disimulaban. A la hora de empezar, alguno ya se masturbaba sin pudor mientras los demás se conformaban con disparar la cámara desde lejos.
—¿Cómo lo llevas? —le pregunté, sujetándola por la cadera camino del siguiente rincón.
—Empapada, Amo —respondió sin bajar la voz—. Ya sabes lo que me pone que me miren desconocidos. Que se toquen mirándome.
—Eres una desvergonzada —dije, y le subí la falda para meterle dos dedos por detrás. Entraron sin la menor resistencia. Estaba tan mojada que la palabra se quedaba corta.
***
Un rato después, con el séquito pegado a nosotros allá donde íbamos, Vega me pidió permiso para orinar. Se lo concedí, pero le prohibí los baños públicos. La mandé a una zona pavimentada, a un lado de la estructura principal. Ella se abrió la chaqueta para dejar los pechos al aire, se subió la falda hasta la cintura y, poniéndose en cuclillas de cara a su público, empezó.
Aquello fue demasiado para uno de los hombres, que se vació allí mismo sin apartar la vista. Vega soltó una carcajada en mitad de su tarea.
—Había olvidado lo incómodo que es mear así —comentó, casi retórica—. ¿Y ahora quién me va a limpiar?
—Si me dejas, lo hago yo —dijo uno de los mirones. Era un chaval joven, no más de veinticinco años, moreno, con cara de buen chico.
—A mí no me lo pidas —respondió ella—. Díselo a mi Amo.
El chico me miró sorprendido. Con la calentura, no había caído en que quien mandaba era yo y no la exhibicionista.
—Yo… bueno… si me dejas, podría secarla —propuso, rojo hasta las orejas.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —pregunté, tanteándolo—. ¿Llevas pañuelos encima?
—Pues… no, pero…
—No seas malo, Amo —intervino Vega con una sonrisa—. No creo que el chico se conforme con tocarme a través de un papel. ¿Verdad, guapo?
El piropo lo puso todavía más colorado. Aun así, ella se apiadó. Se levantó, dio un par de pasos para salir del charco y apoyó la pierna derecha sobre un murete bajo.
—¿Te va bien así?
El chaval tardó dos segundos en cruzar la distancia. Se arrodilló y empezó a lamerla con timidez, casi con miedo. Pero los minutos fueron disolviendo la vergüenza, y pronto se entregó por completo, agarrándole los muslos, devorándola sin acordarse ya de que yo estaba allí.
—Joder, chico —jadeó Vega, acariciándole la cabeza—. Para lo joven que eres, vaya lengua. Me has dejado limpia. Pero como sigas, vas a acabar salpicado de otra cosa.
Lejos de detenerse, el chico apretó la boca contra ella y succionó con más ganas. Vega me buscó con la mirada, pidiendo permiso. Se lo di.
—Toma, guapo, tu premio —dijo, y le sujetó la cabeza contra su sexo.
Cuando se corrió, el chorro le estalló en la cara y él, en vez de apartarse, abrió la boca y bebió hasta la última gota. Después volvió a pasar la lengua, despacio, dejándola impecable.
—Madre mía —murmuró ella—. ¿Me dejas compensarlo, Amo?
***
Soy de los que creen que uno solo puede regalar aquello de lo que es dueño, así que autoricé la recompensa. Vega lo tomó de las manos, lo puso en pie y se sentó en el murete. Le desabrochó el cinturón y sacó una erección nada despreciable.
—Bonita —dijo, masturbándolo despacio—. ¿Te la han chupado alguna vez con público delante?
El chico negó con la cabeza, hipnotizado.
—Pues desde hoy ya no podrás decir que no.
Se la tragó entera, hasta el fondo. El movimiento lo pilló por sorpresa y echó las caderas hacia atrás casi por instinto. Ella, sin inmutarse, le clavó las uñas en las nalgas y volvió a hundírsela en la garganta. Pocos minutos después el chaval empezó a avisar de que no aguantaba. Vega se la sacó de la boca justo a tiempo y, apuntándose a los pechos, dejó que se corriera sobre ellos. Quedaron cubiertos de un brillo espeso que le resbalaba hasta los pezones.
—¿Y ahora qué hacemos, cielo? —dijo, divertida—. Estamos como al principio. Yo manchada y sin saber qué hacer.
Para su sorpresa, el chico se inclinó y volvió a chupar, primero los pechos y después los pezones, hasta que la hizo correrse otra vez. Luego, tan callado como había llegado, se despidió y se marchó.
—Menuda aspiradora —comentó Vega, limpiándose con una toallita del bolso.
Para entonces los hombres del séquito habían ido desapareciendo, vacíos. Solo quedaba la pareja, pero cuando nos giramos los vimos escabullirse entre unos matorrales en busca de intimidad.
—Qué desconsiderados —protestó ella—. Se calientan con nosotros y, cuando la cosa se pone interesante, se esconden.
—Muy mal hecho —respondí, fingiendo indignación—. Ahora nos toca a nosotros mirar a ellos.
***
Seguimos sus pasos por un sendero estrecho entre la vegetación. El caminito apenas estaba transitado y conducía a un rincón discreto, de esos que no se encuentran por casualidad. Estaba claro que la parejita ya lo conocía.
Unos metros más allá la encontramos: ella apoyada sobre el respaldo de un banco de piedra, con la ropa interior en los tobillos, y él embistiendo con fuerza desde atrás.
—Vaya, si están aquí nuestros mirones —anunció Vega en voz alta.
La chica casi sale corriendo, pero su novio la tenía bien sujeta por la cintura y no estaba por la labor de parar. Vega se agarró al mismo respaldo, justo al lado de la muchacha, y me ofreció el culo para que lo usara a discreción.
—¿Está libre? —preguntó.
Me coloqué detrás de ella, le subí la falda y, recogiendo algo de su humedad para facilitar el camino, la penetré por detrás. Una vez dentro, la sujeté por los pechos y empecé a moverme sin dejar de mirar cómo el chico se afanaba con su chica, que resoplaba contra el banco. Bastaron un par de azotes en las nalgas de Vega para que la pareja nos prestara atención y se acercara.
—Qué pechos tan bonitos tiene tu chica —dijo él, con una educación que me hizo gracia.
—Estoy muy orgulloso de ellos —respondí, apartando la chaqueta para que los viera bien—. Son firmes y muy sensibles. ¿Quieres comprobarlo?
El chaval se quedó cortado, pero su novia estiró la mano y empezó a sopesarlos, primero con curiosidad y luego dando pequeños tirones a los pezones que arrancaban gemidos a Vega.
—A ella le encanta que se los traten con dureza —dije, y le di un azote a uno—. Es capaz de correrse solo con eso. ¿Verdad?
—Sí, Amo —respondió ella al instante—. Por favor, más fuerte.
Ante la sorpresa de todos, la chica le soltó un buen tortazo en el pecho izquierdo. Vega se tensó y recibió otra palmada mía como recompensa. Aquello la animó: le dio otro, y luego uno en la mejilla.
—¡Perdón! —dijo, frenando de golpe—. Me he venido arriba. Siempre me ha puesto cachonda azotar a una mujer mayor que yo.
—No te cortes —le dije, saliendo de Vega, que de inmediato se giró a limpiarme con la lengua—. Es una sumisa, está para que se la use como apetezca. Ponte delante de la señorita, con las manos en la nuca.
Vega se colocó entre el banco y la muchacha, las caras a un palmo, los pechos al alcance. La chica le soltó un par de bofetadas más que se los dejaron enrojecidos, y luego se fundió con ella en un beso largo mientras le retorcía los pezones. El novio aceleró el ritmo por detrás, y entre la mezcla de caricias, golpes y besos, la chica acabó corriéndose dentro de la boca de Vega. Cuando él avisó de que llegaba, ella se giró a tiempo de recibirlo en la cara.
—¡Toma, Lara! —dijo el chaval, soltando sin querer el nombre de su novia.
***
—Ha sido brutal —jadeó Lara, todavía con la cara marcada—. Nunca habías sacado tanto.
—Normal —rió él—. Me ha encantado verte darle caña.
—Y a mí —añadió Vega, jugueteando con el lóbulo de la oreja del chico—. Mira cómo me ha dejado. —Le cogió la mano y se la llevó entre las piernas.
—Joder, estás empapada —murmuró él, hurgando con los dedos—. Pero nosotros nunca… —dijo, mirando a Lara.
—¿No habéis hecho nunca un intercambio? —pregunté. El chico negó—. No os preocupéis. Lo de antes ha sido porque hemos querido, sin esperar nada a cambio. Si os incomoda, nos vamos por donde hemos venido.
Los dos se buscaron con la mirada. Pero la mano del chico no había dejado de moverse, y eso fue argumento suficiente para que suplicara en silencio hasta que Lara, despacio, asintió.
El chaval se volvió hacia Vega y empezó a masturbarla de frente, mientras Lara, en cuclillas, se tocaba sin perder detalle. Lo que había empezado como una caricia se transformó en tres dedos a un ritmo que estaba volviendo loca a mi sumisa, que a su vez le devolvía el favor con la mano. Yo, que prefiero una buena mamada a cualquier otra cosa, sentí de pronto la necesidad de descargar, así que me la saqué y me puse a mirar.
No esperaba que Lara alargara la mano y me la agarrara. Con una me masturbaba a mí, con la otra seguía con lo suyo, corriéndose una y otra vez casi al compás de Vega.
—¡Me corro otra vez! —avisó el chico.
Lara se colocó delante y volvió a recibirlo todo en la cara y en la boca, sin soltarme ni un segundo.
—Como sigas así, a mí también me vas a sacar la leche —le advertí.
Por toda respuesta, se giró hacia mí con la boca abierta y aceleró. Cuando exploté, recibió cada gota sin perder una, murmurando que quería más. Después limpió a su novio con la lengua y, con un «¿puedo?» pidió permiso para hacer lo mismo conmigo. Se lo concedí, y apuró hasta el último rastro.
Cuando terminó, me dio las gracias, besó a su novio con ganas y, subiéndose la ropa, se marcharon abrazados por el sendero entre los arbustos. Vega los siguió con la mirada y se apoyó en mi hombro, todavía con la respiración agitada.
—Buena tarde de fotos, Amo —susurró.
—La mejor —respondí, guardando la cámara—. Y nos quedan casi cien recuerdos para revisarla en casa.