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Relatos Ardientes

Le pedí un regalo distinto y mi mujer fue más lejos

El domingo amaneció con esa luz floja de enero que se cuela entre las lamas de la persiana y dibuja rayas tibias sobre las sábanas. Me removí en la cama y sentí el calor de Lucía pegado a mi espalda, su pelo enredado haciéndome cosquillas en la nuca. Cumplía treinta y seis años. Antes esa fecha me ponía melancólico; esa mañana, con ella respirando en mi cuello, solo sentía una calma rara, casi peligrosa.

—Felicidades, dormilón —murmuró con la voz ronca, abrazándome más fuerte.

—Gracias, mi vida.

Me giré para mirarla. Lucía es menuda, de hombros estrechos y caderas estrechas, y aun así había algo en su forma de moverse bajo el camisón que me hacía perder el hilo de cualquier conversación. La besé despacio, sintiendo la sonrisa contra mis labios.

—¿Qué quieres que te regale? —preguntó, apoyando la barbilla en mi pecho—. Lo que sea. Hoy mando yo poco.

Me quedé callado más de la cuenta. Tenía todo lo que necesitaba. Lo que llevaba meses dando vueltas en mi cabeza no era un objeto, era una idea, y la idea me daba vergüenza decirla en voz alta.

—Quiero enseñarte —solté al fin.

—¿Cómo que enseñarme?

—Que te miren. Que te imaginen. Que sepan que eres mía y que no pueden tocarte. Es una tontería, pero me pone como un crío.

Lucía levantó una ceja. No había sorpresa en su cara, más bien la satisfacción de comprobar algo que ya sospechaba. Se incorporó sobre el codo y me estudió un par de segundos con esos ojos verdes que siempre me ganan.

—Vale, Marcos —dijo despacio—. Es tu día. Lo que tú quieras. Tú dirás cómo.

—De eso me encargo yo.

Esa naturalidad suya, ese «vale» sin condiciones, me dejó sin aire. Me levanté con la excusa del café y me quedé un rato en la cocina, intentando que la cabeza se me bajara de las nubes. El resto del día se fue en comida familiar, brindis y una tarta con demasiadas velas. Pero por dentro yo ya estaba en otro sitio, escribiendo guiones imposibles.

***

El lunes teletrabajaba. La videollamada de las diez me pilló afeitado y con corbata, y con la cabeza en cualquier parte menos en el plan de ventas. Cada vez que cerraba la cámara, abría un chat anónimo en una ventana de incógnito. Mensajes de prueba, ideas a medio escribir. Me sentía como un adolescente robándole la consola a su hermano.

Tiré un anzuelo en una sala de esas que sobreviven desde principios de los dos mil: «Me pone enseñar a mi mujer. Solo charla, sin tonterías». La avalancha de respuestas fue lamentable. Frases en mayúsculas, exigencias, insultos. Estuve a punto de cerrar la ventana cuando apareció un mensaje distinto.

«Me interesa. Pero sin chorradas. Si te animas, hablamos por vídeo y vamos al grano».

El tono me llamó la atención. No había prisa, no había exigencia. Le contesté sin pensarlo demasiado.

—¿Quién eres?

—Rubén. Trabajo en seguridad, turnos raros. Si quieres, te paso un usuario para hacer una videollamada. Pongo cámara, así no perdemos tiempo.

Acepté. Dos minutos después tenía su cara en una ventana pequeña a la izquierda del escritorio: treinta y pocos, mandíbula marcada, una sonrisa tranquila que no parecía la de alguien preocupado por que lo pillaran.

—Hola, Marcos.

—Hola.

—¿Es real?

—¿El qué?

—Lo de tu mujer. Que te apetezca enseñarla.

—Es real.

Le mandé una foto. No la primera que encontré, sino una que había hecho la noche anterior, casi por casualidad: Lucía descalza junto a la nevera, con una camiseta mía que le llegaba a medio muslo, riéndose porque acababa de cazarla buscando trozos de tarta a las dos de la mañana. Tenía la cara de la mujer con la que vivo, no la de un anuncio. Por eso la elegí.

Rubén tardó unos segundos en contestar.

—Tiene una cara preciosa. Esa risa es de las que se cuelgan en la cabeza. ¿Tú sabes lo que tienes?

Esperaba comentarios groseros, de los que abundan en esos sitios. Me sorprendió que empezara por la cara y por la risa. Le mandé una segunda foto, también sin enseñar demasiado: Lucía de espaldas, mirándose en el espejo del baño, en ropa interior negra, recogiéndose el pelo. Una imagen que tenía guardada desde un viaje, y que no había vuelto a mirar.

—Joder —susurró, y la palabra le salió bajita, casi para sí mismo—. Marcos, no sé qué te ha enseñado a mirarla así, pero esa foto la has hecho con cuidado. Se nota.

No iba a admitirlo, pero ese hombre estaba diciendo exactamente lo que yo necesitaba oír. La fantasía no era que un desconocido escupiera vulgaridades sobre Lucía. La fantasía era que alguien la mirara con la misma atención con la que la miraba yo, y se diera cuenta del privilegio.

—¿Quieres ver más? —pregunté.

—Lo que tú quieras enseñarme.

Estuvimos así casi una hora. Yo iba sacando fotos elegidas y él me las devolvía con frases que mezclaban deseo y respeto en una proporción que jamás habría sabido pedir. Cuando colgué, no me había corrido. Tampoco hacía falta. Tenía el cuerpo encendido de una forma nueva, más lenta, más densa.

***

Esa tarde le conté a Lucía lo que había hecho. Se lo dije mientras ella se quitaba los zapatos, sin teatro, mirando al suelo. Me preparé para todo: el enfado, las preguntas difíciles, una conversación de las que duelen.

Me equivoqué de Lucía.

—¿Le mandaste fotos mías? —repitió, con una sonrisa lenta que no le había visto nunca—. ¿Y qué te dijo?

—Que tienes una cara que se queda colgada.

—¿Eso te dijo?

—Más o menos. Y que sé mirarte. Que se le notaba en la foto.

Lucía se quedó callada un segundo. Luego se acercó, me cogió la cara entre las manos y me besó como si volviera de un viaje largo.

—Eres lo más raro y lo más bonito que me ha pasado nunca —murmuró—. Cuéntame todo. Desde el principio. Con detalle.

Se lo conté. Ella escuchó sentada en el borde de la cama, sin interrumpir. Cuando terminé, se mordió el labio como cuando está a punto de hacer una travesura.

—Vale —dijo—. Pues si ese es el regalo que querías, vas a tener regalo. Pero el guion lo escribo yo.

***

El sábado siguiente me llevó al coche sin decirme adónde íbamos. Conducía ella, con una mano en el volante y la otra en mi muslo, sin apretar, solo apoyada. Yo intenté preguntar dos veces. A la tercera me callé.

Aparcamos en el sótano de un centro comercial enorme, en la planta más baja. La zona estaba casi vacía: dos o tres coches en la otra punta y filas y filas de plazas libres. Lucía giró hacia un rincón apartado, donde las luces de emergencia parpadeaban cada tantos segundos y el resto era penumbra de cemento.

No apagó el motor. Bajó la radio. Se giró hacia mí con una calma que me asustó un poco.

—Este es tu regalo de verdad —dijo.

Se inclinó y me besó despacio, sujetándome la nuca. La mano libre se le fue al cinturón sin prisa. Estaba helado el coche y a la vez yo sudaba.

—Aquí cualquiera nos puede ver —susurró contra mi boca—. Y a mí me gusta esa idea. ¿A ti?

—A mí también.

Yo aún no entendía hasta dónde había planificado ella la escena. Lo entendí cuando, mientras me besaba el cuello, oí pasos. No fueron uno ni dos. Fueron varios, acercándose con una calma rara, como gente que sabe dónde tiene que ir.

Tres figuras se detuvieron a una distancia prudente, a unos cinco metros del coche. Hombres, de edades distintas, vestidos como cualquiera. Miraban sin disimulo, pero tampoco se acercaban más de la cuenta. Lucía levantó la cabeza y, en lugar de asustarse, sonrió.

—Tenemos compañía, mi vida.

—Lucía…

—Tranquilo. Tú respira.

Detrás de los tres apareció una cuarta silueta, más alta, con una linterna apagada en la mano y uniforme oscuro. Cuando se acercó al lateral del coche, la luz del techo le pegó en la cara y yo me quedé sin aire.

Era Rubén.

El mismo Rubén de la pantalla, el mismo de los mensajes con calma. Trabajaba en seguridad, me había dicho. Era exactamente verdad. Sus ojos se cruzaron con los míos durante una décima de segundo y vi en ellos la misma chispa de complicidad que llevaba toda la semana cargando.

—Marcos —saludó, asintiendo despacio—. Tranquilos. Pueden seguir.

—¿Tú…?

Lucía me apretó la rodilla.

—Ya hablamos luego. Esta parte la organicé yo. Le escribí desde tu cuenta. Le pedí que viniera y que trajera a gente de confianza. Él puso a estos tres. Si quieres, lo paramos. Una palabra y nos vamos.

No dije la palabra.

***

Lucía se movió entre los asientos como si lo hubiera ensayado. Se pasó al asiento trasero, se quitó los pantalones sin prisa y se quedó con un tanga negro pegado contra el cristal de la ventanilla. Los cuatro hombres se acercaron unos pasos más. Las manos se les fueron a los pantalones, y empezaron a tocarse despacio, sin teatro, sin chillidos. Ella había dejado claro de algún modo, antes de que yo llegara, qué se podía y qué no.

—Baja un poco las ventanillas, Marcos —pidió Lucía con la voz tranquila—. Solo un poco. Quiero oírlos.

Bajé las ventanillas traseras un par de dedos. El aire frío entró golpeando, mezclado con el olor a goma y a hormigón. Los hombres se acercaron, pero no metieron las manos. Hablaban entre ellos, frases sueltas, comentarios sobre la curva de su espalda, sobre la sombra de sus pechos contra el sujetador. Lucía los escuchaba con los ojos entreabiertos, una mano entre las piernas por encima de la tela, masturbándose muy despacio.

Rubén se mantuvo a un lado, sin tocarse, vigilando que los otros tres no se pasaran del límite. Cada cierto tiempo me miraba a mí, no a ella. Comprobaba que yo estaba bien, que el juego no se nos iba de las manos. Aquella mirada me ancló más que ninguna otra cosa.

—¿Estás bien? —me preguntó Lucía entre dos respiraciones.

—Estoy contigo.

—¿Te pone?

—Muchísimo.

—Pues ven aquí.

Me pasé atrás con ella. Nos abrazamos en un ángulo imposible, su espalda contra mi pecho, las piernas suyas abiertas hacia la ventanilla por la que nos miraban. Le acariciaba el vientre y los muslos con las manos abiertas, despacio, sin apretar nunca demasiado. Ella se reía bajito cada vez que un comentario de fuera la sorprendía.

—Que no te suelte, cabrón —dijo uno con voz ronca—. Que se nota que es tuya.

—Cuídala —pidió otro.

Eso fue lo que me terminó de descolocar. No estaban gritando insultos. Estaban pidiéndome, casi con respeto, que la cuidara. Apreté a Lucía contra mí y le besé el cuello, y sentí su risa en mi boca.

Hicimos el amor así, casi quietos, con la ropa a medio quitar, mientras cuatro desconocidos respiraban fuerte al otro lado del cristal. No hubo nadie metiendo la mano por la ventanilla, ni ningún cuerpo dentro del coche aparte del nuestro. Ese era el pacto. Mirar y dejarse mirar. Nada más.

Lucía se corrió primero, mordiéndome el hombro para no gritar. Yo la seguí enseguida, sujetándola por la cintura, y la mantuve abrazada un rato largo, hasta que se le aflojó la respiración.

Fuera oímos un par de gemidos cortos, controlados, y después los pasos de tres hombres alejándose por separado, cada uno por una rampa distinta. Rubén se quedó el último. Esperó a que Lucía se vistiera, a que yo encendiera la calefacción otra vez, y entonces se acercó a la ventanilla del conductor con la linterna ya en el cinturón.

—Pasad por la garita cuando salgáis —dijo—. Os abro la barrera. Hoy no pagáis parking.

—Gracias —murmuré.

—Gracias a vosotros —contestó, y por primera vez sonrió de verdad, no para la cámara, no para el juego—. Si queréis repetir, lo hablamos despacio.

Lucía me cogió la mano y me la apretó. Su mirada me decía que sí, que en algún momento volveríamos a hablarlo. Pero esa noche no.

Salimos del parking en silencio. Ella conducía, otra vez con una mano en el volante y la otra en mi muslo, y otra vez sin apretar. Antes de meterse en la autovía, me miró de reojo.

—Feliz cumpleaños, Marcos.

No le contesté con palabras. Me limité a apoyarle la cabeza en el hombro un segundo y a respirar, por primera vez en horas, hasta abajo.

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Comentarios (5)

Ricky_norte

jaja la del cómplice con la linterna fue lo mejor!!! No me lo esperaba para nada

PabloViena

Tremendo relato. Se nota la complicidad entre ellos dos, eso le da mucha credibilidad. Espero que haya mas!

ManuelV_lec

Me resulto muy creible, se siente como algo que de verdad podria pasar. Muy bien narrado.

LoboNocturno_ar

Uno pide algo especial y resulta que ella ya tenia todo planeado jajaja. Increible como sale todo.

DanielaBS

Y como termino la noche despues? Me quede con ganas de saber mas...

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