Le pedí un regalo distinto y mi mujer fue más lejos
El domingo amaneció con esa luz floja de enero que se cuela entre las lamas de la persiana y dibuja rayas tibias sobre las sábanas. Me removí en la cama y sentí el calor de Lucía pegado a mi espalda, su pelo enredado haciéndome cosquillas en la nuca. Cumplía treinta y seis años. Antes esa fecha me ponía melancólico; esa mañana, con ella respirando en mi cuello, solo sentía una calma rara, casi peligrosa.
—Felicidades, dormilón —murmuró con la voz ronca, abrazándome más fuerte.
—Gracias, mi vida.
Me giré para mirarla. Lucía es menuda, de hombros estrechos y caderas estrechas, y aun así había algo en su forma de moverse bajo el camisón que me hacía perder el hilo de cualquier conversación. La besé despacio, sintiendo la sonrisa contra mis labios. Su mano se coló bajo la sábana y me encontró la polla ya medio dura, tibia contra el muslo. La agarró sin ceremonia, cerrando los dedos alrededor, y empezó a masturbarme con el pulso lento de quien acaba de despertarse.
—Vaya regalo tienes tú desde primera hora —susurró, riéndose bajito.
—Es tu culpa, por dormir así pegada.
Se bajó por mi cuerpo apartando la sábana con la barbilla. El camisón se le enredó en las caderas y yo le vi los pechos pequeños colgando hacia mí cuando se inclinó, los pezones ya duros por el frío de la habitación. Me lamió la punta de la polla con la lengua plana, despacio, como saboreando un helado, y después me la metió en la boca hasta la mitad. Me chupó sin prisa, subiendo y bajando, con la mano acompañando la boca, mientras me miraba con esos ojos verdes desde abajo. Le puse la mano en la nuca, no para empujar, solo para tenerla, y sentí cómo tragaba y cómo la lengua me recorría el glande cada vez que subía.
—Joder, Lucía…
Me soltó con un beso húmedo en la punta y trepó por mi cuerpo dejando un rastro de saliva por el vientre. Se sentó a horcajadas encima, se apartó el tanga a un lado con dos dedos y se hundió sobre mí de una sola vez, cerrando los ojos al sentirme entero dentro. Estaba mojada, calentita, y me apretaba con esa musculatura suya que siempre me pilla desprevenido. Se quedó quieta unos segundos, respirando por la nariz, y después empezó a moverse en círculos, apoyando las manos en mi pecho.
—Es tu cumpleaños —jadeó—. Pídeme cosas.
—Fóllame despacio. Que dure.
Me obedeció. Subía y bajaba con la cadera lenta, sacándome casi entera y volviendo a bajar hasta el fondo, y cada vez que me tenía dentro del todo se paraba y me apretaba con el coño como si me estuviera dando la mano. Le agarré las tetas con las dos manos, se las masajeé, le pellizqué los pezones y ella soltó un gemido corto y siguió cabalgándome. Estuvimos así hasta que la vi arquearse, morderse el labio, y sentí cómo se le contraía todo alrededor de mi polla. Me corrí dentro casi sin darme cuenta, tirándole del pelo hacia atrás, y ella se dejó caer sobre mi pecho, calentita y sudada.
—¿Qué quieres que te regale? —preguntó después, apoyando la barbilla en mi pecho—. Lo que sea. Hoy mando yo poco.
Me quedé callado más de la cuenta. Tenía todo lo que necesitaba. Lo que llevaba meses dando vueltas en mi cabeza no era un objeto, era una idea, y la idea me daba vergüenza decirla en voz alta.
—Quiero enseñarte —solté al fin.
—¿Cómo que enseñarme?
—Que te miren. Que te imaginen. Que sepan que eres mía y que no pueden tocarte. Es una tontería, pero me pone como un crío.
Lucía levantó una ceja. No había sorpresa en su cara, más bien la satisfacción de comprobar algo que ya sospechaba. Se incorporó sobre el codo y me estudió un par de segundos con esos ojos verdes que siempre me ganan.
—Vale, Marcos —dijo despacio—. Es tu día. Lo que tú quieras. Tú dirás cómo.
—De eso me encargo yo.
Esa naturalidad suya, ese «vale» sin condiciones, me dejó sin aire. Me levanté con la excusa del café y me quedé un rato en la cocina, intentando que la cabeza se me bajara de las nubes. El resto del día se fue en comida familiar, brindis y una tarta con demasiadas velas. Pero por dentro yo ya estaba en otro sitio, escribiendo guiones imposibles.
***
El lunes teletrabajaba. La videollamada de las diez me pilló afeitado y con corbata, y con la cabeza en cualquier parte menos en el plan de ventas. Cada vez que cerraba la cámara, abría un chat anónimo en una ventana de incógnito. Mensajes de prueba, ideas a medio escribir. Me sentía como un adolescente robándole la consola a su hermano.
Tiré un anzuelo en una sala de esas que sobreviven desde principios de los dos mil: «Me pone enseñar a mi mujer. Solo charla, sin tonterías». La avalancha de respuestas fue lamentable. Frases en mayúsculas, exigencias, insultos. Estuve a punto de cerrar la ventana cuando apareció un mensaje distinto.
«Me interesa. Pero sin chorradas. Si te animas, hablamos por vídeo y vamos al grano».
El tono me llamó la atención. No había prisa, no había exigencia. Le contesté sin pensarlo demasiado.
—¿Quién eres?
—Rubén. Trabajo en seguridad, turnos raros. Si quieres, te paso un usuario para hacer una videollamada. Pongo cámara, así no perdemos tiempo.
Acepté. Dos minutos después tenía su cara en una ventana pequeña a la izquierda del escritorio: treinta y pocos, mandíbula marcada, una sonrisa tranquila que no parecía la de alguien preocupado por que lo pillaran.
—Hola, Marcos.
—Hola.
—¿Es real?
—¿El qué?
—Lo de tu mujer. Que te apetezca enseñarla.
—Es real.
Le mandé una foto. No la primera que encontré, sino una que había hecho la noche anterior, casi por casualidad: Lucía descalza junto a la nevera, con una camiseta mía que le llegaba a medio muslo, riéndose porque acababa de cazarla buscando trozos de tarta a las dos de la mañana. Tenía la cara de la mujer con la que vivo, no la de un anuncio. Por eso la elegí.
Rubén tardó unos segundos en contestar.
—Tiene una cara preciosa. Esa risa es de las que se cuelgan en la cabeza. ¿Tú sabes lo que tienes?
Esperaba comentarios groseros, de los que abundan en esos sitios. Me sorprendió que empezara por la cara y por la risa. Le mandé una segunda foto, también sin enseñar demasiado: Lucía de espaldas, mirándose en el espejo del baño, en ropa interior negra, recogiéndose el pelo. Una imagen que tenía guardada desde un viaje, y que no había vuelto a mirar.
—Joder —susurró, y la palabra le salió bajita, casi para sí mismo—. Marcos, no sé qué te ha enseñado a mirarla así, pero esa foto la has hecho con cuidado. Se nota.
No iba a admitirlo, pero ese hombre estaba diciendo exactamente lo que yo necesitaba oír. La fantasía no era que un desconocido escupiera vulgaridades sobre Lucía. La fantasía era que alguien la mirara con la misma atención con la que la miraba yo, y se diera cuenta del privilegio.
—¿Quieres ver más? —pregunté.
—Lo que tú quieras enseñarme.
Estuvimos así casi una hora. Yo iba sacando fotos elegidas y él me las devolvía con frases que mezclaban deseo y respeto en una proporción que jamás habría sabido pedir. En un momento le enseñé una en la que Lucía estaba desnuda de espaldas, saliendo de la ducha, con el pelo mojado pegado a la nuca y las nalgas todavía brillantes de agua. Rubén se tomó su tiempo antes de escribir.
—Tiene un culo que da ganas de morderlo despacio, sin dejar marca. ¿Le gusta que se lo comas por detrás?
—Le vuelve loca.
—Ya me lo imaginaba. Se le nota en cómo lo aprieta en la foto.
Cuando colgué, no me había corrido. Tampoco hacía falta. Tenía el cuerpo encendido de una forma nueva, más lenta, más densa. La polla dura contra el pantalón y ninguna necesidad de sacármela. Bastaba con saber que a mil kilómetros había un tipo pensando en el culo de mi mujer y hablándome de él con respeto.
***
Esa tarde le conté a Lucía lo que había hecho. Se lo dije mientras ella se quitaba los zapatos, sin teatro, mirando al suelo. Me preparé para todo: el enfado, las preguntas difíciles, una conversación de las que duelen.
Me equivoqué de Lucía.
—¿Le mandaste fotos mías? —repitió, con una sonrisa lenta que no le había visto nunca—. ¿Y qué te dijo?
—Que tienes una cara que se queda colgada.
—¿Eso te dijo?
—Más o menos. Y que sé mirarte. Que se le notaba en la foto.
—¿Y qué más? No me mientas, Marcos. ¿Qué fotos le mandaste?
—La de la cocina. La del espejo, en ropa interior. Y la de la ducha.
—¿La de la ducha? —Se le abrieron los ojos, no de enfado, de otra cosa—. Esa se me ve el culo entero.
—Ya.
—¿Y qué te dijo?
—Que da ganas de morderlo despacio.
Lucía se quedó callada un segundo. Luego se acercó, me cogió la cara entre las manos y me besó como si volviera de un viaje largo. Sentí su lengua buscar la mía y una mano suya bajarme por el pecho hasta el pantalón. Me apretó la polla por encima de la tela y notó al momento que la tenía dura otra vez.
—Eres lo más raro y lo más bonito que me ha pasado nunca —murmuró contra mis labios—. Cuéntame todo. Desde el principio. Con detalle.
Se lo conté. Ella escuchó sentada en el borde de la cama, sin interrumpir, con las piernas cruzadas y una mano metida por dentro de la falda, tocándose por encima de las bragas mientras yo le repetía palabra por palabra lo que aquel desconocido había escrito de ella. Cuando llegué a lo del culo se le escapó un jadeo corto y se abrió más de piernas.
—Ven —me pidió—. Ven aquí y hazme lo que él dijo.
Me arrodillé entre sus piernas y le arranqué las bragas de un tirón lateral. Ella se levantó la falda hasta la cintura y se giró boca abajo sobre la cama, apoyando las rodillas en el borde y el pecho contra el colchón. Le abrí las nalgas con las dos manos y me quedé un segundo mirando ese coño rosado y brillante que ya goteaba, y el otro agujero justo encima. Le mordí una nalga sin apretar, marcándole solo el filo de los dientes, y ella soltó un gemido largo.
—Así, cabrón, así…
Le enterré la cara entre las nalgas y me puse a comérselo entero, arriba y abajo, la lengua por el coño y luego subiendo hasta el culo, dando círculos ahí donde sabía que se volvía loca. Cada vez que le pasaba la lengua por el ojete se le contraían las piernas y me clavaba las manos en el colchón. Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el otro agujero, y noté cómo se le hinchaba todo, cómo empezaba a temblarle el vientre.
—Métemela, Marcos, no aguanto más, métemela ya.
Me levanté, me bajé el pantalón hasta las rodillas y le clavé la polla en el coño de un solo empujón. Ella gritó contra el colchón. La agarré por las caderas y empecé a follármela fuerte, seco, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta que las pelotas me chocaban contra el clítoris. Le veía el culo temblar con cada embestida, la marca roja de mis dientes en la nalga izquierda. Le escupí encima del ojete y le metí el pulgar ahí mientras seguía follándomela por el coño. Lucía se corrió gritando contra la sábana, apretándome la polla con unas contracciones que casi me hacen soltar yo también.
—No te corras dentro todavía —jadeó—. Fuera. Quiero que me la corras encima.
La saqué. Ella se giró rápido, se puso de rodillas en el suelo delante de mí y se metió la polla en la boca de golpe, chupándomela con las mejillas hundidas mientras me miraba desde abajo con la barbilla pegajosa de saliva. Me la meneó con la mano rápido, apretando fuerte, y yo me corrí sobre sus tetas y su cara, chorros gruesos que le cayeron en la barbilla, en los pezones y en un lado de la boca. Ella se pasó los dedos por la piel, recogiéndose la corrida, y se los chupó uno a uno sin dejar de mirarme.
—Vale —dijo cuando recuperó el aire, todavía de rodillas, con mi semen brillándole en el pecho—. Pues si ese es el regalo que querías, vas a tener regalo. Pero el guion lo escribo yo.
***
El sábado siguiente me llevó al coche sin decirme adónde íbamos. Conducía ella, con una mano en el volante y la otra en mi muslo, sin apretar, solo apoyada. Yo intenté preguntar dos veces. A la tercera me callé.
Aparcamos en el sótano de un centro comercial enorme, en la planta más baja. La zona estaba casi vacía: dos o tres coches en la otra punta y filas y filas de plazas libres. Lucía giró hacia un rincón apartado, donde las luces de emergencia parpadeaban cada tantos segundos y el resto era penumbra de cemento.
No apagó el motor. Bajó la radio. Se giró hacia mí con una calma que me asustó un poco.
—Este es tu regalo de verdad —dijo.
Se inclinó y me besó despacio, sujetándome la nuca. La mano libre se le fue al cinturón sin prisa. Estaba helado el coche y a la vez yo sudaba.
—Aquí cualquiera nos puede ver —susurró contra mi boca—. Y a mí me gusta esa idea. ¿A ti?
—A mí también.
Yo aún no entendía hasta dónde había planificado ella la escena. Lo entendí cuando, mientras me besaba el cuello, oí pasos. No fueron uno ni dos. Fueron varios, acercándose con una calma rara, como gente que sabe dónde tiene que ir.
Tres figuras se detuvieron a una distancia prudente, a unos cinco metros del coche. Hombres, de edades distintas, vestidos como cualquiera. Miraban sin disimulo, pero tampoco se acercaban más de la cuenta. Lucía levantó la cabeza y, en lugar de asustarse, sonrió.
—Tenemos compañía, mi vida.
—Lucía…
—Tranquilo. Tú respira.
Detrás de los tres apareció una cuarta silueta, más alta, con una linterna apagada en la mano y uniforme oscuro. Cuando se acercó al lateral del coche, la luz del techo le pegó en la cara y yo me quedé sin aire.
Era Rubén.
El mismo Rubén de la pantalla, el mismo de los mensajes con calma. Trabajaba en seguridad, me había dicho. Era exactamente verdad. Sus ojos se cruzaron con los míos durante una décima de segundo y vi en ellos la misma chispa de complicidad que llevaba toda la semana cargando.
—Marcos —saludó, asintiendo despacio—. Tranquilos. Pueden seguir.
—¿Tú…?
Lucía me apretó la rodilla.
—Ya hablamos luego. Esta parte la organicé yo. Le escribí desde tu cuenta. Le pedí que viniera y que trajera a gente de confianza. Él puso a estos tres. Si quieres, lo paramos. Una palabra y nos vamos.
No dije la palabra.
***
Lucía se movió entre los asientos como si lo hubiera ensayado. Se pasó al asiento trasero, se quitó los pantalones sin prisa y se quedó con un tanga negro pegado contra el cristal de la ventanilla. Se levantó el jersey también y lo tiró al asiento delantero, y se quedó solo con el sujetador y el tanga, apretada contra el cristal para que la vieran bien. Los cuatro hombres se acercaron unos pasos más. Las manos se les fueron a los pantalones y empezaron a sacársela ahí mismo, delante del coche, cada uno la suya. Vi cuatro pollas duras salir a la vez, distintas entre sí, y los cuatro puños empezando a moverse despacio, sin teatro, sin chillidos. Ella había dejado claro de algún modo, antes de que yo llegara, qué se podía y qué no.
—Baja un poco las ventanillas, Marcos —pidió Lucía con la voz tranquila—. Solo un poco. Quiero oírlos.
Bajé las ventanillas traseras un par de dedos. El aire frío entró golpeando, mezclado con el olor a goma y a hormigón, y también con el olor a hombre, a sudor y a pollas al aire. Los hombres se acercaron, pero no metieron las manos. Hablaban entre ellos, frases sueltas, comentarios sobre la curva de su espalda, sobre la sombra de sus pechos contra el sujetador, sobre lo mojado que se le adivinaba el tanga a contraluz.
—Mira cómo se le marca el coño, joder.
—Está empapada. Se le nota la tela pegada.
—Enséñanos las tetas, guapa. Solo un poco.
Lucía escuchaba con los ojos entreabiertos, una mano entre las piernas por encima de la tela, masturbándose muy despacio. Con la otra se llevó los tirantes del sujetador hacia abajo y se sacó los pechos por encima de las copas, dejándolos al aire, pequeños y firmes, los pezones erizados por el frío y por lo demás. Un gemido colectivo salió de fuera. Los cuatro puños fueron a más rápido durante unos segundos.
—Así, preciosa, así…
—Tócatelos, por favor.
Se los tocó. Se pellizcó los pezones con dos dedos, tirando de ellos, y se le escapó un gemido que llenó el coche. Con la otra mano se apartó el tanga y se abrió el coño para que lo vieran, dos dedos separando los labios, brillante y rosa a la luz débil del techo. Se metió el corazón muy despacio, hasta el fondo, y lo sacó goteando. Se lo llevó a la boca y se lo chupó mientras los miraba a los cuatro sin pestañear.
—Hostia puta.
—Es una diosa, cabrón.
Rubén se mantuvo a un lado, sin sacársela, vigilando que los otros tres no se pasaran del límite. Cada cierto tiempo me miraba a mí, no a ella. Comprobaba que yo estaba bien, que el juego no se nos iba de las manos. Aquella mirada me ancló más que ninguna otra cosa.
—¿Estás bien? —me preguntó Lucía entre dos respiraciones.
—Estoy contigo.
—¿Te pone?
—Muchísimo.
—Pues ven aquí. Que te vean follarme.
Me pasé atrás con ella. Me bajé los pantalones hasta las rodillas y me senté en el asiento con la espalda contra la puerta contraria. Ella se subió encima de mí de espaldas, mirando hacia la ventanilla, hacia los cuatro hombres, y se sentó de una vez sobre mi polla, ensartándose entera. Soltó un gemido largo que se le escuchó fuera perfectamente. Los cuatro se pegaron un poco más al cristal, meneándosela más rápido.
Le sujeté los muslos por debajo y se los abrí, ofreciéndoles la vista completa: mi polla entrando y saliendo de su coño, sus pechos rebotando cada vez que subía y bajaba, sus manos abiertas sobre el cristal empañado. Le acariciaba el vientre y los pezones con las manos abiertas, despacio, sin apretar nunca demasiado. Ella se reía bajito cada vez que un comentario de fuera la sorprendía.
—Que no te suelte, cabrón —dijo uno con voz ronca—. Que se nota que es tuya.
—Cuídala.
—Fóllatela bien, tío. Fóllatela como se merece.
Eso fue lo que me terminó de descolocar. No estaban gritando insultos. Estaban pidiéndome, casi con respeto, que la cuidara y que la follara bien. Apreté a Lucía contra mí y le besé el cuello, y sentí su risa en mi boca. La subí y la bajé sobre mi polla con las dos manos en sus caderas, marcándole el ritmo, mientras ella se frotaba el clítoris con dos dedos delante de cuatro pares de ojos.
—Me voy a correr, mi vida —jadeó—. Me voy a correr delante de ellos.
—Córrete. Que te vean.
Se corrió así, empalada sobre mí, con los cuatro desconocidos meneándose al otro lado del cristal a medio metro de su cara. Se le contrajo todo el coño alrededor de mi polla en oleadas y me mordió la mano que le había subido a la boca para no gritar demasiado. Yo aguanté unos segundos más, sintiéndola apretarme, y me corrí dentro sujetándola por la cintura, con las caderas pegadas a las suyas hasta el fondo. La mantuve abrazada un rato largo, hasta que se le aflojó la respiración, mientras notaba mi semen escurriéndose fuera y goteando en el asiento.
Fuera oímos casi enseguida un par de gruñidos cortos, controlados, y vi de reojo cómo dos de ellos se corrían contra el suelo del parking, chorros blancos salpicando el cemento a un par de metros del coche. Un tercero se corrió sobre su propia mano y se limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo. Después los pasos de los tres alejándose por separado, cada uno por una rampa distinta.
Rubén se quedó el último. Esperó a que Lucía se vistiera, a que yo encendiera la calefacción otra vez, y entonces se acercó a la ventanilla del conductor con la linterna ya en el cinturón.
—Pasad por la garita cuando salgáis —dijo—. Os abro la barrera. Hoy no pagáis parking.
—Gracias —murmuré.
—Gracias a vosotros —contestó, y por primera vez sonrió de verdad, no para la cámara, no para el juego—. Si queréis repetir, lo hablamos despacio.
Lucía me cogió la mano y me la apretó. Su mirada me decía que sí, que en algún momento volveríamos a hablarlo. Pero esa noche no.
Salimos del parking en silencio. Ella conducía, otra vez con una mano en el volante y la otra en mi muslo, y otra vez sin apretar. Antes de meterse en la autovía, me miró de reojo.
—Feliz cumpleaños, Marcos.
No le contesté con palabras. Me limité a apoyarle la cabeza en el hombro un segundo y a respirar, por primera vez en horas, hasta abajo.



