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Relatos Ardientes

Le presté a mi esposa al de la tintorería por mil

Hace casi un año de aquel jueves de marzo, y todavía hay tardes en que Renata se ríe en la cocina mientras lava los platos y a mí me vuelve el peso del teléfono en la mano y el sonido de su voz al otro lado de la línea diciéndole que sí a otro hombre. El sobre con los mil pesos sigue dentro del cajón de la mesita. Ella no los gastó. A veces, cuando peleamos por cualquier tontería, los saca y los apoya sobre la cama como si me retara a recordar lo que hicimos.

Don Hilario tenía la tintorería de la esquina desde antes de que nosotros nos mudáramos al barrio. Un señor de unos cincuenta y cinco años, con las manos enormes de quien cargó bultos toda la vida, las uñas siempre cortas, las muñecas anchas. Una mirada que jamás se molestó en disimular cuando Renata entraba a dejarle mis camisas. Llevábamos años escuchándolo lanzarle piropos: que si se la veía cansada y él sabría cómo descansarla, que esa blusa blanca merecía un espejo más grande, que una mujer así no tenía por qué cargar las bolsas pesadas ella sola.

Al principio Renata me lo contaba como anécdota, con la risa de quien se sabe deseada y no le da importancia. Pero yo le veía algo en los ojos que no era diversión limpia. Un brillo de curiosidad. Una pregunta que ella sola se hacía y no se atrevía a decir en voz alta.

Lo que detonó todo fue lo del billete. Una tarde Renata salió a la verdulería con doscientos pesos en la cartera y, al volver, le faltaba el cambio para pagar lo último que había agarrado. Cruzó la calle hasta lo de don Hilario y le pidió cambio del billete. Él lo tomó, lo miró contra la luz, después la miró a ella, y sin dejar de sonreír le ofreció algo distinto: que se quedara con uno de quinientos en lugar del de doscientos si ella aceptaba el negocio.

Renata se puso colorada. Se rio. Le respondió que con esos precios la tintorería iba a fundirse, y se fue con sus doscientos pesos exactos, sin agarrar el de quinientos. Pero la oferta le quedó zumbando en la cabeza todo el día.

—¿Y qué habrías hecho si la oferta fuera otra? —le pregunté esa noche, mirando el techo, fingiendo que el tema me daba lo mismo.

—¿Otra cómo?

—Más en serio.

Renata se quedó callada. Apagó la luz del velador y se acomodó de costado, dándome la espalda. Por primera vez en años de matrimonio escuché ese silencio que dice cosas. Después se rio bajito, como pidiéndome permiso para entender lo que yo estaba sugiriendo.

—Eres un degenerado —dijo, y se rio otra vez.

—No me contestaste.

—Por doscientos no. Ya te lo dije.

—¿Por mil?

Se quedó quieta. La oí respirar más rápido. Después se dio vuelta despacio y me buscó la mano debajo de la sábana.

—¿Lo dices en serio? —susurró.

—Te quiero ver hacerlo —contesté, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Quiero que él te pague. Mil pesos. Que sienta que te está comprando. Que tú te sientas puta por una hora. Y después vuelves conmigo.

—¿Y tú qué haces mientras tanto?

—Escucho.

Que se diga en la oscuridad, pensé, es casi como no haberlo dicho.

Esa noche hicimos el amor como hacía meses que no lo hacíamos. Renata se vino tres veces, una de ellas a horcajadas con la espalda arqueada y la boca abierta, sin un solo grito, solo aire seco saliendo. Yo terminé encima de su vientre, agotado, con la cabeza dándome vueltas porque ya sabía que aquello no iba a quedar en una fantasía de almohada. Lo habíamos puesto en palabras. Y lo íbamos a hacer.

***

La semana siguiente, un martes a la mañana, Renata pasó a dejar dos sábanas a la tintorería. Volvió a casa con el ticket entre los dedos y una sonrisa que yo no había visto nunca antes.

—Le dije que sí —me anunció, sin sacarse el abrigo—. Le pedí mil. No los dudó ni un segundo. Me preguntó qué día, le dije que jueves después del almuerzo. Tiene un departamento arriba del local, dos pisos.

—¿Le contaste algo de mí?

—Le dije que mi marido trabaja hasta las siete. Que tengo dos horas. Que no quiero que nadie del barrio me vea entrar.

Asentí. La abracé desde atrás mientras ella miraba por la ventana hacia la esquina donde el cartel rojo de la tintorería seguía encendido a esa hora. Le besé el cuello. Le acomodé el pelo detrás de la oreja. Y le pedí una cosa más, una sola.

—Cuando estés con él, contéstame el teléfono. No me hables. Solo deja la línea abierta.

—¿Quieres escuchar?

—Quiero escucharte. Justo cuando la tengas adentro. Quiero saber cómo gimes con él.

Renata me miró largo rato, como midiendo si yo iba a resistir lo que pedía. Después se mordió el labio y asintió despacio.

***

El jueves amaneció soleado y yo no pude trabajar. Pedí permiso por una urgencia familiar y me quedé en casa caminando del comedor al baño y del baño al comedor. A las dos de la tarde la dejé en una esquina a tres cuadras del edificio, le di un beso largo y le acomodé el cuello del tapado. Llevaba debajo un vestido negro corto y una tanga de encaje rojo que se había comprado el día anterior. Don Hilario no sabía que yo existía como cómplice. Para él, esa tarde ella iba sola, escapada de mí, transgrediendo.

Me senté en un bar a seis cuadras del edificio. Pedí un café y un vaso de agua. Apoyé el celular contra el cenicero de vidrio y miré la pantalla como un adolescente que espera una respuesta. A las dos y veinte ella me escribió: «Estoy entrando». A las dos y veintidós: «Me está sirviendo un whisky». A las dos y treinta: «No te escribo más, déjame». Yo respeté el silencio. Calculé en mi cabeza cuánto tardarían los preliminares de un hombre de cincuenta y cinco años que llevaba mucho tiempo deseando a una mujer y por fin la tenía en su sillón. Le di cuarenta minutos largos.

A las tres y diez marqué.

Ella atendió al tercer ring. No habló. Solo respiraba. Yo apreté el teléfono contra la oreja y cerré los ojos.

—¿Era tu marido? —escuché que preguntaba él, lejos, con la voz pastosa por el whisky.

—Sí, ya le dije que estaba en lo de mi madre —contestó ella, y su voz me llegó tan cerca que me la imaginé con la boca a centímetros del micrófono.

—Apaga esa cosa.

—La pongo en silencio. Déjala ahí, no molesta.

Hubo un crujido. Después el sonido de tela contra cuero, una respiración pesada que no era la de ella, y enseguida la voz de Renata otra vez, pero ya no hablándome a mí, ya no hablándole tampoco a él. Un gemido bajo, como cuando empieza a abrirse, ese sonido que yo conozco de memoria porque me lo dedicó durante diez años, y esa tarde se lo estaba dedicando al señor de la tintorería.

Después fue un crescendo. Ella jadeaba. Él pujaba. Por momentos ella decía «así, así, dame», y yo apretaba la mandíbula tan fuerte que me dolían las muelas. Mi vergüenza y mi excitación eran indistinguibles. La tenía durísima debajo de la mesa del bar y no me atrevía a moverme. El mozo me trajo el café y yo apenas asentí. En el teléfono, Renata pasó del jadeo al grito ahogado. Después oí al hombre gruñir algo, una palabra incomprensible, y un golpe seco de carne contra carne que terminó en un suspiro largo de los dos.

Ella colgó sin despedirse. La pantalla del celular se apagó. Yo dejé el café sin tocar y pagué con un billete que ni siquiera miré.

***

Caminé hasta el lugar acordado con las piernas blandas. Renata apareció por la esquina opuesta, cruzando con el tapado mal abrochado y el pelo todavía húmedo en la nuca. Me vio y me sonrió de un modo que yo nunca había visto antes. Una sonrisa de quien acaba de hacer algo grande y todavía no termina de creerlo.

—Llévame a casa —me dijo, y me agarró del brazo.

No quiso tomar taxi. Quiso caminar las quince cuadras conmigo, contándomelo todo en voz baja, con la voz todavía ronca. Me dijo que él la hizo pasar y le ofreció whisky, que ella aceptó solo para tener algo en la mano. Que él le confesó que llevaba siete años imaginándose esa tarde, desde la primera vez que ella entró con una blusa blanca y un short de jean a dejarle un saco mío. Que cuando le bajó el vestido y le vio la tanga roja, se quedó mudo unos segundos, como si no se hubiera esperado encontrar a una mujer casada con lencería así reservada para él.

—En un momento se le aflojó —me contó, mordiéndose la sonrisa—. Estaba nervioso. Yo me bajé de él, me arrodillé y se la chupé hasta que volvió. Le encantó. Me preguntó si me gustaba mamarla y le dije que era lo que más me gustaba en el mundo.

—¿Y él qué hizo?

—Después me la metió y no la sacó hasta venirse. Me dedeó un rato largo antes, ahí parado, con dos dedos. Me preguntó si tú me habías cogido la noche anterior. Le dije que no, que hacía días que no. Mentí, obvio. Sabes que anoche me cogiste como un animal.

—Le mentiste para que se calentara.

—Le mentí para que se sintiera el primero del mes. Hoy era él. Hoy se lo ganó.

Caminé en silencio media cuadra, procesándolo. Después le pregunté si la había besado. Me dijo que sí, en la boca, dos veces, al principio y al final. Le pregunté si le había dolido. Me dijo que no, que él fue suave, que tenía más cuidado del que ella esperaba. Le pregunté si lo haría otra vez. Se quedó pensando un buen rato antes de contestarme.

—No sé. Depende de ti.

—De ti también.

—De los dos —dijo, y me apretó el brazo más fuerte.

***

Llegamos a casa pasadas las cinco. Apenas cerré la puerta, ella se desabrochó el tapado y dejó caer el vestido en el pasillo. La tanga roja todavía estaba puesta, un poco corrida hacia un costado. Olía a perfume de hombre, a transpiración ajena, a whisky barato y a algo más que yo no me atrevía a nombrar. La empujé contra la pared del comedor y le bajé la tanga con los dientes. Ella se rio y me agarró del pelo con las dos manos.

—Cógeme antes de que se me pase —me dijo.

La cogí ahí mismo, parado, con sus piernas alrededor de mi cintura y la espalda contra la pared. Me apretaba tan fuerte que entendí por primera vez lo que era el deseo de marcar territorio. La cogí encima del olor del otro. La cogí encima de su voz al teléfono. La cogí encima de la imagen mental que me había construido de Renata arrodillada chupándole la verga al señor de la tintorería para que volviera a ponerse dura. Me vine adentro de ella mientras le mordía el cuello, y ella se vino conmigo, y los dos terminamos resbalando hasta el piso, mojados de sudor y de todo lo demás.

Después, cuando estábamos tirados sobre la alfombra mirando el techo, ella estiró el brazo y agarró su cartera. Sacó un sobre blanco. Lo apoyó sobre mi pecho.

—Ahí están los mil. Me los gané. Soy una puta.

Le dije que los guardara, que se comprara lo que quisiera, que el dinero era de ella porque el trabajo había sido de ella. Que mi pago ya lo había cobrado, había sido escucharla. Que a partir de ahora, cada vez que pasáramos por la esquina y don Hilario nos saludara desde la puerta del local, los dos íbamos a tener un secreto que él jamás iba a saber del todo: que su tarde inolvidable había sido en realidad nuestra fantasía compartida, y que el hombre con el que ella dormía esa noche y la siguiente y la siguiente seguía siendo yo.

Renata guardó el sobre en el cajón de la mesita. Ahí sigue, sin abrir. A veces todavía lo saca. Y cada vez que lo saca, los dos volvemos al teléfono.

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Comentarios (5)

TorcuatoX

Muy bueno!! Que morboso el planteo, no pensé que iba a engancharme tanto. Esperando mas de este tipo.

FacundoNoc

Buenisimo relato, tiene ese morbo particular que te va atrapando de a poco. Felicitaciones!

LorenaQ92

Tremendo... me dejo con ganas de saber como termino todo. Por favor subí la continuacion!!

vikingo_lector

Interesante la perspectiva del que observa y espera, no es algo que se vea seguido. Me gusto mucho.

MarceLP

excelente, muy caliente y bien narrado :)

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