Fingí dormir y descubrí lo que hacían en mi sala
No sé bien por dónde empezar, pero todavía me tiembla el pulso al recordarlo y prefiero contarlo mientras lo tengo fresco. Si lo dejo dormir una semana más, voy a empezar a dudar si pasó de verdad o si fue una de esas escenas que el cerebro fabrica cuando uno se queda dormido en el sofá equivocado. Escribirlo, quizás, ayude a ordenarlo.
Aquel viernes había arrastrado el cuerpo como si tirara de una bolsa de cemento. Llevaba la peor semana del año: turnos partidos, dos entregas atrasadas y un jefe al que mi paciencia se le había vencido el martes. Al llegar a casa subí directo a mi cuarto, me tiré boca arriba sobre la cama sin sacarme las zapatillas y encendí la consola con la idea de no hablar con nadie hasta el lunes.
Estaba peleando contra un jefe final, malhumorado porque no le acertaba un solo golpe, cuando Camila empujó la puerta sin tocar. Mi hermana mayor tiene esa costumbre de entrar como si fuera dueña del aire que respiro. Apenas me miró.
—Bruno, deja la consola un rato. Van a venir dos amigas a tomar algo. Baja un ratito, no seas amargado.
Iba a contestar que no, pero ella soltó el nombre de Mara entre dientes y se me cambió la cara. Mara es la amiga que viene a las reuniones desde el verano pasado y que cada vez que se ríe me obliga a mirar al piso para que no se note. Le dije que en un rato bajaba, apagué la consola con un golpe seco en el mando por no haber pasado el nivel, y me lavé la cara con agua fría antes de cambiarme la camiseta.
Bajé fingiendo desgano. En la sala ya estaban Carla y Mara acomodadas en el sillón largo, con dos botellas sobre la mesa baja y una luz cálida del velador en la esquina. Carla es algo más grande, debe rondar los treinta y cinco, alta, morena de piel y de pelo largo y muy lacio. Tiene los ojos pequeños y rasgados, un lunar a la altura del pómulo y una manera de mirar que parece estar calculando algo. Mara, en cambio, es más bajita, rubia clara, con ojos enormes y boca pequeña. Le habían cortado el pelo hasta los hombros y le quedaba mejor que antes. Saludé a las dos como si nada, pero por dentro me bullía la sangre.
Nos sentamos los cuatro a tomar. Yo intenté mantenerme prudente, pero a la segunda copa empecé a flirtear con Mara como si Camila no estuviera. Ella me respondía con sonrisas de costado, una de esas miradas que duran un segundo más de lo que corresponde. Mi hermana, sin embargo, me clavó los ojos y entendí el mensaje: aflojá. Bajé la intensidad y me dediqué a escuchar.
El problema fue el cansancio. A la media hora ya tenía los párpados pesados. Me corrí al sofá de enfrente, apoyé la nuca sobre el apoyabrazos y cerré los ojos un segundo. Después de ese segundo, nada. Me dormí sin querer, con el bullicio de fondo y el olor a vainilla del perfume de Mara metido en la nariz.
No sé cuánto dormí. Me despertó el roce de una manta de polar que mi hermana me había tirado encima sin hacer ruido. No abrí los ojos del todo: las pestañas separadas apenas para confirmar dónde estaba y volver a cerrarlas. Camila se sentaba con las otras dos, agradecí en silencio el gesto de la manta y me acomodé de costado contra el respaldo.
Quise volver a dormirme y no pude. Reían fuerte, hablaban a los gritos, y entre risa y risa se mandaban callar mutuamente nombrándome a mí. Que alguien las haga callar, por favor, pensé. Pero no me animé a levantarme. Y entonces, después de un rato, bajaron la voz hasta convertirla en cuchicheo, y la curiosidad me clavó los ojos contra el cuero del sofá.
Estaban hablando de hombres. De primeras veces. De experiencias que ninguna había contado nunca, según se aclaraban entre ellas. Yo, con la cara apoyada en el sillón y la manta hasta el cuello, me quedé quieto. Cada vez que una de las tres soltaba un detalle, yo retenía la respiración para no perderme la siguiente frase.
—Si queda entre nosotras —dijo Carla bajando todavía más la voz—, tengo una fantasía que no le conté a nadie.
Aquí viene, pensé sin moverme.
—¿Cuál? —preguntaron Camila y Mara casi al mismo tiempo.
—Siempre me parecieron muy lindas las tetas de otras mujeres. Las mías me aburren. Tengo curiosidad de ver las de alguien más de cerca.
Hubo un silencio que duró menos de lo que debería. Mara se llevó las manos al pecho por encima de la camiseta y se los apretó con una sonrisa, como si comprobara una hipótesis.
—Si son lindas, son lindas —dijo Mara.
—¿Me dejas verlas? —preguntó Carla, y a mí se me empezó a desordenar el cuerpo por debajo de la manta.
Mara no contestó con palabras. Se levantó la camiseta y la copa del sostén con un solo movimiento, como si lo tuviera ensayado, y dejó al descubierto el pecho derecho. La luz del velador le iluminaba apenas la piel, y el pezón se le marcaba de un rosado pálido que se me clavó en la memoria. Carla soltó un suspiro casi inaudible.
—Qué pezón tan lindo tienes —dijo, y Mara se acomodó la prenda guardándose otra vez.
—Ahora tú.
Carla no se hizo rogar. Se quitó la camiseta por la cabeza y desnudó los dos al mismo tiempo, sin sostén. Eran más grandes, más anchos, con pezones oscuros y firmes. Mara se mordió el labio.
—Me dieron ganas de probarlos. ¿Puedo?
—Ven.
Mara se inclinó sobre Carla con la mano apoyada en su cintura, y empezó a chuparlos con paciencia, primero uno, después el otro, mientras Carla cerraba los ojos y se reclinaba contra el respaldo. Por debajo de mi manta yo ya no podía disimular el bulto que se me había armado, y la respiración se me iba acelerando contra mi voluntad. Apreté los dientes para no hacer ruido.
—Shhh —cortó Camila, con la mirada clavada en el sofá donde yo estaba—. Lo van a despertar.
Camila, cállate tú, pensé con desesperación.
Las dos se separaron y giraron la cabeza hacia mi hermana al mismo tiempo. Algo se les iluminó en los ojos.
—Yo quiero ver las tuyas —dijo Carla.
—Y yo también —remató Mara.
Camila intentó escabullirse. Empezó a decir que yo estaba ahí, que en cualquier momento me iba a despertar, que no era el lugar. Las otras dos se cruzaron las miradas y la rodearon una a cada lado sin contestar. Carla fue la que se animó primero: le metió la mano por debajo de la camiseta con esa lentitud que es peor que la prisa. Mara la imitó. Mi hermana no las paró.
***
Le bajaron la camiseta y el sostén hasta dejarle los pechos expuestos. Camila tiene los pechos más grandes de las tres, blancos, con pezones claros que se le pusieron duros apenas el aire les pasó por encima. Carla apoyó la boca en uno; Mara, en el otro. Camila echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido bajo que no se parecía a ninguno que yo le hubiera escuchado en la vida. Y ahí ya no aguanté: deslicé la mano por debajo del pantalón sin pensarlo y me empecé a tocar despacio, midiendo cada movimiento para que no me delatara la manta.
Me invadía un morbo que no podía clasificar. Era mi hermana, sí, pero era también la situación: la luz baja, el cuchicheo, las amigas, la sensación de estar viendo algo que no me correspondía. Quería ser cómplice y quería desaparecer al mismo tiempo. Me quedé quieto.
—Qué ricos pechos tienes —dijo Mara separándose un momento.
—Yo hasta me excité —agregó Carla.
Mi hermana, ya entregada al juego, soltó una risa baja.
—Si los chupan rico, los chupan rico.
—Hagamos una ronda —propuso Carla—. Dos chupamos a la tercera, después cambiamos.
—Va —dijeron las otras dos, casi en simultáneo.
Empezaron por Mara. Se quitó la camiseta y el sostén y se reclinó contra los almohadones. Camila y Carla se inclinaron sobre ella, una a cada lado, sin esa timidez del principio. Lamían, chupaban, mordían suave, le pasaban la mano por la cintura. Mara cerró los ojos y le hundió la mano en el pelo a mi hermana, apretándola contra el pecho.
Siguieron con Carla. Ella, sin pudor, se sacó toda la camiseta y se entregó a la doble lengua de las otras dos con una sonrisa de quien lo había imaginado mil veces. Era, sin duda, la más desinhibida del trío. Le acariciaba a Camila la espalda mientras Mara le mordía un pezón.
El turno de mi hermana fue el último, y fue el que más me costó mirar sin dejar de respirar. Carla y Mara la apretaron entre las dos. Mara terminó arriba de ella, besándola en la boca. Camila le devolvió el beso con una intensidad que me hizo girar apenas la cara para esconderla mejor contra el respaldo. Por un instante, parecía haberse olvidado por completo de que tenía un hermano a un metro y medio.
—Necesitamos un hombre —dijo Carla zafándose del enredo, jadeando—. Ya.
Aquí estoy, pensé. Aquí estoy. Pero no me moví.
Carla agarró el teléfono y marcó. Habló bajito unos segundos, colgó, se acomodó la ropa con prisa y salió de la casa caminando hacia la esquina. Mara y Camila siguieron besándose en el sillón largo como si nada, con las manos por todos lados, ya sin disimular nada.
***
Diez minutos después, la puerta volvió a abrirse. Carla entraba de la mano de un tipo alto, fornido, de barba cerrada, con chaqueta negra y jeans. Se besaban en la entrada como si vinieran haciéndolo desde hacía rato. Él miró a Camila y a Mara, enredadas en el sillón, y se quedó un segundo paralizado, con esa expresión de no entender del todo pero querer entender enseguida.
Carla lo tomó de la mano, lo arrastró hasta el sillón largo y lo empujó al lado de las chicas. Se le sentó encima y le encajó un beso largo mientras le sacaba la chaqueta. El tipo se prendió: le pasó las manos por las piernas, por la espalda, por el cuello. Camila y Mara seguían en lo suyo, pero las manos de Mara empezaron a buscar el pecho de Carla por arriba del hombro del chico.
Yo ya no podía con mi cuerpo. Me bajé el pantalón un poco más y me agarré con la mano de lleno, despacio, intentando que la manta siguiera tapándome todo. El chico, cuando se le terminó la paciencia con Carla, se inclinó sobre Mara y la besó. Después fue por Camila. Las tres se le repartieron en la boca como si lo hubieran ensayado antes.
Le quitó el pantalón a Mara primero. La acomodó de costado en el sillón y la penetró sin grandes preámbulos. Mara gimió, cortito al principio, después largo, con esa cadencia de quien ya no se preocupa por quién la escuche. Yo me clavé los dientes en el labio inferior y aceleré la mano por debajo de la manta. Mi hermana, en algún momento, dudó. Hizo el gesto de levantarse, de irse al otro sillón, como si recién hubiera caído en lo que estaba pasando. El tipo, sin dejar de moverse en Mara, le tendió un brazo y la atrajo hacia él. Camila no resistió.
La acomodaron en el sillón pegado, en cuatro. Él soltó a Mara un rato y se dedicó a mi hermana. Le bajó el pantalón y el resto. Carla se acercó a Camila por delante, le abrió la camiseta y le chupó los pechos mientras Camila se tocaba a sí misma con la otra mano. Yo veía, desde mi ángulo, cada detalle, y por un segundo pensé que iba a terminar antes de tiempo. Me detuve, respiré, retomé.
Después de un rato largo, el tipo se separó de las dos y se quedó parado un momento, respirando hondo. Mi hermana le agarró el brazo y le devolvió un beso que no esperaba. Después tiró de Mara, le hizo un gesto al chico hacia las escaleras, y los tres subieron al cuarto. Las pisadas se apagaron en el pasillo de arriba y la puerta se cerró con un clic seco.
***
Quedaba Carla en la sala. Y yo.
Me quedé inmóvil con la mano todavía adentro de la manta. Pensé que se iba a vestir y se iba a ir, que el espectáculo había terminado para mí. Pero la oí ponerse de pie y caminar despacio hasta el sofá donde yo estaba. Sentí su perfume antes de sentir el aliento.
—Sé que estás despierto —dijo, casi sin voz, muy cerca de mi oreja—. Está bien. Quédate así. Me gusta más si sigues fingiendo que duermes.
Cerré los ojos con más fuerza. No los iba a abrir por nada del mundo. Sentí cómo levantaba la manta de los pies y la corría apenas, lo justo para descubrirme. La oí reírse bajito.
—Me lo imaginaba.
No alcancé a pensar mucho más. Sentí su pelo caer sobre mi muslo y, después, su boca. Tibia, paciente, decidida. Empezó por la punta y bajó con la lengua hasta la base, dejando una huella mojada que se me grabó como una marca. Me sostuvo con una mano mientras con la otra acariciaba el resto con esa mezcla de firmeza y delicadeza que no se aprende de un día para el otro.
Yo apreté el respaldo del sofá hasta que me dolieron los dedos. Quise hacer ruido y no pude. Quise hacer silencio y tampoco pude del todo: se me escapó un gemido entre dientes que ella respondió aumentando el ritmo, como si la hubiera autorizado. Era humillante y delicioso al mismo tiempo. Pensé en mi hermana arriba, en el chico, en Mara, en todo lo que había visto desde debajo de la manta, y todo eso se mezcló en una misma corriente eléctrica que me subió por la espalda hasta la nuca.
Terminé sin avisar. Carla no se sobresaltó. Se quedó ahí, con la boca cerrada, hasta el último espasmo, y después se pasó la lengua por los labios como quien se limpia un poco de helado. Me acomodó la manta de vuelta sobre las piernas con un cuidado raro, casi maternal.
—La próxima vez te monto —dijo en voz muy baja, casi pegada a mi oído—. Por hoy ya está.
Se vistió en dos movimientos y se fue. Oí la puerta cerrarse del lado de afuera y la calle volverse calle de nuevo, como si nada hubiera pasado en esa sala.
Me quedé un rato más con los ojos cerrados, con la respiración rota, escuchando los crujidos lejanos del cuarto de arriba. Pensé que tendría que sentir culpa, vergüenza, espanto. No sentí nada de eso. Sentí, sobre todo, ganas de que llegara la próxima reunión y de no volver a quedarme dormido tan pronto.
Sonreí en la oscuridad y, por primera vez en toda la semana, me dormí del tirón.