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Relatos Ardientes

Lo que mi mellizo vio esa madrugada

Me llamo Camila y tengo un mellizo. Se llama Mateo y desde que nacimos compartimos cuna, cuarto y, durante años, una litera de madera que mi padre armó él mismo en el dormitorio del fondo. Yo dormía abajo, él arriba. Yo en camisón hasta los muslos, él en calzoncillos. Nunca lo pensamos dos veces: éramos hermanos, y entre hermanos esas cosas dejan de ser raras muy pronto.

Cumplimos dieciocho años el invierno anterior a la historia que voy a contar. Para entonces ya éramos casi adultos en cuerpo, aunque seguíamos comportándonos como críos cuando estábamos solos. Mateo era flaco, alto, con esa torpeza simpática de los chicos que crecieron de golpe. Yo todavía no terminaba de aceptar que el espejo me devolvía caderas de mujer.

El bautizo fue un sábado de mayo, en un salón a tres cuadras de casa. Mis padres llevaban días organizando todo con sus compadres de siempre, y compartíamos mesa con dos matrimonios amigos y con Marta y Eduardo, los padres de Andrés. A Andrés lo conocíamos desde el jardín de infantes. Lo llamábamos primo porque nuestros padres se decían compadres, pero de sangre no teníamos nada.

Con Andrés crecí. Y con Andrés me besé por primera vez, a los once años, detrás del escenario de la kermés del colegio. En aquella kermés también jugamos a casarnos, con un anillo de plástico y la promesa de cosas que ninguno de los dos entendía. Después vinieron las tardes de manoseo torpe en el sillón de su casa, los besos de lengua sin saber qué hacer con la lengua, las manos que entraban por debajo del polo y se quedaban quietas, asustadas de sí mismas.

Mateo lo sabía. Mateo siempre lo supo. Era nuestro cómplice, nuestra tapadera. Si Andrés venía a casa con cualquier excusa, Mateo se inventaba un partido en la consola para dejarnos solos en la cocina diez minutos. No nos pedía explicaciones. Era ese tipo de hermano.

El bautizo se alargó. Empezó al mediodía y a las siete de la tarde Marta, la madre de Andrés, ya estaba con la lengua suelta y proponiendo seguir la fiesta en algún lado. Mi padre, también con varias copas encima, levantó la mano y ofreció nuestra casa. Quedaba a tres cuadras, dijo, no había mucho que perder.

—Vamos —dijo Marta, agarrando su cartera con la torpeza de quien todavía no admite que tomó de más.

En casa la fiesta se subió de tono enseguida. Mi madre puso boleros viejos, alguien sacó una botella de fernet, otro un whisky que había guardado para una ocasión. Marta empezó a reírse muy fuerte y a apoyarse en el hombro de su marido. Una hora después estaba doblada sobre el inodoro del baño de huéspedes y mi madre le sostenía el pelo.

—Esta noche no se va a ningún lado —sentenció mi madre cuando salió del baño.

Entre ella y la esposa de uno de los amigos llevaron a Marta hasta el cuarto de invitados de la planta baja. La acostaron con la ropa puesta y le abrieron una ventana. Después armaron el sofá-cama para Andrés, que tendría que dormir ahí, al lado de su madre dormida.

Eran las dos de la mañana cuando los amigos empezaron a despedirse. Quedaron en la sala mi padre, Eduardo y un soltero amigo de la familia que llamábamos el tío Ramón. Mi madre, exhausta, dijo que se iba a dormir y nos miró a Mateo y a mí con esa cara de «ustedes también».

Subimos los tres por la escalera. En el rellano nos despedimos: a la izquierda el dormitorio de mis padres, a la derecha el nuestro, el baño y el hueco de la escalera dividiéndonos como una frontera. Andrés se quedó abajo, en el sofá-cama, esperando a que alguien le prestara algo para dormir.

Me saqué el vestido que había usado en el bautizo, también el corpiño, y los tiré al cesto de la ropa sucia. Me puse un camisón viejo que apenas me tapaba los muslos y me metí debajo de las sábanas. Mateo hizo lo de siempre: se quitó el saco, la camisa y el pantalón sin mirar, los lanzó al cesto y trepó a la litera de arriba en calzoncillos blancos.

—Apagás vos —dijo, ya bostezando.

Apagué la lámpara del velador y cerré los ojos. Pensé en Andrés. Pensé en el momento de la cena en que me había mirado por encima de su copa y había sonreído, despacio, como si guardara un secreto.

Quince minutos después golpearon la puerta. Tres golpecitos suaves, dos rápidos. La clave que Andrés y Mateo se habían inventado a los doce años para entrar al dormitorio sin que los padres se enojaran.

—Pasá —dije, y mi voz salió más despierta de lo que yo esperaba.

Andrés entró descalzo, con el traje gris todavía puesto, la corbata floja y una sonrisa de disculpa.

—Vine a ver si Mateo me presta una pijama —susurró—. En el sofá tengo frío.

Encendí el velador. La luz amarilla iluminó la mitad del cuarto. Desde la litera de arriba, Mateo asomó la cabeza, los ojos achinados por el sueño.

—Cuñis, dormí en calzones, yo no uso pijama —murmuró, y se dejó caer otra vez sobre la almohada.

Andrés se rio en voz baja y se acercó a la litera para insistir. Mateo, fastidiado, se destapó y bajó de un salto. Quedó parado en medio del cuarto, en calzoncillos blancos, los brazos cruzados sobre el pecho flaco.

—Mirame —dijo—. No tengo. Es así desde los doce, no me vengas con que no sabés.

Pero igual revolvió el ropero y le encontró un short viejo de fútbol. Andrés lo agarró riéndose y, al verlo trepar de nuevo a la litera, le dio una palmada en la nalga.

—Gracias, hermano —dijo.

Mateo refunfuñó algo y se metió bajo las cobijas. Andrés, en lugar de salir, se sentó en el borde de mi cama. El colchón se hundió con su peso. Su rodilla rozó la mía a través de la sábana.

—¿Te dormís ya o podemos charlar un rato? —preguntó en voz baja.

Sentí la sangre subir hasta la cara. Le dije que sí, que un ratito. Empezamos a hablar de cualquier cosa, del bautizo, del cura, de la torta que estaba seca. Nos tomamos de la mano debajo de la sábana, como cuando teníamos quince y todavía no nos animábamos a más. Y de pronto, sin que yo supiera cómo, nos estábamos besando.

—Andrés —murmuré, separándome un poco—, está Mateo.

—Está durmiendo —dijo, y me besó en el cuello—. Apagá la luz.

Estiré la mano y apagué el velador. La habitación quedó en una penumbra azul, apenas iluminada por la luz de la calle que se colaba por la persiana. Sentí, antes que ver, la mano de Andrés subiendo por mi muslo. Me besó otra vez, más lento, y su boca bajó hasta mi clavícula. Yo dejé de respirar.

Me deslizó el camisón hacia arriba, despacio, como si cada centímetro de tela fuera una decisión. Cuando sus dedos rozaron mis pechos, se me escapó un ruido que tuve que ahogar contra la almohada. Pensé en Mateo, a un metro y medio por encima de nosotros. Quise creer que dormía. No me animé a mirar.

Andrés siguió. Me sacó el camisón entero y lo dejó caer al piso. Después la bombacha. Quedé desnuda en la litera de abajo, con el traje gris de él rozándome la piel cada vez que se movía. Eso me encendió más todavía: yo en cueros, él vestido como había estado en la fiesta, con la camisa blanca pegada al pecho.

Bajó por mi cuerpo. Me besó los pechos, primero uno, después el otro, y mis pezones se pusieron tan duros que me dolieron. Después bajó más. Cuando su lengua tocó por primera vez entre mis piernas, tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.

Nunca nadie me había hecho eso. Ni siquiera me había atrevido a imaginarlo del todo. La lengua de Andrés se movía despacio, en círculos, y de vez en cuando se detenía sobre el clítoris con una presión exacta que me hacía levantar las caderas. Yo le agarraba el pelo con una mano y con la otra me tapaba la boca.

Y entonces lo escuché. Un crujido leve en la litera de arriba. Mateo se había movido. Giró sobre su costado. No supe si dormía o no. No quise saberlo.

Andrés siguió. Me separó las piernas un poco más, me las levantó, y su lengua bajó hacia un lugar donde nadie me había tocado jamás. Hizo círculos despacio, con una paciencia que no le conocía. Me clavé los dientes en el labio para no gemir alto. Una de sus manos subió y se quedó sobre mi vientre, apretando, como si me sostuviera contra el mundo.

Empezó a usar los dedos. Primero uno, después dos. Y mientras tanto, su lengua no paraba. Sentí que algo se me acumulaba en la base de la espalda, un calor que no era calor, una urgencia. Movía las caderas sin querer. La cama crujía. La cama de arriba ya no crujía: Mateo estaba quieto, demasiado quieto.

***

Cuando empecé a venirme no pude controlarlo. Fue como caerme de algo muy alto. Apreté las piernas contra la cabeza de Andrés, le agarré el pelo con las dos manos y dejé escapar un gemido largo que la almohada no alcanzó a tapar del todo. Me sacudí entera. Sentí que algo se me escapaba entre las piernas y empapaba la sábana. Era mi primer orgasmo. No sabía que el cuerpo podía hacer eso.

Cuando volví a abrir los ojos, ya empezaba a entrar luz por la ventana. La luz gris del amanecer le dibujaba a Andrés el contorno de la cabeza entre mis muslos. Me senté como pude. Tenía el pelo pegado a la frente, la espalda mojada, las piernas temblando. Miré hacia la litera de arriba.

Mateo estaba boca arriba, con los ojos cerrados, demasiado quietos para ser ojos dormidos. Lo supe en ese instante: había visto todo. Cada minuto.

No dije nada. Andrés tampoco. Me pasó una toalla que sacó de la silla y me ayudó a sentarme en el borde de la cama. Yo seguía temblando. Tenía la piel de gallina y el corazón golpeando en el cuello. Él me alcanzó el camisón hecho un bollo y la bombacha, pero las dos prendas estaban inservibles, mojadas, transparentes.

Abajo, en la planta baja, la música se cortó de golpe. Se escuchó la voz de Marta, todavía pastosa pero ya despierta, preguntando dónde estaba su hijo. La voz de Eduardo, más tranquila, respondiendo que ya bajaba. Pasos en el palier.

—Al clóset, metete al clóset —murmuró Andrés, ya en pánico.

Mateo bajó de la litera de un salto. Se movió rápido, como si llevara horas esperando que esto pasara. En menos de tres minutos sacamos las sábanas mojadas y las metimos debajo de la cama, abrimos la ventana de par en par y Mateo me lanzó una pijama suya, un pantalón a cuadros y una remera blanca. Me metí en el clóset apretando la ropa contra el pecho y cerré la puerta desde adentro.

Andrés se acostó en mi cama, se tapó hasta la cabeza con una manta, y trató de respirar despacio. Mateo se trepó otra vez a la litera de arriba y se hizo el dormido. Esta vez de verdad, supongo.

La puerta del dormitorio se abrió justo cuando yo terminaba de abrocharme el pantalón en la oscuridad del clóset. Sentí los pasos de Marta acercarse a la cama de abajo.

—¡Andrés, levantate! —dijo, susurrando fuerte—. ¿Cómo se te ocurre dormir en la pieza de una señorita?

Mateo asomó la cabeza desde arriba, todavía en calzoncillos blancos, los pelos parados.

—Camila durmió con mamá —dijo, con una serenidad que no le conocía—. Acá estamos los dos varones nomás. ¿La querés despertar?

Marta dudó. Se quedó parada en el medio del cuarto, mirando los bultos en las dos camas. Andrés se incorporó despacio, fingiendo recién despertarse, con el pelo pegado a la frente por una razón muy distinta a la que ella imaginaba.

—Mamá —dijo, con la voz ronca—, respetá el cuarto de Mateo. Él me prestó un lugar para dormir y vos venís a los gritos. Estamos los dos en bombachas, dejanos vestirnos.

Marta abrió la boca, la cerró, y se disculpó. Le dio a Andrés siete minutos para bajar y se fue, cerrando la puerta con cuidado.

Yo me quedé en el clóset un minuto más, escuchando. Cuando salí, Mateo ya estaba de pie en el medio del cuarto, mirando el piso. Andrés se vestía en silencio. Yo me senté en el borde del colchón sin mirar a ninguno de los dos.

Mateo levantó los ojos. Me miró un segundo, después miró a Andrés, después miró otra vez al piso.

—Nunca pasó —dijo, y se metió al baño.

Andrés terminó de abrocharse el saco. Antes de irse, me besó en la frente, sin decir nada. Bajó las escaleras y lo escuché despedirse de mi padre con una voz que sonaba absolutamente normal.

Me quedé sentada en la cama un rato largo, escuchando el agua del baño correr. Sabía que Mateo no iba a hablar nunca de esa noche, y que esa promesa silenciosa pesaba más que cualquier secreto que hubiéramos compartido antes. Sabía también que la próxima vez que Andrés viniera a casa, los tres íbamos a fingir que esto no había sucedido, y que esa ficción iba a hacernos cómplices de algo que ninguno había pedido cargar.

Y sin embargo, cuando cerré los ojos otra vez sobre la almohada, sonreí. No por Andrés. Por la sensación de saberme mirada en silencio, durante horas, por alguien que decidió no apartar la vista.

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Comentarios (5)

Ventana_Curiosa

jajajaja el mellizo espectador desde arriba... que situacion tan incomoda y excitante a la vez!! me encanto

NicoFromBsAs

buenísimo. queda la duda de si Andrés sabia que lo estaban mirando desde arriba... eso le da mucho intriga al final

RosaNight

me recordo a algo que pase en el internado, aunque mucho menos intenso jajaja. muy buen relato

DiegoBA78

excelente!!! muy buen ritmo y bien ambientado. seguí escribiendo

LauraV_cba

lo lei de un tirón y se me hizo cortísimo. hay continuación?

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