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Relatos Ardientes

Esa mañana en la playa me quedé desnuda sin querer

Me llamo Daniela y tengo treinta y pocos años, aunque la edad nunca me ha parecido un dato relevante para nadie excepto para los médicos. Si tuviera que definirme, diría que me gusto a mí misma. No por vanidad, no por creerme mejor que nadie, sino por esa paz extraña de mirarme al espejo desnuda y sentir que las tetas, el culo y el coño que veo me pertenecen de verdad. Quien me lea sacará sus propias conclusiones. Yo solo cuento lo que pasó.

Por aquel entonces vivía hacía pocas semanas en una ciudad costera, uno de esos lugares que en verano triplican su población y huelen a crema solar y a sal desde el primer paso fuera de casa. Todavía no conocía a casi nadie. Mi vida se reducía al trabajo, a un apartamento alquilado con vistas a medias y a la promesa de un mar que tenía a diez minutos andando.

Un domingo de pleno julio decidí estrenar esa promesa.

***

Salí temprano, con un vestido finito que apenas pesaba, un bolso ligero y la sensación de tener el día entero por delante. Debajo llevaba mi bikini favorito, uno de cuadros vichy azul celeste con la tela de cortinilla tanto en la parte de arriba como en la braguita. Dentro del bolso, lo de siempre: un libro empezado, el protector solar, el móvil y una toalla grande. La noche anterior me había depilado el coño entero con cera caliente, dejándolo liso como el de una muñeca, sin un solo pelo ni en los labios ni alrededor del ojete. Es una costumbre mía. Me gusta cómo se ve el coño desnudo del todo bajo el bikini, y me gusta cómo me lo siento cuando cruzo las piernas y los labios se rozan entre sí sin nada en medio.

La playa urbana más cercana estaba llena. Ni una sola hamaca libre, ni una sombrilla disponible, ni un hueco decente cerca del paseo. La gente se apretaba en la zona alta, así que decidí bajar hacia la orilla, donde la arena estaba más húmeda pero también más despejada. Encontré un trozo razonable, ni demasiado cerca del agua ni demasiado lejos, y extendí la toalla.

Me tumbé boca arriba. Me ajusté el bikini con ese gesto mío de siempre, casi un ritual privado que repito sin pensar: me suelto el sujetador y dejo caer las copas, que apenas cubren los pezones; me desato los cordones laterales de la braguita y enrollo hacia abajo y hacia el centro la poca tela que tiene, hasta que queda reducida a una tira mínima metida entre los labios del coño, apenas lo justo para tapar la raja. Me gusta cómo el sol llega entonces a casi toda la piel, cómo se me marcan los pezones cuando el aire fresco los roza, cómo el vello inexistente del pubis deja el hueso púbico a la vista de cualquiera que se fije. Me extendí el protector despacio, sin prisa, pasándome la mano por las tetas, por el vientre, por la cara interna de los muslos, disfrutando del calor y del rumor del mar.

Y entonces sonó el móvil. No una llamada, un aviso. Era domingo, pero en mi trabajo eso no significa nada; cualquier día podían necesitarme, y yo tenía que estar pendiente. Cogí el teléfono y me quedé mirando la pantalla, concentrada en un mensaje que de repente me parecía lo más importante del mundo.

Fue justo en ese momento de distracción cuando ocurrió.

***

El mar tiene esas trampas. La mayoría de las olas mueren mansas en la orilla, pero de vez en cuando una se escapa, sube mucho más que las demás y avanza por la arena como si quisiera reclamar terreno. No la vi venir. La sentí, fría y repentina, colándose por debajo de la toalla, empapándolo todo en un segundo.

Mi reacción fue puro instinto. Lo primero, salvar lo que no se puede mojar: el móvil en una mano, el bolso en la otra, ambos por encima de mi cabeza. Lo segundo, despegar la toalla de la arena antes de que el agua se la llevara. Me levanté de un salto y tiré del pico de la tela.

Y la tela tiró de vuelta.

La braguita del bikini, suelta de cordones y reducida a casi nada, se había quedado pegada a la toalla por la humedad. Cuando levanté la toalla, la braguita subió con ella, arrastrándose entera hacia arriba. Y allí me quedé, de pie en la orilla, con el móvil en una mano, el bolso en la otra, la toalla colgando y el coño depilado al aire, expuesto a plena luz del sol, con los labios recién afeitados brillando de crema y de humedad. El sujetador, que me había desabrochado para tomar el sol, seguía olvidado sobre la arena, así que las tetas también quedaron libres, los pezones tiesos por el aire frío del agua, apuntando hacia adelante como dos dedos duros.

Desnuda del todo, entonces. En medio de una playa repleta de gente. Con el coño abierto por la posición de las piernas, con el ojete rosa a la vista si alguien miraba desde atrás, con las tetas erguidas y los pezones marcadísimos.

Hubo un instante de silencio dentro de mí, esa fracción de segundo en la que el cerebro entiende lo que ha pasado pero todavía no ha decidido cómo sentirse. A mi alrededor, varias cabezas se habían girado. Una pareja de mediana edad me miraba con la boca entreabierta; él tenía los ojos clavados en mi coño y ella se dio cuenta y le dio un codazo, pero él siguió mirando. Un grupo de chicos detuvo su conversación a mitad de frase y uno se llevó la mano al bulto del bañador sin ni disimular. Una señora con sombrero negó con la cabeza, aunque no supe si por escándalo o por simple sorpresa. Y unos cuantos, sobre todo hombres, sonreían sin disimulo, comiéndome con la mirada, siguiendo con los ojos la línea del pubis liso, la abertura de los labios, la curva de las tetas hasta los pezones.

Cualquier otra mujer, supongo, habría buscado a la desesperada algo con qué taparse. Se habría agachado, habría enrollado la toalla a toda prisa alrededor del cuerpo, habría salido casi corriendo con la cara ardiendo. Es lo que se espera. Es lo que dicta el guion.

Yo no hice nada de eso.

***

Con una calma que ni yo misma me esperaba, dejé el móvil y el bolso sobre la arena seca. Me agaché muy despacio, ofreciendo el culo abierto a quien estuviera detrás, y sacudí la toalla con dos golpes secos, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si estar en pelotas delante de cincuenta desconocidos con el coño depilado brillando al sol fuera lo más natural de la mañana. Despegué la braguita de la tela sin urgencia, la dejé a un lado para que se secara, y extendí de nuevo la toalla un metro más arriba, lejos del alcance de las olas. Cada movimiento hacía que las tetas se balancearan, y yo lo sabía, y no las sujeté con el brazo como habría hecho cualquier otra.

Después me senté. Recuperé mi postura inicial, esta vez sin ni siquiera la tira mínima de la braguita: la piel al sol, las piernas ligeramente abiertas, el coño desnudo a la vista de quien quisiera mirar, el libro en las manos. Y me puse a leer.

No sentí el sonrojo que se suponía que debía sentir. No me temblaron las manos. No hubo ninguna oleada de pánico subiéndome por el pecho. Al contrario. Lo que noté, y esto es lo que tardé semanas en confesarme a mí misma, fue una corriente cálida y eléctrica bajándome directa al coño, un pinchazo húmedo entre los labios afeitados, el clítoris hinchándoseme despacio contra el aire caliente. Los pezones se me pusieron todavía más duros. Sentí un hilo de flujo escurriéndoseme por el perineo abajo, mojando la toalla. Algo mucho más intenso que el placer. Una especie de confirmación.

Así que esto es lo que se siente.

Durante los minutos siguientes, fingí estar absorta en la lectura. En realidad no leí una sola línea. Estaba demasiado ocupada percibiéndolo todo: la mirada de aquellos chicos que volvían al coño cada poco, la conversación que retomaron en voz más baja y ronca, la pareja que se acomodó de manera que él quedara de cara a mí para poder seguir mirándome sin mover el cuello. Sentía las miradas como lenguas invisibles lamiéndome los pezones, los muslos, la raja del coño. Descubrí que ese roce no me incomodaba en absoluto. Me gustaba. Me gustaba tanto que tuve que apretar los muslos disimuladamente para contener el latido caliente que me subía y bajaba entre las piernas. Estaba mojada, empapada, y en aquel momento solo el sol y la toalla sabían hasta qué punto.

***

Pasó casi una hora antes de que volviera a vestirme. La braguita ya se había secado, y me la puse con el mismo ritual de siempre, esta vez sabiendo que varios pares de ojos seguían cada movimiento de mis dedos en los cordones, viéndome cerrar el nudo justo sobre el hueso de la cadera con el coño todavía hinchado y brillante debajo. Recogí mis cosas despacio. Me sacudí la arena de las nalgas con la mano abierta, palmada tras palmada. Y caminé de vuelta al paseo con el vestido finito ondeando contra los muslos, sin bragas debajo de la braguita ridícula, consciente de cada paso, de cada balanceo del culo, de cada cabeza que se giraba un segundo de más.

De camino a casa no podía dejar de darle vueltas. Toda mi vida había creído que ese tipo de exposición era una pesadilla, la clase de cosa que te perseguía durante años en forma de vergüenza. Y resultaba que para mí había sido lo contrario. No era el cuerpo de nadie más el que me importaba; era el mío, mi coño depilado, mis tetas, mi culo, ofrecidos a la vista, sostenidos por miradas ajenas, vividos como un pequeño escenario en mitad de la arena.

Esa noche, en la cama, lo reviví una y otra vez. Nada más cerrar la puerta del apartamento me quité el vestido, me arranqué la braguita del bikini todavía húmeda del mar y de otra cosa, y me tiré desnuda encima de la sábana con las piernas ya separadas. No aguantaba más. Llevaba horas caliente. El coño me palpitaba entero, los labios hinchados, el clítoris asomando ya sin que lo tocara nadie.

Empecé con las dos manos en las tetas, pellizcándome los pezones fuerte, retorciéndolos entre el índice y el pulgar como si fueran de otra persona, imaginando que eran los dedos de aquel chico del grupo, el que se había llevado la mano al bulto sin disimulo. Cada tirón me subía una descarga directa al coño. Los pezones se me pusieron durísimos, tanto que me dolía la punta cuando los apretaba.

Bajé una mano por el vientre hasta el pubis liso. Me la pasé por encima de los labios, sintiendo lo suaves y calientes que estaban, sintiendo lo empapados que me los había dejado el día. Cuando abrí los dedos en uve y separé los labios, la yema se me hundió en la carne blanda y encontré el clítoris esperando, hinchado, latiendo, tan sensible que la primera caricia me hizo arquear la espalda del colchón.

Me lo froté en círculos lentos primero, con la crema de mi propio flujo que me subía sola desde dentro. Al principio me obligué a ir despacio, a no correrme enseguida, a alargarlo. Cerré los ojos y volví a la playa. Vi la ola llevándose la tela. Vi mi coño depilado brillando al sol delante de todos aquellos desconocidos. Vi las bocas abiertas, los ojos clavados, la mano del chico agarrándose el bulto. Y ese recuerdo, más que cualquier otra cosa, me disparó el pulso entre las piernas.

Metí dos dedos dentro. Me los tragué enteros de golpe, hasta el nudillo, y solté un gemido ronco en la habitación vacía. El coño me apretó los dedos como si tuviera vida propia. Me los saqué empapados de flujo pegajoso y me los volví a meter, esta vez tres, forzando un poco la entrada, sintiendo cómo el interior me chapoteaba con cada embestida. Con la otra mano seguía frotándome el clítoris, más rápido ahora, sin pausa, mientras me follaba con la mano derecha imaginando que era una polla anónima, la primera de las que hubieran estado mirándome en la playa, la del chico, la del hombre de la pareja, cualquiera.

Me imaginé al chico del grupo separándome las piernas allí mismo, en la arena, delante de todos, hundiéndome la polla en el coño depilado hasta el fondo. Me imaginé al hombre de la pareja acercándose por detrás con la mujer mirando, agarrándome del pelo, metiéndomela por el culo mientras yo seguía leyendo el libro como si nada. Me imaginé varias pollas a la vez, corriéndose sobre mis tetas, sobre mi cara, sobre el pubis liso.

El orgasmo me subió de golpe, sin aviso, con una violencia que no me esperaba. Me arqueé entera contra la mano, apreté las paredes del coño alrededor de los dedos hasta hacerme daño, y me corrí gritando contra la almohada, con los muslos temblando y un chorrito caliente escurriéndoseme por el pliegue del culo hasta la sábana. Los espasmos duraron y duraron. Cuando por fin saqué los dedos, brillaban enteros, y los mismos dedos me temblaban.

Me quedé bocarriba, jadeando, con el coño todavía latiendo y las piernas abiertas. Y ni siquiera había terminado. Un rato después volví a empezar. Esa noche me corrí tres veces más, siempre pensando en la playa, en las miradas, en el momento exacto en que la tela subió con la toalla y todo mi cuerpo quedó a la vista. Cada repaso me encendía más, no menos. Entendí algo de mí que llevaba toda la vida durmiendo: me gusta que me miren desnuda. Me gusta enseñar el coño. Me gusta saber que provoco pollas duras, coños mojados de otras, que desconcierto, que me convierto en lo que nadie esperaba ver un domingo cualquiera.

***

Lo que aquella ola hizo por accidente, yo aprendí a repetirlo a propósito.

No de cualquier manera. Soy cuidadosa; me gusta el control, y precisamente por eso la fantasía funciona. No se trata de buscar problemas ni de incomodar a quien no quiere mirar, sino de elegir el momento, el lugar y la forma. De crear, con disimulo, esas situaciones en las que el azar parece tener la culpa pero en realidad lo he calculado todo. Un nudo que se afloja «sin querer» y deja el coño depilado al aire delante del socorrista. Una toalla que resbala en el instante justo en que el señor de la sombrilla de al lado levanta la vista. Una postura boca abajo con las piernas un poco separadas, la tira del bikini metida entre los labios, ofreciendo el culo entero a quien pase por detrás. Un descuido que de descuido no tiene nada.

He vuelto a esa misma playa más veces de las que confesaría en voz alta. Y a otras. Cada vez elijo con cuidado a mi público invisible, a esos desconocidos que jamás sabrán que son parte de un juego que yo dirijo desde la primera ficha. Vuelvo a casa siempre empapada, siempre con el coño hinchado, siempre con las mismas ganas de tirarme en la cama a meterme los dedos hasta correrme pensando en la última cara de asombro, en la última polla que se marcó dura contra el bañador por culpa mía. Ellos creen que tienen la suerte de su lado. La que decide, en realidad, y la que se corre después pensando en ellos, soy yo.

A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si aquella mañana me hubiera entrado el pánico, si hubiera salido corriendo con la cara roja y no hubiera vuelto a pisar la arena en todo el verano. Probablemente seguiría sin conocer esta parte de mí. Probablemente me habría perdido la mejor forma que he encontrado de sentirme viva.

Pero el mar fue más sabio que yo. Me arrancó la tela en el momento exacto y me obligó a descubrir, de pie y a plena luz del día, con el coño desnudo delante de cincuenta desconocidos, que hay cosas que una solo sabe de sí misma cuando se queda sin nada que la cubra.

Y desde entonces, cuando extiendo la toalla cerca de la orilla y siento que el agua se acerca, ya no me asusto.

Sonrío.

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Comentarios(4)

NicoDeRosario

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

LunaFer_

Que historia, quede con ganas de saber que paso despues. Hay segunda parte?

SilvinaR

Me recordo a algo que me paso en una pileta hace años jaja, la vergüenza de ese momento es inigualable. Muy bueno

Marcos_91

como lo contaste fue increible, se siente que uno estuvo ahi presente

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